top of page
Buscar

Continuación del capítulo 2.1

De pronto giró la cabeza hacia nosotras. Su rostro húmedo se alzó como si hubiera percibido nuestra sombra. Inmediatamente corrió hacia donde estábamos, sonriendo, pero antes de llegar tropezó y cayó justo a nuestros pies.

Itsuki y yo nos agachamos al instante.

Yo pensaba: qué pequeña, qué sola. Saqué chocolates. Itsuki hizo lo mismo. Pero cuando la niña se incorporó, la sorpresa me dejó helada.

Sus ojos… eran blancos. Quemados. Abiertos pero sin mirada. Ciega.

Y aun así nos había encontrado sin fallar ni un paso.

Sentí la mano de Itsuki temblar al tocarme. En su otra mano sostenía firme a la niña, como si quisiera protegerla de algo invisible. Yo veía cicatrices por todas partes en aquel pequeño cuerpo, cicatrices viejas, nuevas, profundas… como si la guerra se hubiera escrito sobre ella.

Itsuki asintió, tratando de hablarme con sus manos. Su voz temblaba en mis dedos. Me indicó que lo que escuchaba de la niña era… alegría.

Alegría. ¿Cómo? ¿Por qué?

La niña intentó hablar. Sus labios se movieron, sin emitir sonido. Luego hizo señas. Señales que imitaban, pero no de forma torpe… sino con precisión. Como si conociera la forma exacta en que Itsuki se comunicaba.

Entonces ocurrió lo que me dejó sin respuesta: su pregunta.

—¿Qué es la vida? —repetía con señas imperfectas, mientras su boca formaba la misma palabra.

Me quedé inmóvil. Pensé que había entendido mal. Pero volvió a hacerlo. Exactamente igual.

Extendí la mano para darle el chocolate. Ella lo tomó sin soltar a Itsuki. Luego apretó nuestras manos con una fuerza repentina, como si quisiera advertirnos de algo.

Itsuki se puso rígida. Sus dedos se crisparon sobre mi piel.

Su rostro cambió. Se volvió hacia el río. Algo había escuchado.

No era un ruido normal. Su cuerpo respondió como si hubiese oído un rugido enterrado en la tierra misma. Se llevó la mano al pecho y buscó mi brazo, para avisarme. Dijo con señas rápidas:

—Viene de abajo. Del río. No es animal. No es máquina. Es… algo de ellos.

“Ellos”. En Oriak esa palabra sólo significaba una cosa: Los Antiguos. Los que la ciudad veneraba como dioses. Los que habían librado batallas antes de que la República existiera. Los que, según sus leyendas, emergían en noches de arena y memoria.

Recordé una historia local que había leído en un reporte militar: La sombra de una diosa blanca caminaba sobre el río para guiar a los muertos hacia su destino. Si ella aparecía, era señal de ruptura, de aviso, de renacimiento o desastre.

Itsuki no podía conocer esa leyenda. Y sin embargo dijo, con los labios tensos:

—No estamos solas.

La niña tiró de nosotras con urgencia. Su voz quebrada por fin salió, rasposa:

—Vida… —Vida… —Vida…

No nos soltaba. No quería que avanzáramos ni que retrocediéramos. Sus manos temblaban como si sintiera la presión de algo en el agua.

Entonces la superficie del río vibró. No una ola. No viento. Una vibración profunda, como el eco de un nombre pronunciado desde el fondo.

Detrás de la vibración, una silueta se formó entre la neblina de arena. Un hombre, alto, con piel marcada como la piedra y un arnés en la espalda del que emergían dos criaturas pequeñas, reptilianas, con ojos de ámbar que nos observaban fijamente.

Un Tammer. Nuestro contacto.

—Todas las señales de hoy son malas —dijo mirando a la niña con reverencia y miedo—. Si ella salió a su encuentro… entonces el camino no será fácil.

La niña bajó la cabeza, apretando mi mano antes de soltarnos.

El Tammer hizo una inclinación hacia ella, como si saludara a algo sagrado.

