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CAPÍTULO 6.

La Bestia con piel de cordero.


No fue inmediato.

Primero fue el silencio.

No el mío. El del campo entero.

El choque de armas, los gritos, el rugido de las criaturas… todo siguió ocurriendo, pero algo se replegó por dentro, como si el mundo hubiera decidido escuchar otra cosa.

Las llamas nacieron alrededor de Ar.

No estallaron. Aparecieron, como si siempre hubieran estado ahí, esperando su momento.

El calor me alcanzó y mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Me tensé, esperando dolor.

No llegó.

En su lugar, una tibieza profunda se deslizó por mis brazos, por el cuello, por la espalda. No era consuelo. Era algo más grave. Como manos firmes sosteniéndome desde dentro… y decidiendo por mí.

Algo anda mal.

Baran se detuvo.

Lo vi arrastrar su masa un paso atrás. El garrote, hecho de restos compactados, cuerpos y metal corroído, cayó un poco, pesado, indeciso. Su carne seguía moviéndose, cosiéndose sola: gusanos blancos emergían de los cortes que Ar le había hecho, uniéndose con un sonido húmedo y repugnante.

Pero entonces fallaron.

Los gusanos comenzaron a retorcerse sin orden. Algunos se carbonizaron antes de tocar la herida. Otros cayeron secos, quebrándose como ceniza al tocar el suelo.

Baran inclinó la cabeza.

Me miró.

Y por primera vez no hubo burla.

Fue horror.

Volví la vista hacia Ar.

Y el terror me atravesó.

Las llamas ya no eran llamas.

Tomaban forma.

Se plegaban a su cuerpo como si fueran parte de él, como un pelaje oscuro en movimiento, vivo. No ardían al azar: respiraban. Se tensaban sobre sus hombros, su espalda, sus brazos.

Donde las llamas tocaban el suelo, una sombra persistía.

Un mar negro.

No era humo. No era ceniza.

Era ausencia.

Las sombras se extendían lentas, pesadas, como si la tierra misma se estuviera hundiendo bajo su peso.

Baran retrocedió otro paso.

Su rostro se deformó en un gesto urgente, desesperado.

Y entonces ocurrió.

Arriba, la manada de engendros se lanzó en estampida.

Soldados comenzaron a disparar sin orden, con pánico. Hechizos estallaron en el aire. Los mecas arrojaron lanzas y proyectiles pesados, todo al mismo tiempo, como si quisieran sepultarlo.

Nada llegó.

Todo lo que tocaba aquel mar negro desaparecía.

Engendros se deshacían al caer, quemándose desde dentro. Chillidos agudos me erizaron la piel. Vi cuerpos retorcerse, colapsar, apagarse en silencio.

Los ataques se perdían. Las armas quedaban atrapadas. El fuego común se extinguía.

Un hombre se alejó de Ar, desesperado.

El Alter proyectó sus palabras, temblorosas:

AR, NO. POR FAVOR. 

NO. 

AR! SABES QUE NO DEBES.

Ar avanzó.

Cada paso hundía la tierra.

Las llamas negras no lo rodeaban.

Se movían con él.

No lo tocaban.

Lo obedecían.

Me miró.

Y entonces lo escuché.

No como sonido.

Como si algo dentro de mi pecho se hubiera alineado de golpe, encajando donde siempre faltó una pieza.

—Lo que sea necesario —dijo.

—Acabaré con el ruido.

No supe qué significaba.

Sentí un tirón en el centro del cuerpo, como cuando estás a punto de caer… pero hacia adelante. Entre él y yo algo se tensó.

Un hilo rojo.

Vivo.

Palpitante.

No lo vi con los ojos.

Lo sentí.

—Sí —dije, y mi voz salió entera—.

Ar levantó la espada.

La hoja tembló una fracción de segundo.

Y entonces la hundió en su propio pecho.

No tuve tiempo de gritar.

Mi mundo se dobló.

Una presión brutal me atravesó de arriba abajo. Calor y frío al mismo tiempo. Mi estómago se cerró. El aire se me fue. Las llamas explotaron hacia afuera y el viento arrancó polvo, agua, hielo, restos de carne.

Ar dejó de ser Ar.

No era humano.

Pero era él.

No gritó. No rugió.

Respiró.

