top of page
Buscar

CAPÍTULO 5.

La frontera entre la traición y la convicción.

La frontera no era una línea. Era una herida abierta.

La tierra estaba podrida desde adentro, recorrida por vetas verdosas que palpitaban como algo vivo. El río que separaba este lado del bosque no reflejaba el cielo; estaba cubierto por una neblina espesa que olía a óxido, humedad y descomposición. Un olor que se metía en la garganta y no se iba.

No entendía lo que estaba pasando. Solo sabía que algo estaba terriblemente mal.

El Alter escribía sin descanso, frases que aparecían y desaparecían tan rápido que apenas podía seguirlas.

ALERTA. CONTAMINACIÓN ACTIVA. COITO SUM DETECTADO. ENTIDADES CLASIFICADAS COMO: ECOS / HADAS / ENFERMOS / MALDITOS / CONDENADOS .

Los vi entonces.

Animales deformados por algo que no debía existir. Reptiles con plumas, sapos hinchados hasta casi reventar, entes que jamás había visto.

El suelo temblaba bajo mis pies. No lo oía, pero el mundo entero vibraba como si algo enorme respirara bajo la tierra. El Alter traducía el caos en fragmentos rotos, palabras que aparecían y desaparecían antes de poder entenderlas del todo.

Humo. Luz quebrada. Sombras que no seguían la forma de los cuerpos.

Entonces los vi.

Eran pequeños.

No corrían. No gritaban. No atacaban. Simplemente estaban.

Los Rems caminaban entre la devastación como si el campo de batalla no les perteneciera. Algunos parecían hechos de pétalos, otros de luz suave, otros de formas torpes, exageradas, como criaturas de un cuento mal recordado. Alas demasiado grandes, cuernos de juguete, colas de humo que se deshacían al tocar el aire.

Eran hermosos.

Y eso fue lo que me rompió.

Porque yo sabía lo que eran.

Niños.

Infantes a los que no se les permitió crecer, a quienes la vida se les cortó antes de aprender a nombrar el miedo. No estaban infectados. No estaban poseídos. Eran lo que imaginaron ser cuando el mundo aún tenía sentido para ellos.

Ecos.

Versiones pequeñas de sueños que nunca llegaron a existir.

Uno pasó frente a mí. Tenía la forma de un animal imposible, hecho de luz azulada, y me miró con curiosidad. No había rencor en su rostro. Tampoco dolor.

Solo ausencia.

Itsuki me tomó del brazo con fuerza.

Me obligó a mirar hacia otro lado.

Su rostro estaba tenso. Sus manos se movieron rápido. El Alter tardó un poco en alcanzar el ritmo.

Itsuki: No son peligrosos.

Tragué saliva.

Itsuki: Son recordatorios.

Más adelante, entre explosiones y destellos violentos, vi al guerrero.

El que se movía demasiado rápido.

El que atravesaba el caos como si no perteneciera a él. La espada brillaba con un filo antinatural, cortando cuerpos deformes, magia corrupta, criaturas que no deberían existir. Donde pasaba, el campo se abría.

Y donde caía… se levantaba otra vez.

No oía las voces, pero el Alter empezó a subrayarlas con urgencia.

—¡Traidor!— —¡Condenado!— —¡Maldito seas!—

Me estremecí.

—¿Él? —pregunté, señalándolo.

Itsuki asintió.

Sus labios formaron palabras duras.

Itsuki: Ese parece ser Ar.

Una explosión lo lanzó contra el suelo. Su cuerpo chocó con violencia. Cualquier otro no se habría levantado.

Itsuki: El que pelea sin terminar nunca.

El guerrero avanzó de nuevo, como si el impacto no hubiera existido.

Itsuki: Por eso lo usan.

Vi a los Rems observarlo desde lejos. Ninguno se le acercó. Ninguno huyó. Solo lo miraban, como si reconocieran algo en él.

Algo roto.

Itsuki: Dicen que no puede morir. No es una bendición.

Mi fuego crepitó sin que yo lo llamara. Las puntas de mi cabello saltaron chispas suaves, como luciérnagas nerviosas.

Ar volteó.

No vi su rostro, pero sentí su atención clavarse en mí.

Entonces entendí.

No me estaba rechazando por desprecio.

Me estaba evitando.

No me di cuenta de que se acercaba.

Los Rems no caminan como nosotros. No pesan. No interrumpen el aire. Simplemente… aparecen donde antes no estaban.

Lo vi cuando ya estaba frente a mí.

Era pequeño, más que los otros. Su forma era imprecisa, como si no hubiera terminado de decidir qué quería ser. Tenía algo parecido a manos, aunque eran demasiado suaves, demasiado redondeadas, como dibujadas por alguien que nunca sostuvo una.

Me miraba.

No con miedo.

Con curiosidad.

Itsuki se tensó a mi lado. Sentí su mano aferrarse a mi muñeca, una advertencia muda. El Alter no marcó peligro. Solo silencio.

El Rem levantó el brazo.

Yo quise apartarme.

Pero mi cuerpo no respondió.