—La pequeña descendiente de las que ven el río —susurró—. Si les preguntó por la vida… entonces no vienen como visitantes. Vienen como piezas del cauce.

Sus criaturas bufaron suavemente.

Itsuki me apretó la mano.

Yo tragué saliva.

Y el Tammer, sin perder tiempo, nos hizo una señal para seguirlo:

—Caminen conmigo. El río ya decidió que las vio. Y cuando el río reconoce a alguien… nada vuelve a ser igual.

Se llevó el chocolate y los caramelos a su pecho, con sus manitas los protegió como si fueran un escudo junto con nosotras, algo que en el momento me pareció extraño e inquietante. En ese instante sentí la mano de Itsuki apretarme con fuerza; la niña, pegada a nosotras, nos rodeó con sus brazos delgaditos, como si quisiera resguardarnos también. Bajé la cabeza para corresponder al gesto, y mientras lo hacía mi mirada se perdió hacia un punto muerto entre los escombros de la ciudad.

Algo en ese lugar parecía abierto… como un vacío donde la luz no quería entrar. Me quedé en silencio unos segundos, tratando de entender esa sensación, pero lo único claro era que la gente del mercado nos veía con un terror evidente. Se alejaban de nosotras, de la niña, del fenómeno que no comprendían o que quizá conocían demasiado bien.

La niña comenzó a llorar. No fue un llanto escandaloso; eran lágrimas silenciosas, pesadas como presagios. Al sentirlas deslizarse por sus mejillas sobre nuestras manos, algo dentro de mí se tensó, como si el aire hubiera cambiado y un apocalipsis diminuto se activara entre los tres. Instintivamente intentamos calmarla.

—Cómelos —musité, intentado sonar suave—. Son ricos… si no, podrían derretirse.

Forcé una sonrisa y modulé la voz lo mejor posible. Desde que perdí el oído sé que hablo diferente, pero creo que se entiende bien. Apreté la mano de Itsuki, quien miraba fija y atenta los labios de la niña.

—¿Se come? —preguntó ella, interpretando la seña de la pequeña.

Itsuki volteó hacia mí; era obvio que leerle los labios a la niña era sencillo pese a las cicatrices y la ceguera. Asentí.

—Claro —respondí—. Son caramelos. Se llama chocolate.

La niña sonrió por primera vez sin tensión. Y entonces, como si hubiera esperado ese momento, apareció detrás de nosotras una sombra alta, firme, envuelta en el polvo del mercado. El tammer hizo una señal hacia el río, indicando que comenzáramos el trayecto. Detrás de su gesto, sobre el agua espesa, una corriente oscura parecía moverse en contra del flujo, serpenteando como si ascendiera desde el fondo. Un mal presentimiento me hizo detener la respiración.

—Hoy el río habla más de lo normal —comentó el tammer, casi para sí mismo—. Cuando la Sombra de la Blanca camina entre sus aguas, suelen pasar cosas como esta.

Sus palabras se clavaron en mi espalda como el frío de un mineral enterrado.

Itsuki parpadeó, como si un escalofrío la hubiera atravesado. Se llevó la mano al pecho, donde aún sentía el temblor de la niña. Algo en ella también estaba cambiando… como si el presagio la hubiese tocado.

—Vamos —insistió el tammer.

Comenzamos el primer tramo del recorrido bordeando el río. A cada paso, la ciudad parecía apagarse un poco más, como si nos siguiéramos alejando del mundo de los vivos y entrando en un viejo mito que Oriak no había olvidado.

Y detrás de nosotras, la niña quedó inmóvil, con sus ojos blancos siguiendo algo que ninguna de las dos podía ver.

La niña apretó nuestras manos, y la expresión que cruzó su rostro—una mezcla de sorpresa y revelación—fue algo que sé que jamás olvidaré. Itsuki reaccionó antes que yo: una lágrima le cayó por la mejilla, tocó su propio rostro como si no entendiera de dónde había salido, y aun así sonrió.

