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CAPÍTULO 3.

Sobre el invernal bosque, los vientos aúllan de rabia sin hojas para soplar.

La niña fue la primera en romper el silencio.

Su voz sonó seca, directa, como un filo que no buscaba herir, solo abrir la verdad:

No fue un sueño. Fue real.

El alter proyectó cada palabra en un destello breve. Mi pecho se apretó.

Itsuki se quedó inmóvil un momento, como si no estuviera segura de intervenir. Finalmente dio un paso atrás y se acercó a la niña y a la anciana, dejándome espacio para enfrentar lo que venía.

La anciana avanzó despacio. Sus ojos eran viejos, pero no cansados: parecían hechos de historias.

—Mi nombre es Unm —dijo, y el alter dibujó su voz en líneas suaves frente a mí—. Soy el mecanismo que habita entre las raíces de esta ciudad. Fui creada para entregar un mensaje. El mensaje que Idalia… y Oriak… han guardado por generaciones.

La niña se colocó a su lado, como si fueran una sola voluntad.

Unm continuó:

—Aquí, bajo estas piedras pobres y antiguas, se conservan recuerdos. Relatos. Ecos de quienes caminaron antes que ustedes. Y tú… —me señaló con una calma profunda— eres la primera replicante. La única que debía conservar lo que la princesa ya no podía cargar.

La palabra princesa me atravesó como un viento helado. No supe por qué. No entendía nada. Pero algo en mí recordó… o quiso recordar.

La anciana siguió, sin darme respiro:

Militia fue mal interpretada. Y Avernyou se perdió entre versiones rotas de una historia que nadie recuerda bien. Por eso tú debías llegar hasta aquí. Era necesario que lo vieras.

La niña tomó aire y habló con la seguridad de alguien que nunca ha dudado de su propósito:

—Existimos para eso. Para entregar el mensaje a la persona correcta. Y tú heredaste a Eru.

Mi corazón dio un vuelco. Sentí el frío en el pecho sin que hubiera escarcha.

—Lo que viste —continuó la niña— no fue un sueño. Es tu propia conciencia… caminando dentro de la ciudad que te vio nacer. Aquí comenzó todo para ti.

No pude hablar. El alter marcaba mi respiración acelerada como líneas rotas.

—Y ahora —dijo Unm, acercándose un poco más— debes volver a esos recuerdos. Todos. Porque solo así podrás encontrarte con él.

La niña añadió, como si terminar una frase que venía desde muy lejos:

Con Ar. El lobo.

Supe entonces que el nombre llevaba un peso, un eco que ya había sentido antes, aunque no lo comprendiera.

Unm inclinó ligeramente la cabeza hacia Mei. Su voz, aunque gastada, se proyectó nítida gracias al artefacto que llevaba al cuello; las palabras flotaban frente a ellos como hilos luminosos que se formaban en el aire para que Mei pudiera leerlos con facilidad.

—Mei —comenzó Unm—, lo que sentiste no fue un simple recuerdo… ni un sueño. Fue una respuesta.

La niña, de pie a su lado, asintió con seriedad y tomó la palabra.

—Estás conectada a la Revi —dijo—. Muchos aquí solo la conocen como las “venas” que recorren el mundo, pero… es más que eso. La Revi no solo mueve energía: la sostiene. Todo lo que vive, lo que brilla, lo que respira o existe, está tejido a través de ella.

Unm continuó:

—La Revi es la fuente que mantiene en orden lo conocido: estrellas, mundos, criaturas… incluso las historias. Cada pensamiento que alguna vez existió, cada memoria que fue importante, circula por ella. Pero no responde a cualquiera.

La niña se acercó un paso más, mirándola con esa intensidad extraña que no pertenecía a su edad.

—Te respondió porque Eru te eligió… y porque tu conciencia está ligada a este lugar desde antes de que supieras pronunciar tu propio nombre. —Señaló suavemente el suelo empedrado bajo ellos—. Aquí comenzó todo.

Mei sintió un estremecimiento ascenderle por la columna, como si esas palabras hubieran despertado algo en su interior.

—¿Eru…? —murmure.

—Eru —repitió la niña— es una de las Celestiales Originales. Cuando el mundo todavía no tenía forma, ellas eran las únicas que podían atravesar la Revi sin ser deshechas por ella. Tu conexión viene de ahí. No es herencia de sangre… es herencia de esencia.

