CAPÍTULO 4.
- Jonn All
- 12 may
- 9 min de lectura
El deseo que extinguió la última estrella.
Me incorporé despacio.
El mundo estaba… intacto. Demasiado.
No había ruido.
No ese vacío violento del silencio absoluto, sino algo distinto: como si todo ocurriera detrás de un cristal espeso. Sentía el suelo, el aire frío en la piel, el peso de mi propio cuerpo… pero los sonidos ya no me alcanzaban.
El Alter seguía ahí. Ordenado. Preciso. Me indicaba movimientos, distancias, expresiones. Me ayudaba a entender lo que no podía oír.
Pero no me explicó por qué Itsuki me miraba así.
Ni por qué Unm permanecía inmóvil, con una solemnidad que me incomodaba.
Me puse de pie.
Entonces lo noté.
Las miradas.
No eran de curiosidad. Eran de reconocimiento.
A donde caminaba, las personas se detenían. Inclinaban el cuerpo. Algunas bajaban la cabeza, otras tocaban el suelo con los dedos antes de alzar la vista hacia mí. Nadie se acercaba demasiado.
Me ofrecían cosas.
Pequeñas.
Fragmentos de metal que brillaban con colores extraños. Láminas irregulares, pulidas por el uso o por el tiempo. Gemas diminutas, casi opacas, envueltas en telas gastadas. Adornos hechos con alambre, hueso o vidrio reciclado.
Muy pocos llevaban flores. Las entregaban con ambas manos, como si doliera desprenderse de ellas.
No entendía.
Las aceptaba torpemente, sin saber qué hacer con todo aquello. El Alter me indicaba gestos adecuados: asentir, inclinarse levemente, llevar los obsequios al pecho.
Pero algo estaba mal.
Yo… me sentía distinta.
Unm caminó a mi lado y, con un gesto lento, me indicó que la siguiera.
Nos alejamos del asentamiento hasta la frontera natural entre Oriak y Fiora. El terreno descendía hacia un riachuelo angosto, de agua clara, donde las ruinas antiguas se mezclaban con raíces y piedras blancas.
Allí, entre dos bloques de estructura caída, había un espejo roto.
Un fragmento grande, inclinado contra la roca.
Unm señaló el reflejo.
Me acerqué.
Y me vi.
Mi cabello, antes blanco como ceniza, ahora tenía vetas incandescentes, como brasas apagándose lentamente. Mis ojos… ya no eran solo rojizos. Reflejaban luz, incluso en la sombra, como si el amanecer viviera dentro de ellos. Mi piel parecía más clara, casi luminosa, marcada por líneas suaves que no recordaba haber tenido.
No eran cicatrices. Eran trazas.
Retrocedí un paso.
Miré a Unm.
Le pregunté con señas qué estaba pasando.
Ella tardó en responder.
Luego señaló el horizonte. Después llevó dos dedos a la frente y los bajó lentamente, como marcando un destino que se aproxima.
—Ya te esperan —dijo, vocalizando con cuidado para que pudiera leerlo—.
Pregunté quién.
Unm levantó la mano.Él.
El sol comenzó a elevarse.
La luz dorada atravesó la neblina matinal. El viento agitó suavemente mi cabello.
No escuché nada.
Pero sentí cómo el mundo contenía el aliento.
Y supe que este encuentro… no era casual.
Unm se detuvo.
No lo escuché —nunca lo hacía—, pero su cuerpo cambió de ritmo. Fue algo mínimo, casi imperceptible, como si el mundo hubiera tensado el aire a su alrededor. El Alter vibró en mi sien izquierda, proyectando símbolos inestables, líneas quebradas que intentaban ordenar el movimiento de sus labios y las señales del entorno.
Su rostro se inclinó apenas, lo suficiente para que pudiera leerlo.
Es momento.
Itsuki apretó mi mano.
