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CAPÍTULO 1.

CAPÍTULO 1.


La canción de tu mirada es el arte de tu voz.


En línea: Helper Mayor Garland 2603 IPS. Acceso a Isekai, distrito Naraka, Primer Escuadrón. Conexión establecida: SE-D3-F1. Comunicación activa (Sur-Este, Distrito 3, Frontera 1).

Los VR-Helper, también llamados frentes de operaciones, son los comandantes que, mediante la placa de identificación, se comunican en tiempo real con el equipo de respuesta dentro del conflicto. A través de estas placas transmiten órdenes y estrategia a los líderes de escuadrón. La placa, una pieza de metal que recorre parte del cuello y porta un código único, funciona como canal militar y como registro clínico y social de su portador. En la Nueva República todos nacemos con una: así se garantiza una comunicación directa que obedece jerarquías. Ignorar a un superior es prácticamente imposible.

Al nacer en la República se asigna un número según las pruebas de Idalia, la capital. Cuanto menor el número, mayor la inteligencia y el valor social del individuo. Los que superan los tres dígitos no son considerados humanos y son enviados de inmediato al frente de batalla. El sistema facilita la lectura de datos y la coordinación entre el escuadrón y su Helper, sobre todo durante operaciones selladas bajo el protocolo Re:vivere.



En línea: Nauta Garland 2603 IPS. Acceso a Isekai, distrito Naraka, Primer Escuadrón. Coordenadas 13°24′45″S, 103°52′0″E. Conexión establecida: SE-D3-F1.

Los Nautas, o mapeadores, operan bajo órdenes directas de un comandante. Son los responsables de analizar y asegurar el terreno, además de manejar artefactos y armas de largo alcance para proteger al escuadrón durante la avanzada. Con el sello Re:Map, trazan un mapa detallado de la Línea, identifican anomalías y determinan cómo estabilizar al equipo en ambientes hostiles —aire, agua o zonas sin visibilidad— mientras proyectan posibles rutas de ataque y detección de enemigos. Su información se comparte en tiempo real con toda la unidad.



SE-D3-F1-M. Garland en línea: ¡Aquí la Mayor Garland, Striker, reporte!



Re: o Revivere es lo que muchos en la República llaman simplemente la Red. Pero no es solo información: es la energía vital del cosmos, las venas por donde fluye la existencia misma. Así como la sangre recorre nuestro cuerpo, la Revivere impulsa vida por todo lo creado: aire, polvo, espíritu, la Yue o kami, todo lo que alguna vez existió o existe.

Nadie conoce el corazón que bombea tal fuerza, pero durante la guerra encontramos algo parecido: Militia. Mientras intentábamos descifrar sus secretos, el conflicto estalló. No supimos quién lo inició, pero sabíamos que, si no interveníamos, desapareceríamos. Así empezó todo.

Según los registros de la Nación, planetas enteros y regiones completas del universo fueron borrados. Los dioses ardieron hasta volverse ceniza. Una catástrofe nos devolvió a una era donde la tecnología parecía magia, y el conocimiento, un milagro reservado a sacerdotes por algún designio divino. Ese desastre —el Holocausto Eterno, Avernyu, la gran guerra que aún nos persigue— definió el rumbo de lo poco que quedó en pie.



SE-F1-Striker en línea: Cuadrante 77, Capitán Striker. Señora, hemos perdido a más de la mitad. No podremos resistir sin apoyo. Mayor Garland… señora.

Mi mirada iba y venía entre las proyecciones y la cuadrícula de mando. Volteaba a ver a Itsuki; ella hacía muecas, conectada al traje y al tocado de proyección. Vi en sus gestos un reflejo de los míos y, por un instante, me sentí menos sola. Respiré. Me repetí que debía seguir adelante sin dudar.

La confusión era general. El campo se veía áspero, saturado de ruido. Solo tenía acceso a mi cuadrante: ni una coordenada más. El sello del Nauta tardaba demasiado y no entendía de dónde salían tantos enemigos por el norte.

SE-F1-Striker en línea: Abominaciones tipo B. Tripularemos los Juggernaut. Striker a Escuadrón: listos para partida. Solicitando permiso a central: Juggernaut Raider 0426, líder de grupo. Salida en 10.



SE-F1-Heimdal en línea: Juggernaut 0512. Granadero de corto alcance. Luz verde en 9.

SE-F1-023 en línea: Juggernaut 0501. Sniper. En verde en 8.

SE-F1-Crow en línea: Juggernaut Scout 0600. Verde en 7.

SE-D3-F1-Mayor Garland en línea: Permiso de salida en 6. Concedido… Nauta Garland, Re:Map.

SE-D3-F1-N. Garland en línea: Re:Map en 5. Luz verde. Equipo Strike, adelante. Vista clara en tocado digital. Identificaciones enlazadas. Continúen.

SE-D3-F1-Mayor Garland en línea: Adelante, Equipo Strike.



Los Juggernaut —máquinas recuperadas gracias al conocimiento antiguo del Holocausto— son uno de los últimos eslabones que consolidaron el tratado entre reinos y refugiados. Todo terreno en su mayoría, se clasifican por modelo y función; su armamento varía según la posición del escuadrón.

Pero son costosos. Demasiado. Su blindaje depende de minerales raros encontrados en zonas de alto riesgo, y las reservas escasean. Por eso debemos cuidarlos, recuperar escombro útil y reutilizar cada pieza que pueda salvar vidas en la siguiente misión.

En mi cuadrícula tenía tres pantallas, pero aquella vez cada una parecía latir como un corazón a punto de estallar. La primera mostraba el avance cenital, líneas rojas desplazándose como venas abiertas sobre el terreno. Sabía que por ellas se movería mi escuadrón Strike. La segunda, el mapeado 3D generado por el Re:Map, vibraba con un parpadeo inquietante: drones, flujos de energía distorsionados, anomalías que se abrían como grietas vivas en el campo. La tercera era la lista de miembros y enemigos… nombres que, por primera vez, empezaron a parpadear como si ya fueran epitafios.

Llevábamos cinco años con Striker. Cinco años en los que habíamos cumplido protocolos, sobrevivido a emboscadas y celebrado victorias que sabían a polvo. Por eso les permitíamos su única excentricidad: cantar juntos la historia del Rey Maldito. La entonaban como si la vida les dependiera de ello. Crow, 023, Heimdal y el mismo Striker gritaban su plegaria a Equidna cuando la operación estaba por terminar. Una tradición que, aunque ajena a nosotras, sostenía sus corazones como un último hilo de cordura.

Nosotras solo escuchábamos. No rompíamos el ritual. Sabíamos que esa historia —verdad o mentira— era lo único que mantenía unida su fe en un mundo que ya no creía en nada. Cinco años bastaron para entenderlos… y para preocuparnos por ellos más de lo permitido. Eran nuestro equipo. Eran nuestras vidas extendidas en el campo.

SE-D3-F1-M, Garland en línea: Striker, respóndeme. ¿Cómo atacaron? ¿De dónde salieron los parásitos?


SE-F1-Crow en línea: Acelerando… tienen— (estática) Capitán, cap— (Signal lost).

Mi pecho se cerró. Ese silencio no era normal. Creí que sería un día más. Una defensa más. Un trabajo mecánico, duro, pero familiar. Teníamos protocolos. Teníamos conocimiento. Podíamos detener la invasión. ¿Verdad?

SE-F1-Striker en línea: Mayor, solo atacaron. Aún no hay reconocimie— (estática)

La interferencia me golpeó como si alguien hubiera apagado la luz de golpe.

SE-F1-023 en línea: ¡Es un puto chiste! Mayor, mayo— (Signal lost)

Y entonces lo supe: Algo allá afuera nos estaba arrancando del mapa. No solo al escuadrón… A toda la Línea.

SE- F1-Striker en línea: Solicitamos el mapeo del Nauta… las máquinas ya han contagiado—(estática)—el distrito. Están interrumpiendo comunicaciones. Son demasiados… ¡Juggernauts, repito, Mayor: tienen Juggernauts!

SE- D3-F1- Mayor Garland en línea: ¿Cómo que Juggernauts? Nauta, remap—¡imagen en línea!

Mi tocado VR se encendió de golpe, devolviéndome un infierno nítido: el escuadrón avanzaba como podía, saltando entre escombros que parecían devorarlo todo. El negro se expandía como una peste viva… y debajo de él, los restos. Los refugiados atrapados en el estruendo… ya sin forma de rezar ni de huir. Sentí cómo se me cerraba el pecho… pero seguí. No había espacio para quebrarme; solo para intentar que aquel horror no se tragara también a mi equipo.

SE- F1-Heimdal en línea: ¡Carajo, muévanse—(estática)—muévanse!

SE- F1-Striker en línea: Crow, adelante. Necesitamos una ruta para convocar ataque. ¿Existe o no?

SE- F1-Heimdal en línea: Necesitamos quitar esta porquería del camino. Voy a detonar; adelanto líneas. 023, preciosa, ¿me harías el—

SE- F1-023 en línea: ¡Oye, viejo imbécil! ¿Quién te dio permiso de hablarme así?

SE- F1-Crow en línea: Acelerando. Tienen—(estática)—a… * metros. Tipo A. ¡Aberrantes tipo A! Retrocedan, debemos—(estática)

SE- F1-023 en línea: ¡Crow!

SE- F1-Heimdal en línea: Crow… maldita sea. Me adelanto. Acelerando al 75%.

SE- F1-Striker en línea: En esta tierra maldita aún lo esperamos. No lo olviden… cantaremos al alba cuando regrese. —023, lo traeremos de vuelta. Heim, ve.

SE- F1-Heimdal en línea: Acelerando. ¡Princesa, cúbreme!

SE- D3-F1- N. Garland en línea: Navegante no tripulado a 45 metros. Crow identificado… Juggernaut scout a 10 metros del siguiente blanco. Desviando. Crow—orden de giro 90 grados. Bajo los escombros… necesitamos apoyo en 56 metros hacia las doce de Heim.

SE-F1-Striker en línea: Nauta en apoyo. Muchachos, a navegar… que el alba llega con el ruego del amanecer y el invierno eterno.

SE-F1-023 en línea: …Trae consigo una luz…

SE-F1-Heimdal en línea: ¡Larga vida al rey! Hoy es un buen día, hoy—

SE-F1-Striker en línea: ¡Canciones, muchachos, canciones! ¡Ajam!

SE-D3-F1-M. Garland en línea: ¡No morirán! Nauta, ruta. Remap…

SE-D3-F1-N. Garland en línea: Navegante no tripulado a 5 metros. Crow identificado. Juggernaut scout inmediato; siguiente blanco desviando. Abran paso en 16 metros, hacia las doce de Heim. Identificado Juggernaut bombardero. Escombros en 100 metros: imposible recorrer. Ruta de escape… *retorno calculando.

SE-D3-F1-N. Garland en línea: Crow, a tu lado. Necesitamos volver. Heim no podrá despejar todo: llegarán primero. Aumenta velocidad. Abriré salida en 60 metros. ¡Acelera!

SE-F1-Heimdal en línea: ¡Maldita sea, hijos de perra, los volaré! Podemos hacerlo. Necesito a Crow o mi princesa nunca me lo perdonará. ¡Lo volaré, Nauta, regresen les—

SE-F1-023 en línea: ¡Tampoco quiero que tú mueras, idiota! ¿Quién crees que me cuidará si Crow está fuera? ¡Regresa, cabeza hueca!

SE-F1-Striker en línea: Crow, Nauta… contamos con ustedes. ¡Por favor, Mayor! ¡Hagamos esto!

SE-F1-Heimdal en línea: Si volamos esto podremos irnos con Crow, ahorraremos camino y po—

SE-D3-F1-N. Garland en línea: Me llevaré a Crow. Y si tengo que sacrificar el navío para que llegue vivo… lo haré. Volvamos a la ruta segura del Remap.

SE-D3-F1-Mayor Garland en línea: Escúchame, Heimdal. Te quedarás sin munición. La muralla está a 250 metros y no podremos protegerla. Así que usaremos los escombros como muro. Nos comprará tiempo.

SE-F1-Heimdal en línea: ¡Si yo puedo volarla, ellos también! ¿Acaso es ciega? ¡Son más, y tienen Juggernauts! Dígame entonces qué ventaja tenemos—no—

SE-F1-Striker en línea: ¡Basta, Heim! ¡Acelera! Oído… ¡acelera!

SE-F1-Heimdal en línea: Sí, señor. Señora Mayor. Acelerando al 75%. Recapitulando ruta conocida…

SE-F1-023 en línea: *Idiota…

Revisaba todo lo que podía. Vinieron del norte… pero si eso es cierto, entonces el norte ya habría caído. ¿Por qué no hay reportes del IPN? ¿Por qué IPE e IPO están apagados si los sellos no están dañados?

Nada cuadra.

Un ataque súbito… ¿y con Juggernauts? ¿Desde cuándo el enemigo puede fabricar algo así?

El equipo está asustado. Puedo sentirlo en cada silencio, en cada respiración cortada por la estática. Strike nunca exagera—si lo llamó Juggernaut, debía serlo.

No sé qué está pasando. No sé qué escribiré en el informe. Pero sí sé una cosa: no podremos retirarnos.

Y, aun así… adelante. Ellos están calificados. Nosotras estamos preparadas. Haremos lo que siempre hacemos.

SE-D3-F1-N. Garland en línea: Striker, enviamos navío no tripulado. ¡Aguanten! La muralla no puede ceder.

—Itsuki… ¿qué sucede? —La voz se me quebró; un segundo de distracción bastó para que todo se fracturara. Lo que veía en el VR no tenía sentido. Parecían máquinas… pero no eran nuestras máquinas. ¿Cómo habían mutado así? Nuestra tecnología no es compartida; es nuestra última defensa. Entonces… ¿cómo demonios asimilaron Juggernauts? ¿Qué abominación teníamos delante?

—Mei… no lo sé. Pero sí… sí, Mei. Son Juggernauts. Tienen el código del equipo del Norte.

—¿Estás segura, Itsuki? No puedo dar instrucciones si estamos bajo fuego amigo…

—¡Mei, eso NO es fuego amigo!

SE-F1-Heimdal en línea: ¡Por tu derecha a seis metros! ¡023, cúbreme, cúbreme!

SE-D3-F1-N. Garland en línea: Striker, no podemos bajar la guardia. Preparen ofensiva. Aguantaremos mientras llega el navío y el armamento pesado. ¡Vamos!

SE-F1-Heimdal en línea: Acelerando 80%. ¡Esos malditos nos alcanzan! ¡Fuego en el hoyo!

SE-F1-Crow en línea: ¡Lo veo, lo veo! ¡Estás a varios metros adelante! ¿Cómo carajos llegaron hasta tu posición?

SE-D3-F1-N. Garland en línea: Aeronave tipo A en 3… 2… 1… cubriendo salida derecha de Crow. ¡Juggernaut scout!

SE-F1-023 en línea: Seis metros confirmado. Visual.

SE-D3-F1-M. Garland en línea: ¡Strike, maldición! Al diablo la muralla, no cederá. Haremos lo imposible. ¡Heimdal, busca la entrada! ¡No podemos caer! ¡Nauta!

SE-F1-Crow en línea: ¡Hay varios, capitán! Saliendo de 12 a 3 por muralla vecina F1 del Noreste. Es una horda. Repito, son— (estática). ¡Son demasiados! Acelero, capitán, capitán tienen— (estática).

SE-F1-023 en línea: ¡Crow, responde! ¡Crow responde! Bajaremos, la mayor está buscando el camino, ¡aguanta, Crow! ¡Crow!

SE-D3-F1-N. Garland en línea: Crow, avistamiento espacial. Buscando ruta. Estoy bajo ataque, repito: estoy bajo ataque.

SE-F1-Striker en línea: Mayor… la muralla ya no existe. Naraka está sin muralla. Repito: Naraka está sin muralla.

Las murallas no eran solo defensas: eran ciudades vivas. Refugiados, familias, niños… cientos de metros de acero y polvo donde los sin patria habían levantado un hogar. Eran su escudo, su frontera, su única promesa de que Idalia algún día los aceptaría.

Y ahora… Naraka había caído. No por el enemigo. No por una fuerza desconocida.

Sino por nuestro error. Por un segundo de duda. Por no creerles a tiempo.

SE-D3-F1-M, Garland en línea: Mayor Garland solicita visión isekai en Naraka. Abran todos los cuadrantes; conéctense al Seal en línea. —Striker en línea. Formaremos resistencia. Descendemos del cuadrante 77 al 110; a las 6.30 está despejado.

Los Seals son códigos que invocamos para dar órdenes directas a la Revivere, diciéndole qué queremos manipular. Imagínenlos como un control remoto para la energía del universo. No todos pueden comprenderla, mucho menos controlarla; en Idalia conservamos apenas fragmentos del conocimiento antiguo, y con ellos avanzamos… o nos condenamos. La Revivere es un arma de doble filo: Cogito Sum también parece tener un código propio.

Antes, estos sellos eran exclusivos de los sacerdotes y sus milagros; se necesitaba fe para acceder a ellos. Pero cuando llegaron las pesadillas, todo cambió. La fe fue entregada a los Reinos para unificarlos, para defender la poca paz que quedaba. Las historias hablan de las deidades que nos salvaron y nos dieron conocimiento… pero también fue ese conocimiento el que alimentó el conflicto entre Militia y Avernyu: traición, caída de imperios, desesperación. Nacieron con fuerza Gastrimargia, Cenodoxia, Lujuria, Soberbia, Avaricia, Pereza, Gula… Los mismos entes que habían sido advertidos por las divinidades devoraron las vidas de miles.

Aunque las naciones están juntas, los saltos a través del Halo siguen siendo un tormento. Comunicarnos o defendernos entre reinos es un esfuerzo titánico. Solo podemos usar lo que queda… y seguir intentando vivir.



