CAPÍTULO 7.
- Jonn All
- 12 may
- 8 min de lectura
El susurro que nace del silencio.
Cada paso que daba hacia el titán hacía que el mundo se volviera más estrecho, como si la llanura misma decidiera dejarme ir. Las flores seguían erguidas, pero ya no se abrían a mi paso. Se inclinaban. No en reverencia. En despedida.
Seguí avanzando.
Cuanto más me acercaba, más difícil era abarcarlo con la vista.
Hasta ese momento lo había entendido como un meca… una máquina de guerra enorme. Pero al tenerlo enfrente, la palabra máquina ya no alcanzaba. No era solo metal y placas ensambladas. Su forma estaba pensada para parecer otra cosa.
Algo vivo.
Tres estructuras se alzaban al frente de su cuerpo principal. No eran torretas, ni armas visibles. Tenían la forma de cabezas inclinadas hacia adelante, pesadas, como si vigilaran el terreno. Cada una estaba formada por placas segmentadas que se abrían apenas en las uniones, dejando escapar una luz tenue desde dentro.
No parecían ojos.
Pero sentí que miraban.
El resto del cuerpo era aún más inmenso de cerca. Un torso ancho, protegido por capas de blindaje oscuro, atravesado por líneas luminosas que se encendían y apagaban con un ritmo lento. Sus extremidades eran largas, demasiado largas para un humanoide normal, como si su diseño hubiera sido pensado para sostener peso durante siglos.
Y detrás…
La cola.
No era decorativa. Era un apéndice mecánico enorme, articulado en segmentos gruesos que descansaban sobre la tierra como una serpiente dormida. Cuando se movía, la arena blanca se abría bajo su peso y las flores temblaban alrededor, pero ninguna se rompía.
El titán no parecía construido para correr.
Parecía construido para guardar.
Para quedarse en un lugar donde nadie debía pasar.
Algo en mi pecho se tensó cuando comprendí eso.
No era un arma cualquiera.
Era un umbral.
Las tres cabezas permanecían inclinadas hacia el campo de flores, vigilando el horizonte silencioso, como si esperaran que algo intentara regresar desde muy lejos.
O salir.
Sentí el impulso de detenerme.
Pero Adam seguía caminando a mi lado, y mi brazo seguía sujeto al suyo. Itsuki venía un poco detrás, apoyada en Youni. Mi hermana levantaba el rostro de vez en cuando, intentando enfocar lo que yo veía con claridad.
—Grande… —movieron sus labios.
El Alter proyectó la palabra sola.
Asentí sin pensar.
Grande no era suficiente.
Kerberos — no estaba hecho para solo verse imponente.
Estaba hecho para que nadie quisiera acercarse.
Sin embargo, ahí estaba yo.
A unos pasos de una de sus cabezas.
Desde la parte posterior de cada cabeza, justo donde la estructura se unía al cuello del titán, el metal comenzó a desplazarse. Las placas se separaron con precisión milimétrica, deslizándose unas sobre otras como escamas gigantes que despertaban de un largo sueño. No hubo sonido que pudiera oír, pero el movimiento era inconfundible: algo estaba emergiendo desde la nuca de la cabeza mecánica.
Una cápsula.
No era grande comparada con el resto del titán, pero sí lo suficiente para albergar una cabina. Su forma era alargada y compacta, encajada dentro del blindaje como si siempre hubiera estado ahí, esperando ser liberada. Líneas de luz azul recorrieron su superficie mientras avanzaba hacia afuera sobre rieles internos ocultos, deteniéndose al final con una precisión inquietante.
Parecía menos una máquina… y más un ojo que se abría hacia el interior del monstruo.
Las placas alrededor de la cápsula se reacomodaron, sellándose detrás de ella, dejando expuesto el acceso. Dentro se distinguía una cavidad profunda, llena de luces suaves y paneles suspendidos.
No estaba mirando una simple cabina.
Estaba mirando el lugar desde donde alguien hablaba con la criatura entera.
Y por un instante extraño, cuando la luz interior palpó contra mis ojos, sentí como si la máquina también me estuviera observando a mí.
Mis manos comenzaron a temblar otra vez.
El Alter parpadeó.
No tradujo nada.
Porque nadie me estaba hablando.
Ese silencio fue peor.
Y entonces apareció el mensaje otra vez, proyectado sobre mi visión como si el propio titán me estuviera mirando desde dentro:
RECONOCIMIENTO.
