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CAPÍTULO 9.


Donde caminas los ecos aparecen entre el agua calma.


El silencio era absoluto.

Así que cerré los ojos.

Me agaché lentamente y extendí la mano hacia el agua.

Cuando mis dedos tocaron la superficie…

El sonido viajó.

Un pequeño eco.

Una vibración que recorrió los canales, las paredes antiguas, las estructuras dormidas bajo aquella ciudad.

Se extendía por todos lados reflejando edificaciones antiguas que emergían parcialmente de la superficie. Caminos de piedra desaparecían bajo canales silenciosos, puentes estrechos conectaban edificios cubiertos por humedad y enredaderas, y las paredes desgastadas parecían guardar siglos de historias dentro de cada grieta.

La niebla flotaba baja.

Como si el lugar respondiera.

Como si me reconociera.

Entonces sentí algo más.

No estaba sola.

Abrí los ojos.

Ar estaba frente a mí.

También se había agachado.

También tocaba el agua.

Pero había algo diferente.

Su contacto no provocaba solo un reflejo.

El agua alrededor de su mano comenzó a cambiar.

A calentarse.

Una calidez suave se extendió desde sus dedos, como si una pequeña llama invisible descansara bajo la superficie sin quemarla.

Lo miré.

Y por alguna razón…

Eso me tranquilizó.

No porque confiara ciegamente en él.

Sino porque entendí algo.

Seguíamos aquí.

Juntos.

Me incorporé con torpeza.

Mi voz salió débil, extraña, como si no hubiera usado palabras en mucho tiempo.

—Itsuki…

Ar esperó a que estuviera completamente de pie.

Luego levantó la mano.

Señaló entre la niebla.

Allá lejos.

Unas luces.

Pequeños puntos brillantes atravesando la bruma.

Mi pecho se apretó.

Itsuki.

Entonces—

Todo cambió.

Ar giró violentamente.

En un instante se colocó frente a mí.

Su movimiento fue tan rápido que apenas pude procesarlo.

El brillo del Crepúsculo bajo el filo de una espada cruzó mi vista.

La hoja salió.

Sentí la brisa del golpe pasar junto a mí.

Un ataque interrumpido.

Algo estaba ahí.

Algo que él había visto antes que yo.

Ar quedó frente a mí, firme, con la espada levantada.

La hoja relucía en medio de la niebla.

Y en ese momento lo entendí.

No estaba dudando.

No estaba negociando.

Estaba dispuesto a enfrentar lo que fuera que estuviera acercándose.

Me quedé detrás de él.

Nerviosa.

Atenta.

Pero no paralizada.

Porque ahora, detrás de nosotros…

Entre esas luces perdidas en la niebla…

Estaba la esperanza.

La posibilidad de encontrar a Itsuki.

La posibilidad de contarle todo.

De decirle que estaba aquí.

Que había cambiado.

Que seguía siendo yo.

Entonces…

Vi los fragmentos salir desde la niebla, chocar con paredes y destrozar cristal.

Pero yo no escuché nada.

El silencio seguía dentro de mí.

No podía oír el mundo… pero podía verlo.

No flotaban.

Se hunden como piedras, plata que ardía con el reflejo del sol crepuscular saliendo hacia donde la niebla se abre lentamente.

Eran arrojados.

Lanzados con fuerza.

Las placas chocaban contra el agua tranquila de la ciudad hundida, rompiendo la superficie en cientos de ondas que se expandían lentamente. Algunas golpeaban las rocas antiguas, otras caían contra los restos de las estructuras sumergidas, dejando ecos que no podía escuchar… pero que podía sentir en las vibraciones del agua.

La calma desapareció.

El reflejo de la ciudad se rompió.

Y entonces vi a Ar moverse.

Volteó.

Su atención cambió hacia algo detrás de nosotros.

Y aunque yo no escuchaba su reacción…

La sentí.

Mi cuerpo respondió antes de que pudiera pensarlo.

Me giré.

La niebla se abrió.

Ahí estaba.

La Arconte.

Pero algo era distinto.

Su presencia era diferente a la que recordaba.

Estaba junto a Itsuki.

Y lo primero que noté fue su rostro.

Desencajado.

Sorprendido.

Como si acabara de ver algo imposible.

Ella sí escuchaba.

Ella sí podía entender qué estaba ocurriendo.

Y aunque yo no podía oír nada…

Sabía que algo había cambiado.

Entonces miré alrededor.