SE-D3-F1-N, Garland en línea: Navegante 2603 Garland, en apoyo a Naraka. Desplegando informantes HUD. Seal Map — mapeando zona. Cuadrantes 74 y 75 enlazados. Ruta establecida. En 5. —Oído, Striker capitán.

SE-D3-F1-N, Garland en línea: Avistamiento de Crow, sistema espacial de rescate. Crow a 350 metros de la zona caliente, en combate. Navío no tripulado trazando ruta de escape. —Oído, Strike.

Seguimos el protocolo. Como Helper, debía sostener la calma, la disciplina… incluso cuando sentía cómo la desesperación me golpeaba por dentro. Itsuki estaba a mi lado, firme, y el equipo también. Años trabajando juntos: sabíamos cómo actuar, cómo respirar, cuándo hablar y cuándo callar. Revisaba sin descanso los números en mi proyección, asegurándome de que nada cambiara de manera abrupta… que mis coordenadas fueran precisas… que cada paso los mantuviera con vida.

SE-F1-Heimdal en línea: Cubriendo zona. En movimiento. Navegante.

SE-F1-Striker en línea: Oído, Nauta Garland.

SE-D3-F1-M, Garland en línea: Cuadrante 77 en combate. A las 6.30 hay espacio en blanco: desciendan. 023, cubre a Striker. Oído, Strike. 023, adelante.

SE- F1- 023 en línea: Crow, contesta Crow! SE- D3- F1- Strike en línea: Mayor… sin municiones. Bajamos por 6.30. Repito: municiones insuficientes. Nos dirigimos a 110 sin municiones. NE- Interferencia de emergencia, sistema. NE- F1. NE- F1- Ghost en línea: Gos… (estática) cuadrante online… 70% fuera de combate… solicito— (estática). NE- F1- Ghost en línea: cuadran… (estática) 33 perdido el… Reporte de sistema: NE-F1-C33- LOSE NE- F1- Ghost se ha desconectado. NE-F1-C34- LOSE SE- D3- F1- M.Garland en línea: Aquí mayor Garland. Ghost, adelante Ghost. ¡Comandante Ghost, responda! NE-F1-C76- LOSE NE-F1-C77- LOSE NE-F1-C110- LOSE SE- F1- Crow se ha desconectado.

El parpadeo del sistema me atravesó. Crow… desconectado. No fue tristeza. Ni siquiera dolor. Fue ese golpe seco en la boca del estómago que te quita el aire y te deja temblando. Las ganas brutales de arrancar la consola del panel, de meterme al Re:revivere a la fuerza y ver—sentir—lo que ellos estaban viviendo para poder ayudarlos aunque fuera un segundo.

Pero no podía. Y odié esa impotencia. Odié haber dudado. Odié haberme permitido, aunque fuera por un instante, culparlo… a él. A Crow. A ese idiota que cambió todo por una desconocida que aprendió a atesorar… y que aun así levantaba placa por placa para que ninguno de los caídos quedara olvidado en el campo.

Las pantallas se tiñeron de horror. Juggernauts. Decenas. Cientos. Una marea imposible. Nunca habíamos visto tantos. Nunca habían sido… así. El mapeo no alcanzaba, los drones chisporroteaban tratando de enfocar, y el número 99 parpadeó como una sentencia.

Sentí cómo algo dentro de mí se rompía. Pensé: ¿Ahora también tienen Juggernauts? ¿Qué puedo hacer? Y me perdí. Solo un instante. Pero suficiente para odiarme por ello.

Reporte de sistema: NE-F1-C32- LOSE

—¡Mei! ¡Mei, ¿estás bien?! —Sí… estoy bien. Gracias, Itsuki. Vamos, debemos continuar. —¡Sí!

Aunque el sistema grite pérdidas. Aunque duela. Aunque me arrastre la desesperación… No voy a ceder ahora. No después de haberlos dejado caer ni un segundo en mi mente.

Voy a seguir. Aunque me desgarre. Aunque me queme por dentro.

Voy a seguir.

SE- D3- F1- N. Garland: Nauta 2603 Garland, vuelo bajo, nueve grados a la izquierda, cuadrante 76. No reconocido Strike. No reconocido. Situación imposible de confirmar. Strike, reporte.

Reporte de sistema: ES-F1-C32- LOSE

SE- F1- Striker en línea: En ruta establecida. No podemos hacer el salto, defendemos muralla en 143 y 142. Solicitamos restablecimiento.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603: Bien, Capitán. Pediré mapeo de 109 a 107. Distrito 3 cuenta con nosotros, no podemos dejar caer la muralla.

SE- D3- F1- Navegante 2603 Garland: Escuadra navegantes central D3 a Frontera 1: mapeo de 107, 108 y 109. Orden confirmado. Escolta sugerida con cargamento IMB 2-47. Solicitando permiso para ojivas 400ATM. Oído, Strike.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603: IMB 2-47, ojivas 400ATM solicitadas. Reconocimiento Mayor Garland, ID 2603, Rango B. Doy mi consentimiento.

Sistema Nueva República – Informe: Solicitud IMB 2-47 / Ojivas 400ATM… DENEGADO.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603: ¡Diablos!

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603: Strike, aguanten un poco más… solo un poco mientras conseguimos soporte.

Reporte de sistema: ES-F1-C34- LOSE Reporte de sistema: ES-F1-C110- LOSE



¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué nos niegan armamento de primera línea cuando hay vidas dependiendo de esto? Un solo disparo de esas ojivas y todo cambiaría. Mi equipo seguiría intacto. Pero no. Negado. Dos veces.

No puede ser un fallo. No puede ser un mal reporte. Algo está roto, y no solo en el sistema. Pero no voy a ceder. No hoy.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603: IMB 2-47, ojivas 400ATM solicitadas. Mayor Garland, ID 2603, Rango B, reitero consentimiento.

Sistema Nueva República – Informe: Solicitud… DENEGADO.

SE- D3- F1- Navegante 2603 Garland: Mayor, mapeo de los tres distritos completado. Me aventuro a lanzar soporte de combate.

Itsuki arriesgándose… Saliéndose del lineamiento del manual. Eso es nuevo… pero la entiendo. No es momento de pensar en repercusiones. Necesitamos todo. Todo lo que quede. No puedo perder a este equipo. No ahora. No hoy.



SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Concedido. SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Strike, oído. Soporte aéreo llegará a tu posición en 6. Navegante en la línea.

SE- F1- Striker en línea: De acuerdo… pero esto es una horda. ¿Cómo no supimos desde dónde atacaron? (estática) ¿Algún conocimiento del capitán del NE? ¡Necesitamos más ayuda!

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Strike, solicitando la información.

SE- D3- F1- Navegante 2603 Garland en línea: Cazafantasma desplegados. Ataque en 3. Enviando coordenadas.

SE- F1- Striker en línea: Sin mapeo, Navegante, nuestra posición puede ser revelada por la conexión de los parásitos. No podemos pelear en la red.

SE- D3- F1- Navegante 2603 Garland en línea: Oído, Strike. Ataque a 1200 metros, 34 grados NE, 4 cazas en aproximación. Tiempo: 1.25… 1.23… 1.20…



SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Sede Sistema Central Nueva República, Mayor Garland, Helper Frontera Uno — sureste. Solicito mapeo de zonas afectadas y bitácoras calendarizadas del capitán “NE-Ghost”. Clasificación de ingreso B.

SE- F1- Striker en línea: Equipo en línea, ¡Mayor!

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Información lista para enviar. Escuchen todos: si esto les ayuda, haré canal abierto.

SE- D3- F1- Navegante 2603 Garland en línea: Lluvia cayendo… en cubierta, Strike.

SE- F1- Strike en línea: Oído. Cubiertos. Atentos.



SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Bien. Sistema, informe.

Reporte de sistema “NE” — Noreste: Fronteras F1, F2, F3 — pérdida total. Barrera — inexistente. Distritos D3, D6, D5, D4, D9, D8 — perdidos.

Consecuencia: La Mesa Directiva Olympus desplazó con ojivas 2800ATM los distritos comprometidos y cerró sus fronteras.

Pérdidas civiles republicanas: cero. No se reportan bajas que lamentar.



SE- F1-Heimdal en línea: ¡Esto es una porquería, maldita sea! (estática)

SE- F1-023 en línea: No podemos atrasarnos más. Si llegan al puente, la estructura se desplomará y el Distrito 3 del Narukami quedará descubierto.

SE- F1-Heimdal en línea: No podré sostenerlos más… no estoy en posición de poder contra la horda, Strike.

¿Por qué…? La información no coincide, no debería… pero ahí está. ¿Qué está pasando…? ¿Cómo es posible que perdimos fronteras y distritos por encima sin que nadie lo reportara? ¿De dónde demonios vienen tantos enemigos? ¿Y por qué… por qué no me permiten el armamento de primera línea? ¿Por qué negaron las ojivas? ¿Qué diablos pasa…?

Necesito pensar. Necesito… pensar. Itsuki ya envió los cazas, pero ¿qué más podemos hacer? ¿Más navíos sin tripular? ¿Conectarnos a la red directa?

No. No. Si Mei se conecta… filtraríamos información. Revelaríamos la posición a cualquier parásito conectado.

No puedo… no puedo arriesgarla así. Entonces ¿qué hago? Vamos, piensa… piensa, maldición.



SE- F1-Strike en línea: Escucho a mi equipo, Mayor. No los dejaremos pasar. El puente es la última frontera entre ellos y millones de inocentes.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Strike, dame tiempo. Enviaré ojivas para que ustedes pasen. Los necesito vivos para proteger el Distrito Tres y reconstruir Frontera Uno sureste.

SE- F1-Striker en línea: Lo lamento, Mayor… pero no podemos dejar pasar a los parásitos. Estamos en la línea para detenerlos.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Denegado, Strike. ¡No! Los cazas te están dando tiempo, aún tienes municiones, pueden resistir. Seguiré brindando apoyo. Me conectaré a la Red si es necesario. No los dejaremos.

SE- D3- F1- Navegante 2603 Garland en línea: Cazas en vuelta, destruyendo objetivos a discreción. Capitán, estaremos apoyándolo. El muro no caerá.

SE- F1-023 en línea: No podemos atrasarnos más… Son millones detrás del distrito, ¿de qué nos sirvió entrenar con ustedes estos años? Si llegan al puente, la estructura se derrumbará.

SE- F1-Heimdal en línea: Una señora del Distrito Tres me escondió a mí y a mi hermana… Arriesgaron su lugar por nosotros.

SE- F1-Strike en línea: ¡Shinigami!

SE- F1-Heimdal en línea: ¿Shin…?

SE- F1-023 en línea: Su equipo está a— (estática)

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: ¿Qué? ¿Quién?

Código de sistema: DREAD.

SE- D3- F1- Nauta 2603 Garland en línea: No logro ponerlo en línea… pero se mueve rápido. Es un equipo. El sistema lo marca como DREAD.

Mei… el sistema no lo desconoce, pero lo marca como código Dread. Es un código negro. Itsuki desvió la mirada apenas apareció en pantalla. Yo también sabía lo que significaba. Un código negro no se usa. No existe. Nunca lo hemos visto. Nunca ha habido uno activo. Y ahora… ahora aparece ligado a un equipo.

¿Por qué? ¿Qué demonios está pasando? ¿Por qué ignorábamos esto? ¿Y qué es… Dread?



SE- F1-023 en línea: En el segundo año, en el Distrito Uno… nos negaron por mestizos. Crow y yo fuimos degradados al Tres. Ellos se arriesgaron por nosotros. Les debo ese favor.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Pero qué— Qué demonios están diciendo… Esta es una orden. ¡No morirán hoy! Yo no—

Código de sistema: DREAD.

SE- F1-Heimdal en línea: Hoy es un buen día… El amanecer será hermoso.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: ¿Qué demonios les pasa? ¿Quién llegó? ¿Qué están haciendo?

Itsuki… por favor… apaga la consola. Tenemos que conectarnos.

Itsuki: Pero Mei… no alcanzaremos. Si ellos deciden—

¡No los dejaré! ¡Apaga ese maldito código ahora! Solo quiero que esto termine… Solo quiero que vivan. No puedo perderlos aquí. No así. No hoy.

SE- D3- F1- Nauta 2603 Garland en línea: Cazas en vuelta. Atacando. No nos rendiremos. Si es necesario, entraremos en línea. Por favor…

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Strike… Por favor. Hemos estado con ustedes cinco años. Solo les faltan un par más para la jubilación. Retírense de la línea…

SE- F1-Striker en línea: Lo lamento, Mayor. No podemos dejar pasar a los parásitos. Nos superan… y tienen armamento que puede derribar navegantes.

—Último mensaje por canal de emergencia. Buena suerte.

>> Somos libres… hoy.

Yo apreté los puños. No podía respirar. No podía pensar. Solo repetía en mi cabeza no, no, no.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: ¡Strike, retrocedan! ¡Es una orden! ¡Es una—!

SE- F1-Striker en línea:

Mayor… gracias por estos cinco años.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Denegado, Strike. ¡Es una orden!

SE- F1- Striker en línea Emercia: —Por ser los bufones hoy…

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: ¡Strike, escúchame! Te relevo de tus permisos. Strike… ¡maldita sea… Strike!

SE- F1- Striker en línea E: Hoy recogemos lo que cosechamos, muchachos. Hoy es un buen día.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: ¡Esto es insubordinación! ¡Es una orden! Equipo Strike, no tienen permiso para—

SE- F1-Heimdal en línea: Hoy es un buen día.

SE- F1- Striker en línea E: Hal… hoy es un buen día, ¿no crees?

SE- F1-Heimdal en línea: Miko…

SE- F1- 023 en línea: ¿Pero qué demonios te pasa? ¿Qué crees que haces?

SE- D3- F1- Nauta 2603 Garland en línea: ¡Su nombre! ¡Su nombre, esperen!

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: ¡INSUBORDINACIÓN! ¡Qué creen que hacen! ¡Escúchenme, no pueden—!

SE- F1-Heimdal en línea: Miko… A la mierda todo, Miko… ¡Te amo!

SE- F1- 023 en línea: Idiota… ¿Qué carajos crees que haces? Crow llegará en cualquier momento y— y… (solloza) te pateará el trasero porque… porque…

SE- F1- Striker en línea E: Por fin, Hal. Llegó el momento. (risas)

SE- D3- F1- Nauta 2603 Garland en línea: Por favor… el caza está en camino. Nos conectaremos, pero— por favor…

SE- F1- 023 en línea: Idiotas… Entonces Hal… hasta que llegue Kensui.

SE- F1-Heimdal en línea: Que así sea, Miko. Que así sea. Lo esperaré con gusto… Ahora seremos hermanos.

SE- F1- 023 en línea: Hoy es un buen día…

SE- F1- Striker en línea E: Hoy es un buen día… para ser… para ser el Rey.

SE- F1- 023 en línea: ¡Larga vida al Rey!

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: ¡Denegado, Strike! ¡Es una orden! ¡Strike!

SE- F1-Heimdal en línea: ¡Larga vida al Rey!

SE- D3- F1- Nauta 2603 Garland en línea: Strike, es una orden. Detengan acción. Caza en camino. Strike… reporte.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Strike…

SE- F1- Striker en línea E: ¡Larga vida al Rey!

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: ¿Qué demonios está pasando con las comunicaciones? ¡Respondan! Strike… reporte.



SE- D3- F1- N. Garland: Solicito imagen del mapeado completo, Línea Sureste — Distrito Tres, Frontera Uno. Acceso por nombre Garland Nauta, escuadrón Strike.

Reporte de sistema: Denegado. Navío sin conexión. Reporte de sistema: ES-F1-C144 — LOSE Reporte de sistema: Denegado. Mapping error.



¿Cómo llegamos a esto? Un día como cualquier otro… ¿Por qué?

¿Por qué mi equipo? El equipo que siempre sorteaba todo… Que venció cada obstáculo… Que solo necesitaba un par de años más para ser libre…

¿En qué fallé? ¿De qué me perdí?



SE- D3- F1- N. Garland: Solicito mapeado completo, Línea Sureste — Distrito Tres, Frontera Uno. Acceso por nombre Garland, navegante del escuadrón Strike.

Reporte de sistema: Denegado. Navío sin conexión.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: ¡¿Qué demonios está pasando?! Strike… ¡Strike!

SE- D3- F1- N. Garland: El navío no tripulado fue abatido. Qué demonios…

Reporte de sistema: ES-F1-C33 — LOSE Reporte de sistema: ES-F1-C109 — LOSE

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: Strike…

SE- D3- F1- N. Garland: Mapeado de los cuadrantes…



La frustración me quemó por dentro. La rabia me subió al pecho. Volteé hacia Itsuki: se mordía el labio, tratando de contener el sollozo, las lágrimas cayéndole sin permiso, los puños cerrados hasta ponerse blancos.

Y yo… yo solo podía ahogarme en mi propio coraje, sintiéndome inútil, rota, avergonzada.

Un pitido. Uno solo. Agudo. Final.

Reporte de sistema: SE-F1-Strike – DISCONNECTED

SE- F1-023 en línea: Mei… No llores.

Reporte de sistema: SE-F1-023 – DISCONNECTED

SE- F1-Heimdal en línea: Hoy… será un hermoso amanec—

Reporte de sistema: SE-F1-Heimdal – DISCONNECTED

Y el canal quedó vacío. No hubo explosión. No hubo gritos. No hubo estática.

Solo silencio. Silencio puro. Absoluto. Cruel.

Mi garganta se cerró. Las manos temblaron sobre la consola aún caliente.

Si hubiera apagado el código antes. Si no hubiera dudado. Si no me hubiera aferrado a los protocolos…

Tal vez— Tal vez…

Pero ya no había nadie en línea para escucharlo. Ni para corregirme. Ni para decirme que aún había esperanza.