Mi estómago se apretó.
Miré a Adam.
—¿Qué significa… eso? —pregunté.
Mi voz salió pequeña otra vez.
Adam no respondió de inmediato.
Primero miró la abertura de la cabeza frente a nosotros.
Luego miró hacia la otra, aquella por donde Ar y Luna habían desaparecido.
El titán se movió.
No fue un paso.
Fue un ajuste.
Las tres cabezas cambiaron apenas su inclinación, como si algo dentro de la máquina hubiera decidido reorganizar su atención. La arena vibró bajo mis pies y las flores cercanas se inclinaron un instante antes de volver a erguirse.
Sentí el movimiento subir por mis piernas hasta el pecho.
Era como estar cerca de un animal gigantesco que respiraba muy despacio.
Adam finalmente movió los labios.
El Alter tradujo:
—Significa… —…que el titán sabe que estás aquí.
Miré otra vez el interior oscuro de la cabeza frente a nosotros.
La luz azul se intensificó apenas.
Por un momento absurdo, tuve la sensación de que la máquina estaba esperando.
No órdenes.
No acceso.
A mí.
Tragué saliva.
Detrás de mí, Itsuki apretó mi mano con suavidad.
No veía bien la forma del titán. Lo sabía. Pero aun así su cuerpo se inclinó un poco hacia él, como si pudiera sentir la misma presencia que me hacía temblar.
No dije nada más.
Di el paso que faltaba.
No lo oía, pero lo sentía respirar.
Una presión constante en el aire, un peso que deformaba la distancia.
No era una máquina.
Era algo que esperaba órdenes… o permiso.
Ar ya estaba ahí.
Luna se movía a su alrededor con una familiaridad que dolía mirar. No porque me rechazara, sino porque confirmaba algo que yo ya sabía y no quería aceptar: ese lugar no era mío. Ella ajustaba cordenadas, tocaba placas, apoyaba la frente un instante contra el metal ennegrecido del titán.
No necesitaban palabras.
Yo sí.
Me detuve.
Sentí el impulso de no avanzar más. De quedarme justo ahí, donde todavía podía fingir que solo había sido arrastrada por la marea. Que nada de esto me pertenecía de verdad.
—Eru.
Adam.
Me giré.
Se había acercado sin que lo notara. Su expresión ya no era amable: era seria, cargada de algo que parecía respeto… y advertencia.
Tragué saliva.
Miré a Kerberos. Miré mis manos.
—Yo no… —intenté decir.
Mi voz salió pequeña. Insegura.
Adam no interrumpió.
Esperó.
Eso fue lo que me obligó a continuar.
—Yo no sé qué soy —terminé.
El Alter no tradujo eso. No era para él.
Adam asintió, como si hubiera escuchado igual.
—Nadie que importe lo sabía al inicio.
Youni apareció a su lado, sosteniendo a Itsuki. Mi hermana alzó el rostro borroso hacia mí. No veía bien, pero sabía dónde estaba. Siempre lo sabía.
Sus labios se movieron.
El Alter tradujo:
—No tienes que decidirlo todo ahora.
Itsuki apretó mis dedos.
Ese gesto… ese simple gesto…
Fue lo que rompió la resistencia final.
Volví a mirar a Ar.
No se si me estaba mirando.
Kerberos reaccionó.
Las placas se desplazaron con lentitud, como escamas gigantes ajustándose. No hubo sonido que pudiera oír, pero el suelo vibró con una respuesta clara. El titán reconocía a su dueño.
Y por primera vez…
Sentí algo más que miedo.
Sentí celos.
Pequeños. Injustos. Silenciosos.
No porque Ar me perteneciera. Sino porque yo no pertenecía a nada todavía.
Mis cachetes se inflaron otra vez sin que pudiera evitarlo.
Ridículo.
Infantil.
Pero real.
Luna se volvió.
Sus ojos se cruzaron con los míos.
No hubo desafío. No hubo burla.
Solo una observación directa, honesta.
Se acercó un paso.
Youni me habló.
El Alter tardó medio segundo en reaccionar.
—No te preocupes. —Ar siempre se va primero. —Alguien tiene que asegurarse de que vuelva.
Eso fue todo.
No una advertencia. No una afirmación de dominio.
Una verdad simple.
Y esa simpleza me desarmó.
Mis cachetes se desinflaron.
Exhalé.