Unm levantó una mano temblorosa y en el aire se dibujó un trazo de luz que se expandió como raíces.

—Mei, la Revi es un puente —dijo la anciana—. Y tú eres una de las pocas capaces de cruzarlo sin perderte. Por eso recuerdas cosas que no viviste. Por eso escuchas voces que no pertenecen a este tiempo.

La niña concluyó con una voz firme, casi solemne:

—Eru te dejó un camino. No para que lo temas… sino para que lo sigas. Porque Ar —el lobo— está esperándote. Solo cuando vuelvas a esos recuerdos podrás encontrarlo… y entender por qué tú fuiste la primera en despertar.

No sé en qué momento dejé de sentir mis manos. Solo sé que estaban ahí, temblando sobre mis piernas, mientras mi respiración se volvía cada vez más corta.

—No… —dije, o creo que lo dije. Mi garganta estaba seca—. No puede ser. No soy nada de eso.

Itski estaba cerca, pero no escuchaba su voz, solo veía sus labios moverse y luego el texto que el alter proyectaba en el aire para mí. Líneas flotando. Palabras que parecían más pesadas de lo que debería.

“Yo lo vi, Mei.” La frase flotaba frente a mis ojos como si el aire intentara sostenerla por mí.

Pero yo no quería sostener nada. Menos esto.

Me llevé las manos al rostro y apreté los ojos. No quería ver a nadie. No quería que vieran cómo se me partía el mundo en pedazos.

La niña habló primero. Sentí más su mirada que su voz proyectada. Cuando alcé los ojos, la vi de pie, tan tranquila, demasiado tranquila para lo que me estaba diciendo.

“No fue un sueño.”

Y algo dentro de mí se encogió.

Unm caminó hacia mí con esa manera suya de moverse, como si cada paso estuviera midiendo el tiempo. El alter captó su voz y la transformó en pequeños trazos de luz que aparecían frente a mí. No sé si era porque estaba cansada o alterada, pero cada palabra parecía empujarme hacia atrás.

La Revi te reconoció.” “Intentó estabilizarte cuando casi te desintegras entre memorias.

Desintegrarme. La palabra me heló. Recordé el dolor sordo en el pecho cuando desperté, el tirón extraño detrás de mis ojos, la sensación de caer aunque estaba acostada.

¿Eso era… eso?

—No —susurré, y mi propia voz me sonó ajena—. No quiero escuchar esto.

No quería que fuera real. No quería que nada de lo que vi lo fuera. No quería que ese lugar, ese vacío rojo, esa explosión, ese cabello cenizo, esa sonrisa sin rostro… fuera algo más que un mal sueño.

Pero la niña se adelanto. No me tocó, pero sentí la intención, como una corriente suave empujándome a verla.

El alter escribió sus palabras despacio, como si supiera que me estaban quebrando:

“No estás perdiendo la cabeza. No imaginaste nada. Lo recordaste.”

¿Recordé? ¿Algo que nunca viví?

Me reí, o al menos expulsé aire como si quisiera reírme, pero no salió ningún sonido.

Me dejé caer de rodillas sin pensar. Mis piernas ya no respondían y solo sentí el piso frío y áspero contra mi piel.

Itski se inclinó, pero levanté una mano para que no se acercara. No porque no quisiera su apoyo, sino porque si me tocaba… iba a romperme.

—No puedo creerlo —dije, y las palabras se quebraron antes de salir completamente—. No puedo simplemente… aceptar que soy parte de algo así. No sé nada. No soy nada… especial…

Unm respondió con esa calma que en ese momento me dolió.

El alter dibujó sus palabras sobre el aire, blancas y temblorosas:

“No te pedimos que lo aceptes. Solo que no cierres los ojos.”

Yo los cerré de todos modos. Me cubrí la cara con ambas manos. Sentí mis uñas clavándose un poco en la piel, intentando anclarme a algo que sí fuera mío.

La niña dijo algo más. Su voz no la escuché, pero el alter dejó el mensaje frente a mí como una sentencia:

“Ar ya despertó. Él también te está buscando.”