Me quedé mirando el visor, mientras el código Dread seguía parpadeando. Único. Imperturbable. Como un epitafio que yo misma había permitido.

Y entonces entendí el peso real del silencio. El peso de un error que ya no se puede deshacer.

SE- D3- F1- Nauta, Garland: (solloza) Sistema cerrado…

Reporte de sistema: ES-F1 — Fuera de línea.

SE- D3- F1- Mayor Garland 2603 en línea: ¡Demonios!

Reporte de sistema: ES-F1 — Fuera de línea. Conexión finalizada.



Toda mi visión… inútil. Un mapa roto. Enemigos avanzando desde el norte como si caminaran sobre tierra muerta, sin que nada los tocara. Y ese maldito código negro. ¿Qué era? ¿Por qué mi vista no alcanzó… por qué nos negaron el armamento… y quién demonios es Shin?

Cuando la conexión se cortó, sentí que cinco años de trabajo no habían significado nada. Que no hubo equipo, ni lazos, ni confianza. Solo… yo. Un títere parlante fingiendo preocupación. Una figura decorativa en un puente vacío.

Me levanté de golpe. Quería romper todo. El tablero, la pantalla, el cristal, lo que fuera. La rabia venía de un sitio que ni sabía que existía. Rabia, impotencia, vergüenza… mezcladas como ácido.

Miré el reflejo en la pantalla: Itsuki apretaba los puños con tanta fuerza que temí que se rompiera los dedos. El dolor era mutuo. Se enderezó, rígida, la mirada clavada hacia arriba para no llorar. De su labio cayó una gota de sangre.

Entonces me habló:

¿Qué opinas?

El silencio era un lugar horrible: pesado, sofocante, lleno de desesperación y de todo lo que no quería admitir. Me temblaba el pecho. No podía dejar que se me quebrara la voz. No podía aceptar lo inútil, lo pequeña, lo rota que me sentía.

Así que tragué todo. La vergüenza. La rabia. Las lágrimas.

Y después de un suspiro amargo, finalmente respondí.

Respiré hondo, pero el aire no alcanzó. La garganta me ardía. Sentí cómo una lágrima quería escapar y tuve que morderla hacia adentro.

—…Opino que… fallé, Itsuki. —mi voz salió apenas, como si pesara toneladas—. Que todo lo que hice… no sirvió para nada.

Tragué saliva, forzando a mi cuerpo a mantenerse firme. —Opino que… debía protegerlos. Que debía saber. Que… que no tenía derecho a perderlos así.

Mi mirada se nubló, pero parpadeé rápido, ahogando el quiebre como podía. —Opino… que hoy no fui suficiente.

La última palabra casi se me rompió, pero logré sostenerla en el borde antes de que cayera.

—No… —la voz se me quebró antes de terminar el primer sonido—. No creo que… pueda. No tengo una opinión. Las palabras salían torpes, rotas. —La verdad es que… es que… no sé.

Itsuki no preguntó nada más. Solo suspiró, cerró los ojos un instante y limpió la sangre de su labio con ese gesto tan suyo, tan contenido. Su mano izquierda acarició con suavidad su antebrazo derecho, una especie de refugio silencioso, mientras de vez en cuando me miraba, como si buscara la forma correcta de sostenerme sin que yo me deshiciera.

Nos desconectamos. El neuroconector salió de la red con un chasquido mecánico que sonó a sentencia. Y ahí nos quedamos, suspendidas, sin movernos. Ninguna de las dos quería abandonar la cámara de conexión asistida. Se sentía como un útero muerto: tibio, vacío y sin respuestas. Supongo que ambas estábamos igual de ahogadas.

Pero al abrir la puerta… el mundo nos aplastó.

La fanfarria retumbó como un golpe seco en la nuca. El estruendo voluminoso, los aplausos, los gritos… todo se volvió una ola que nos tragó. Ese día recibimos la llamada para nuestra tercera medalla Vesta. Tercera. Y nosotras apenas podíamos sostenernos en pie. Las sonrisas falsas a nuestro alrededor eran máscaras grotescas; sus rostros desencajados, caricaturas. Y nosotras solo nos preguntábamos: ¿por qué?

Afuera ya esperaban los medios. Generales de la República. Funcionarios. Y el tío Frank, por supuesto, con su voz engolada presumiendo a la “gloriosa familia Garland”, celebrando “la amistad de décadas” y el “honor” de acompañar a “las dos heroínas de Idalia”. Heroínas. Nosotras, que seguíamos sin sentir los dedos. Nosotras, que todavía escuchábamos los códigos de pérdida resonando como fantasmas en los oídos.

Frank hablaba de una gran batalla, de valentía, de legado. Nosotras solo queríamos llorar o correr. O ambas. Pero nos empujaron, nos arrastraron, nos colocaron donde querían vernos. Y cuando finalmente las lágrimas nos vencieron… solo sirvieron para embellecer su espectáculo. Para volverlo un cuento amarillo, perfecto para los titulares.

Aquella noche no hubo descanso. No hablamos entre nosotras. No dijimos una palabra a los medios, ni a los militares, ni a nadie. Pero aun así… aparecieron declaraciones. Nos transformaron en dos marionetas sonrientes, dos estatuas estoicas que “celebraban una victoria histórica”. La verdad era otra: estábamos a nada de vomitar.

Las cámaras y sus narrativas solo revelaban el egoísmo de los altos cargos, el desinterés absoluto por los distritos exteriores. Presumían “cero bajas civiles”, cuando lo único que mostraba eso era la desigualdad podrida y el racismo que devoraba Idalia desde el centro.

La realidad era distinta. La verdad era un cadáver que nadie quería ver.

Caminamos perdidas entre la multitud. Nuestras miradas solo se encontraban para buscar desesperadas una salida—cualquier salida—de esa avalancha de cuerpos, luces y aplausos. La gente celebraba. Gritaba nuestros nombres. Nosotras solo queríamos desaparecer.

Nadie notó lo que de verdad éramos en ese instante.

Y al final, la noche terminó convertida en una celebración nauseabunda, con dos condecoraciones demasiado pesadas colgando de nuestros cuellos.

Para nosotras, fue el recuerdo de que el país al que juramos proteger decidió que algunas vidas no valían la pena ser contadas.

Y aun así nos premiaron… como si la sangre ignorada pudiera pulirse con oro.

En cada rincón donde hubiera un noticiero, una consola encendida o una transmisión de la Nueva República, nuestros nombres y rostros aparecían repetidos hasta el cansancio. Éramos “la victoria”, “el escudo de Idalia”, las dos figuras brillantes que habían detenido a la Horda justo antes de que destruyera la ilusión de vida tranquila detrás de los muros.

Caminábamos hacia casa y no podíamos ni parpadear sin recibir elogios. Las manos desconocidas nos tocaban los hombros, los comerciantes nos regalaban comida, los niños nos pedían fotos. Nuestros pies pesaban tanto como nuestras lágrimas contenidas, pero no podíamos huir de esa multitud que celebraba sin comprender nada. Todos nos “reconocían”, pero nadie parecía querer vernos.

La versión oficial era simple, cómoda, heroica: “La Mayor Mei y la Navegante Itsuki repelieron los ataques incesantes de las hordas enemigas, sacrificando a su propio equipo para derribar el puente y evitar una incursión masiva. Gracias a su acto de valentía, no hubo bajas humanas que lamentar.”

Esa frase —no hubo bajas humanas— fue el golpe final. Porque significaba exactamente lo que temíamos: que para el gobierno, para los medios, para los distritos altos… nuestro equipo jamás fue considerado humano.

Ni siquiera en su muerte.

Las Heroinas Garland. Así nos llamaron. Así nos nombraban en cada repetición del informe. Así nos bautizaron en la propaganda para tapar la negligencia, el racismo y el abandono.

No pudimos salir de casa en días. El apartamento se llenó de flores, comida, regalos, tarjetas repletas de frases que apestaban a ignorancia: “Orgullo nacional”, “Descansen, valientes”, “Pronto volverán a pelear”. Decían que estábamos “recuperándonos”, como si se tratara de unas vacaciones forzadas.

Pero en realidad… No podíamos dormir. No podíamos respirar sin oír los gritos. La culpa mordía en cada silencio. La vergüenza nos quemaba.

¿Por qué pasó así? ¿Por qué no fuimos capaces de salvarlos? ¿Por qué se nos negó el armamento que habíamos solicitado tres veces? ¿Por qué ellos tenían que enfrentar la Horda sin munición? ¿De dónde diablos salieron los Juggernaut que “milagrosamente” aparecieron para completar el informe oficial? ¿En verdad todo sucedió así, o están reescribiendo la historia ante nuestros ojos?

La república celebraba. Idalia aplaudía. Y nosotras, encerradas en un apartamento lleno de flores marchitas, aún nos preguntábamos si lo que hicimos fue un acto de valentía…

…o si solo fuimos dos engranes más de una maquinaria que decidió quién merecía vivir y quién no.

Mei…? —Sí, Itsuki.

Itsuki respiró hondo, como si cada palabra que estuviera por decir cargara el peso de todo lo que no habíamos llorado.

—Mei, escucha… creo que no podemos simplemente no presentarnos a esa ceremonia.

—Lo sé —respondí—. Pero… sabes que será lo primero que nos pidan hacer. Y yo… me siento culpable. No sé si pueda pararme ahí como si nada.

Itsuki bajó la mirada. Una lágrima le cayó sin aviso por la mejilla, recorriendo su piel con una lentitud que me desgarró. Cerró los ojos un instante, respiró como si intentara recomponer algo roto dentro de sí, y sin limpiarse la lágrima regresó a verme con una expresión débil, casi condescendiente, casi maternal.

—Lo sé —dijo con voz suave, apenas un susurro—. Pero también es momento de aceptarlo.

Sus manos temblaban. Todo en ella temblaba.

—Creo que hay tanto ruido afuera que no escucharán nada más —continuó—. Y… si aceptamos estas medallas… que sea en nombre de un mejor futuro, ¿no crees?

No pude contenerme más. Las lágrimas me brotaron a cántaros, como un dique roto. Le dije que sí, que tenía razón… pero que dolía, que me sentía inútil, que no me reconocía. Que todo lo que había pasado me estaba partiendo por dentro.

Itsuki me abrazó. Y ese abrazo fue el final del silencio. Ella también se quebró. Un llanto tembloroso, caliente, cargado de rabia, vergüenza, impotencia y un dolor que habíamos amordazado durante días. Por primera vez desde el código negro… lloramos juntas.



Salimos de casa. O tal vez salimos arrastradas por la inercia. La ceremonia era un espectáculo de luces, banderas, fanfarria y cámaras. La gente gritaba su entusiasmo, pero esa algarabía nos perdía, nos desorientaba, como si estuviéramos dentro de un sueño ajeno.

Nos paramos derechas, sonreímos cuando lo pidieron, aceptamos las medallas mientras los flashes nos perforaban la vista. Pero nuestras almas… no estaban ahí.

Nuestros cuerpos resistían por costumbre, mientras nuestras mentes deambulaban entre la culpa y el luto. Entre los nombres que ya nadie quería pronunciar.

Al terminar la gala, nos obligaron a visitar los altares y tumbas de los fundadores con un séquito de cámaras siguiendo cada paso. Teníamos que “agradecer el legado”, sonreír, mostrar reverencia. Dejamos flores donde nos dijeron que las dejáramos, bajo la mirada vigilante de los productores de noticias.

Las tres Medallas Vesta brillaban sobre nuestros pechos con un dorado tan intenso que parecía burlarse de nosotras. Las cámaras lo captaban como un símbolo de gloria. Pero en las pantallas, junto a ese resplandor… nuestros rostros se veían vacíos.

Muertos.

No por la batalla. Sino por la mentira que ahora éramos obligadas a representar.

La ceremonia terminó, pero lo peor no fue la fanfarria, ni las luces, ni la presión del escenario: fue la reacción del público cuando salimos a las calles.

Idalia… la “ciudad perfecta”. La ciudad que presume orden, unidad, progreso. La ciudad que oculta su podredumbre bajo estandartes dorados.

Apenas cruzamos la plaza central, la gente nos rodeó como un enjambre. No había espacio para respirar. Ni para sentir. Ni para doler.

—¡Heroínas! —¡La Mayor Mei! ¡La navegante Itsuki! —¡Son increíbles! ¡Gracias por salvar a la república! —¡Son un ejemplo! ¡Son el orgullo de Idalia!

Cada frase era un filo que se incrustaba más profundo.

No sabían. No entendían. Y, lo que era peor… no querían saber.

Las pantallas gigantes reproducían sin parar las imágenes oficiales: dos guerreras estoicas enfrentándose a una horda que “amenazaba la paz de la nación”. La narrativa repetida hasta el cansancio: el equipo Garland había sacrificado todo por preservar la pureza de los distritos centrales. Un logro “sin bajas humanas”. “Un triunfo impecable.”

Y la gente lo consumía con una fe ciega que daba miedo.

Itsuki se aferró a mi brazo. Estaba rígida. Casi paralizada.

—No están llorando por ellos… —murmuró sin mover los labios—. Ni siquiera saben sus nombres.

Tenía razón. La multitud gritaba por nosotras como si fuéramos actrices en un escenario histórico. Pero nadie preguntó por Strike. Nadie mencionó a Heimdal, ni a Miko, ni a Crow. Nadie se cuestionó por qué un equipo entero tuvo que inmolarse.

Para Idalia, sus muertes no contaban. Para la “ciudad perfecta”, los combatientes de primera línea eran poco más que piezas reemplazables, engranes baratos de una maquinaria de propaganda.

Nosotras… éramos solo el envoltorio lindo.



Cuando aparecieron los reporteros, el aire se volvió irrespirable.

—¡Mayor Garland! ¿Qué se sintió ganar sin bajas civiles? —¡¿Cómo lograron contener a la Horda?! —¡¿Qué mensaje quieren dar a la juventud de Idalia?! —¡Son la prueba del renacer republicano!

Cada pregunta era absurda, frívola. Eurosas. Violenta, incluso en su ignorancia.

Quise gritar. Quise decirles que todo era una mentira. Que nos habían dejado sin armamento de primera línea. Que el código negro era real. Que Strike murió pidiendo ayuda que nunca llegó. Que no solo fallamos: nos fallaron.

Pero la voz se me rompió antes de salir. El aire no alcanzaba. Todo se me nublaba.

Itsuki soltó un suspiro tembloroso, y con una sonrisa tan falsa que dolía verla, respondió:

—Nuestro sacrificio es por Idalia.

La multitud estalló en aplausos. Y ese estruendo… ese ruido vacío… ese fervor tan orgulloso como cruel… me provocó un vértigo que casi me derrumba.

Aplaudían una mentira. Celebraban una tragedia. Adoraban una versión fabricada de nosotras que no tenía alma.

Mientras las cámaras captaban “el momento”, me atreví a mirar a los ojos de algunas personas en la multitud. Todos tenían la misma expresión: fascinación. euforia. devoción.

Ni rastro de duda. Ni una sola pregunta.

Y ahí lo entendí:

En Idalia, la verdad no importa. Importa la imagen. Importa la perfección. Importa el espectáculo.

Nosotras… solo éramos otra pieza de esa maquinaria brillante y podrida.

Y por primera vez desde que empezó todo, sentí miedo. Miedo real.

No de la Horda. No del enemigo externo.

De Idalia misma. De su gente. De su sonrisa perfecta. De su voluntad por creer en una mentira, aunque costara vidas.

Llegamos a casa bajo un silencio sepulcral. Ni siquiera vimos las flores amontonadas en los pasillos ni escuchamos los gritos de aliento que nos perseguían como ecos de una mentira repetida. Todo se volvió un borrón uniforme. Entramos, nos duchamos sin decir palabra y nos preparamos para dormir. Solo hubo un “buenas noches” seco, quebrado, acompañado de una lágrima que ninguna quiso limpiar. Después, cada una desapareció en su habitación como si el sueño —en teoría— pudiera curar lo que nos estaba rompiendo por dentro.



Me desperté pensando en lo mismo que me atormentaba desde el día anterior. ¿Qué podría cambiar de mi rutina? ¿Qué se supone que debo hacer ahora?

Llevo años viviendo una vida cómoda, casi automática: mis necesidades siempre están cubiertas, mi nombre me abre puertas, mis problemas nunca han parecido tan graves como los de otros. Y aun así… no es suficiente. Me da vergüenza admitirlo, pero la comodidad ya no me calma. Todo lo contrario: me enferma.

No dejo de preguntarme si vale la pena seguir fingiendo que nada pasa. Si vale la pena aceptar lo que viene estando tan rota por dentro.

Mis días son típicos para una capitalina. Ordenados. Predecibles. Completamente seguros, si no pienso demasiado. Pero no puedo… no puedo dejar de pensar en lo que pasó, en lo que vimos, en lo que escuchamos. No puedo olvidarlo. No puedo guardarlo. No puedo callarlo.

Juggernauts. Mutantes que jamás deberían haber estado ahí. ¿De dónde salieron? ¿Por qué nadie en la capital se inmuta?

Es casi absurdo… casi ofensivo… Vivir en una ciudad que presume perfección mientras allá afuera, en los distritos, hay cadáveres que ni siquiera cuentan como vidas.

Camino por el departamento sin rumbo, como si cada paso sirviera para desahogar algo que simplemente no se va. Me detengo frente a la ventana. La ciudad resplandece bajo luces que no saben lo que es el miedo. Y pienso:

¿Cómo es posible tanta calma… tanta perfección… tanta historia congelada… mientras allá afuera hubo un código negro? Mientras nuestros compañeros murieron sin que nadie aquí derramara una lágrima. Mientras niegan que existan juggernauts capaces de asimilar máquinas como si fueran parte de su propio cuerpo.