Y lo vi.

Los viajeros.

Los aventureros.

La gente de la ciudad.

No estaban tranquilos.

No era simple curiosidad.

Era rechazo.

Miedo.

Enojo.

Sus miradas estaban clavadas en nosotros.

Más exactamente…

En Ar.

Él estaba frente a mí.

Recibiendo todo aquello.

Como si la ciudad entera hubiera decidido señalar nos.

Como si el odio de ese lugar tuviera un solo objetivo.

Y por un instante pensé…

Que era por él.

Que toda esa rabia era hacia Ar.

Hasta que el Alter reaccionó.

Solo proyectó una palabra.

Una palabra que ya había escuchado antes.

Majo.

Mi cuerpo se tensó.

El Alter comenzó a repetirla.

Como una advertencia.

Como un recuerdo peligroso.

Majo.

Entonces llegaron fragmentos.

No voces.

No sonidos.

Solo información.

Interpretaciones.

Miedo acumulado.

Creencias antiguas.

Ellos son los culpables.

No dejen que esto empeore.

Aléjenlos.

Protéjanse.

Majo.

Majyo.

Replicante.

La última palabra apareció como un golpe.

Me quedé inmóvil.

Mirando a Ar.

A la Arconte.

A Itsuki.

A todos..

Y en medio de esa ciudad que parecía rechazar nuestra presencia…

Solo pude preguntarme:

¿Qué había pasado aquí para que una palabra provocara tanto terror?

Algo estaba mal.

Demasiado mal.

Ar estaba protegiéndome.

Eso era claro.

Pero la imagen que tenía de aquello… no era buena.

Ya había ocurrido antes.

Una ciudad confundida.

Gente asustada.

Una amenaza que nadie comprendía.

Y esta vez era peor.

Porque esta no era una ciudad gobernada por una autoridad que pudiera detener el caos. Eran aventureros. Personas acostumbradas a sobrevivir, a defenderse por sí mismas, a tomar decisiones en medio del peligro.

Y ahora su ciudad estaba inundada.

El agua ya no estaba tranquila.

La niebla podía ocultar cualquier cosa detrás de cada callejón, cada estructura antigua, cada rincón perdido entre las sombras.

No podíamos quedarnos ahí.

Me moví hacia donde estaban Itsuki y la Arconte.

Entonces la vi mejor.

Era distinta a como la recordaba.

Mucho más pequeña.

Su presencia no correspondía con aquella imagen imponente que había quedado en mi mente. Era como si su cuerpo se hubiera adaptado al de una adolescente.

Su rostro permanecía cubierto, oculto bajo esa tela que no permitía ver sus expresiones completamente. Su ropa y ese extraño gorro contrastaban con la sensación de alguien que debería estar en calma.

Pero no lo estaba.

Itsuki y los jóvenes que habían venido con Ar estaban cerca de ella, refugiados en una de las estructuras próximas a la lámpara amarilla que iluminaba la posada donde habíamos pasado la noche.

Me acerqué.

Caminando por el agua.

Mis pies dejaban una capa de escarcha a cada paso, endureciendo la superficie lo suficiente para poder avanzar.

Un camino breve.

Seguro.

La Arconte no apartó la mirada de mí.

Estaba completamente concentrada.

Como si intentara entender algo que yo todavía no podía ver.

Sus ojos me seguían.

Pesados.

Atentos.

Miraba a todos lados, buscando respuestas, amenazas, señales.

Y yo…

Solo buscaba llegar con ellos.

Quizá mi mirada parecía tranquila.

Pero no lo era.

Mi falta de audición convertía todo en un silencio absoluto.

Un silencio que, en ese momento, no era paz.

Era incertidumbre.

No podía escuchar ataques.

No podía escuchar advertencias.

No podía escuchar si alguien se acercaba.

Y esa ignorancia hacía que mis nervios estuvieran al límite.

Aun así seguí caminando.

Hasta llegar con ellos.

Entonces lo vi.

Entendí.

La gente de la ciudad no nos estaba atacando.

No a nosotros.

No a Ar.

Estaban luchando.

Protegiendo la ciudad.

Porque aquello que había llegado entre la niebla…

No eran ellos.

Eran esas criaturas.

Esos hongos negros.

Habían entrado al bullicio del bazar.

Habían invadido Leim.

Y en ese instante mi miedo, mi confusión… incluso mi desesperación por entenderlo todo…

dejaron de ser una excusa.


 
 
 

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