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CAPÍTULO 2.

Oriak la ciudad de los muertos.


Ya había pasado tiempo desde el ataque, aunque a mí me parecía que todo había ocurrido ayer. Frank logró que nos enviaran al lado más vulnerable del muro, y aunque sonara como castigo, en realidad era lo único que nos alejaba de decisiones que aún no queríamos tomar. Aquí todo era distinto: las miradas, las calles, incluso el silencio. Oriak tenía algo… extraño. Más vivo en sus ruinas que muchas ciudades enteras de la República.

No todas las ciudades tenían el brillo de Idalia. Aquí, en el noreste, donde la línea disidente se tocaba con el paso más importante del agua potable y la muralla dominaba el horizonte, se levantaba Oriak, la ciudad de los muertos. Y aun así, cuando caminabas por sus calles, podías sentir que algo antiguo respiraba bajo la arena.

Oriak había sido hogar de los titiriteros. Magos, eso decían, capaces de dar vida —o algo parecido a la vida— a muñecas hechas con yue: las machines dolls. Eran compañía, familia, apoyo… hasta que llegó la guerra y lo volvió todo un arma.

Los titiriteros fueron cazados, sus dolls convertidas en soldados, y su magia refinada para crear replicantes: los parrys, compañeros sintéticos que ahora solo poseen quienes tienen recursos. El resto, solo tenemos cicatrices.

Dicen que una tormenta de arena blanca sepultó lo último de Oriak. Que los vivos desaparecieron, que solo quedaron huesos, polvo y rumores. Desde entonces nadie ha visto un titiritero real. A veces pienso que si uno apareciera frente a mí, no sabría si correr… o pedirle respuestas

Lo poco que conocíamos de la ciudad venía de lecturas antiguas y reportes oficiales de misiones. Para nosotras, Oriak era casi un mito, un tema que aparecía en los libros de historia militar o en notas marginales de los instructores. Sabíamos del misticismo que envolvía sus costumbres, las creencias espiritistas que hablaban de un camino distinto para los muertos, y del dolor que había marcado a su gente antes de que la ciudad quedara sepultada. Aun así, nada de eso resultaba tan relevante para la República como su recurso más sagrado: el agua dulce.

El gran río de Oriak alimentaba los conductos que abastecían a la capital. Era tan esencial que cualquier amenaza en sus orillas podía significar una crisis para toda Idalia. Sin embargo, algo no tenía sentido. Si era tan vital para la nación, ¿por qué aún no existía un control total del cauce? ¿Por qué seguían permitiendo tantas disputas, tantos silencios, tantas zonas grises?

La respuesta parecía esconderse en las torres de la era Primigenia: mecanismos antiguos que regulaban el flujo del río y que se decía funcionaban con magia. Eran estructuras extrañas y majestuosas, levantadas antes incluso de la guerra de los titiriteros. A primera vista parecían torres comunes, oxidadas por los años, pero bajo esa superficie dormía una ingeniería delicada: engranes delgados, piezas tan finas y exactas como las de un reloj antiguo. En su interior corría una magia que seguía trabajando desde hace cientos de años, aunque nadie en la actualidad comprendía realmente cómo.

Ese misterio era parte de lo que volvía a Oriak tan temida… y tan codiciada. Y ahora, por decisión de otros, por obra del destino o por castigo disfrazado de oportunidad, nos encontrábamos aquí. A un paso del gran río, bajo la sombra de las torres primigenias, rodeadas de historias que nadie confirmaba y peligros que todos preferían ignorar.

Y aún así, mientras caminábamos entre calles agrietadas y muros que habían visto demasiado, no podía evitar pensar que algo —algo grande— se estaba moviendo debajo de todo esto. Algo que tenía relación con nuestro rescate, con ONI, con lo que vimos aquella noche… y quizá con lo que aún no entendíamos del todo.

Creo que lo que más me desconcertó al pisar Oriak no fue su silencio, ni la arena atrapada en cada esquina, sino esa sensación de estar entrando en un lugar suspendido entre la vida y la muerte. Había algo en sus calles que me recordaba a esas ciudades antiguas de las que hablaban los libros viejos de la República: ríos de gente caminando con calma, fachadas desgastadas por el tiempo, colores que parecían opacos pero que, aun así, conservaban una belleza profunda, como si hubieran aprendido a brillar desde adentro.