Juggernauts. Repito la palabra y me arde la garganta. Ese solo hecho —su sola existencia— podría destruir toda la política interna, volar por los aires los tratados inter-distritales. Si esto se supiera, el equilibrio falso de Idalia se rompería en segundos.

Todo pende de un hilo. Y nadie lo ve. Nadie quiere verlo.

Salimos con una medalla, una tercera Vesta que brilla más de lo que pesa… pero su verdadero valor está en otra parte. Quizás lo único útil de todo esto sea la posición que nos da. La influencia. La posibilidad de mover algo… de cambiar algo… aunque sea un poco.

Años enteros detrás de bambalinas fingiendo que no veíamos las verdaderas bajas, los que nunca llegan a los reportes oficiales, los que no tienen rostro para la república.

Y aun así… aquí estoy. Dudando. Teniendo miedo de actuar. Con la cabeza baja.

¿Qué demonios me pasa? —Para. —Itsuki me detuvo con un gesto suave pero firme—. Te entiendo.

Mei, ¿qué sucede?

 —Itsuki… —la voz me tembló más de lo que quise admitir— verás, creo que… También llevaba horas dando vueltas por la habitación. Sé que esto no está bien. Lo que vimos… lo que escuchamos… los nombres que se perdieron. Todo esto nos falta, algo no cuadra. Los vi igual que tú, Mei. Y sí… la conciencia me carcome.

Hizo una pausa, inhaló hondo como si las palabras le dolieran.

—Pero esto lo cambia todo. No podemos ir por ahí gritándolo. No podemos decirlo a la ligera. Si esto sale al aire sin control… podríamos tirar los muros, literalmente. Tú lo sabes. Un código negro, juggernauts, Dread… eso solo ya es suficiente para incendiar toda Idalia. El mapa estaba incompleto, los cuadrantes se perdieron, y aún así… nos negaron las ATM. Eso solo puede significar que…

—Frank. —le solté antes de permitir que terminara.

Itsuki bajó la cabeza. No se sorprendió. Yo tampoco.

—Sí —musitó—. Sí, pensé en él.

El silencio que siguió fue profundo, casi incómodo. Las dos estábamos apoyadas en la barra que divide la pequeña sala de la cocina, como si ese límite físico fuera lo único estable entre nosotras y la tormenta de pensamientos que cargábamos.

—Preguntar al tío Frank… —repetí, como si necesitara oírlo en voz alta para confirmar que de verdad estaba dispuesta a enfrentar al hombre que ha sido casi un padre para nosotras—. Es el único que pudo haber dado la negativa al armamento. Si queremos respuestas, tenemos que ir al edificio de Historia.

Itsuki me miró con determinación quebrada.

—Mei, escucha… tienes que ir. Él te recibirá. Siempre lo hace. Después de que tu papá se fue, él fue el único que quedó para ambas. Si alguien puede decirnos por qué negaron el paso… es él.

—¿Y tú? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—Yo iré a recoger las bitácoras —respondió con un dejo de rabia contenida—. Y me reportaré con el mando. Quiero saber por qué no me dejaron avanzar, qué vieron ellos, qué demonios creen que pasó allá afuera. Si vieron a los juggernauts. Si registraron a Dread. No me quedaré cruzada de brazos, ¿me oíste?

Sus ojos brillaban entre furia y miedo.

—No puedo estar tranquila, Mei. No puedo.

Y por primera vez desde el desastre… me di cuenta de que ninguna de las dos podría volver a estarlo.

—No… no conozco ese código. —Incliné la cabeza, incapaz de ocultar la vergüenza. Sentía que había fallado, y frente a Itsuki nunca había podido disimular nada.

—¿Eh? Yo tampoco. Nunca había escuchado de un código negro. —Su voz sonó rota, más sincera de lo normal.

Mi mirada cayó en su mano. Itsuki sostenía su medalla como si fuera un peso muerto clavado en su pecho. La frotaba, incómoda, casi con rabia. Cuando notó que la observaba, habló con una calidez temblorosa que me estremeció.

—Sí lo entiendo, Mei… yo también siento esa duda. Ese… vacío. Siento que estas medallas son… pesadas. Demasiado pesadas para lo que ocultan.

Las palabras me dejaron fría.

—¿Lo recuerdas, Mei?

—¿Recordarlo? ¿Te refieres a…?

—Sí. A papá.

Papá. Su nombre bastó para que el aire pareciera hundirse. Suspiré, apenas.

—Papá fue reconocido por recuperar los vestigios del viejo mundo… pero lo que lo volvió indispensable para la capital fueron los juggernauts. Máquinas de guerra capaces de contener a los demonios de Avernyu. Con ellos firmaron tratados, aseguraron territorios, levantaron Idalia y la vendieron al mundo como una nación perfecta. Con ellos… construyeron esta Nueva República.

Itsuki asintió despacio, con el ceño apretado.

—Y sí… también hablo de eso.

—¿La espada rota? —pregunté.

—Esa misma.

Su rostro se oscureció por un instante.

—¿Recuerdas cómo la quería? Aunque todos le decían que era una carga. Cuando el tío Frank discutía con él por culpa de “lo pesada que era”.

Mi mirada fue inevitablemente hacia la repisa. Hacia la foto familiar. Hacia él.

Y por primera vez sentí que toda esa historia heroica, toda esa gloria republicana… tenía un hueco negro en el centro. Un hueco del que nadie quería hablar.

—Creo que entiendo… —murmuré—. Aunque él siempre decía que el peso que debía cargar… era una pluma. ¿No? Algo como: “El peso que llevo es una pluma… y la pluma escribe nuestra historia”. —Jajaja. —Itsuki sacudió la cabeza con una sonrisa frágil—. Sí, eso decía. “Este peso es una pluma que escribe nuestra historia”. Y por eso debía llevarla. En serio, Mei… ¿acaso le ponías atención?

Solté la fotografía. Mis dedos temblaron un instante antes de deslizarla de vuelta a la repisa. Caminé hacia la barra; Itsuki seguía en la cocina, apoyada con cansancio sobre el borde metálico.

—Sí, sí… era algo así. Pero ¿por qué lo recordaste? Para mí no es más que una espada rota. Vieja. Y toda la mitología que inventaron para justificar que un pedazo de chatarra… cueste tanto dinero.

—Igual que nuestras medallas, ¿no crees?

La observé. Ella me observó. Solo un segundo. Un segundo suficiente para sentir la grieta en el pecho de ambas. Luego las dos desviamos la mirada, casi al mismo tiempo, hacia la foto familiar. Como si buscar una respuesta allí fuera reflejo y no voluntad.

—Itsuki… —tragué saliva—. Creo que lo entiendo. Y… extraño a papá.

—Mamá estaría celosa si supiera que solo recordamos a papá. —Una sonrisa leve les suavizó el rostro a ambas, más triste que alegre.

—La verdad… —continuó Itsuki— ahora esa pluma escribirá nuestra historia. Anda, ¿qué tenemos que hacer hoy?

—Ah, tienes razón. Es tarde. —Sí, pero espera…

Su voz se quebró un poco. Me detuve.

—Hablando de mamá… y el cuento de verdad. ¿Querías referirte a eso, no?

La miré. Sentí cómo la respiración se me volvía pesada mientras mis ojos se perdían en el cielo estático que entraba por el ventanal.

—Sí… así es. No puedo dejar de pensar en la frase que—

Me detuve. Itsuki estaba fija, casi hipnotizada, mirando nuestras fotos en la repisa. Parecía buscar algo. O temer encontrarlo.

—Mei… —dijo apenas—. Dejémoslo por hoy, ¿quieres? Mañana veremos qué podemos hacer. Mañana… tomaremos una decisión. Cuando el día despierte con nosotras. —…Sí. —asentí— Dejémoslo por hoy.

Me revolví entre las sábanas una y otra vez; cada postura parecía más incómoda que la anterior. El silencio del departamento, tan denso como una manta húmeda, no ayudaba. Mi cabeza seguía dando vueltas, insistente, como si el día se hubiera quedado atorado en mi pecho. Un suspiro, luego otro. Y luego el cansancio me venció.

No recuerdo en qué momento exacto me dormí. Solo que, de pronto, ya no era Mei adulta.

Era una niña otra vez.

Y estaba en la calle inclinada del distrito viejo, donde el pavimento tenía grietas curvas como sonrisas rotas. Frente a mí, una bicicleta magnética, demasiado brillante para mi tamaño, flotaba apenas unos centímetros del suelo: un zumbido suave la mantenía suspendida, como si respirara.

—Vamos, inténtalo —dijo la voz de papá.

No lo veía del todo, la luz del recuerdo lo envolvía como si estuviera hecho de sol viejo. Extendía las manos hacia mí, seguro, firme.

A mi izquierda… había alguien más.

La figura de mamá estaba allí, difusa, como si mi memoria tratara de completar un contorno que se le escapa. Recuerdo su risa, aunque no recuerde su rostro. Recuerdo su mano tibia en mi espalda, aunque no recuerde el color de sus ojos. Un eco. Una ausencia con forma de madre.

—Si caes —dijo su voz, tan suave que parecía una brisa— aquí estamos.

Mis pies tocaron los pedales. Las piernas pequeñas temblaron. Y la bicicleta respondió, elevándose un poco más. El viento me golpeó la cara mientras avanzaba torpemente, tambaleando, pero avanzando.

Papá reía. Mamá… también. Era una risa que ya no sé si inventé.

—¡Eso es, Mei! —gritó él— ¡sin miedo! ¡Tú puedes!

El recuerdo se volvió cálido. Tan cálido que dolió. Porque en el sueño, por un momento, todo estaba bien. Por un instante, el mundo era simple: una niña, una bicicleta flotante, y dos voces sosteniéndola para que no cayera.

Y entonces…

La luz cambió.

El sueño se quebró como una superficie congelada. El sonido del viento se apagó. Las voces se desvanecieron. La bicicleta descendió, lenta, como si perdiera su magia.

Abrí los ojos.

El sol ya se filtraba por el ventanal.

La habitación estaba fría, demasiado real. El recuerdo aún palpitaba en mi pecho, dejándome un nudo que no supe deshacer. Me incorporé despacio, con la garganta apretada y un resto de nostalgia pegado a los párpados.

Había amanecido.

Sentir el viento en la cara es un privilegio. Uno que parecía haber olvidado. La tranquilidad… esa sí es un lujo obsceno en la Ciudad Capital, un lujo que muchos presumen como si fuese un derecho natural, como si no costara nada mantenerlo intacto detrás de sus muros blancos.

Después de recibir esa maldita medalla, en mi cabeza solo quedaba un eco: el Código Negro. No sé por qué Itsuki y yo no hablamos de ello con más claridad. Quizás por miedo. Quizás por vergüenza. Quizás porque decirlo en voz alta lo habría hecho real.

Pero esa sombra en la consola, aquella palabra deformada —Dread— seguía ahí, persistente, como un latido fuera de ritmo.

No podía respirar bien con ese pensamiento encerrado en el pecho. Así que hice lo que cualquiera haría cuando ya no sabe si huye o busca enfrentarse a sí mismo: quise probarme, quise sentir algo real, algo que doliera o liberara o al menos me recordara que seguía siendo humana.

Llegué a una conclusión ridícula, casi infantil: Comprar fuera de los muros una bicicleta.

Una idea simple, absurda, pero que nació del lugar más honesto de mi memoria. La bicicleta flotante. El viento. Mi niñez antes de todo esto.

Bajé hasta el corredor que conectaba la Ciudad Capital con las Afueras. Las murallas blancas parecían parpados cerrándose, juzgando, decidiendo quién pertenece y quién no.

Como protocolo, me detuvieron. El desinfectado fue rápido, mecánico, casi violento: chorros fríos, sensores recorriendo mi piel, el zumbido áspero de las máquinas haciendo su diagnóstico. No hubo una sola mirada amable. Ni una sonrisa. Ni siquiera respeto por el uniforme. Solo indiferencia… o desprecio.

Y por extraño que parezca, aquello me alivió.

Un rechazo digno. Un rechazo honesto. Por fin alguien me trataba como a la aberración que yo sentía que era.

Pensé en las familias que viven en las Afueras, familias enteras escondiendo a miembros cuyos números de identificación pasan de los tres dígitos. Viven con miedo. Con culpa. Con un secreto que podría condenarlos.

Y yo… yo solo cargaba una medalla que pesaba como una mentira.

Inspiré profundo y seguí caminando. El aire de las Afueras olía a metal quemado y polvo viejo. Las calles eran irregulares, improvisadas, una costra viva pegada a la muralla blanca que casi había sido tragada por la Horda. Por un instante imaginé el desastre: los juggernauts entrando, los gritos, los cuerpos que la Ciudad Capital decidió no considerar “humanos” en su reporte oficial.

Todo se sentía más real aquí.

Seguí avanzando hasta la chatarrería que, según los registros sin licencia, vendía bicicletas viejas,magnéticas. Todo a medio arreglar, como si cada cosa allí viviera en un estado de resistencia constante.

Al llegar, me detuve. Miré la fachada desconchada. El letrero viejo. La sombra de lo que la ciudad prefería no ver.

Respiré hondo.

Y pensé, por última vez:

¿Todo esto… vale la pena?

Luego di un paso más hacia la entrada, como quien cruza un umbral que no admite retorno.

Caminé sin bajar la cabeza. No oculté lo que adornaba mi pecho: las tres Vesta brillando como una mentira pulida. Mi mente estaba fría, casi anestesiada. Escuchaba los murmullos —sí, los escuchaba— pero seguí mi paso sin detenerme. Sabía que ellos… mi equipo… ya no vivían más que en mi recuerdo, y también en el recuerdo dolido de estas personas. Por eso no podía esconder nada. Ni avergonzarme. Gracias a ellos, estas calles seguían habitadas. Gracias a ellos, yo seguía viva. Gracias a ellos, podía venir aquí a comprar, irónicamente, una bicicleta.

Entré.

El uniforme oscuro, el gorro, las insignias relucientes… en cuanto crucé la puerta, el silencio cayó como un vidrio rompiéndose. El tendero y la joven que atendía al frente se tensaron al instante.

La muchacha fue la primera en reaccionar.

—Bienvenida… dígame, señorita, ¿qué podemos hacer por usted? ¿En qué puedo serle de utilidad?

Su voz temblaba pese a su esfuerzo por mantenerla firme. Pero fue su cuerpo el que la traicionó: las manos cerradas, la tela de la falda arrugada entre sus dedos, los nudillos blancos de tanta presión. Tenía la cabeza inclinada —demasiado— en una señal de respeto que parecía más bien miedo.

El tendero salió de atrás del mostrador. Caminó hacia mí con pasos contenidos, y también él bajó la cabeza. Sus puños estaban cerrados, sus ojos apretados con fuerza como si no soportara mirarme directamente.

Por un instante no entendí qué estaba viendo. La reverencia… las manos temblando… los ojos cerrados como si mi presencia doliera.

No era respeto. No podía serlo. Olía más a culpa ajena, a miedo, a una gratitud que uno no pide pero que igual se le clava en la piel.

Sentí un golpe seco en el pecho, justo bajo las medallas. No físico… emocional. Como si un hilo invisible me jalara hacia atrás, obligándome a recordar— Dread. Las pantallas. Las voces desconectándose una por una.

Tragué saliva. No podía sostener ese gesto, no podía permitirlo.

—Por favor… —dije, pero la voz me salió más baja de lo que pretendía—. No hagan eso.

Nadie se movió.

La joven seguía con la cabeza inclinada, respirando rápido. El tendero apretaba tanto los puños que pensé que iba a lastimarse.

—Levanten la cabeza… —repetí, y esta vez no lo pedí: lo rogué.

El tendero obedeció primero. Sus ojos estaban enrojecidos, no sé si por rabia contenida o por emoción. La muchacha tardó unos segundos más; cuando alzó la mirada, estaba llorando en silencio, temblando como si hubiera visto un fantasma.

Y quizá tenía razón.

Yo era eso: un fantasma que caminaba envuelto en un uniforme, colgando medallas que nunca debieron ser mías.

—No necesito reverencias —continué—. No… no soy lo que creen. Mi equipo… no debería haber…

Las palabras se quebraron antes de salir. Me aferré al borde de mi chaqueta para no temblar.

El tendero dio un paso hacia atrás, sorprendido, pero no por miedo: por ver a alguien como yo al borde del llanto.

—Mayor… —dijo con una voz más humana, menos rígida—. Sabemos que duele. Pero no es usted quien debe agachar la cabeza.

Me quedé inmóvil.

Porque la verdad era la contraria: yo sí sentía que debía agacharla. Que cada vez que esas medallas brillaban, brillaban sobre las tumbas de los que no volvieron. Que la ciudad perfecta nos había convertido en símbolos, no en personas.

La muchacha habló, muy bajito:

—Gracias por… por mantenernos vivos.

Ese “gracias” me golpeó más fuerte que cualquier insulto.

No lo merecía. No así. No mientras el Código Negro seguía ardiendo en mi mente.

Respiré hondo, intentando no quebrarme ahí, en esa pequeña tienda, frente a dos desconocidos que llevaban un luto que yo misma no sabía cómo cargar.

—Solo… —dije finalmente, con la voz ronca—. Solo quiero una bicicleta.

Finalmente habló, en un tono grave, profundamente contenido:

—Mayor Garland… Permítanos… expresarle nuestro respeto… y… nuestro duelo.

Su voz se quebró apenas un milímetro.

—Fue… fue un honor lo que hizo su equipo. Un honor que no podremos pagar jamás.

El silencio se hizo tan pesado que casi dolía. Un silencio donde se mezclaba el agradecimiento con el rencor. La gratitud con la injusticia. El respeto con la sombra del sacrificio impuesto.

La muchacha temblaba más fuerte. No de miedo a mí… sino de lo que yo representaba.