Comenzamos a caminar entre las miradas confundidas del mercado. Algunos retrocedían, otros nos observaban como si viéramos un mal augurio avanzar entre nosotras. A unos pasos más adelante, parecía que el contacto realmente nos esperaba.

Sin embargo, antes de que pudiéramos acercarnos, la niña tensó el cuerpo. Sus dedos se clavaron en nuestras manos con una fuerza inesperada. De pronto quiso correr, jalándonos en dirección opuesta. Me giré hacia Itsuki… y su rostro estaba desencajado, aterrada.

Itsuki no dudó: me tomó con más fuerza, casi arrastrándome. La niña tiraba de nosotras como si algo invisible viniera detrás. Trotamos hacia la parte frontal del paso de Fiora mientras yo intentaba comprender qué estaba ocurriendo, mirando a todos lados sin encontrar nada. Pero la cara de Itsuki… esa transformación… me dijo que algo estaba muy, muy fuera de lugar.

Frente a nosotras, el hombre que creímos que era nuestro contacto seguía allí… inmóvil. Entre la luz rojiza de la tarde de Oriak y el viento levantando nubes de polvo, algo no encajaba. Tenía el uniforme, sí, pero no se movía. No respiraba. No reaccionaba.

Y lo peor: la gente del mercado había desaparecido. No quedaba un alma. Era como si hubieran sido arrancados del lugar sin dejar siquiera huellas.

Entonces ocurrió.

Un estallido seco golpeó el suelo a pocos metros: un disparo. No escuché el sonido real, solo un vacío sordo en mi cabeza. El polvo y las partículas de roca saltaron como brasas encendidas, rozando el aire salobre y dejando una chispa fugaz… inconfundible. Una detonación.

Itsuki reaccionó antes de que yo pudiera moverme. De un jalón nos sacó del camino, llevándonos a un puesto abandonado, cubriéndonos mientras respiraba entrecortado.

—Ok… —murmuré para mí misma—. Algo no está bien. Itsuki lo está escuchando.

Tomé su mano con fuerza. Ella solo hizo un gesto. Uno. Su seña fue clara:

—Muerte.

La niña tembló. Y fue allí, en ese silencio cargado, que sentí por primera vez lo que el tammer había insinuado: la Sombra de la Dama Blanca estaba cerca.

No se la ve. No se la escucha. Se siente. Como un vacío donde debería haber vida, como un reflejo que no pertenece al mundo.

Los viejos relatos de Oriak decían que ella caminaba sobre el río cuando los límites entre la vida y lo que viene después se adelgazaban. Que aparecía cuando una tragedia estaba por caer… o cuando las almas confundidas pedían paso. Y los más antiguos juraban que no era un espíritu vengativo, sino un aviso: la protectora que emergió en la guerra ancestral, cuando los “dioses” que ellos veneraban arrastraron a cientos hacia la oscuridad.

Pero su presencia nunca era tranquila. Siempre era un preludio.

La niña, con sus ojos blancos, parecía sentirla más que nadie. Apretó los caramelos contra su pecho, respirando rápido.

—Ella está en el río… —susurró, sin mover los labios hacia mí, sino hacia el vacío detrás de nosotras—. Y viene caminando.

Itsuki soltó un jadeo. Un sonido tan pequeño que casi no lo percibí incluso sin oído. La vi tocarse el pecho, como si un eco ajeno le atravesara las costillas. Un presagio. Uno fuerte.

El tammer había dicho que pocos sobrevivían a uno así.

Aferré la mano de Itsuki, quien seguía repitiendo el gesto de muerte. Pero ahora, cuando la miré más de cerca, comprendí algo peor: no señalaba un peligro distante.

Lo señalaba muy cerca.

Como si la Sombra ya hubiera pisado el mismo suelo que nosotras.

En ese instante supe que teníamos que movernos. No podíamos quedarnos allí ni un segundo más. Sin embargo, a nuestra izquierda, el que debía ser nuestro contacto seguía inmóvil, como una sombra mal puesta en el paisaje. Mi objetivo era llegar a él… confirmar que aún estaba con vida, que no habíamos perdido el único enlace con Fiora.