Delante de nosotras, la caravana comenzaba a organizarse. Criaturas encapuchadas ajustaban cargas; carros hechos de hueso pulido y metal antiguo crujían al acomodarse. Las telas gruesas estaban marcadas con símbolos que no reconocía, pero que mi cuerpo sentía familiares, incómodos. El aire olía a polvo caliente… y a algo más.
Algo viejo.
Unm volvió a mover los labios.
Fauces de Fiora.Oriak se queda atrás.
Parpadeé despacio. El Alter tardó en traducir; las palabras llegaron completas, pero pesadas.
—¿Dejar Oriak…? —murmuré.
No era miedo. Era extrañeza.
Unm comenzó a caminar, marcando el ritmo. Itsuki y yo la seguimos sin hablar. Ella me miró, buscando algo en mi rostro. Negué apenas con la cabeza: tampoco tenía respuestas claras.
Unm señaló hacia el horizonte.
La tierra se abría allí como una grieta negra entre colinas claras. Un límite.
Debemos buscar contacto con Ar.
El nombre no me era ajeno.
No me sorprendió.
—Ar… —susurré, casi sin darme cuenta.
Itsuki inclinó un poco el rostro hacia mí, atenta.
Unm no se detuvo.
Mi temperatura se desordenó, como si el recuerdo hubiese tocado un punto que no debía. Bajé la mirada, avergonzada de algo que no sabía explicar, de saber demasiado sin haber escuchado nada. Itsuki no apartaba la mirada de mí; la sentía fija, insistente, demasiado cercana, y eso me hacía querer desaparecer, entonces Unm cambio el peso de sus palabras.
Lo noté en la tensión del aire, en la manera en que su cuerpo se volvió más rígido. Itsuki lo percibió también; giró el rostro con resistencia, justo cuando el Alter me devolvía una sola cosa clara.
Un condenado.Se le prohibió morir.
Algo se tensó en mi pecho.
No fue confusión. Fue reconocimiento.
El Alter proyectó símbolos de advertencia, pero no los miré. Mis labios se movieron antes de que pudiera detenerlos.
—Dread… —susurré.
Itsuki me escuchó.
Apretó mi mano con fuerza, como si ese nombre hubiera activado algo que no debía soltarse. Su pulgar tembló contra el mío.
El edificio de Historia en Oriak cruzó mi mente como un relámpago. El código tallado en nuestras memorias. La palabra incompleta. La advertencia que no entendí entonces.
Unm giró el rostro hacia mí.
Sus ojos se fijaron en los míos.
Lo recuerdas.
No era una pregunta.
Tragué saliva, pero no respondí.
Unm continuó, con la misma frialdad medida.
Estaré vigilándote.Pero debo irme con la caravana.
Señaló los carros, las criaturas que ya tomaban posiciones.
A ti te entregarán telas nuevas.Ropa distinta.
Sus dedos señalaron mi cuerpo sin tocarme.
Debes ocultarte.Cruzar Fiora.Llegar a la frontera de Coatl.
El Alter tradujo la última frase con especial claridad.
Allí…deberás llegar con Ar.Y formar de nuevo tu promesa.
Sentí un leve nudo en el estómago.
No pregunté cuál promesa.
No pregunté por qué.
La curiosidad era más fuerte que el temor.
Antes de que pudiera decir algo, una figura descendió de uno de los vehículos. Era una chica joven, cubierta con telas claras y marcas de viaje en el rostro. Se acercó con respeto, inclinó la cabeza hacia Unm y luego nos miró a Itsuki y a mí.
Nos hizo una seña.
Cambio.
Itsuki soltó mi mano solo lo necesario para seguirla. La chica nos condujo hacia uno de los carros laterales, donde colgaban telas, prendas amplias, colores apagados pensados para no llamar la atención.
Me volví una última vez.
Unm ya se alejaba.
No caminaba como los demás: parecía desvanecerse entre el movimiento, fundirse con la multitud que alistaba la caravana. Antes de perderse por completo, inclinó apenas el rostro, como una despedida que no necesitaba palabras.
Y luego ya no estaba.