Asentí, más para mí que para ella.
Kerberos abrió su estructura frontal.
Entré.
La cápsula era más profunda de lo que parecía desde afuera. El interior estaba envuelto en una luz tenue, azulada, que no venía de lámparas visibles, sino de líneas finas que recorrían las paredes curvas. Todo parecía diseñado para abrazar al piloto desde todos los ángulos: superficies suaves, paneles suspendidos, soportes que se ajustaban lentamente a la forma de mi cuerpo mientras avanzaba un paso más adentro.
No parecía una cabina.
Parecía el interior de algo vivo.
Adam entró conmigo.
Detrás de nosotros, la cápsula se cerró lentamente. Las placas externas sellaron la abertura con precisión perfecta. No escuché el cierre, pero lo vi reflejado en el cambio de luz dentro del espacio.
A través de una pequeña abertura lateral vi a Youni guiar a Itsuki hacia otra de las cabezas del titán. Mi hermana avanzaba con cuidado, apoyándose en ella, tratando de distinguir las formas enormes del interior.
Sus labios se movieron un momento antes de desaparecer dentro de su propia cápsula.
El Alter tradujo la última palabra que alcancé a ver:
—Aquí.
La segunda cabeza se cerró después de ellas.
La tercera ya estaba sellada.
Ahí dentro estaban Ar y Luna.
No podía verlos.
Pero el simple hecho de saber que estaban dentro del mismo titán hacía que el espacio se sintiera más pequeño.
Tres cabezas.
Tres cabinas.
Tres núcleos dentro de una misma criatura de metal.
La cápsula vibró suavemente.
Entonces ocurrió.
Mi Alter parpadeó.
Una vez.
Dos.
Pensé que era el cansancio. Había pasado antes cuando demasiadas personas hablaban o cuando estaba agotada.
Pero esta vez fue distinto.
Las proyecciones no eran palabras.
Eran símbolos.
Líneas de información comenzaron a desplegarse frente a mis ojos como si el aire se hubiera convertido en una pantalla invisible. Diagramas, rutas, estructuras internas del titán aparecieron sin que nadie hubiera dicho nada.
Me quedé inmóvil.
—Adam… —murmuré.
Mi voz salió baja.
El Alter no tradujo.
Nadie me estaba hablando.
Las imágenes siguieron multiplicándose.
Vi la estructura interna del titán desplegarse frente a mí: tres núcleos conectados, rutas de energía recorriendo el cuerpo gigantesco como venas luminosas, sistemas que despertaban uno tras otro.
No entendía nada.
Sentí calor en las manos.
Miré hacia abajo.
Los paneles frente a mí comenzaron a iluminarse lentamente, respondiendo a mi presencia sin que los tocara.
CLAVE CONFIRMADA.
Las palabras aparecieron proyectadas en mi visión.
Parpadeé.
—Yo… no hice nada.
Adam no respondió de inmediato.
Cuando lo miré, estaba observando las proyecciones con una concentración absoluta. Sus ojos seguían cada línea de datos como si estuviera intentando entender algo imposible.
Sus labios se movieron.
El Alter tradujo:
—Esto no estaba previsto.
Las líneas de información volvieron a reorganizarse.
Ahora mostraban las tres cabinas.
Tres cabezas.
Tres pilotos.
En una de ellas aparecía la señal de Ar.
En otra, la de Youni… junto a Itsuki.
La tercera… era la mía.
Pero algo era distinto.
Desde mi posición, las tres rutas del sistema convergían en un mismo punto central.
En mí.
La cápsula vibró otra vez.
No fue movimiento externo.
Fue interno.
Como si el titán hubiera tomado una respiración profunda.
Adam volvió a hablar.
El Alter proyectó:
—Eru… —tu Alter se está conectando al sistema del titán.
Mi garganta se tensó.
—¿Cómo?
Adam negó lentamente.
—Eso es lo que nadie sabe.
Las líneas de datos cambiaron otra vez.
Una frase nueva apareció en medio de todas las proyecciones.
SINCRONIZACIÓN INICIAL.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Miré hacia la pared de la cabina, como si pudiera ver a través de ella hacia las otras cabezas del titán.
Ar estaba en una.
Itsuki en otra.
Y yo…
en el centro de algo que claramente no comprendía.
—Adam… —susurré.
Él seguía mirando las lecturas.
Su expresión era distinta ahora. No miedo.
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