Oriak tenía ese aroma que solo poseen las ciudades que veneran a sus muertos. No incienso como tal, sino una mezcla de polvo, flores marchitas y un tipo de magia que se pega a la piel. Podía sentirlo en la lengua, en los oídos, en la nuca. El aire aquí no solo se respiraba: se escuchaba. Como si cada piedra guardara una historia y cada sombra fuera una memoria que no se había ido del todo.

Las callejuelas, estrechas y retorcidas, daban la impresión de haberse formado solas, siguiendo la voluntad del terreno y no la de quienes las habitaron. Algunas estaban adornadas con telas rasgadas que el viento movía como si fueran manos, otras con hileras de pequeños talismanes colgando, tintineando suavemente. No eran ofrendas, no eran altares… pero lo parecían. Todo tenía ese toque de homenaje involuntario, de respeto silencioso.

Y mientras caminaba, no pude evitar sentir que la ciudad me observaba también. No de forma hostil, sino con esa mirada atenta que tienen las ciudades viejas, que reconocen el peso de cada paso. Me hizo pensar en cómo sería vivir en un lugar donde los muertos nunca se van del todo, donde la frontera entre recordar y seguir adelante es tan delgada como la arena que se desliza por las ventanas.

Por un momento sentí algo extraño: una especie de calma incómoda. Esa sensación de pertenecer a un sitio que no es tuyo, pero que te abraza igual. Y entendí por qué Itsuki decía que aquí todo sonaba distinto… porque Oriak no estaba viva ni muerta. Simplemente existía, como una herida abierta que aprendió a florecer alrededor del dolor.

Fue entonces cuando algo pasó —o al menos, algo creí que pasó.

Mientras caminábamos por una calle estrecha, con esas fachadas que parecían respirar polvo y recuerdos, sentí un cambio leve en el aire. No un sonido, porque yo no podría distinguirlo aunque estuviera allí, sino un movimiento, un pulso, como si el viento hubiera tomado forma. Me detuve sin motivo claro. Itsuki se giró hacia mí, sorprendida, pero yo tenía la vista fija al fondo de la calle.

Entre el parpadeo de unas lámparas viejas, lo vi.

Un destello de colores imposibles. Algo ondulante, con la gracia de un animal que no existe en ningún libro. Al principio pensé que eran papeles o telas colgadas agitándose, pero se movía con demasiada intención, con un ritmo propio. Un azul profundo que no era del cielo, naranjas encendidos como brasas, verdes que parecían hechos de vidrio y luz. Formas que se abrían y cerraban, alas o aletas o quién sabe qué. Cada parte parecía tallada, pintada, ensamblada con un detalle casi ritual.

Parpadeé una vez.

La figura —si es que era una— giró hacia mí. O eso sentí. Un brillo blanco cruzó por lo que parecían ser ojos, o quizá fue un reflejo. Había algo despierto en ese destello, algo que no pertenecía a una ciudad llena de óxido y silencios. Podría jurar que abrió algo parecido a unas alas, y que cada pieza brillaba como cerámica pintada al sol. Podría jurar tantas cosas…

Parpadeé otra vez.

Y ya no estaba. No desapareció corriendo ni se deshizo en polvo: simplemente dejó de estar allí.

Me quedé quieta, con la respiración contenida. Itsuki apretó mi mano y me preguntó con señas si estaba bien. No supe cómo explicarle lo que había visto… o creído ver. No sabía si había sido una visión, un sueño despierto provocado por el cansancio, o si la ciudad misma estaba jugando con mis sentidos. Esta ciudad era así: un espejo roto que devolvía cosas que no siempre pertenecían al momento.

Tal vez fue la falta de sueño. Tal vez la arena luminosa que a veces flota en el aire. Tal vez algo más.

O tal vez… aquello nunca se había ido del todo y seguía observándonos desde algún rincón, esperando a que yo bajara la guardia.