El tendero levantó apenas la vista, sin llegar a mis ojos, y añadió:

—Díganos qué necesita, Mayor. 

Y por un instante, sentí que esas medallas pesaban tanto que me empujaban hacia el suelo.

 —Esto… esto no es más que basura para sus ojos. Seguramente hay cosas más importantes que visitar que esta pocilga. Dígame, ¿qué la trae por acá?

Bajé un poco el borde del gorro, lo suficiente para que la sombra me cubriera los ojos. No quería ver sus expresiones. No quería ver la expresión.

Me limité a responder con la voz más plana que pude reunir:

—Busco una bicicleta. Me dijeron que este era el lugar correcto. Solo necesito ver si hay una disponible.

El hombre abrió los ojos, sorprendido por la sencillez del pedido, y enseguida intentó recomponer su postura.

—Si es lo único que necesita, mi señora, yo se la traeré. Está en la tercera bodega, esperar por fa…

—No. —lo corté de inmediato, alzando apenas la mirada—. Iré yo misma. Muestre el camino.

Un silencio breve, tenso, como un chasquido contenido.

Él tragó saliva, intercambiando una mirada rápida con la joven que me había atendido primero. Ella bajó la cabeza, con la rigidez de quien no tiene permitido contradecir. Supuestamente, en Idalia, eso no debía existir.

Los distritos cercanos a la muralla —o la Gran Puerta Blanca, como algunos la llamaban con devoción absurda— eran un rompecabezas de calles amplias y separaciones enormes entre asentamientos. Decían que era para permitir patrullas más eficientes; otros decían que era para crear silencio alrededor de la muralla, como si el ruido pudiera despertar algo al otro lado.

Fuera cual fuese la razón, todo estaba dividido en bodegas inmensas, compartidas por todos: sin distinciones, sin rangos, sin privilegios. Al menos en teoría.

Pero bastó interrumpir al señor para ver cómo la joven se encogía levemente, como si temiera haber hecho algo mal. Esa reacción —una subordinación automática, instintiva— no debería existir en un sistema “igualitario”.

Pero estaba ahí. Entre las esquinas. Entre los gestos. Entre los silencios que nadie se atrevía a nombrar.

Y estaba la reverencia. Esa reverencia mal disimulada.

Seguimos caminando hacia las bodegas.

Mientras avanzábamos, sentí las miradas ocultas detrás de las ventanas. Miradas que reconocían el uniforme. Las medallas. El símbolo.

Miradas que no sabía cómo cargar.

El hombre caminó delante de mí, marcando el paso hacia las bodegas, y la joven —la misma que me había recibido con las manos temblorosas— nos siguió a pocos metros, siempre detrás, siempre con la cabeza baja.

La primera puerta metálica crujió al abrirse, y el olor a aceite rancio y metal viejo me golpeó de inmediato. Di un paso dentro… y entonces lo noté.

La gente se apartó.

Dos, tres, cinco personas dieron un paso hacia los lados, como si mi sombra quemara. Un hombre dejó caer una caja, otro fingió estar muy ocupado revisando un motor oxidado. Nadie se atrevió a levantar la mirada, pero todos sentían mi presencia.

El uniforme. Las medallas. El símbolo de los que “hicieron lo necesario”.

No era miedo. Tampoco respeto. Era… resentimiento cuidadosamente tragado.

Seguí caminando, con el sonido de mis botas rebotando contra el piso de concreto vacío. De reojo vi que la joven intentaba pegarse a la pared, casi queriendo desaparecer, mientras varias mujeres la observaban con una mezcla de compasión y juicio.

Fue entonces cuando comprendí.

No me estaban mirando a mí. La estaban mirando a ella.

A la joven. A la que no alzaba la cabeza. A la que se suponía que no debía acompañarme.

Era como si todos pensaran lo mismo:

“Pobre muchacha… ¿por qué la obligan a estar tan cerca de una oficial?”

Apreté los dientes, sintiendo un peso extraño en el pecho. No por ellos. Por ella.

Por el temblor de sus manos. Por cómo intentaba que su falda no delatara sus nervios. Por los ojos que nunca levantaba.

En la segunda bodega, el murmullo creció. Era más bajo que un susurro, pero más filoso que un cuchillo.

La gente se apartaba sin que nadie lo ordenara. Ni un solo gesto hostil. Pero la distancia lo decía todo: “No queremos problemas.”

Y cada paso que daba, sentía ese rechazo pegándose a mis medallas como polvo sucio.

En un pasillo estrecho, miré hacia atrás. La joven seguía con la cabeza inclinada, pero ahora con los hombros tensos. Sabía que todos la observaban. Sabía que cualquiera pensaría que estaba siendo castigada, usada como escolta, o peor: que había hecho algo para llamar mi atención.

Respiré hondo, incómoda. No sabía si mi presencia hacía daño sin querer.

Y aun así, seguí caminando.

El hombre señaló la tercera bodega en silencio. Sus manos temblaban un poco al encontrar la llave.

La puerta se abrió.

Me adelanté un par de pasos y me puse enfrente de la joven, apretando la mandíbula mientras sentía un calor extraño de empatía mezclado con indignación. La mano del viejo todavía sujetaba con fuerza su cabeza, y ella intentaba recomponerse, resguardando con sus manos las orejas y los rasgos que la delataban como mitad bestia. Su voz temblorosa se quebró entre disculpas continuas:

—Me disculpo, señora, por mi estupidez… lo lamento… haré que le traigan la bicicleta, por favor discúlpeme…

Ignorando al viejo, respiré hondo y dije:

—Suéltala. Quítale las manos. Muéstrame el camino. No me importa nada más.

Asintió con rapidez, acomodándose el cabello para volver a ocultar sus rasgos, y comenzó a caminar delante de mí por el pasillo de las bodegas. Cada paso de sus pies resonaba contra el concreto, acompañada del eco metálico de puertas abiertas y cerradas, como un recordatorio silencioso de que estaba atrapada entre la sumisión y la necesidad de obedecer.

Finalmente llegamos a las rejas de la tercera bodega. El hombre retiró los candados y, una tras otra, bajaron las bicicletas. No había motores, solo un mecanismo sencillo que transformaba la presión del cuerpo en energía; ruedas que giraban al empujar con los pies y bandas que permitían desplazarse con esfuerzo propio. No eran nada de lo que había imaginado; eran casi primitivas comparadas con los sofisticados aparatos que circulaban por la ciudad.

Cuando las levanté, el metal oxidado crujió bajo mis dedos. Estaban gastadas, sucias, parte de una era que parecía olvidada. El transformador, pequeño y limitado, era la clave, pero funcionaba… aún existían pocos en funcionamiento.

El viejo murmuró algo sobre el valor de la chatarra, sobre cómo esos aparatos eran relictos de otra era y, por eso, su precio era alto; el transporte público de Idalia los hacía casi inútiles. Pero para mí no era cuestión de precio ni de eficiencia. Era algo distinto: un recuerdo, un privilegio, un gesto de libertad que podía sostener entre mis manos, mientras la joven que me acompañaba se perdía entre su propio miedo y la desconfianza de quienes la rodeaban.

Me incliné levemente hacia ella, intentando que entendiera que no había juicio en mis ojos, que podía levantar la cabeza sin miedo. Y aunque sus hombros seguían tensos, sentí un hilo de alivio: había una pequeña grieta en el muro de miedo que llevaba consigo desde que entramos.

Me quedé inmóvil. Su mirada temblorosa, su voz quebrada pero valiente, su miedo sincero… todo chocó contra mi pecho como un golpe inesperado. No sabía qué contestarle sin ponerlo en riesgo. No sabía si debía enojarme o sentir vergüenza.

Así que solo dije lo que salió del corazón en ese momento, esperando que ella entendiera que de mi persona no existiría ningún tipo de reprimenda o regaño.

—No te preocupes… hee… perdón, no he escuchado tu nombre.

El viejo se cruzó inmediatamente frente a mí, con el ceño fruncido y la cabeza baja, susurrando con un hilo de urgencia:

—Mi señora… baje la voz… ¡por favor!

—No es que solo venía por la bicicleta, mi señora. ¡Se lo ruego, no nos quite nada más! —añadió, su tono ahora un poco más alto, mientras lanzaba miradas nerviosas hacia las otras personas en la bodega, conscientes del uniforme y las medallas que lucía sobre mi pecho.

Volteó de manera agresiva hacia la joven que me acompañaba:

—¡Tú vete, retírate ahora!

La joven, mitad bestia, se movían de forma errática, ajustando su cabello, sus pasos pequeños de un lado a otro, como si buscara escapar de todo aquel caos que la rodeaba, sin saber exactamente qué hacer.

Sin pensarlo, miré fijamente al viejo y alzando la voz dije con firmeza:

—¡No! Déjala ahora. ¡Déjela inmediatamente!

El viejo retrocedió un paso, sorprendido por la autoridad en mi tono. Su mirada buscaba aprobación entre los presentes, intentando medir si alguien más reaccionaría, mientras su cuerpo temblaba ligeramente por la presión social que ahora él mismo sentía.

—Mi señora… baje la voz, por favor… —susurró con un hilo de urgencia, mientras sus ojos recorrían la bodega, temeroso de lo que pudiera pasar si alguien escuchaba.

—Solo venía por la bicicleta, mi señora… ¡Se lo ruego! —agregó, su tono mezclando miedo y apuro, mientras lanzaba miradas hacia la joven que me acompañaba, y repitió.

—¡Tú, vete! —gritó hacia la joven—. ¡Retírate ahora!

La joven, se quedó inmóvil unos segundos, con los ojos grandes y húmedos, intentando ocultar el miedo y la vergüenza que la paralizaba.

Un silencio pesado se apoderó del lugar. Los murmullos cesaron. Todos los ojos estaban sobre nosotros. El viejo retrocedió un paso, sorprendido, intentando medir el peso de mi autoridad, mientras su cuerpo temblaba ligeramente. La joven se quedó inmóvil, respirando entrecortado, con las lágrimas amenazando caer.

Entonces, algo cambió. El viejo bajó la mirada, respiró hondo y lentamente extendió su mano hacia la joven.

—Toma… —dijo con voz suave, quebrada por la tensión acumulada.

La joven vaciló, luego cerró los ojos y dejó que su mano fuera tomada. Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas, y ella trató de ocultarlas con su cabello y su ropa, temblando de la emoción contenida. Por primera vez, su miedo se mezcló con un alivio genuino, y un suspiro tembloroso escapó de sus labios.

Yo bajé la voz, sintiendo cómo la tensión en la bodega se desvanecía apenas un poco. Observé al viejo y a la joven, y finalmente pude relajarme. Me incliné ligeramente, mostrando respeto, mientras escuchaba con atención lo que el viejo quería decir, consciente de que en su voz había algo más que miedo: había sinceridad, preocupación y un intento de proteger a quien lo necesitaba.

Las medallas sobre mi pecho ya no pesaban tanto; la tensión se había trasladado, de algún modo, hacia un momento de comprensión silenciosa entre los tres, donde ni el murmullo de la bodega ni los ojos curiosos de los presentes podían perturbar lo que se estaba transmitiendo: humanidad, empatía y reconocimiento de quienes, a pesar de todo, estaban intentando sobrevivir en un mundo que muchas veces no los veía.

 Y tampoco sabía por qué, o desde cuándo, las palabras “dar un nombre” se habían vuelto un crimen.

La sensación era como si el aire entre nosotros se hubiera espesado. Podía escuchar los pasos lejanos fuera de la bodega, murmullos, metales chocando, pero entre nosotros había un silencio gélido.

Yo ya sabía que no era bienvenida allí. Que mi uniforme abría puertas que quizás era mejor mantener cerradas. Que mis preguntas, mi presencia, incluso mis intenciones… podían ser interpretadas como amenazas, castigos o caprichos que ellos no podían costear.

No podía contestarle algo que arriesgara su vida. No podía permitir que mis palabras fueran una sentencia.

Tragué saliva. Algo en mi interior quiso defenderse, decirle que no lo buscaba para causar daño.

Al principio solo escuché el golpeteo suave y rápido de pasos descalzos contra el concreto.

Su cabello oscuro caía sobre los hombros, pero lo que más llamó mi atención fue su postura: erguida, intranquila, llena de horror. Ella sí levantó la mirada. 

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda.

—¿Vamos? — susurré sin pensarlo.

Ella asintió.

—Sí. Porque usted… no está buscando una bicicleta.

Mi pecho se tensó. La bodega se volvió repentinamente demasiado pequeña.

El viejo frunció el ceño, respirando con rapidez, mientras sus manos temblorosas empezaban a cerrar las ventanas con prisas, bloqueando la luz y los pasillos visibles desde fuera. Movía objetos para tapar el pasillo, corría y arrastraba cajas, tratando de aislarse del mundo sin atreverse a enfrentarse a la joven directamente.

—¡Cállate! —gritó entre dientes—. ¡No digas nada más!

Pero era tarde. La joven, me miraba como si me conociera. Como si guardara una verdad que no tenía derecho a poseer. No le temía, no retrocedía, y su voz apenas se alzaba:

—Usted busca respuestas —dijo, muy despacio—. Las mismas que buscan todos los que viven dentro de los muros. Y las mismas que nadie se atreve a decir.

Mi respiración se detuvo por un momento. Y en ese instante, entendí dos cosas:

Primero: esa joven no era como los demás. Segundo: lo que fuera que iba a decir… no debía existir.

—Dime, ¿cuál es tu nombre? —El que usted quiera, señora… —respondió la joven, casi en un susurro.

El viejo se acercó con la cabeza agachada. No fue brusco; al contrario, por primera vez su voz sonó más cálida, aunque sus manos seguían apretando nerviosamente los pliegues de su ropa.

—Permítame, mi señora… yo le explicaré. —Luego giró hacia la joven—. Sin nombre. Hazlas funcionar… que ella elija.

—Explíqueme entonces —dije con firmeza—. Quiero la que más te agrade. Para mí. Yo la usaré.

—Bien, así se hará… sin nombre, elígela. —Respiró hondo, como preparándose—. Mi señora… ¿de verdad solo vino hasta aquí por una bicicleta?

 —respondí, arqueando una ceja—. ¿Por qué la pregunta?

—Usualmente… no nos tratan tanto cuando vienen desde adentro de las puertas blancas. A mi señora le agradecemos las molestias que se tomó, pero esta visita… no es normal. —Se frotó la nuca con evidente inquietud—. A veces vienen por leche, huevos, frutas… o llevan granos y cereales. Gustos excéntricos, los entendemos. Pero preguntar nuestros nombres… —trató de sonreír, pero le tembló la voz—. Eso nos pone nerviosos. Sin ofender, mi señora, es solo que… es inusual.

—¿Y qué si pregunto su nombre? ¿No lo dijiste tú mismo? Gustos excéntricos: bicicletas. Bien. ¿Y qué hay si pregunto su nombre…?

El viejo se enderezó apenas un poco, como si tuviera que decir algo que le quemaba por dentro.

—Mi señora… ¿se hará responsable de darle un nombre? ¿Una identidad? ¿Usted la protegerá cuando aquí se enteren… que fue usted, una comandante, una helper de las primeras líneas, con medallas sobre el pecho, quien le dio un nombre a una joven mitad bestia?

—¿Por un nombre? ¿No cree que es exagerado? Una identidad… en serio. Claro que me haré responsable de darle un nombre. De darle algo a lo que todos tenemos derecho. Algo que una joven tiene derecho a tener para saber quién es, para que…

El viejo me interrumpió con una mezcla de súplica y desesperación.

—Mi señora… le ruego que entienda. Ustedes están acostumbradas a tener una vida… ella no la tiene. ¿Ya revisó su cuello? No hay números. No tiene dinero ni siquiera para que le digan que está viva. Mucho menos para soñar con una vida que no conoce… una de la que jamás ha escuchado.

Tragó saliva, luchando contra algo más grande que su miedo.

—Dígame… ¿por qué vino aquí? No es una bicicleta lo que busca. Lo sé. Un viejo tonto como yo, quizá firmando su sentencia de muerte por decir esto… pero, ¿por qué no se va, señora? Aquí no encontrará nada de lo que busca. Ella no es la respuesta… y su bicicleta tampoco.

Me sentí atacada, pero me quedé callada. Fue incómodo, asfixiante, y aun así no podía dejar de pensar en cómo contestarle sin poner en riesgo su vida. Yo ya sabía que no era bienvenida, y amenazar a alguien en ese estado no era lo más conveniente. Estaba buscando palabras… cuando ella llegó.

—Aquí tiene, señorita —dijo la joven mitad bestia con voz temblorosa—. El móvil y la tela magnética… el transformador está listo. Con esto podrá ir a donde sea y como usted guste… también está la banda, puede ponerla en sincronía con…

—Es suficiente —interrumpió el viejo, tajante—. La Señora solo quiere la bicicleta, ¿verdad?

El cambio en su tono fue tan abrupto que me dejó inmóvil. Algo tenían. Algo escondían. Y yo acababa de pisarlo.

—Sí —respondí, controlando mi respiración—. Te encargo la pintura, gracias. El dinero no es probl…

—Entiendo, mi Señora. Ahora, por favor…

La forma en que cortó mis palabras lo dijo todo: había algo que no debía ver, no debía escuchar y no debía preguntar.

—Gracias —murmuré finalmente—. La espero para entrega.

No dije nada más. Mi mirada permaneció fija hacia el frente. No volteé. No hice ningún gesto. Solo apreté la mandíbula y avancé, recorriendo las tres bodegas en silencio hasta la salida directa hacia la Puerta Blanca.

Cada paso resonaba como si la estructura entera me expulsara sin tocarme.