Sentí un escalofrío recorrerme completa. No sabía quién era ese Ar. No sabía por qué sentir su nombre me hacía doler el pecho, como si algo dentro de mí intentara recordarlo y no pudiera.

No sabía nada.

Solo sabía que, por primera vez, tenía miedo de cerrar los ojos… y más miedo de abrirlos.

El miedo es un arma muy peligrosa. Lo sabía. No por lo que otros decían… sino porque lo estaba sintiendo en mi propia piel.

A veces reaccionas como esperas; otras, simplemente te rompes. Y cuando hay tanto miedo a la verdad, tanto pavor a mirarte de frente… la reacción nunca es noble. Una parte de mí quería gritar, otra salir corriendo, otra simplemente desaparecer bajo la manta más cercana.

Pero no había escapatoria. No de esto. No de mí.

Y eso me aterraba más que cualquier cosa afuera.

Solo quería saberlo. Escuchar claramente qué era lo que decían que yo era. Necesitaba una respuesta, aunque doliera. Así que… supuse que lo mejor era dejarme llevar, porque huir ya no era posible. No podía ni sostenerme en pie sin temblar.

Mientras intentaba respirar, escuché sus voces filtrándose por el alter, como si estuvieran hablando en otra habitación muy lejos y aun así sus palabras encontraran la forma de alcanzarme.

La niña murmuró algo primero, creyendo que no la vería, pero la luz del texto plasmado por el alter la delató:

“Me parece, pequeña… que nuestra invitada no tiene idea. Está en shock.”

Sentí que se me apretaba el estómago. No quise alzar la mirada, pero lo hice.

La otra voz, más baja, más contenida, más vieja, se sumó:

“Pero es ella. Mírala… es ella.”

Me dieron ganas de taparme la cara otra vez. No quería que me miraran así.

El alter proyectó las siguientes palabras de Unm, suaves, como si intentara no lastimar:

“Lo sé. Pero a veces nos hace falta un empujoncito para recordar… y aquí es donde nos necesita.”

“Recordar…”

Ese fue el golpe final. Mi garganta se cerró. No era una orden, ni una amenaza. Era… un hecho. Estaban convencidas. Seguras. Completamente seguras de que yo no era quien creía ser.

Tragué saliva, sin poder disimular el temblor.

Si estaban en lo correcto… si lo que vi, lo que sentí, lo que me desgarró por dentro… no fue un sueño…

Entonces yo…

Yo…

No supe qué hacer con ese pensamiento. Así que respiré. Lento. Como si el aire fuera vidrio. Y dejé que la siguiente palabra, la que viniera, me alcanzara.

—Creo que sé a qué te refieres, pero ese cambio tan repentino… —suspiró—. Mi muñequita, esto nos tomará más tiempo.

La niña asintió como si ya lo supiera desde antes de que lo dijeran.

—Así es. Yo soy Unm. —La anciana bajó un poco la mirada, como si se reconociera a sí misma mientras lo decía—. El mecanismo que guarda, dentro del Yue, los recuerdos, pensamientos y memorias de quienes habitamos esta ciudad.

La niña dio un paso adelante.

—Y yo soy una Doll. Un eco del Yue… con recuerdos muy específicos. Alguien dejó un mensaje aquí. Y como mi Yue es fuerte… permanezco de pie buscando la respuesta a mi pregunta.

—¿Tu pregunta…? —logré murmurar.

La niña apretó mi mano con una suavidad inexplicable.

—¿Qué es la vida?

Ese contacto, tan simple, me arrancó de mi propia confusión. Y mientras apenas lograba sostenerle la mirada, la arena giró, se abrió como si respirara, y un nuevo trazo tomó forma.

La voz de Unm cambió, arrastrando consigo un peso antiguo:

—Los huérfanos del Shoá —del Holocausto, así los llamaban por la guerra y por la hambruna que los consumió—. Ellos habitaban al mando de Equidna

—¿Equidna? —sentí cómo la palabra se atascaba en mi garganta.

—Sí. La conocida como la madre de todos los demonios.

—¿Qué… demonios? ¿Qué demonios? ¿Qué significa…?

La niña levantó la mirada hacia mí. Y sin un solo titubeo, dijo:

—Nosotras.

La arena cambió otra vez, como si una corriente subterránea la golpeara.