Pero cuando ya estaba dispuesta a salir corriendo, la niña se aferró a mí. Sus pequeños brazos me rodearon con tanta fuerza que por un segundo me quedé paralizada. No sabía qué intentaba decirme; sus labios eran fáciles de leer, pero no tenían sentido. Al fijarme mejor… comprendí por qué.

El contacto no estaba inmóvil. Estaba muerto. Probablemente desde antes de que siquiera llegáramos al mercado. Su espalda reposaba rígida sobre las placas de piedra como si fuera parte de la estructura, y su cuello… su cuello estaba torcido hacia un ángulo imposible.

No tuve tiempo de reaccionar. La mano de Itsuki seguía temblando. Y yo sabía lo que eso significaba: aún escuchaba algo. Algo que se acercaba. Algo que no debía escuchar nadie vivo.

Nos movimos entre los puestos con pasos rápidos pero contenidos. No corríamos… pero casi. Era como caminar bajo un manto de vidrio a punto de romperse. Giramos por tantos callejones hechos de telas, barro y restos de casas antiguas que en algún punto pensé que nos habíamos perdido.

Pero no podíamos detenernos. No mientras Itsuki señalara muerte cada vez que tomaba aire.

Ocasionalmente veía gente escondida en chozas derruidas, asomando solo un ojo desde un hueco, o corriendo sin dirección hasta desvanecerse entre la noche rojiza de Oriak. Todo el mercado se había convertido en una sombra viva.

En esa oscuridad densa, intenté hablar con Itsuki. Bueno… con lo que podíamos comunicarnos. Entendí claramente que la niña estaba aterrada. Decía que la muerte venía por ella. Que él llegaría pronto. Un jinete. Eso entendí. Un jinete que atravesaba el río para reclamar lo que el destino había marcado.

Lo único que podíamos hacer era seguir avanzando.

Pero estábamos agotadas, sin aire, sin fuerzas. Nos recargamos en una de las edificaciones abandonadas, donde la piedra se desmoronaba al tacto. Desde allí pude ver la orilla del río. Sobre ella, un viejo cargaba algo en sus manos. Alcé la vista hacia él… pero una intuición me obligó a quedarme quieta.

La niña seguía con ese horror dibujado en su rostro blanco, sin pupilas, sin dirección. Su respiración se aceleraba.

Volví a mirar al viejo. No entendí bien al principio lo que estaba pasando. Parecía que algo lo hacía gritar, pero no veía a nadie. Busqué algún astro, algún reflejo de luz en el agua que me permitiera ver mejor.

Entonces lo vi.

Lo estaban golpeando. Apuñalando. Jalando su brazo con una furia deshumanizada.

Cuando el pobre hombre dio su último aliento entre la tierra húmeda y la mugre del río, recibieron dos disparos más. Uno al costado. Otro al pecho.

Fue al caer que vi lo que sostenía. El plato. El mismo donde la pequeña se había lavado la cara esa tarde.

Un frío indescriptible me subió por la columna. Retrocedí unos pasos, sin aire, horrorizada.

El viejo agonizaba. Iba a morir sin duda. Pero en un instante imposible, giró el rostro hacia nosotras. Su mirada… esa mirada congelada… se clavó en la niña como si pudiera verla.

Lágrimas de lodo y sangre recorrieron sus mejillas. Su boca se movió, implorando ayuda.

Fue la bienvenida más aterradora que pudo darnos Oriak.

Y lo peor: con dos dedos en el plato, parecía estar señalando hacia ella… hacia la niña… como si la hubiera reconocido.

Y creo—solo creo—que sonrió.

Un trueno iluminó la orilla. Un fogonazo desgarró el aire.

Su cabeza fue sacudida hacia atrás. El tiro de gracia le borró la sonrisa.

Y el río… por un instante… pareció volverse negro.