Le dije a Itsuki que siguiéramos avanzando. No quería quedarme quieta más tiempo. No con esa sensación en la nuca… como si algo, en silencio, todavía respirara cerca de mí.

Seguí caminando sin mirar atrás. No quería que Itsuki notara lo alterada que estaba; su mano tibia en mi muñeca fue suficiente para recordarme que debía mantenerme firme. La calle empezaba a ensancharse, y los colores vibrantes de los altares y las flores parecían derretirse entre las sombras del atardecer, dándole a Oriak ese extraño pulso entre lo vivo y lo muerto. A veces sentía que la ciudad respiraba distinto… como si escuchara mis silencios.

Pero no dije nada. No estaba segura de haber visto algo real, así que guardé ese destello de colores imposibles solo para mí.

Conforme avanzábamos, la ciudad volvía a su ritmo: gente ofreciendo comida, incienso ardiendo en vasijas de barro, niños corriendo entre arcos de pétalos, y ese aroma a cera derretida que impregnaba todo. A pesar del polvo y el abandono, Oriak tenía una calidez que Idalia había perdido hace años.

Necesitábamos movernos. Habíamos caminado más de lo planeado y la noche se acercaba. Fue entonces cuando Itsuki señaló hacia una esquina llena de postes torcidos y cuerdas tensadas como telas de araña, donde varios vehículos esperaban. Según los reportes, Oriak aún usaba transporte tradicional, así que decidimos probar suerte.

Abordamos un servicio llamado taxis regular. En teoría, funcionaban igual que en la capital: pagas, te llevan. Solo que aquí… nada se movía como debería. Estos no flotaban sobre la superficie, ni tenían un núcleo de energía estable; eran ruidosos, diversos, casi improvisados. Cada vehículo parecía armado con piezas de historias distintas.

Algunos ni siquiera eran vehículos.

Entre ellos se encontraban los Tammers.

Al principio pensé que eran leyendas exageradas, pero no: allí estaban, conversando con criaturas enormes, de piel acorazada o plumajes imposibles. Eran más primitivos, sí, pero también más vivos que cualquier medio de transporte de Idalia. Las criaturas esperaban quietas, conectadas a sus Tammers como si cada respiración fuera compartida. Me impresionaba ver cómo la gente subía sobre lomos enormes, o plataformas tejidas sobre cuerpos que se movían como si entendieran el destino marcado.

Lo que la mayoría en Idalia creía —que los Tammers eran solo domadores salvajes— era una visión muy corta. Ellos no surgieron para hacer la guerra, sino para sobrevivir. En un mundo que alguna vez fue salvaje, inhóspito y letal, ellos encontraron la forma de convivir y compartir fuerza con las criaturas que otros temían. Ese vínculo era tan profundo que algunos eran capaces de comunicarse sin palabras, como si ambos hubieran nacido del mismo espíritu.

Recordé entonces el incidente cerca de las Puertas Blancas.

Itsuki estaba apoyando para el examen de calificación de una tendera cuando ocurrió. Una muerte rápida, silenciosa, casi quirúrgica. Se dice que fue obra de un Tammer que controlaba a un Bannut… o peor, a su evolución: un Fusarium, un Fuss. Esas criaturas dejaban heridas como agujas gruesas, atravesando tejidos y envenenando la carne, volviéndola amarillenta hasta pudrirla. Aún hoy me estremezco al recordar la escena.

Los bannuts, por lo general, son criaturas tranquilas, moviéndose en pequeños rebaños mientras se alimentan de frutas. Los Fuss, en cambio, cazan a los depredadores del rebaño y nunca retroceden si sienten peligro. Rápidos, letales, implacables.

Con un Tammer la ecuación cambiaba. Había rumores de cultivos controlados, de vínculos tan estrechos que la criatura obedecía sin dudar. Económicamente eran valiosos. Culturalmente, temidos.

Y ahora estábamos aquí, rodeadas de ellos.