El fuego en las puntas de mi cabello reaccionó antes que yo. No creció. No atacó. Se volvió lento, como si contuviera la respiración. Las chispas dejaron de saltar y se quedaron suspendidas, flotando alrededor de nosotros como polvo de estrellas.

El Rem tocó la llama.

No se quemó.

No gritó.

La llama cambió.

El fuego se plegó hacia él, como una flor nocturna cerrándose al amanecer. El color se suavizó, perdió su filo. Se volvió tibio, casi dulce. Mi pecho se apretó sin razón aparente.

Entonces lo sentí.

______________________________________________________________________________

El fuego no me quemó.

Me tocó… y el mundo cambió de lugar.

De pronto mis manos eran pequeñas. Torpes. Manchadas de polvo claro. Sentía hambre, pero no sabía nombrarla. El aire sabía raro. Como agua mala. Como sal.

Yo estaba ahí.

Eru estaba ahí, mirando a través de mí.

Mi hermana dormía en el suelo, muy cerca. Tenía el cabello enredado y la respiración suave. Me gustaba verla así porque cuando dormía no tosía.

—Soy un tigre azul —le dije en voz bajita—. Los tigres azules cuidan el bosque mágico.

Ella sonrió sin abrir los ojos.

Tehlo era nuestro pueblo. Estaba construido sobre piedras viejas, enormes, rotas. Mamá decía que eran restos de ciudades antiguas, pero para nosotros eran casas altas donde jugábamos a escondernos. A veces caía polvo blanco de esas piedras y nos hacía estornudar.

Ese día todo empezó normal.

Luego el cielo se enojó.

No entendí el ruido. No entendí por qué el suelo tembló. Solo supe que algo estaba mal porque mamá nos agarró muy fuerte de la mano.

Nos empujó al mueble de la cocina. Me metió primero a mí y luego a mi hermana. Cerró la puerta del armario y quedó todo oscuro.

—No hagan ruido —dijo—. Ya vuelvo.

Yo asentí, aunque ella ya no miraba.

Abracé a mi hermana.

Escuché pasos que no eran de personas.

Algo olía mal. Como tierra mojada que se pudre. Como carne vieja.

Escuché a mamá gritar.

No duró mucho.

Yo tapé la boca de mi hermana cuando empezó a temblar. Le dije al oído que no pasaba nada. Que los tigres azules no tienen miedo.

Cuando abrí la puerta, el sol estaba ahí.

No dejé que ella mirara.

La cargué.

El pueblo ya no estaba como antes. Las casas estaban rotas. Había gente tirada que no se movía. Algunos estaban muy quietos. Otros estaban… raros. No parecían dormidos, pero tampoco despiertos.

Caminé.

No sabía a dónde.

Le contaba cosas para que no tuviera miedo.

—Cuando crezcas te voy a hacer un vestido bonito —le decía—. Yo te voy a cuidar siempre.

Ella estaba caliente. Muy caliente. Pero pensé que era por el sol.

Pasaron días.

No los conté.

Ella ya no hablaba, pero eso estaba bien. Estaba cansada. Yo también.

Una noche le conté que íbamos a llegar a un bosque mágico. Que ahí todo era azul. Que no dolía nada.

Ella no respondió.

Pero yo seguí hablando.

Porque si dejaba de hablarle… algo malo iba a pasar.

Cuando el recuerdo se soltó, pude volver a sentir mi cuerpo.

El fuego seguía ahí, pero ahora sabía algo que dolía más que cualquier herida:

Los Rems no saben que murieron. No saben que el mundo terminó. Siguen caminando dentro del último día que recuerdan.

Un cielo que nunca volvió a ver. Un nombre que nadie volvió a pronunciar. Un frío repentino. Una mano soltándose.

Mis rodillas cedieron.

Itsuki me sostuvo, pero no me separó. Estaba llorando. Lo vi por la forma en que su rostro se quebró, aunque no emitió sonido alguno.

El Rem inclinó la cabeza.

Sonrió.

Una sonrisa torpe, incompleta, como si aún estuviera aprendiendo a hacerlo.

La llama se apagó solo en ese punto, dejando un rastro de luz cálida que se deslizó por su forma. Por un instante, dejó de ser un eco.

Fue solo un niño.

Luego dio un paso atrás.

Su cuerpo comenzó a deshacerse, no en cenizas, sino en algo parecido a copos de luz, como nieve que decide no tocar el suelo. Antes de desaparecer, levantó la mano una última vez.

Como despidiéndose.

El Alter reaccionó tarde.

Registro emocional no catalogado. Interacción no hostil con Rem detectada. Resultado: liberación parcial.

No entendí esa última palabra.

Pero el vacío que dejó en el aire… ese sí lo entendí.

Mi fuego volvió a arder.

No más fuerte.

Más triste.

Y supe, sin que nadie me lo dijera, que no todos los fuegos existen para destruir.

Algunos existen solo para recordar… y dejar ir. Y pensé: Ojalá nos volvamos a encontrar…

Di un paso en falso. Itsuki me sostuvo al instante, su mano firme, urgente. Sus ojos buscaban los míos, preguntando algo que no podía formular.