Y la frontera respondió.

Las llamas negras no lo rodeaban: le pertenecían. Se movían con él, como un pelaje hecho de fuego y sombra. Donde tocaban el suelo, la tierra se ennegrecía, pero no moría: quedaba marcada, como si algo hubiera pasado por ahí y aún recordara su peso.

Sentí un estremecimiento recorrerme entera. Miedo. Asco. Algo más difícil de nombrar.

Reconocimiento.

Como recordar un rostro que nunca vi, pero que siempre estuvo en mí.

Saltó.

El mundo cayó.

Las aberraciones y los soldados que aún conservaban la voluntad de luchar se lanzaron contra él como una marea condenada.

No hubo formación. No hubo orden. Solo desesperación.

Magia detonando al mismo tiempo. Proyectiles trazando líneas de muerte en el aire. Lanzas arrojadas con furia ciega. Cadenas encantadas buscando inmovilizarlo. Mecas avanzando a quemarropa, disparando sin detenerse, vaciando todo su armamento como si la cantidad pudiera suplir el miedo.

Todo cayó sobre Ar.

Nada lo tocó.

Las armas no rebotaban al chocar con las llamas negras.

Se hundían.

Como si aquel fuego no fuera fuego, sino una profundidad imposible. Un abismo denso, pesado. Las hojas entraban… y no regresaban. El metal se deformaba, se derretía, quedaba atrapado en esa oscuridad viva. Las lanzas quedaban suspendidas, devoradas lentamente. La magia, al tocarlo, no explotaba: se apagaba, absorbida, tragada sin dejar rastro.

Las sombras bebían.

Y Ar seguía avanzando.

No caminaba.

Irrumpía.

Rápido. Letal. Imparable.

Cada movimiento era exacto. No había exceso, no había vacilación. No desperdiciaba fuerza ni repetía gestos. Cada corte era definitivo. Cada tajo encontraba carne, núcleo, esencia. Cada embate arrancaba algo que no podía ser devuelto.

No había gritos largos.

Solo interrupciones.

Las criaturas que caían no quedaban en el suelo. No había cadáveres acumulándose. Se deshacían en el instante del impacto, absorbidas por la sombra que se espesaba bajo sus pies, como si el campo mismo las reclamara para él.

Entonces lo entendí.

Ar no estaba derrotando al enemigo.

Lo estaba incorporando.

Cada ser vencido se le sumaba. Cada muerte alimentaba el fuego. Cada sombra engrosaba su presencia.

Las llamas negras crecían, se alargaban, se arremolinaban a su alrededor como un ejército silencioso. No seguían órdenes. Respondían a su existencia.

La frontera ya no estaba siendo defendida.

Estaba siendo reclamada.

Y todo aquel que avanzara un paso más… pasaría a formar parte de la oscuridad que marchaba con él.

Cuando el estruendo cesó, cuando ya no quedaron disparos ni conjuros lanzados al aire, el campo quedó en silencio.

Solo uno permanecía en pie frente a Ar.

Baran.

Era enorme. No solo por su tamaño, sino por su presencia. Su armadura estaba forjada con capas de metal antiguo, grabada con sellos de guerra y cicatrices de incontables batallas. Su arma —un coloso de hoja dentada— reposaba contra el suelo, hundiéndolo bajo su peso. A su alrededor, la tierra estaba rota, quemada, incapaz de sostener nada vivo.

Baran berreó.

Un sonido espeso, viscoso, lleno de rabia y urgencia. Su cuerpo se abrió solo, incapaz de contenerse. Los gusanos brotaron en masa, cosiendo heridas a la fuerza, sellándolas con ese jugo verdoso que quemaba el aire.

Ar siguió avanzando.

Cada paso hacía temblar la llanura. Las llamas negras ondulaban a su alrededor, densas, vivas. Y entonces, al compás de su marcha, el suelo comenzó a reaccionar.

Sombras.

Una a una, comenzaron a desprenderse de la tierra bajo sus pies.

Primero una mano oscura emergió del suelo, luego un brazo, después una silueta completa. Figuras humanoides, deformadas por la guerra, con restos de armaduras, lanzas quebradas, espadas partidas, escudos consumidos por la oscuridad. No eran copias perfectas. Eran recuerdos solidificados.

Soldados.