La caravana comenzó a moverse.
Cruzaría por Fiora.
Nos dejaría cerca de la frontera.
Y yo, con un cuerpo que ya no era el mismo y recuerdos que pesaban más que antes, entendí algo con claridad inquietante:
No estaba huyendo.
Estaba regresando a una promesa que el mundo no había olvidado.
Los vehículos de la caravana comenzaron a avanzar con una sincronía pesada, como si la tierra misma hubiera aceptado moverse con ellos. No escuché el inicio, pero lo vi: el temblor leve del suelo, las vibraciones subiendo por mis botas, el vaivén de telas y cuerpos acomodándose al ritmo de algo que no necesitaba sonido para imponerse.
Itsuki y yo salimos ya vestidas como lugareñas de Oriak.
Capas gruesas, telas opacas, demasiadas para el clima, pero suficientes para ocultar nuestros rasgos. Mis manos desaparecían dentro de mangas largas; mi cuello, cubierto. Era extraño: esconderme se sentía más seguro que existir a la vista.
La señorita que nos entregó la ropa —una mujer de piel marcada por el sol y mirada alerta— me tendió varios libros antes de retirarse. No pronunció palabra. No hacía falta. Sus manos se movieron con claridad: lee. El gesto era firme, casi una orden amable.
Asentí.
Itsuki permaneció a mi lado. No habló —nunca lo hacía—, pero su presencia era ruidosa de otra forma. Me miró, buscó mis manos y las apretó con suavidad, como si quisiera anclarme al momento. Sus labios se movieron apenas, sin sonido, formando algo que no necesitaba oír para entender: estoy aquí.
Elegimos uno de los vehículos de la caravana cuando nos indicaron avanzar. Las puertas metálicas se abrieron hacia los costados con un movimiento lento, pesado, y nos condujeron al interior.
El espacio era mínimo.
Una habitación improvisada dentro de un antiguo auto anfibio blindado. Paredes de metal gastado, un banco angosto, un compartimento que parecía haber sido diseñado para sobrevivir más que para vivir. Aun así, cuando nos dejaron solas por un momento, se sintió… nuestro.
Me senté de inmediato.
Afuera, todo seguía en movimiento.
No podía oírlo, pero lo veía: demasiada gente, criaturas de formas distintas, manos pasando objetos, señales cruzándose, sombras enormes de otros vehículos desplazándose junto al nuestro. Todo ocurría al mismo tiempo. Sentí el pecho cerrarse un poco.
Demasiado cerca. Demasiado lleno.
Bajé la mirada antes de que el ahogo me alcanzara y abrí uno de los libros.
Entre las páginas encontré un separador antiguo, de un material rígido, casi ceremonial. Estaba colocado con intención. El capítulo que marcaba tenía un título que me tensó los dedos al leerlo.
DREAD.
El nombre no era nuevo.
Sentí cómo algo encajaba sin hacer ruido, como piezas que llevaban demasiado tiempo separadas. Afuera, el auto blindado recibió instrucciones; vi luces encenderse, señales manuales, la caravana reajustándose a nuestro alrededor.
Apreté el libro contra mi pecho.
Itsuki inclinó la cabeza, curiosa. Señaló el separador y luego mi rostro. Negué despacio. Aún no. No sabía cómo explicar lo que ese nombre removía.
Mientras el vehículo comenzaba su avance hacia la frontera, rodeado de cuerpos, máquinas y destinos cruzados, entendí una cosa con una claridad inquietante:
No me habían dado esos libros para distraerme.
Abrí el libro con cuidado, como si temiera que las páginas pudieran deshacerse entre mis dedos.
El vehículo avanzaba. No lo oía, pero lo sentía en el cuerpo: vibraciones constantes, un vaivén irregular que hacía temblar el metal bajo mis pies. Afuera, las sombras pasaban rápidas frente a la pequeña rendija del blindaje. Demasiado movimiento. Demasiada historia acumulándose en el mismo rumbo.