Itsuki me apretó el brazo para que eligiera. Yo solo tragué saliva, aún pensando en el destello de colores que había visto antes. Tal vez era mi mente jugando conmigo. O tal vez era esta ciudad… desprendiendo fragmentos de algo antiguo, algo que aún respira entre sus calles y ruinas.

—¿Cuál tomamos? —le pregunté, sintiendo en mis dedos el temblor suave del aire sobre la piel.

Itsuki señaló uno de los servicios. Y yo asentí.

Aunque una parte de mí aún sentía que algo nos observaba desde la penumbra… esperando.

Aquí hay gente morena, y también existen distintos tintes de cabello. Los ojos cambian tanto como los tonos del cielo: miel, ámbar, azul pálido, negros profundos. Y las estaturas, las complexiones, las razas… parecían infinitas. Nada de lo que creíamos conocer se mantenía igual aquí. Aun así, aunque no encajábamos, a la gente de Oriak poco le importaba; seguían con su vida, con ese aire cálido que contrastaba con el desgaste de la ciudad.

Lo difícil vino después.

Conforme avanzábamos hacia la ciudadela, los olores se volvían más intensos, pesados, como una mezcla de humedad atrapada, metal viejo y algo más profundo… como si la tierra fermentara bajo nuestros pies. Creo que Itsuki lo sufría más que yo. Su gesto crispado lo decía todo.

Aun así, el conductor —un Tammer, o al menos eso creímos— fue sorprendentemente amable. Su criatura avanzaba con pasos seguros, y él intentaba mantener una conversación ligera con Itsuki. Ella le respondía con una sonrisa pequeña, de esas que solo da cuando intenta mostrarse tranquila por mí. Así que supuse que no había amenaza, nada como aquel encuentro con el Fuss. Por ahora.

Llegamos finalmente a la ciudadela.

La estructura de Historia en Oriak no se parecía en absoluto al edificio homónimo de Idalia. En Idalia, la Historia era un lugar cálido: madera oscura combinada con tonos miel, blanco y ladrillo, enredaderas que abrazaban los muros, un techo abierto a la tranquilidad incluso por las noches, y un piso pulido que reflejaba cada luz.

Aquí… era otra historia.

El edificio estaba completamente cerrado. Ni una sola ventana. Sus corredores estrechos daban una sensación de encierro que se intensificaba con la falta de iluminación natural. Muchos rincones estaban incompletos, mordidos por la erosión de la arena blanca. Las paredes y estantes dejaban ver cicatrices profundas de tormentas pasadas. Libros tirados al azar, cubiertos de polvo, como si el desastre hubiera sucedido apenas ayer.

El piso de piedra caliza negra contrastaba con columnas de barro y arcilla que parecían sostenerse más por costumbre que por fuerza.

Pensamos que encontraríamos algo parecido a las oficinas o los centros de atención médica donde pasamos meses en rehabilitación. Lugares organizados, con cadetes entrenandos, herramientas en orden, mapas extendidos, personal evaluando frentes de batalla, medallas Vesta alineadas y brillando. Pero aquí no había nada de eso.

Nada.

Ni una escolta al llegar. Ninguna señal en los portones. Ni un guardia de rondín. Ni un solo indicio del poder de la República.

Era como si la presencia de Idalia estuviera completamente borrada.

Itsuki se tensó. Pude notarlo por la forma en que apretó mi brazo.

—Mei… Mei… —insistió, llamándome sin descanso.

Me giré hacia ella, intentando leer sus señales, aunque aún me resultaran difíciles. Solo pude rescatar lo evidente: no le gustaba lo que estaba sintiendo.

—Sí… ya lo sé —respondí—. Algo está mal.

Señalé el edificio. —Todo está cubierto de polvo. No se ve el muro desde aquí. Y… no me gusta que el techo esté cuarteado. Es como… como si estuviéramos dentro de un domo roto.

La preocupación de Itsuki era completamente comprensible. Las cosas habían sido extrañas desde que tomamos nuestra decisión y salimos de rehabilitación. Pero no imaginamos que, a solo unos kilómetros, la ciudad sería tan distinta… tan abandonada.