Negué.

No sabía qué decirle. No sabía cómo decirle.

Porque lo que había entendido no cabía en palabras ni en señas.

No se trataba de guerra. No de dioses. No de traiciones.

Se trataba de niños que nunca supieron que estaban muriendo.

De promesas que nadie escuchó. De cuentos contados a cuerpos que ya no respiraban.

Sentí náuseas.

El aire olía a podredumbre y magia rota, pero eso no era lo que me asfixiaba. Era la certeza brutal de que el mundo había seguido girando mientras alguien pequeño se quedó contando historias a un cadáver.

Mis dedos se cerraron sobre sí mismos.

Por primera vez desde que desperté en Maquia, no quise avanzar. No quise ser nada. No portadora. No símbolo. No esperanza.

Quise… detenerme.

Pero el fuego volvió a afirmarse.

Y entendí, sin necesidad de que nadie me lo dijera, que ese recuerdo no me había sido mostrado para romperme.

Había sido entregado para no dejarme olvidar.

Levanté la mirada.

El campo de batalla seguía ahí.No era solo que la noticia me hubiera partido el corazón; era que me había golpeado con la realidad, sin aviso, sin cuidado. Caminaba —o algo parecido a caminar— en medio del conflicto, atravesando gritos que no podía oír pero sí sentir en la vibración del aire, en el temblor del suelo, en el pánico que se movía como una marea viva.

Especies corrían. Otras atacaban. Algunas morían sin entender por qué.

Había polvo suspendido como ceniza, agua mezclada con lodo espeso, un olor insoportable a entrañas, sangre caliente y magia corrompida. Criaturas despedazadas flotaban en los charcos que se desbordaban del río, arrastradas entre raíces negras y restos de bosque casi muerto por la infección. Rocas, ruinas antiguas, cuerpos… todo cubría la tierra como si el mundo hubiera decidido enterrarse a sí mismo.

Avancé con lágrimas que no terminaban de caer. Con cansancio. Con rabia.

Y entonces lo vi.

Inconfundible.

El casco antiguo, marcado por golpes que habían sobrevivido a demasiadas guerras. La armadura extraña, ajena al resto. La espada… la única que parecía realmente viva entre tanto fusil, tanta detonación, tanto calor artificial.

Mientras blandía el filo, algo en mí respondió.

Mi cabello comenzó a arder. Mi espíritu hizo lo mismo.

Solo pensaba una cosa, una sola, repetida hasta doler:

Que esto se detenga. Que esta matanza sin sentido se detenga. Quiero la verdad. Quiero silencio. Quiero estar en paz.

Sabía que había demasiadas cosas que no entendía. Itsuki y yo habíamos atravesado demasiado para llegar hasta aquí. Pero él… él era el punto donde todo parecía converger.

Así que avancé.

No miré al Alter, aunque sentía sus alertas estallar como fragmentos de luz en mi visión periférica. No podía permitirme dudar. A mi alrededor, la ropa que me cubría comenzó a deshacerse, primero humeando, luego ardiendo, hasta que el aire tocó mi piel y mi rostro quedó expuesto.

Entonces capté su atención.

Y con ello… más caos.

Giré buscando a Itsuki. La busqué desesperadamente entre cuerpos, sombras, explosiones.

No la encontré.

Intenté retroceder, pero la aberración estaba demasiado cerca.

Su cuerpo inflado se arrastraba con un sonido húmedo, cada movimiento arrancándole fragmentos de sí misma. La piel se abría en capas saturadas de agua y sal; masas blandas se desprendían y caían al lodo con golpes viscosos. Cuando abrió la boca, lo hizo más allá de lo posible: las comisuras se desgarraron, y el hedor me atravesó como un golpe—podredumbre, bilis, metal viejo y carne corrompida.

El frío brotó primero.

No lo pensé. No lo llamé. Simplemente ocurrió.

Bajo mis pies, el suelo se cerró con una costra de hielo que avanzó sin orden, atrapando barro, restos de cuerpos y agua ennegrecida. El lodo se endureció de golpe y un vapor áspero subió, rozándome el rostro como un aliento enfermo.

Di un paso atrás.

Entonces lo vi.


 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Continuación del capítulo 7.7

Otra cosa que… voy a tener que aprender rápido. Aprieto un poco más la almohada contra mí. Y por un momento… Quiero pretender que escuchó el leve sonido de la ciudad allá afuera. Y el eco de todo lo q

 
 
 
Continuación del capítulo 7.6

Y yo… Solo seguía intentando entender qué estaba pasando. Porque cuanto más avanzábamos entre aquella ciudad de luz amarilla, magia y belleza… Más sentía que nosotros no pertenecíamos ahí. O peor. Que

 
 
 
Continuación del capítulo 7.5

Según los registros, Leim era el nombre de la deidad madre… la que dio origen a todo: tierra, ríos, mares… Y ese punto exacto— La puerta frente a nosotros— Era donde, supuestamente, todo comenzó. Ahor

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page