Bajé la mirada.
El Alter, respondió de inmediato. Un pulso tibio, casi incómodo. Símbolos antiguos se proyectaron en mi campo visual, superpuestos al texto, como si intentara advertirme… o prepararme.
DREAD, decía el encabezado otra vez.
Leí.
En las primeras épocas de la religión Ayhana, Dread era nombrado con temor. No como un dios, ni como un demonio, sino como algo peor: un maldito. Un portador de una condena que le impedía morir.
Mis dedos se tensaron.
El texto describía la maldición con un lenguaje casi poético, pero cruel: el héroe que entregaba sus lágrimas a Dios era arrastrado desde el desdén más profundo de los infiernos cada vez que caía. Su alma era devuelta a su cadáver una y otra vez, dejando a su paso un mar de lágrimas. A cambio, apagaba las llamas del averno… pero perdía recuerdos con cada regreso.
El Alter vibró con fuerza.
Una imagen se filtró sin que la pidiera: fuego extinguiéndose bajo una lluvia imposible. Rostros borrándose. Nombres que no lograban permanecer.
Los llamaban Condenados. Demonios. Bestias.
Tragué saliva.
Itsuki se inclinó un poco hacia mí, atenta. Sus manos se movieron despacio, preguntándome si estaba bien. Asentí, aunque no era del todo cierto. Señalé el libro, luego mi pecho. Importante. Peligroso.
Continué.
El texto hablaba de un antecedente olvidado: cuando los Condenados llegaron a este mundo, no fue por azar. Fueron traídos por el Sultán Yahsdan.
Mi respiración se volvió más lenta.
Según la creencia, Yahsdan provenía de otro mundo, uno consumido por guerras entre estrellas. En esas historias aparecía Malahk… o Malek, el Malvado. No como una figura de odio, sino como un instrumento. Un ser enviado a conquistar planetas con la ternura del único que podía comunicarse con los astros.
Un ángel, lo llamaron.
El Alter proyectó símbolos alados. No eran alas para volar… eran mapas. Ojos abiertos hacia el vacío.
Decían que el Sultán podía desprenderse de su cuerpo, cruzar mundos envuelto en alas y hablar con el cosmos. Escuchaba a los astros, cargaba con los problemas del pueblo y las necesidades de la Revi. Por eso lo consideraban un representante de dios en la tierra.
Mis manos temblaron apenas.
Yahsdan enviaba a Malek como ojos en las alas. Donde pasaba, lloraba. Sus lágrimas apagaban las llamas del otro mundo, arreglaban y fertilizan las tierras. Cuando la tierra estaba lista, el Sultán la reclamaba como su salvador.
Hasta que se cruzaron con un condenado.
Las lágrimas no bastaron.
Sentí un golpe seco en el pecho, como si el vehículo hubiera pasado sobre algo invisible.
El texto decía que Malek habló entonces con los astros, llamando a Yahsdan. El Sultán voló entre planetas y constelaciones hasta encontrar a quienes huían del destino cruel de las guerras estelares.
Prometió prosperidad.
Y fue entonces cuando conoció a Soleil y a Miwa.
Apreté el libro con fuerza.
Les habló de la calamidad. Juntos comenzaron a buscar al Condenado, aquel que había advertido que el odio en esas tierras no podría ser apaciguado.
El Alter emitió una señal de advertencia. No era un error. Era reconocimiento.
Levanté la vista.
Itsuki me observaba con los ojos muy abiertos. Había leído mi expresión, el cambio en mi postura. Se acercó más, apoyó su frente en mi hombro. Su forma de decir no estás sola.
El vehículo siguió avanzando, rodeado de cuerpos, criaturas y destinos que no entendía del todo.
Cerré el libro despacio.
Pero algo no estaba claro, tenía varias dudas.
Dread no era solo un nombre antiguo. No era solo una historia religiosa.
Era una promesa rota que aún caminaba. Y yo iba directo hacia él.
Volví a bajar la mirada al libro.
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