El mundo pareció detenerse en el instante en que crucé la salida. Cada movimiento se alargaba, como si el tiempo se estirara para observarme. Ante mí, un sendero de flores de invierno roja marcaba el camino hasta la Puerta Blanca, un río de pétalos secos que crujían con cada paso, rompiéndose bajo mis botas como si sus fragmentos quisieran gritar cada vida que se había perdido.

El aire estaba cargado y denso, con un olor punzante a aceite quemado que se mezclaba con la fragancia marchita de las flores. Cada inhalación era un recordatorio de la sangre derramada, de los muertos por la culpa de quienes habitaban la Ciudad Blanca, por los que habían decidido mirar hacia otro lado mientras los inocentes caían. Cada resquebrajadura de los pétalos parecía martillar en mi pecho, recordándome que no era bienvenida allí, que este camino no estaba hecho para mí, sino para castigarme en silencio.

Los guardias se mantenían inmóviles a los lados, como si el respeto a las flores y el hedor del aceite les hubiera congelado la autoridad. Sus miradas eran pesadas, llenas de juicio, pero sus cuerpos no se movían para detenerme. Avanzaba, con cada paso más consciente del peso del mundo que me rodeaba, de la culpa que se filtraba por cada poro de mi uniforme.

Mis botas aplastaban los pétalos secos, produciendo un crujido profundo y resonante que se mezclaba con el susurro del viento. El aceite brillaba bajo la luz, oscuro y pegajoso, como un espejo líquido que reflejaba las sombras de los que cayeron, de los que fueron olvidados. Me obligaba a respirar hondo, a mantenerme erguida, a no ceder al vértigo de la culpa que me empujaba hacia atrás.

Cada paso era un esfuerzo de voluntad, un acto de desafío silencioso. Mis manos estaban apretadas, mis labios tensos hasta sangrar ligeramente, mis ojos luchaban por no llenarse de lágrimas. Cada pétalo que se quebraba era un recordatorio de lo frágil que era todo, pero también de mi determinación de avanzar. El viento levantaba los restos de las flores, girando los pétalos en el aire, como un mar rojo y marrón que me envolvía, lento, hipnótico, pesado.

Sentía cada textura bajo mis botas: el crujido seco de los pétalos, el aceite pegajoso que simulaba la sangre derramada, los pequeños escombros que recordaban los horrores que habían quedado fuera de los muros. Cada respiración era dolorosa, cada latido parecía marcar el ritmo de un desfile fúnebre que avanzaba conmigo. Y aun así, sacaba fuerza de la nada, una determinación que parecía crecer con cada pétalo roto, cada charco oscuro, cada mirada fija que me seguía.

Finalmente, el final del sendero apareció: la Puerta Blanca. La última flor, el último charco de aceite, y un silencio absoluto que permitía sentir incluso el crujido más leve bajo mis botas. Estaba exhausta, mi cuerpo temblaba de esfuerzo, pero mi espíritu permanecía intacto. Cada músculo dolía, cada pensamiento me mordía, pero había llegado hasta allí. Y aunque el mundo a mi alrededor todavía estuviera saturado de muerte y culpa, algo dentro de mí se mantenía desafiante, encendido, invencible.

Cuando estaba por llegar a las puertas, mi hermana me esperaba. Traía leche y huevos, supongo que para mandar a hacer algunas golosinas, pero aun así, su uniforme estaba manchado como si fuera arena, y su cabello teñido de un rojo intenso y profundo se adhería a nosotras como pedazos de papel, difíciles de disimular y casi imposibles de quitar. No dijo nada hasta mi llegada; una sola lágrima lo dijo todo.

Decidí no llorar, así que cuando cerraron las Puertas Blancas y pasamos por el corredor de exámenes y revisiones, mientras los bots aspiraban todo de nuestros uniformes, me quedé callada, con la mirada fija en algún punto perdido frente a mí. Itsuki fue diferente: aunque se aguantó lo más que pudo, en cuanto nos encontramos para cruzar hacia la ciudad comenzó a llorar. Sus ojos se pintaban de rosa con las lágrimas. Lo único que pude hacer fue abrazarla.

Giré mi rostro hacia las nubes que cubrían la parte más alta de las Puertas Blancas. El atardecer teñía el cielo de tonos rojos y violetas, reflejando un lienzo que contrastaba con la pesadez que llevaba en el pecho. Caminamos rumbo a casa, pero cada paso se sentía como atravesar un mundo paralelo: las sombras de la ciudad parecían alargarse para observarnos, juzgarnos.

Al llegar a los mausoleos de los fundadores, no pude más. Las lágrimas empezaron a recorrer mis mejillas, pero Itsuki, con su típica fuerza contenida, me dijo que la noche era hermosa. Cerró los ojos y sonrió, fingiendo no haber visto nada, mientras apurábamos el paso hacia el densha y luego al edificio de nuestros departamentos. Su sonrisa era un escudo, y yo me aferré a ella, aunque mi corazón estuviera hecho pedazos.

En el departamento, la atmósfera era densa, cargada de silencio y miedo. Itsuki me contó algo que me heló: habían asesinado a la señora que le vendía los ingredientes para sus golosinas. Su cuerpo hinchado y colgado, apuñalado, dejado a plena vista como advertencia. Todo lo que había planeado comprar estaba allí, intacto, como si el acto de mostrarlo fuera un mensaje directo hacia nosotros. La señora había conseguido identificación y números, pero eso la convirtió en un objetivo; alguien decidió que era una amenaza solo por intentar existir.

Me quedé paralizada. Intenté respirar profundo, hacerme la tonta, pero el horror no me dejaba. Itsuki me mostró los plátanos, y solo entonces comprendí la razón del acto atroz: los Dragones de la fruta.

—Son los Dragones de la fruta —dijo Itsuki, su voz temblando, mientras una lágrima recorría su mejilla y sus manos temblorosas sostenían la fruta frente a sus ojos—.

Una de sus manos acariciaba la banana, como si fuera un animal vivo, mientras con la otra mordía pequeños bocados, temblando. No pude apartar la mirada. Cada palabra que decía estaba cargada de miedo, culpa y desesperación.

—Como Nauta, estudiamos las libretas de viaje de los Prime. La fauna, su evolución… hay cosas que no conocemos, pero los Dragones de la fruta son criaturas que se camuflan entre la fruta para sobrevivir, para escapar de las arcas y los asimiladores. En los plátanos existen los Banout o Banuts: reptiles que se hacen pasar por bananas. Torpes, sí, pero cada vez que comen, absorben nutrientes, se vuelven más resistentes al frío, su capa de escamas crece. Cuando llegan a ser Fuz, se mueven en manadas, son veloces, letales… y no están aún en su tercer estado evolutivo. En el mercado negro del sur, su carne es cara, y sus tamers lideran patrullas de cazadores. Una fruta de ellos garantiza que no está infectada y solo por eso cuesta más de tres créditos.

—¿Y cuánto deberían costar? —pregunté con voz temblorosa.

—Un crédito… —susurró Itsuki, como si hablar más fuerte pudiera atraer el peligro.

—¿Tan peligrosos son? —musité.

—Sí… son manadas, protegen a los pequeños, rápidos, letales… —su voz se quebró y comenzó a llorar abiertamente—. Yo solo quería que la señorita tuviera una oportunidad… siempre me atendió bien…

Sus lágrimas cayeron, intentando ocultarlas en sus manos, pero no pudo. El llanto de Itsuki era un río de miedo, rabia y desesperación, y yo me quedé quieta, atrapada entre la impotencia y la necesidad de protegerla. Cada segundo parecía durar minutos. La habitación se volvió pequeña, el aire denso, como si todo el mundo exterior hubiera desaparecido. No había más que nosotros, la fruta, los Dragones y la sensación de que cada error, cada acto de olvido o indiferencia, podría costarnos la vida.

Caminé hacia ella, y al tomar su mano, sentí su temblor recorrerme. Era un temblor de terror y de verdad, el tipo de verdad que no se puede mentir ni esconder. 

Itsuki lloró hasta quedarse dormida en el futón, y yo me perdí en un sueño entre mis pensamientos. Tenía que preguntar, aunque me sintiera boba; había información que debía conocer y no sabía, algo tan simple como las criaturas que podrían causar daño sin represalia. ¿Qué clase de Capitana soy?

Recordé lo que me dijo el señor cuando buscaba las bicicletas: una identidad, la responsabilidad, y la joven que parecía de porcelana escondiendo sus orejas. En ese momento lo comprendí todo: entendí por qué el viejo no quería que le diera un nombre a la joven. No era solo formalidad ni obediencia; era protegerla. Darle un nombre, una identidad, era exponerla a la mirada y a la crueldad de quienes no veían su humanidad. El peso de esa verdad me golpeó de golpe y sentí cómo el llanto se me quebraba por dentro. Me senté en la orilla del futón, ocultando la cara entre las manos, mientras las lágrimas recorrían mis mejillas.

Finalmente entendí la urgencia, por qué necesitaban que me fuera de manera enérgica, y comprendí por qué no éramos bienvenidas. La responsabilidad y el peligro de un nombre no eran abstractos; podían cambiar la vida de esa joven por completo. Mi pecho se apretaba mientras la culpa y la tristeza me atravesaban, y me permití llorar un poco más antes de levantarme.

Los días siguientes parecían normales: la rutina de ir a la oficina, a unas cuadras del edificio de Historia; la milicia táctica y operaciones. Entrábamos entre felicitaciones y salíamos entre fanfarrias. Aún era difícil, pero con el paso de los días la tensión fue disminuyendo.

A la semana, tuve el valor de ir a las puertas por la bicicleta. Mi cabeza no dejaba de pensar en lo que habíamos vivido, pero sin demora, decidí que solo iría a recogerla y ni siquiera les daría tiempo a mirarme; para mí era el plan perfecto.

Cuando llegué a las puertas y completé la rutina antes de salir, la patrulla me había dejado un recado: la bicicleta estaba lista antes de la salida, limpia y con un flamante color rojo. Me monté sobre el vehículo y se levantó como nueva. La banda magnética la hacía levitar a gran velocidad, y supe que era el momento de dirigirme a Historia y resolver las cosas.

Sorteo los obstáculos, acelerando el paso, sintiendo que el mundo se mueve a cámara lenta bajo la banda magnética. La ciudad se extiende como un océano de torres puntiagudas, columnas gigantes y estructuras minimalistas que reflejan la luz de manera hipnótica. Apenas un ligero impulso de pedaleo y la bicicleta se eleva unos centímetros sobre el suelo; el vértigo me recorre de inmediato, y por un instante, todo el estrés acumulado se disuelve.

El aire golpea mi rostro y cada impulso de la banda magnética me hace flotar un poco más, transformando el recorrido en una danza de libertad pura. Las calles, los bordillos y los charcos desaparecen debajo de mi; el mundo parece plegarse a mi velocidad, y por primera vez en días dejo que el viento limpie mi mente.

Un vendedor de sodas aparece en el camino, decidido a atravesar la calle justo cuando yo llego. La bicicleta toma velocidad y se inclina hacia adelante,esquivé con un giro abrupto, pero su carrito y las cajas cayeron, dejando latas rodando y chocando contra la canasta de la bicicleta. Algunas latas rebotaron, salvando por poco mi rostro. —¡Ups! —exclamé, mientras trataba de enderezar la canasta y mantener el equilibrio.

—Lo siento… —murmuré, consciente de que mi sonrisa y las disculpas no bastarían. Espero que conserve su empleo cuando diga que lo “arrollé”, pensé con un hilo de humor.

Siempre son gruñones, me dije; tal vez pasé un poco rápido, pero con cuidado, salvo estos accidentes inevitables. Deberían disfrutarlo: no todos los días hay un cielo tan claro, para que una chica linda te pase encima. Aunque, claro, él tenía razón para gruñir, y espero que su jefe no sea igual.

Acepté que a veces soy demasiado entusiasta. Mientras flotaba entre la arquitectura, sentía que cada giro, cada curva, cada descenso vertiginoso era un abrazo del viento. Pasaba por lugares que parecían lanzarme al cielo, y por fin, la tensión acumulada, la presión de las últimas semanas, se deshacía en pura adrenalina y libertad. Solo debía recordar compensar la próxima vez lo de las latas de soda, aunque en ese momento no me importaba; me sentía viva, poderosa y dueña de cada segundo; solo me río por dentro mientras sigo hacia adelante, sintiendo la adrenalina y la libertad recorrer mi cuerpo.

Cada impulso de la banda es un latido de vértigo y aventura; puedo inclinarme en las curvas y flotar sobre las pendientes de la ciudad, sintiendo que la gravedad y el miedo se disuelven. Las luces de la ciudad y los reflejos sobre los edificios danzan a mi alrededor mientras avanzo, y la sonrisa que escapa de mis labios es pura y despreocupada.

Por un momento, siento que simplemente puedo existir, dejarme llevar y reír, dejando que la ciudad y la velocidad me abracen. Es un instante de pura libertad, donde la aventura y la relajación se funden en un solo latido, y yo vuelvo a mí misma, al presente, sin miedo, sin culpa, solo existiendo.

Historia, la edificación más valorada por la milicia, hermosa y enorme, con pasillos de madera y piedra del antiguo mundo. Minimalista en sus oficinas, pero en ellas se encuentran los libros de los Arcontes: repisas enormes de madera oscura, casi como chocolate, con finos acabados en dorado. Escalar sus escaleras para buscar libros, códigos o holográficos es toda una aventura, al igual que perderse en su laberinto de luz tenue y alfombrados color escarlata. El aroma a papel antiguo y cera de madera impregna el aire, mezclándose con un leve olor a polvo que parece contener siglos de historia. Cada crujido de la madera bajo mis pies hace eco en los corredores, recordándome la solemnidad del lugar y el peso de cada decisión escrita en esos libros.

Los rayos de luz que se cuelan por las ventanas altas iluminan partículas de polvo flotando lentamente, dibujando trazos dorados sobre las repisas. El tacto del papel, rugoso y cálido bajo mis dedos, me conecta con cada generación de Arcontes que dejó su huella, y el silencio apenas roto por mi respiración amplifica la sensación de estar en un santuario de conocimiento. Aquí se guardan códigos, imágenes y libros, como un museo; este es el único lugar que conserva la magia del papel. Para algunos puede resultar aburrido, pero para otros, como yo, es simplemente fascinante.

En estos días recuerdo con más fuerza uno de ellos: un cuento cruel. Un libro ilustrado, con poca letra escrita, pero que decía mucho en cada página, como si cada dibujo y cada palabra llevaran siglos de secretos. Tal vez era algo más que un simple cuento; cada página susurraba historias de decisiones, pérdidas y verdades ocultas que resonaban incluso después de cerrar el libro.

Pero había uno que en especial siempre llamó mi atención, un cuento de las ciudades del norte:

Era una criatura pequeña, una fémina de ojos profundos como el mismo espacio. En su lila habitaban matices semejantes a una estrella llameante, como si la arena dorada del desierto formara un reloj interminable dentro de su mirada. Su cabello, castaño claro, parecía casi albino en la noche y negro como la sombra de las rocas durante el día.

Habían sido perseguidos hasta su extinción. Los consideraban diferentes, aterradores por su belleza y por aquella mirada rojiza capaz de perderse entre las pesadillas o en la admiración de los más absurdos. Ella se encontraba sola, indefensa, con brazos de nieve cubriéndola: pertenecía a una raza única y extravagante, poderosa y bondadosa, quizá la última de su especie. Luchaba por sobrevivir en un mundo desgarrado por guerras entre reinos hipócritas. Una niña perdida entre la catástrofe y la bondad de la nieve.

Al final de la guerra, tuvo la mala fortuna de ser rescatada por la familia monarca. Esta ya contaba con un heredero: un príncipe sumamente mimado que observó a la criatura con detenimiento y asombro. Era una niña hermosa, un ángel que guardaba una mirada única.

Los monarcas regresaron victoriosos de la campaña, proclamándose justos y, sobre todo, piadosos. Dejaron miles de razas tomadas como esclavos o “rehenes libres” en el reino, siempre y cuando juraran devoción a la familia real y a sus costumbres. La casa real fue reconocida como conquistadora, y ella, aquella criatura bella y blanca como la nieve, se convirtió por un tiempo en un símbolo de paz. El príncipe, cegado por la mentira de grandeza que envolvía a su familia, creció junto a ella llevando consigo la bandera de su reino, una bandera que ocultaba la crueldad y la nefasta mentira de un reino unificado, piadoso y prometedor.

Pero la criatura era, en realidad, la prisionera del reino. Su libertad había sido comprada por una imagen que no podía fallarle al rey ni a su linaje. Al desconocer su lugar, comenzó a causar problemas, sobre todo cuando el príncipe se involucraba cada vez más con ella.

Ella desarrolló alas para volar, garras para trepar y cuernos para alejarse de cualquier parecido con sus genocidas. Pero el reino no tenía ojos para comprender la diferencia; solo se enfocó en el problema: el problema de ser libre, de que en su libertad pudiera encontrarse la verdad de una campaña sangrienta y de un reino cimentado en la mentira.

Entonces utilizaron la inocencia, el miedo y la ignorancia. Limaron sus cuernos, cortaron sus garras y amputaron sus alas.

Ante ello, el noble príncipe no tuvo más remedio que decir su verdad al reino: el invierno helado que congela la primavera tenía la forma de una hermosa mujer capaz de volar y conocer el mundo. Estaba enamorado. Aquella criatura había cautivado el corazón del siguiente en la línea del trono. Las implicaciones políticas y religiosas interferían no solo con aceptar la paz que ella representaba, sino también con la idea imposible de emparentar con una criatura cuya especie habían erradicado. La verdad corría peligro.

—Volemos al Sol —dijo el príncipe—, a la estrella más brillante. Allí nadie nos alcanzará. Te brindaré mi corazón, para que nunca te falte amor; te daré mi tiempo, para que jamás vuelvas a probar la soledad; y te obsequiaré mi fuerza, mi aliento y mi pensamiento, para que nadie pueda herirte con sus palabras, pues estas no llegarán a tus oídos.