Nos resistíamos a creer que la República nos hubiera dejado aquí por nuestra cuenta. Pensamos que quizá querían que recapituláramos, que observáramos cómo funcionaban las cosas lejos de la capital y entendiéramos el valor de nuestra misión. Que aprendiéramos a actuar como se hace en Idalia: con estructura, con orden, con responsabilidad.

Y con esa idea traté de tranquilizar a Itsuki.

—Vamos a hacer lo posible por esta ciudad —le dije—. Por nuestra misión. No vinimos aquí para rendirnos.

Ella asintió, aunque su preocupación no desapareció.

Entonces surgió el tema inevitable: el tío Frank. No lo vimos desde aquella discusión, desde que nos advirtió que aprenderíamos la lección por nuestra necedad. No sabíamos si seguía molesto, si nos estaba vigilando o si simplemente nos soltó la mano.

Pero, conociéndolo, dejar algo al azar no era una opción para él.

Apreté el paso detrás de Itsuki mientras intentábamos ubicarnos en el recibidor, si así podía llamarse, porque más que un lugar de estudio parecía un cuerpo vivo abandonado. El eco era diferente ahí dentro; no lo escuchaba, pero podía sentirlo vibrando en la estructura, como si la arena misma se hubiera quedado atrapada entre los muros.

Fue entonces cuando algo, un movimiento pequeño, apenas perceptible, pasó por el borde de mi vista. Pensé que era cansancio o alguna sombra proyectada por las lámparas rotas, pero cuando giré, ahí estaba otra vez: esa cosa. No sabría describirla con exactitud… solo sé que sus colores no parecían pertenecer a la realidad. Como si la luz los inventara al momento. Sus bordes se disolvían y reconstruían, como si respirara, y aun así no emitía sonido alguno.

Parpadeé. Nada. Pero cuando volví a mirar hacia el pasillo derecho, lo vi avanzar, lento, como esperando que lo siguiera.

Me quedé quieta. “Mei… ¿qué haces?”, pronunció Itsuki, lo entendí por la forma de su boca y el gesto tenso. Solo negué. ¿Qué podía decirle? Ni yo sabía si aquello era real o si mi mente comenzaba a quebrarse entre la ansiedad y el polvo.

Pero la cosa volvió a asomarse desde una esquina, inclinando el cuerpo de un modo casi infantil, como invitando. Y entonces sentí ese tirón suave en el estómago, como una intuición… o una advertencia.

Caminé hacia el pasillo angosto, rozando las paredes erosionadas. El aire se sentía más frío ahí, más denso. Los estantes crecían a mi alrededor como raíces petrificadas. La criatura avanzaba unos pasos y luego se detenía, fulgurando en un silencio que casi podía tocar.

Doblé otra esquina y los tomos amontonados en el suelo hablaban por su propio caos. Uno de ellos, viejo, desbordado de arena y hollín, parecía fuera de lugar. Al acercarme, mis dedos rozaron el símbolo quemado en su portada: un espiral doble atravesado por líneas negras. El mismo que había visto en los brazaletes de los exploradores de la frontera norte.

Lo abrí con cuidado. Las primeras páginas estaban destruidas, pero después apareció un registro más claro—dibujos, nombres, fechas. Hablaban de una ofensiva perdida en el norte durante la llamada primera era, una marcha hacia Miku en la que muchos jamás regresaron. Entre los apuntes manuscritos se repetía una palabra en kalazakano, una que reconocí por las clases con el tío Frank: el temor.

Debajo, como una traducción hecha por manos nerviosas, alguien había escrito: Dread.

Tragué saliva. No sabía por qué me mostraban eso… si es que realmente “me lo estaban mostrando”. Volteé para buscar a la criatura.

Ya no estaba.

Solo el pasillo oscuro, la respiración del edificio y el libro abierto entre mis manos, como si hubiera querido llegar a mí desde mucho antes de que pisáramos Oriak.

Caminos estrechos, señales que no entiendo, advertencias disfrazadas. Y en ese instante supe que la ciudad no nos había abandonado.

Nos estaba observando.

Estuvimos sentadas un rato en uno de los rincones llenos de libros y algunas velas de Historia en Oriak. El edificio, con sus muros gastados y aquel olor a arena húmeda, parecía retener el aire, como si también estuviera escuchándonos.