Cada sombra se levantaba en silencio absoluto, sin gritos, sin órdenes. Al incorporarse, se colocaban detrás de Ar, formando filas irregulares que crecían con cada paso.

Uno. Diez. Cincuenta. Cientos.

Por cada enemigo que había caído, ahora había algo que marchaba.

Las sombras avanzaban con él, sincronizadas, como si compartieran un solo pulso. Sus ojos eran brasas apagadas. Sus cuerpos exhalaban un frío profundo, opuesto al fuego que los sostenía.

Un ejército nacido de la derrota.

Baran apretó su arma.

Por primera vez, dudó.

No porque tuviera miedo de Ar.

Sino porque entendió lo que tenía enfrente.

Ar no era el final del camino.

Era el principio de algo que no podía ser detenido.

Las sombras se extendían hasta donde alcanzaba la vista, cubriendo la llanura como una marea silenciosa. El viento no las atravesaba. La luz no las dispersaba.

Y en el centro de todo, Ar seguía avanzando.

Solo.

Y acompañado por todos aquellos que había vencido.

No oí nada.

Y eso fue lo que más me aterrorizó.

El campo estaba inmóvil, pero mi cuerpo no. La tierra vibraba bajo mis pies como si algo inmenso marchara sobre ella. No eran pasos audibles, eran presiones, pulsos que subían desde la arena blanca y me recorrían las piernas, el pecho, la garganta.

Tragué saliva.

Mis manos temblaban.

Sombras que no hacían ruido. Presencias densas, innumerables, avanzando con una determinación que me heló la espalda.

Y en medio de todo eso, él.

No necesitaba oír su nombre para saber dónde estaba Ar. Algo dentro de mí tiraba, como un hilo tenso atado al corazón. Cada vibración del suelo me decía que seguía caminando. Que no se detenía. Que cargaba con demasiado.

El miedo me dobló un poco las rodillas.

Quise retroceder.

Quise esconderme.

Pero mis piernas no respondieron.

Porque junto al miedo había otra cosa.

Una certeza torpe, nacida del pecho, de que si no hacía nada, algo se rompería para siempre.

Cerré los ojos.

Las lágrimas salieron solas, calientes, desordenadas. Mis piernas temblaban tanto que tuve que clavar los pies en la arena para no caer. Sentía el aire pesado, cargado, como antes de una tormenta.

Alcé la mano.

No sabía por qué. No sabía cómo.

Solo lo hice.

Y entonces lo sentí.

Calidez.

No venía de afuera, venía de mí. Bajó por el brazo, se concentró en la palma de mi mano y se abrió como una flor encendida. Mi cabello reaccionó al instante, elevándose suavemente, chispeando con luz pálida, como si respirara conmigo.

El cielo…

El cielo se abrió.

No con ruido. No con violencia.

Se rasgó en silencio.

Desde lo alto, comenzaron a caer líneas de luz, finas, brillantes, afiladas como filos de cristal. Descendían en trayectorias curvas, lentas y hermosas, como estrellas fugaces obedientes.

Sentí cada una al pasar.

No quemaban.

No herían.

Cubrieron el campo de batalla, clavándose en la tierra, entre las sombras, entre las armas rotas, formando un manto luminoso que rodeaba la marcha oscura sin detenerla.

Era apoyo.

Era respuesta.

Mis rodillas cedieron un poco cuando bajé el brazo, el corazón golpeándome el pecho con fuerza. No entendía qué había hecho. No sabía si había sido suficiente.

Pero algo en el aire había cambiado.

Baran recibió el impacto de lleno.

Intentó resistirse. Se negó a morir. Su garrote se deformó, se alargó, se volvió un mangual vivo que golpeó sin control. Cada impacto buscaba destruir, aplastar, corromper.

La criatura que fue Ar se le abalanzó.

No saltó.

Cayó.

Como una condena.

Las fauces ardientes sacaron la espada que se encontraba clavada en su propio pecho. Con ella en el hocico, giró el cuello y cortó.

Una vez. Otra. Otra.

Cada giro arrancó secciones enteras de carne podrida. Garras incandescentes desgarraron lo que quedaba. El aire se llenó de vapor oscuro, de chillidos que no eran sonido, sino presión. Dolor puro vibrando en la tierra.


 
 
 

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