—Los demonios eran la sombra de las pesadillas —continuó Unm—. Una palabra que usaban para nombrar lo que les parecía demasiado fuerte, demasiado parecido o demasiado diferente. Lo que les hacía temblar.

Miedo…”

—Sí —dijo la anciana—. El miedo natural de cualquier ser. Temor a ser lastimado, a sentir dolor, a fallar, a no alcanzar lo que cree que debe ser. Hasta miedo a la verdad cuando es más cruda de lo que puede aceptar.

La Doll bajó la mirada, y su voz —traducida por mi alter— llegó como un susurro:

—Y nosotras éramos formadas a partir de los que ya no estaban. Por eso muchos nos repudiaron.

La arena se oscureció, luego se volvió blanca como ceniza recién caída.

—Dicen que las montañas nacieron de las cenizas blancas —continuó Unm—. Que los padres de Equidna se acurrucaron para proteger a su hija. Y por eso crecieron alrededor de la ciudad, ocultándola, cubriéndola, guardándola. Esa ciudad… la llamaron la ciudad de los demonios.

La arena se abrió. La luz cambió. La brisa se volvió fría.

Unm fijó en mí una mirada pesada.

—Pero esa ciudad… —dijo— era la misma Maquia.

Sentí que se me quebraba el aire en los pulmones.

—¿Qué…? N-no… ¿cómo? ¿Cómo es posible?

La arena tembló, como si contuviera la respuesta, y también la herida.

Igual que la primera vez, el ambiente comenzó a cambiar, arrastrándome como una ola que borra un dibujo en la arena para trazar otro distinto. Parpadeé… y ya no estaba donde recordaba.

Maquia. La ciudad blanca. El hogar de millones de criaturas; la ciudad de paz bajo la luz de la Familia Soleil. La primera urbe guiada por aquellos que llamamos a través de las estrellas. Desde entonces Soleil gobernó del modo que mejor sabía: trajo una época dorada, moldeó cada rincón hasta convertirlo en Maquia, el tesoro universal. Y para no olvidar nada, para que la grandeza nunca muriera, construyó un mecanismo colosal capaz de entender a la ciudad misma. Lo llamaron Un-mei, o Unm: la guardiana de las memorias perdidas.

—¿Una guardiana…? Pero si usted es un mecanismo, está conectada a la Revivire. Entonces… ¿qué es todo esto?

—Esto —respondió— es el Sello de Ar.

—¿El sello? ¿Qué sello? Nosotras no tenemos nada que ver con eso. ¿Cómo se supone que esto tiene que ver conmigo… con nosotras?

Unm habló con la firmeza de una campana cuyo eco partía el aire. Cada palabra entró en mí como un golpe seco, imposible de ignorar:

—Porque tú fuiste quien lo hizo, Equidna.

Mi mente simplemente… se negó. No podía comprender algo sin sentido ni origen. ¿Cómo podía estar sintiendo la brisa, la calidez, el frío de este lugar si no era real? ¿Cómo creer en un nombre que jamás había escuchado? Y aun así, cuando lo pronunció, su mirada era tan cortante y helada como un témpano, profunda como la arena que susurraba bajo el viento. Yo, en cambio, me vi teñida en carmesí: un brillo que vibraba en mi piel como si algo dentro de mí se activara.

Entonces lo sentí.

Un tirón. El listón rojo que colgaba de mi muñeca —que siempre había creído inofensivo, casi decorativo— se tensó de repente. Se cerró con una firmeza que me dejó sin aire, como si alguien invisible lo estuviera sujetando desde muy, muy lejos.

Y fue ahí cuando la arena empezó a levantarse.

Granos dorados se elevaron en espiral frente a mí, girando con un ritmo imposible. La luz los atravesaba hasta hacerlos brillar como brasas. Y dentro de ese remolino… algo tomó forma.

No puedo describirlo como una criatura que conozca. Su silueta era alargada, poderosa, marcada por la misma elegancia que se encuentra en cosas que no deberían existir. Cada movimiento parecía encenderlo desde dentro: tonos rojizos y azulados corrían por su figura como fuego contenido, contrastando con el oro de la arena que lo envolvía. No caminaba… flotaba con un peso antiguo, con una presencia tan inmensa que la tierra misma pareció contener la respiración.