Itsuki intentaba hablarme, pero yo seguía con las manos frías, todavía pensando en lo que había visto —o creído ver— entre los pasillos. No sabía cómo explicarle sin sonar trastornada. Tampoco quería preocuparla más; ya bastante tenía con el silencio incómodo que se formaba cuando no logro entender todo lo que intenta decirme.

Aun así, intentábamos comunicarnos. Teníamos un plan, o eso creíamos. Pero sin el equipo adecuado era como avanzar a ciegas. Aquí en Oriak, supuestamente, era más fácil encontrar alguna conectora o repetidora que nos permitiera obtener el transmisor VM y VE.

Los VM/VE… sabía lo útiles que eran. El programa de proyección visible y sonora era prácticamente un traductor vivo, un asistente, un puente entre sentidos en zonas negras o de crepúsculo. Los cazadores lo usaban en campo hostil para no depender del oído, o para no confiar sólo en él. Pensé en lo diferente que sería todo si ya lo tuviéramos. Si pudiera ver las ondas de comunicación y no perderme en las expresiones de Itsuki.

Sabíamos en qué regiones de Fiora eran más comunes, dónde los Tammer y las patrullas fronterizas dependían de ellos… pero aquí, rodeadas de columnas erosionadas y estantes partidos, no teníamos idea de a quién pedirlo o cómo adquirirlo. Eran numerados, costosos, y controlados. No era cosa de acercarse a un tendero y simplemente preguntar por uno.

Me abrazaba las piernas mientras trataba de ordenar mis pensamientos. Cada tanto, me parecía ver un movimiento de color entre los estantes, un parpadeo extraño. Cada vez que volteaba, no había nada. Quizá estaba exhausta. Quizá el edificio se burlaba de mí con sombras y velas consumidas.

Itsuki tocó mi hombro. Su expresión decía lo que sus palabras no lograban alcanzarme del todo: debíamos movernos. No podíamos quedarnos esperando a que las respuestas cayeran del techo cuarteado.

—El río… —murmuré, articulando despacio. Ella asintió. Esa parte sí la habíamos entendido bien desde el principio.

Si queríamos dar con las patrullas y con los Tammer especializados —los únicos que podrían tener o conseguir un VM/VE— teníamos que recorrer el río, seguirlo hasta el punto de contacto con Fiora. Un trayecto largo, incierto, y claramente no vigilado por la república.

Me levanté despacio, guardando el registro que había encontrado sobre el temor: Dread. No sabía si nos serviría… pero algo en mí insistía en conservarlo.

Mientras salíamos del pasillo, las velas parpadearon bruscamente, como si una corriente invisible hubiera cruzado entre nosotras.

No había viento. No había nadie.

Itsuki me tomó del brazo. Esta vez no intentó hablar. Sólo señaló hacia la salida.

Tenía razón. Era momento de seguir el río.

Fuera lo que fuera aquello que se escondía entre los estantes… no quería que nos quedáramos más tiempo.

Salimos de Historia en silencio, todavía con la sensación de que algo nos observaba desde los estantes. El aire afuera era más frío de lo que recordaba; quizá por los nervios, quizá por esa extraña forma en la que la ciudad filtraba la luz. Caminamos siguiendo los indicadores de piedra hacia el este, donde la arena comenzaba a volverse más húmeda. Itsuki avanzaba un poco adelante, tocando de vez en cuando las paredes como si tratara de escuchar algo que yo no podía.

A unos ochocientos metros, según mis cálculos, el olor cambió. El aire se volvió más denso, cargado de agua vieja y metal. Frente a nosotras, finalmente, apareció lo que llaman “el río”, aunque decirle río era insuficiente: era una masa inmensa, oscura, como un espejo opaco que tragaba el mundo. El paisaje alrededor parecía detenido en el tiempo, pero no por falta de vida, sino por demasiada.