Ella, con lágrimas en los ojos, preguntó:

—¿Estás dispuesto a renunciar a todo por mí?

El príncipe, sin dudar, respondió:

—Sí.

Entonces ella alzó lo que quedaba de sus alas, recogió sus garras y acomodó su cabello para que sus cuernos relucieran ante él.

—En serio… Aunque sea diferente, aunque tenga cuernos y garras… No importa si las cortas o si las limas: siempre crecerán y revelarán mi verdadera naturaleza. Soy distinta a ti. Aun así, me amas, y dejarías todo por mí.

—Sí —respondió él de nuevo, sin pensarlo.

Llena de dicha, lo abrazó mientras las lágrimas recorrían sus mejillas.

—Siempre estaré contenta, agradecida… Y, como tú, yo también dejaré todo por ti.

El príncipe, rebosante de felicidad, dijo:

—Estoy listo.

—Yo también —respondió ella.

Abrió sus alas y, dejando al príncipe en el patio del castillo, emprendió el vuelo hacia el Sol. Mientras avanzaba hacia su destino, las plumas que se desprendían de sus alas caían en el camino del príncipe, que desesperado lloraba y gritaba:

—¡No me dejes! ¡No puedo estar sin ti! ¡Eres todo para mí!

Cuando ella desapareció por completo, cada una de sus plumas escribió un mensaje antes de transformarse en cenizas:

El amor no aprisiona: te libera. Yo tomé mi libertad y te di la tuya. Gracias.

Siempre que leo este cuento, he mirado fijamente los dibujos y he pensado en él en distintas etapas de mi vida. Itsuki varias veces me preguntó si leer el libro me iba a dar más inteligencia o una mejor comprensión de lo que era el amor. La verdad es que jamás he tenido una respuesta, pero nunca me es suficiente leerlo o verlo; siempre tengo la sensación de que me hace falta tiempo para entenderlo.

Sin embargo, después de lo sucedido, lo único que puedo recordar son las palabras del capitán: mencionó que les quitaban su libertad. Hoy sabemos que, con las municiones que les quedaban, se volaron junto con los soportes del puente que sostenía la entrada al distrito. La verdad es que nosotros no tuvimos nada que ver con ese sacrificio y que nuestra integridad estuvo en riesgo; eso fue pura peste política. Itsuki y yo solo miramos mientras nuestro equipo lo daba todo por cerrar el paso a las criaturas.

Sé que leer la historia que ya conocía una y otra vez no ayuda, pero mi conciencia me dice que debo revisarla, ya que la única pista que tenemos de lo sucedido está allí. No dejo de pensar que el Arconte que lo escribió debió tener algún motivo más allá de solo dibujar el ejemplo. No podemos ignorar lo que escuchamos cuando cantan ni la historia que ellos mismos forman. Este es el cuento que nosotros tenemos, pero… ¿y ellos? ¿La historia la conocen, o en realidad hay algo que nosotros hemos olvidado? Tal vez sea mejor no entenderlo y seguir adelante. No lo sé, pero sé que aquí debe de haber algo.

Desde que tengo memoria, nuestros padres nos dieron la libertad de elegir el camino a seguir; podíamos escoger cualquier cosa que nos hiciera felices. Su ejemplo siempre fue digno de nuestra admiración, aunque somos conscientes de que nuestra familia no compartía lazos de sangre. Eso, sin embargo, no cambia el vínculo que formamos durante nuestra infancia: siempre juntos, sin problemas que lamentar.

No puedo dejar que mi mente se detenga sin pensar en lo que realmente debemos hacer ahora. Tendremos la oportunidad de hacer algo más, pero… ¿realmente marcamos alguna diferencia? No puedo dejar de preguntarme qué haría papá. Al mismo tiempo, es deprimente pensar en ellos: cuando nos adoptaron formalmente, sabían que estaban enfermos, y lo único claro fue que soportaron nuestra crianza hasta que el tiempo se los llevó. Entonces se despidieron.

Un padre amoroso y un ejemplo de comportamiento; una madre hermosa con quien siempre contar. Sí, los extrañamos, pero tenemos más que bellos recuerdos gracias a su cuidado y decoro. Sobre todo, nos enorgullece pertenecer a la casa Garland.

Me pierdo pensando en los que estuvieron afuera: el señor y la pobre mitad bestia. ¿Qué decisión debería tomar? ¿Seguir siendo parte de la familia, guiado por su buen juicio? No puedo dejar de pensar qué sucedió realmente o si hay algo que ignoramos. Estas medallas nos darán la oportunidad de ir a Olimpia, pero… ¿en verdad podremos cambiar algo?

Otra vez estaba leyendo el mismo cuento cuando escuché la voz de Itsuki detrás de mí.

—¿Otra vez leyendo el mismo cuento?

Me sobresalté. —¡Itsuki! Pero… pero, ¿por qué? ¿Qué haces? Me agarraste ocupada.

—¿Ocupada? —dijo, con esa sonrisa que siempre parecía saber demasiado—. Supongo que escondiéndote.

—Escondiéndome… no sé por qué. Tal vez me preparaba para el estudio —le respondí, sintiendo un calor incómodo en las mejillas.

Su mirada me atravesó, mitad seria, mitad divertida. —Este cuento no es parte del estudio. Parece que te encanta, y siempre que vienes es lo primero que lees sin descanso. Bien, ahora ponte a hacer lo que tienes que hacer: toma los libros que necesitas y estudia para lo que viene. Deja de perder el tiempo.

Suspiré y lo miré de reojo. Sabía que no podía discutir, pero no pude evitar sonreír. Me encanta este cuento… y, aunque no lo diga en voz alta, siempre me pregunto qué podría significar realmente.

—Mei, lo sé —dijo Itsuki, interrumpiendo mis pensamientos—, pero leer el mismo cuento una y otra vez durante tanto tiempo no resolverá nada. Ya hablaste con…

Lo interrumpí de golpe, porque en ese momento se me ocurrió una idea mejor: —¿Quieres una soda?

Parpadeó, confundido. —¿Soda?

—Sí, mira —dije señalando la canasta de mi bicicleta—. Están ahí. (No pude evitar sonreír con un poco de sarcasmo)

—He… bueno, por ahora a estudiar. No me hagas caso. Me acompañarás al finalizar, ¿verdad?

—Sí, si me ruegas, lo pensaré —me dijo con una risa que me hizo sonreír de nuevo.

—¡Hasta crees! —le reproché entre risas—. Ya te ofrecí una soda.

—Es verdad —dijo, con un gesto que me recordó a los discursos políticos que siempre me hacen reír—. Lo único que haces es dar discursos sacados de la manga. Supongo que te repusiste, así que primero pasaremos por un pay, ¿te parece? Espera… ¿ya fuiste con Frank?

—¿Un pay? —exclamé, sorprendida—. No me digas que lo conseguiste.

—Por supuesto —me respondió orgulloso—. Con leche natural al cien por ciento. Será épica esta noche. Huy, muero por probarlo. Espera, ¿me escuchaste, verdad?

—Un pay con leche… —murmuré, casi olvidando todo lo demás.

Y entonces vino el grito:

—¡Hazme caso!

Me sobresalté otra vez. Pude ver cómo un abanico blanco golpeaba a Itsuki en la cabeza, como un zape lleno de aire. Era indoloro, pero igual de molesto. Miré hacia donde estaba el abanico y ahí estaba Liria, la encargada de Historia, haciéndonos señal de silencio con una sonrisa enérgica. No pude evitar sonreír ante la mirada fulminante de Itsuki.

Con un suspiro, Itsuki me preguntó de nuevo: —¿Y Frank, el tío Frank?

—Así… claro, sí —respondí, tratando de organizar mis pensamientos—. Dime, ¿qué pasa con él?

—En serio, no tienes remedio… lo olvidaste, ¿verdad?

—Olvidar… a no, espera… sí, claro, el tío Frank —le dije, sintiendo cómo me ruborizaba.

—Mei, en serio, vamos… el tío Frank, él es el único que…

Volteamos las dos al compás, conscientes de que Liria caminaba cerca, vigilando nuestra conversación. Desde el grito de Itsuki, sentí que cada palabra que dijera sería escuchada, así que bajé un poco el tono y medí mis palabras.

—¡Sí! Lo sé. Por eso vine en primer lugar. Sí, iré… —dije, más decidida, aunque aún nerviosa.

—Bien —me respondió Itsuki—. Se supone que ya hablamos de esto. Yo estaré en la sala rindiendo informe. No olvides: saldremos por el pay.

—Sí, claro, Itsuki. Yo lo haré. ¡Sí! —le contesté, con la sensación de que cada palabra pesaba más de lo que parecía.

Lo vi alejarse, y de repente me quedé sola, perdida en mis pensamientos. Entre la emoción del pay y la intriga de lo que vendría, sentí que el tiempo se detenía un instante. Todo parecía más intenso desde mi perspectiva, como si cada gesto de Itsuki y cada mirada de Liria tuvieran un significado que solo yo podía percibir.

Este cuento no es el que actualmente ocupo. La verdad es que no sé si estoy lista para aceptar esta responsabilidad, o para fingir que soy buena en lo que hago, especialmente cuando cuestiono la historia con la que crecí. Aunque el cuento indica que existe algo que se entrelaza con lo que escuchamos y conocemos de la historia, parece tener la misma raíz… y eso asusta.

En la academia tenemos más detalles. Este mundo se creó por la vanidad de los primeros humanos imperfectos, que buscaban mejorar la calidad de vida. Buscaron por todo el sistema mientras el planeta moría por la falta de recursos. Es aquí donde entra en escena Charles Ryoomen. Después de su expedición, encontró en un cuadrante vecino un planeta habitable, distinto pero dispuesto a cooperar. Limaron expectativas y lograron celebrar las diferencias entre las distintas razas, creando un camino para que ambos mundos subsistieran.

Pero, ¿quién era Charles? Era doctor en Infectología, especializado en biomecanismos sintéticos y cibernéticos, creador de bio-generadores de IA corpórea. Fue el creador de “Ergo”, la inteligencia artificial y anticuerpo que combatió al virus “Cogito Sum”. En la academia lo conocemos como el fundador más importante. Se dice que, gracias a su pericia, logró que la humanidad prevaleciera durante la guerra, que las filas se cerraran, y dio su vida por la nueva república, la única que sobrevivió a la revelación de los parásitos.

Los parásitos, criaturas de pesadilla cambiantes, son algo de lo que sabemos mucho. También tenemos reportes y libros digitales en Bled. Según las descripciones, se presentan como quimeras que devoran todo aquello que tenga vida o energía, fusionándose o tomando la forma de lo que se llevan. Son monstruos capaces de adaptarse, atacar, matar y destruir. Aún no sabemos si pueden reproducirse o replicar humanos con exactitud. Lo único que sabemos es que Charles los combatió con dos compañeros: la doctora María Usagui y Lewis Bite.

  • María Usagui: doctora en Neurociencia aplicada a biomecanismos IA, creadora de la base de Alice.

  • Lewis Bite: su pareja sentimental, doctor en IA aplicada a biomecanismos corpóreos sintéticos y cibernéticos, padre del cuerpo e imagen de Alice.

Alice fue el nombre del primer Parry creado. En aquella época, los Parry eran personas diseñadas para mantener órganos de repuesto para enfermedades degenerativas a partir de tejido sintético. Alice fue la primera que logró transformar lo sintético en orgánico, todo controlado, claro. Contaba con mente propia, inteligencia y la capacidad de decidir, pensar, razonar, amar y vivir como cualquier ser humano… hasta la época negra de Cogito Sum.

Cogito Sum fue un virus degenerativo sintético que atacaba directamente las plaquetas artificiales, las cuales copiaban los glóbulos sanguíneos y se adaptaban al código genético del host. Inicialmente, Alice lo sintetizó en su propio cuerpo, funcionando como incubadora para tratar la mutación y otros problemas que podrían surgir.

De este experimento surgió una parte maligna, o una fase evolutiva de los desechos del virus, que se presume como el virus mismo. Esta fase termina atacando al host, consumiéndolo desde dentro y convirtiéndolo en un “zombie”. En los organismos sintéticos con componentes orgánicos, el virus buscaba desesperadamente existir, consumiendo otras formas de vida y dando paso a deformaciones, quimeras y mutantes.

No quiero parecer que solo busco el problema, pero nunca se explica de dónde surgió el virus de control ni cómo se propagó. Solo sabemos que Charles llegó a avisarnos; con documentación, conocimos el problema y una solución parcial. Esto permitió fundar la nueva república.

Años más tarde, cuando el virus nos alcanzó, Charles peleó en líneas enemigas. Cuando Alice apareció, tenía un plan; tras una larga batalla, Charles finalmente inyectó la sustancia Ergos, que resolvía los problemas del virus y abría paso a una nueva era. Solo quedó por descubrir cómo eliminar a las quimeras, los parásitos que sobrevivieron a la gran guerra.

Jamás han aparecido dentro de las murallas más allá de los distritos. Es como si fueran desechos dejados por el sistema, y necesitamos comprenderlos de alguna forma para poder combatir algo que no alcanzamos, que se siente casi como un juego bélico en línea. Tal vez sea parte de algo que jamás cambiará, y solo somos útiles ante todo lo que ya hemos logrado. Me es inevitable pensar en ello de esta manera… tan inmadura, quizá.

Hoy, según la Nueva República, tenemos una relación perfecta. No necesitamos de nadie; cada quien es libre, no existen problemas de raza ni diferencias por enfermedad. Literalmente, no hay de qué preocuparse… solo nosotros, preocupándonos por mantener las murallas.

Pero entonces, ¿por qué los Parry siguen existiendo?

Los Parry nacieron en la era del Cogito Sum. Ocupan el Kami y logran una copia casi idéntica del original, pero con identidad propia. Su Yue se transformaba en algo propio, y con ello podían llevar una vida normal: recuerdos, desarrollo, sentimientos… incluso volverse orgánicos. Se dice que Alice fue la primera. Con la gracia de las deidades, los elders utilizaron a la más joven. Su imagen era hermosa, una belleza en todo sentido. Según esto, ayudaría a que la gente se sintiera cálida a su lado, y no se asustara al ver algo tan real… siendo fabricado.

La idea original era que los Parry se ocuparan para fabricar órganos. Los órganos, al ser vivos, eran débiles, y así quienes los necesitaran tendrían la oportunidad de curar enfermedades degenerativas. Pero esto se convirtió en una pesadilla. Si un Parry no salvaba a alguien, podía ser el punto de contagio del Cogito Sum. Por eso, cada vez se volvieron más celosos en su creación. Solo los nobles y los entes de poder, indispensables en los conflictos, tuvieron oportunidad de conservarlos.

Entonces me pregunto: ¿por qué seguimos preocupados? ¿Por qué estamos alienados a solo lo que nos dicen? ¿Por qué no buscamos más allá? No puedo creer que seamos los únicos, cuando antes recorrimos galaxias para reparar el daño de los planetas, con miles de diarios y libros de viaje que registraban criaturas, faunas e incluso sus sellos en la Revivere.

Pocos Tamers, pocos capitanes, escasos pilotos… Arcontes casi desaparecidos. Entonces… ¿qué pasó? ¿Qué esperamos? Tiempo tenemos, siglos de vida, y aún seguimos… de brazos cruzados, esperando que alguien toque la puerta tan fuerte que nos obligue a mover los pies… esperando que ya no quede nadie que deba morir por nuestra seguridad.

Salimos de laboratorios perfectos, comportamientos aprendidos, insertados en sociedad, todo controlado, todo diseñado para evitar problemas. Pero, ¿y si eso también es esclavitud? Como el príncipe… ¿cuál es la diferencia? Perfectos, obedientes, seguros, pero sin libertad… ¿qué hay más allá de los muros? La tribu de bestias, la chica con cuernos, el torpe príncipe… todo mezclado en mi cabeza, imposible separar lo que es peligro de lo que es real, lo que es historia de lo que es ahora.

Y pienso… siempre pienso. La perfección no es libertad. La seguridad no es vida. Incluso dentro de estas murallas… seguimos atrapados. Esperando algo que quizá nunca llegue, buscando respuestas que quizá nunca existan, sintiéndonos útiles solo porque otros decidieron que debíamos serlo, porque así nos enseñaron… y mientras tanto… ¿qué hacemos nosotros? ¿Qué hacemos realmente?

La noche llegó. El edificio perdió la luz natural y, como si obedecieran un hechizo, las lámparas de su fachada fantástica se encendieron. Chispas iluminaban cada rincón, y una luz tenue resaltaba los cubículos y marcaba el camino por los pasillos. Los grandes cristales del techo brillaban con una luz suave, suficiente para no lastimar la retina y, al mismo tiempo, engalanar el cielo estrellado.

—Vamos, Mei, supongo que has tenido tiempo suficiente.

—Sí, de sobra —respondí—. Ya tenía hambre, y aquí no hay nada para mi estómago de princesa.

—Princesa… —se rió Itsuki—. Jajaja, con ese estómago y esos pechos yo diría que no precisamente princesa.

—Mira quién habla —lo reté, divertida—. Revienta ropa.

—Es pura envidia, lo sé.

—Claro… con ese par de cosas no tendría que preocuparme por nadar, solo por patalear —dije entre risas.

—Ándale, camina, que tenemos que ir por el pay.

Salimos del cubículo riendo, y mientras avanzábamos hacia el estacionamiento, pude notar cómo el rostro de una de nosotras se ponía colorado.

—Jajaja, ahora eso sí es importante, burbuja —dijo Itsuki, burlón.

—Oye, fue un error. No están tan grandes, y fue porque dejaste tu ropa tirada, solo me confundí de bra.