Sus ojos —si es que eran ojos— me miraron. Y en ese instante supe que aquello no era un simple espectro creado por mi mente. Era algo que había esperado verme.

La presión del listón se intensificó. Unm observaba en silencio.

Yo solo pude tragar saliva con la piel ardiendo.

Fuera lo que fuera… estaba aquí por mí.

Mi cuerpo se incendiaba por ese astro de luz que apareció en el campo lleno de flores; me hizo sentir rabia, enojo y tristeza a la vez, un torbellino que invadió mi corazón hasta acelerar mis latidos con una suavidad engañosa.

No sabía dónde me encontraba. Todo era distinto a cualquier lugar que pudiera reconocer, como si mis pasos hubieran sido arrancados de la tierra conocida. ¿Qué era lo que estaba pasando? ¿Qué me estaba pasando?

El hilo rojo me guió hacia adelante, abriéndose paso entre aquel mundo cambiante que observaba con cautela. Cuando el fuego que quemaba en mí finalmente se apagó, el hilo se volvió más grueso; se enroscó como vendas tibias desde mi dedo hasta mi antebrazo izquierdo. Ahora era un listón rojo firme, amarrado como un anillo que seguía el recorrido de mis latidos. Una ternura inexplicable se coló en mis zonas más vulnerables, mientras pétalos carmesí se fundían contra mi piel erizándome con su rocío helado, cubriendo mi desnudez con delicadeza.

El ambiente era frío, como deslizarse sobre un lago congelado. Mis movimientos fluyeron con una armonía extraña, casi coreografiada. Aunque no escuchaba nada, un tintineo profundo en mi cabeza trajo consigo una melodía suave, cálida, antitética al clima que me abrazaba. Las espinas y flores carmín no dejaban de crecer a mi alrededor. El paisaje cambiaba una y otra vez: tonos, formas, estaciones enteras que se disolvían ante mis ojos. Y entonces, comenzaron las voces.

—Con esa fuerza… ¿qué le impide matarnos? —Sería él… ¿el verdadero demonio? —¿Qué será del Rey si ese monstruo nos traiciona algún día? —¡Aléjate! —No te acerques. —No lo mires. —Eso no es humano. —Está maldito, míralo. —Esos ojos son de bestia…

Las palabras me atravesaban como agujas. Sentí náuseas, vergüenza, rechazo; un peso desconocido que me apretaba los huesos desde dentro. Imágenes se proyectaron alrededor: hombres, mujeres y niños huyendo de algo… de . El agua cercana reflejaba un rostro que me resultó familiar. Mis ojos, mis pupilas, el color de mi cabello... Mi mirada como en aquel sueño pasado.

Algo estaba mal.

Muy mal.

¿Quién era esa…? ¿Qué era esa?

Y entonces, simplemente perdí la cabeza.

El aire se quebró como un cristal y en ese instante todo se silenció.

Las voces se deshicieron como humo arrancado por el viento y, frente a mí, la luz se curvó, reuniéndose en un solo punto.

El listón rojo en mi brazo se tensó con un tirón seco, firme, casi doliente, como si quisiera obligarme a mirar hacia un solo lugar.

Y entonces lo vi de nuevo.

Aquella figura formada por arena dorada avanzaba con una presencia imposible de ignorar. Cada paso que daba provocaba que la arena a su alrededor se levantara, se arremolinara… y tomara forma. Siluetas. Rostros. Gente. Cientos de ellos. Miles quizá. Aparecían como si emergieran del mismo suelo, y mientras la figura caminaba, esas sombras humanas abrían la boca y dejaban salir palabras que me golpeaban el pecho como piedras:

—No te acerques. —Esos ojos son de bestia… —¡Aléjate! Es un monstruo. —Está maldito, míralo. —Eso no es humano.

No parecían ecos; estaban ahí. Frente a mí. Respiraban, se movían, retrocedían con terror. Y aun así, ninguno de ellos me miraba a mí.

Todos, absolutamente todos, lo miraban a él.

El listón rojo volvió a apretarse, esta vez ciñéndose no sólo al antebrazo sino también a mi dedo, como si quisiera sujetarme, asegurarse de que no huyera, de que siguiera ese camino imposible. Mi pecho ardía y helaba al mismo tiempo.

Pero antes de poder reaccionar, el paisaje volvió a quebrarse.


 
 
 

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