Las edificaciones cercanas —o lo que quedaba de ellas— daban la impresión de haber sido una ciudad completa antes de perder nombre y propósito. Quizá Fiora. Quizá sólo un recuerdo de ella. Eran estructuras parchadas con barro, sostenidas por columnas de piedra tallada y arena endurecida. Algunas todavía tenían grabados antiguos y patrones que parecían moverse si se miraban de reojo. Era casi hermoso y al mismo tiempo escalofriante, porque entre los huecos se veían fragmentos óseos incrustados como fósiles: cráneos, costillas, mandíbulas erosionadas por agua infestada de magia.

Un estremecimiento me recorrió. No sé si por el frío o por la idea de caminar junto a los restos de quienes alguna vez formaron parte de las historias de las dolls. De las machines dolls. De los replicantes. Historias que siempre quise creer exageradas… pero aquí, entre estos huesos incrustados en piedra, parecía imposible ignorarlas.

Nos acercamos más a la orilla, y el paisaje empezó a transformarse en algo que no esperaba. Era como un mercado. Una especie de corredor saturado de personas y puestos improvisados, todos asentados sobre la arena húmeda. Los Orianos que encontramos allí no se parecían en nada a los primeros que conocimos al llegar a la ciudad. Estos tenían el cuerpo cansado, los ojos hundidos, algunos sin extremidades, otros con vendajes improvisados y muchos sin maquinaria alguna. Aquello me descolocó más que cualquier criatura o sombra en los pasillos de Historia.

La pobreza era tan evidente que dolía. Veías huesos reales bajo piel tensa, amputaciones sin prótesis, enfermedades expuestas sin pudor. Muchos mostraban una especie de resignación silenciosa, un ritmo apagado que no habíamos visto en la ciudad principal. Era como mirar otra Oriak, una que se abría sólo cuando te alejabas del muro y entrabas en su verdadero territorio.

Y mientras avanzábamos entre los puestos, el río se movió. No con corriente. No con viento.

Se movió como si algo bajo la superficie hubiera exhalado.

Itsuki se detuvo en seco. Me tomó del brazo con más fuerza de la habitual. Me señaló el agua, insistente.

Yo seguí su mirada. Y entonces lo vi.

Un destello. Una forma. Algo que no era reflejo ni luz. Algo que parecía dibujarse en colores imposibles, moviéndose bajo la superficie como si nadara entre dos mundos.

Fue tan rápido que parpadeé y desapareció.

No sabía si lo había visto. No sabía si lo había soñado. No sabía si era un aviso.

Sólo sabía lo que sentí: que el río nos estaba esperando.

El trayecto hacia el punto de contacto en Fiora continuó entre murmullos, pasos cansados y el olor metálico del río. A cada avance, la sensación de que algo antiguo nos seguía se volvía más pesada. No era sólo la criatura que creí haber visto bajo el agua. Era otra cosa. Como si todo el cauce respirara con nosotras.

Mientras buscábamos el sendero correcto para encontrar al Tammer que nos habían asignado como enlace, nos topamos con un grupo de lugareños. Al ver nuestros uniformes, levantaron sus cosas de inmediato y huyeron sin decir palabra, casi tropezando entre sí. Se dispersaron en pequeñas calles hechas de barro, postes viejos y telas raídas, como si fueran túneles improvisados entre los restos de construcciones antiguas.

Itsuki frunció el ceño. Sentí su mano tocar mi hombro, rígida. Ella percibía algo… algo que yo no podía oír, pero que se traducía en tensión para mí.

Entonces, entre la nube de polvo que dejaron los que escapaban, apareció una niña. Estaba hincada junto a una de las paredes derruidas, con un plato hondo. Se lavaba la cara con agua del río, mezclada con lodo espeso que se acumulaba al fondo del recipiente. A diferencia del resto, no nos miró, no se escondió, no huyó. Sólo seguía lavándose, como si nada en el mundo importara más que eso.

Su figura me conmovió y me inquietó al mismo tiempo. Zapatos tan desgastados que parecían sandalias, un vestido viejo, casi deshecho, piel marcada por cicatrices que sobresalían incluso bajo la mugre… y sin embargo, algo en ella parecía brillante. No por luz. Por intención.


 
 
 

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