—Jajaja, y se te olvida mencionar… me confundí de bra y se me reventó. Puf… boing boing, burbuja —reímos las dos sin control.

—Muy bien, estómago de princesa, no más amabilidad, oink oink.

—Burbu, burbu, ja… puff, boing boing —seguimos riendo.

—Oink, oink… jajaja, oink.

La discusión continuó, incluso sobre nuestras bicicletas, mientras la gente nos miraba a nuestro paso: una por las risas de “burbuja”, otra por los “oink”. Supongo que a varios les cayó el saco en el camino.

Llegamos a la pastelería, un local pequeño donde, gracias a Itsuki y su puesto en la Nueva República, se elaboraban las recetas más antiguas conocidas por el hombre. Todo lo hacían lo más natural posible. No era para todos, y el costo era elevado, pero gracias a Itsuki, podíamos darnos el lujo unas dos o tres veces al mes… si había algo para celebrar.

El regreso a casa fue más tranquilo. Dejamos de molestarnos, caminamos despacio para cuidar los bocadillos y las bebidas. Nos encantaba la idea de llegar con buen humor, a buena hora, para dormir y prepararnos para el día siguiente.

Pero al llegar a la puerta del departamento, justo antes de entrar con los bocadillos, Itsuki se detuvo. Sostuvo la puerta entreabierta y, por primera vez en toda la noche, me miró con un gesto serio:

—Mei, ¿platicaste con Frank?

—Lo lamento, Itsuki… no lo hice.

—Mei, pero… ¿por qué?

—Lo sé, es que… —pausa— ¡No sé! No pude. Simplemente el tiempo pasó, y cuando me di cuenta, no lo hice.

Itsuki me miró un instante, con una expresión que intentaba leer mis emociones. —Te sientes rara, ¿verdad? Desencajada, como si tuvieras que olvidar algo… mmm… te entiendo.

Su sonrisa apareció entonces, pero no era la clásica sonrisa cálida. Era un gesto diferente, como de consuelo. Por un instante, el ambiente se volvió incómodo, cargado de emociones contenidas que ninguna de las dos sabía cómo expresar.

Al llegar a casa, el aroma de los postres y el buen té nos atrapó. La leche, real y deliciosa, creó un instante de calma. La incomodidad se desvaneció, y la noche se convirtió en un momento para relajarnos, disfrutar de los dulces y dejar que la tranquilidad nos envolviera hasta quedarnos dormidas.

Me desperté en medio de la noche. Algo me molestaba, un nudo extraño que no sabía desenredar. Itsuki dormía profundamente en el sofá, la cabeza apoyada en la almohada, despreocupada, casi indiferente al mundo. Un hilo de baba en la comisura de sus labios me hizo soltar una risa contenida, pero no me ayudó a calmarme. Caminé hasta el ventanal, y las estrellas me miraban como si supieran lo que yo misma no entendía.

¿Por qué me siento así? Intranquila, nerviosa, ¿miedo? Sí, miedo… el salto. El salto. La plataforma al borde de las islas, los planetas con órbitas compartidas o complejas, los navíos que cruzan puntos restringidos y atraviesan paredes de astros… la velocidad, la presión, la tecnología o magia de los Ancestrales. Todo lo que aprendimos, todo lo que esperamos… y ahora estoy aquí, temblando por algo que habíamos buscado durante tanto tiempo.

Al ganar la tercera medalla Vesta en la familia, las puertas de Olympia se abrían para nosotras. El mando central, donde se gestionan los recursos, era accesible solo para oficiales o héroes en batalla; es decir, nosotras seríamos las encargadas de realizar el salto en cuanto nos incorporáramos a nuestras labores.

Después de las “vacaciones” forzadas, supongo que tendríamos fechas para ocupar un lugar en las mesas directivas y seríamos capaces de tomar decisiones para Idalia. Por fin tendríamos la oportunidad de actuar, de detener las cosas, de dejar de ser meras espectadoras otra vez.

De ahí venía mi nerviosismo, supongo. Mi insomnio, o tal vez mi conciencia reclamándome un paso hacia la intranquilidad… o la emoción de, finalmente, estar donde queríamos: en las puertas que nos permitirían ser escuchadas y hacer un verdadero cambio.

Miro alrededor del departamento. Ningún postre, ninguna bebida, solo el tiradero que dejamos. Itsuki sigue allí, tirada en el piso acolchonado, tranquila, ignorando el caos y la responsabilidad que se nos viene encima. Bebió demasiado, probablemente… o tal vez simplemente no le importa. Yo, en cambio, no puedo sacudirme esta sensación.

El salto… nuestra oportunidad, nuestra meta, y sin embargo, siento un vacío. Una presión en el pecho que no se calma. Frank… debí hablar con él. No lo hice. Y ahora la culpa se mezcla con la ansiedad. Itsuki me mira, aunque duerme, con esa despreocupación que siempre me envidia y al mismo tiempo me calma. ¿Cómo puede alguien estar tan tranquila mientras yo me deshago por dentro?

El silencio del departamento, el frío de la noche, las estrellas que parecen fijas… todo conspira para que piense demasiado. El salto no es solo un salto físico. Es un salto de tiempo, de riesgo, de vida. Y yo… yo estoy aquí, sintiendo cada latido como un tambor que anuncia lo que viene, preguntándome si estoy lista, si alguna vez lo estaré.

Pero no hay vuelta atrás. El salto nos espera, Itsuki espera, el universo espera… y yo, atrapada entre miedo y emoción, solo puedo mirar las estrellas y preguntarme si podré ser lo suficientemente fuerte.

Después de caminar por el pasillo del departamento, solo pude sentirme mareada, abrumada por la culpa y la desesperación. La rabia seguía ahí, incómoda, recordándome lo que no podía cambiar. Suspiré y mis ojos se posaron en la foto familiar. Decidí cargar con ese peso, transformarlo… y escribir una historia diferente junto a mi hermana.

Me acomodé junto a Itsuki hasta perder la conciencia. Al día siguiente me desperté y noté que Itsuki ya estaba arreglándose. Tomé mi ropa y me metí a la ducha.

Mientras el agua recorría mi cuerpo, los pensamientos no paraban: hoy conoceríamos el salto. Olympia nos esperaba, y con ello, la posibilidad de acercarnos a nuestra meta. Terminar con la guerra… ayudar a los marginados, los refugiados, tantas especies que esperan jubilarse de su servicio. Y aún así, el miedo no se disipaba. Podía escuchar a Itsuki moverse; parecía que ella también llevaba la noche de incertidumbre que yo había sentido antes de dormir.

Salimos finalmente, vestidas de gala y con las maletas. Intranquilas, nerviosas, con miles de preguntas retumbando en nuestra mente… y aun así, una certeza nos mantenía firmes: queríamos cambiar el futuro de tantos. Queríamos actuar.

Cada paso hacia el vehículo era un recordatorio de lo que dejábamos atrás y de lo que nos esperaba. El salto no era solo físico; era un salto hacia lo desconocido, hacia la responsabilidad, hacia la historia que queríamos escribir. Y aunque sentía el corazón acelerarse, una parte de mí sabía que, mientras Itsuki estuviera a mi lado, podía enfrentar cualquier cosa.

Salimos, decididas. A temer, a aprender… y a cambiarlo todo.

Cuando llegamos a la estación, casi me quedo sin aliento. Era algo alucinante, un mundo de contrastes imposible de ignorar: la ciudad conservaba vestigios de antigüedad, con fachadas que susurraban historia, pero la estación era otra cosa, un coloso de metal y cristal que parecía surgir de un sueño futurista. Futurismo roto y grandioso, industrial y magnífico a la vez, como si alguien hubiera combinado eras enteras en una sola visión. Claroscuro y neones intensos iluminaban pasillos infinitos, escaleras suspendidas y plataformas que parecían flotar sobre la nada.

El tren que abordaríamos era una bestia de metal curvado, enorme, imposible de abarcar con la mirada. Sus detalles en cromo brillaban como espejos, reflejando luces, sombras y nuestra propia fascinación. Cientos de adornos, paneles y circuitos visibles daban la sensación de que cada centímetro estaba vivo, palpitando con energía contenida, listo para lanzarnos a través de un hilo espacial hacia otra dimensión. Nunca había visto algo así: majestuoso, imponente, casi irreal, y al mismo tiempo invitante, como si prometiera aventuras que desafiaran la imaginación.

Con los boletos en mano, Itsuki y yo nos adentramos por los pasillos gigantescos del tren. Cada plataforma y cada camarote parecían expandirse más allá de lo posible. Escaleras mecánicas, corredores suspendidos, ventanales que dejaban ver la estación completa desde lo alto… todo hacía que nos sintiéramos pequeñas, diminutas ante tanta magnitud, y aun así emocionadas, riendo y mirando cada detalle como niñas en un parque de diversiones interdimensional.

Exploramos un poco, tocamos barandillas metálicas, nos asomamos a los ventanales, y cada descubrimiento hacía que nuestra fascinación creciera. Al final, encontramos nuestro camarote: amplio, elegante, decorado con un estilo que combinaba lujo y funcionalidad futurista. Dejamos las maletas y nos sentamos un instante, absorbiendo la enormidad de todo lo que nos rodeaba.

Agotadas pero felices, nos preparamos para una noche tranquila. Platicamos de trivialidades, entre risas y susurros, mientras la estructura del tren crujía suavemente a nuestro alrededor. El viaje prometía ser épico, y en ese momento, en aquel camarote flotante sobre la nada, no podía imaginar nada más perfecto.

Hasta que un estruendo nos sacudió… y el mundo se volvió blanco.

El estruendo me explotó en los tímpanos antes de que pudiera reaccionar. Todo era blanco, cegador, confuso. Una fuerza me lanzó contra la pared y tuve que agarrarme de la cama, de cualquier cosa que me ofreciera resistencia, mientras el suelo húmedo mojaba mis manos. Barro, polvo, hollín, todo mezclado con el humo que me quemaba la garganta y me hacía llorar los ojos.

Gritos. Gemidos. Lamentos. Voces por todos lados. No podía procesar nada. Solo correr. Sentí un empujón brutal en el hombro y el corazón me latía como un tambor desbocado. Abrí los ojos y todo era caos: barro en mi rostro, mi ropa cubierta de polvo, hollín que me picaba la piel. No sabía si era el humo o la mugre lo que me cegaba, si era el clima o la destrucción que nos había alcanzado.

Detonaciones, explosiones, chispas que caían a mi alrededor. Trozos de escombro rebotaban en las paredes y el suelo, y yo corría, corría sin mirar atrás, esquivando lo que podía, sintiendo cada golpe de adrenalina recorrer mis venas. Voces desesperadas, sollozos, gritos que perforaban el aire. Todo se mezclaba en un ruido ensordecedor que hacía vibrar mis huesos.

El tren, la estación, Olympia… todo se desvanecía en una maraña de caos. Mis manos estaban cortadas por el barro, mis pulmones ardían, y aún así no podía detenerme. Cada paso era un pequeño milagro, cada respiración un desafío. La confusión me mareaba, pero sabía que debía avanzar, que si me detenía, desaparecería entre el humo, el barro y el miedo de todos los que gritaban alrededor.

Corría con los ojos entrecerrados, con el barro pegado a la piel, con los oídos llenos de estruendo. Solo podía correr. Mi mente no podía pensar, solo reaccionar, esquivar, respirar, avanzar. Todo era caos, todo era fuego y humo y gritos, y aun así, seguía corriendo, desesperada, porque si me detenía, no habría quién contara lo que pasaba.

No… no sé si el tren había salido o si todavía estábamos dentro de la estación. Todo se mezcló en un instante, un estruendo, un empujón, luces que parpadeaban como locas. Algo atacó… algo sucedió durante el viaje y ahora todo está borroso en mi cabeza.

No sé dónde estoy. No sé dónde está Itsuki. Mi memoria se salta, fragmentos que no encajan: camarotes, pasillos, escaleras suspendidas… ¿fue antes de salir o después? Todo se siente igual, todo se mueve y al mismo tiempo no hay movimiento. Escucho gritos, detonaciones, el crujido de metal, pero no logro ubicar nada.

Mi cuerpo tiembla. El barro y el hollín se mezclan con el polvo en mi ropa, con el humo que me quema los pulmones. Mis manos buscan algo, cualquier punto firme, pero todo se siente resbaladizo, inestable. Cada respiración es pesada, cada paso inseguro. No recuerdo cuándo nos dormimos, cuándo cerré los ojos por última vez, ni cómo Itsuki estaba a mi lado.

Las luces del tren estallan en mi cabeza, reflejos de neón que me marean. Cada sombra parece moverse, cada ruido se amplifica. Intento gritar, pero mi voz se pierde entre el caos. No puedo ver, no puedo orientarme. Solo sé que algo pasó… y que ahora estoy sola, aterrada, perdida en un lugar que debería conocer, pero que parece un laberinto de destrucción y miedo.

Cada segundo que pasa se siente eterno. Cada esquina, cada escombro, cada chispa que cae es un recordatorio de que el mundo cambió en un instante. Y yo… yo no sé cómo encontrarla. No sé cómo encontrar a Itsuki.

El problema era que no encontraba refugio, y por más que me movía nada parecía mejorar. Cada vez que mi vista lograba despejarse un poco, lo único que alcancé a distinguir fue una silueta imposible: algo parecido a un elefante… o a un escorpión gigantesco. Y aunque no tenía patas de arácnido, se movía entre los escombros con una agilidad antinatural, como un horror vivo que no debería existir.

No tenía tiempo para descansar. Cada espacio que podía usar para cubrirme—algún pedazo retorcido de lo que alguna vez fue una estructura—lo aprovechaba al máximo. Respirar era un tormento: el olor a inmundicia, la muchedumbre descompuesta en el aire, ese polvo que se pegaba en la boca y secaba la garganta hasta casi cortarla. Pero necesitaba ver qué estaba pasando. Necesitaba entender.

Arriba, en algún punto del cielo ennegrecido, un estruendo rugió como si una tormenta estuviera a punto de quebrarse sobre nosotros.

Aterrada, desesperada, con la respiración cada vez más corta, lo vi: frente a mí un resplandor plateado atravesó el escombro, partió las nubes de polvo y abrió un camino brillante entre sombras.

Un relámpago de luz metálica cruzó el campo como una línea afilada. El suelo tembló con tal violencia que todo lo que podía ver comenzó a astillarse y caer en pedazos.

La horrenda máquina dejó de moverse. Y en un parpadeo, aquel monstruo colosal se partió por la mitad. Las dos secciones cayeron pesadamente a los lados, revelando el hueco entre ellas. Allí, una silueta descendió como un proyectil.

El impacto retumbó bajo mis pies. Una explosión brutal me levantó del suelo; chispas se arremolinaron a mi alrededor dibujando arcos de luz entre el humo y los fragmentos suspendidos. Cerré los ojos. No podía hacer otra cosa.

Luego vino el segundo golpe. Un impulso tan violento que me lanzó sin dirección, sin control, incapaz de ubicarme en el espacio. Cuando por fin pude parpadear, el vértigo me revolvió el estómago y cubrí mi boca con fuerza, sin darme cuenta de que, de pronto, ya no me movía.

Había quedado suspendida—a salvo de la caída. Alguien me detuvo. Alguien me cubrió.

Y en la oscuridad que siguió, por primera vez desde que todo comenzó… pude respirar.

Quedé perpleja al darme cuenta de que esa cosa que parecía un escorpión estaba partida a la mitad, y pedazos de metal volaban por todas partes. La sombra que me cubría no se movía. Me incorporé con cuidado y limpié un poco mi rostro; traté de acercarme, de entender qué estaba pasando. Creo que era… él. Quise hablar, agradecerle, pero de repente se movió bruscamente y me cubrió de nuevo.

El suelo retumbaba bajo nuestros pies, el aire era casi insoportable y un calor intenso me quemaba la piel. Pedazos de metal comenzaron a esparcirse como aerosol. Quise mirar a todos lados, pero los estruendos y detonaciones eran tan caóticos que no entendía nada. Estaba completamente perdida, y en ese momento entendí que él era mi única salida. Aferrándome a su sombra, me sentí ligeramente segura… aunque todo a nuestro alrededor parecía querer destruirnos.

Luego llegaron las voces por radio, claras, mecánicas, ajenas a mi miedo, pero decisivas:

—Oído FOXTROT, a las 3 en punto, en el 345. Salimos por las 7:30. Dile a ANVIL que te apoye desde el 4 y a ABERDEEN en el 6. Al 3, cubre la salida. Bajo a 7:30 y nos reagrupamos. Muévanse.

—Sí. —responderon al unísono.

—Oído, Oni. ABERDEEN a las 3, 3B distantes, pero con movilidad aérea. ANVIL desde el 4, fuego a discreción y detonaciones hacia dos.

—Oído, FOXTROT a ABERDEEN, bajando rumbo a 7:30, donde está ANVIL.

—ABERDEEN a FOXTROT, sigue hacia delante, ANVIL detonando desde el 4 rumbo a dos.

—Oído, Oni. Bajando de 7:30 a 20.

—Oído, ANVIL a ABERDEEN. Saliendo de 4 a 5. Espero contacto visual en 5 rumbo a 7:30 de Oni.

—Oni, pantano, de 3 a 5, FOXTROT ruta.

—Oni, a bailar FOX, bajaste del escenario…

—La prioridad: el paquete…

Las palabras se mezclaban con explosiones, polvo, escombros y mi propio miedo. No entendía todo lo que decían, no podía ubicar las coordenadas ni los movimientos precisos de cada equipo. Pero sentía que dependíamos de ellos. Sentía que él, la sombra que me cubría, y yo estábamos en el centro de algo gigantesco, peligroso y caótico, y que cada comando, cada detonación, era nuestra única oportunidad de sobrevivir.


 
 
 

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