Sin tiempo que perder, y con el eco del disparo aún vibrando en mi cráneo como un golpe hueco, jalé a ambas y nos obligué a avanzar. La niña lloraba en silencio —ese llanto que solo se siente por la respiración quebrada— mientras sostenía los caramelos apretados contra su pecho, como si fuera lo único que le quedaba del mundo.

Entonces, sin aviso, se soltó de nuestras manos. Se giró y señaló con un dedo tembloroso hacia la orilla, en dirección al lugar donde el viejo había caído.

No entendía qué intentaba decirnos. No sabía si era un aviso, un recuerdo, un miedo… o si simplemente estaba despidiéndose de algo que solo ella podía ver.

Pero antes de seguir, supe que no podíamos movernos como si nada. Una criatura tan pequeña no merecía cargar con tanto terror. Me agaché para cargarla y sentir su peso tibio contra mi pecho, mientras Itsuki acariciaba su espalda con cuidado. Tendríamos que seguir adelante… pero no sin antes sostener ese corazón roto.

Y justo cuando nos disponíamos a avanzar, una figura femenina emergió unos metros más adelante.

Fue casi como si naciera de la misma sombra nocturna. Una mujer de piel morena, con el rostro maquillado y un vestido blanco que reflejaba la tenue luz rojiza de Oriak. Llevaba tatuajes dorados que parecían moverse con cada respiración, y sobre la túnica que le cubría gran parte del cuerpo asomaban trenzas adornadas con gemas, placas metálicas y pequeñas plumas que tintineaban con el viento.

Mi primer impulso fue retroceder, buscar una salida, cualquier salida. Sin embargo, la niña se lanzó hacia ella.

La bajamos para detenerla, pero la pequeña caminó con una sonrisa franca hacia la mujer desconocida. Y entonces lo vimos: la mujer sonrió también y abrió sus brazos, esperándola.

Aquello no era un encuentro fortuito. Había una familiaridad entre ambas. Un reconocimiento profundo. Como si la niña hubiera encontrado un refugio que no recordaba tener.

Tomé a Itsuki del hombro; sin necesidad de hablar, las dos entendimos que debíamos seguirlas.

La mujer no estaba sola. Detrás de ella, ocultos entre las sombras del callejón, había otros: hombres y mujeres armados, atentos, tensos. No parecían apuntarnos… pero sí estaban preparados para algo.

Itsuki tomó mi mano con firmeza y caminamos detrás de la extraña y la pequeña, siguiendo su paso seguro entre las calles derruidas.



El recorrido fue largo, casi laberíntico. Atravesamos pasillos formados por edificios resanados con barro, fibras y placas antiguas. Y al final llegamos a una estructura más grande, una edificación vieja restaurada a pedazos, con varios cuartos revestidos de libros, fibras secas y escrituras en las paredes de piedra.

Las luces provenían de antorchas colgadas en soportes desgastados y de una tetera enorme en el centro, cuyos vapores alimentaban un fuego suave.

Allí pude ver mejor a la mujer. Sus ojos eran profundos, serenos. No emanaban amenaza… sino una especie de autoridad tranquila.

Me acerqué a Itsuki para hablar con ella y ponerme al día. Ella me explicó entre señas y murmullos cortos por qué la niña había llegado a ese nivel de terror.

La guerrilla cobraba espacio. Y agua. Pero el verdadero problema… era cuando aparecía alguien uniformado.

Para la gente del río, para quienes vivían en los pasos antiguos de Fiora… un soldado significaba que el jinete llegaría. Y cuando el jinete llegaba, decían, venía por tu cabeza.

Sí. Extraño. Pero en su voz —en su temblor— era un miedo demasiado real.

Después vinieron las detonaciones, los disparos al agua, los gritos y golpes que Itsuki escuchó con claridad. Y cuando la niña tiró de ella, supo que no podía mirar atrás.

Por eso corrimos. Por eso seguimos sin detenernos. Hasta llegar a la mujer extraña… quien ahora nos guiaba hacia algo que parecía más un santuario que un refugio.

Cuando levanté la vista, ella estaba frente a nosotros. Con una vara de madera larga, comenzó a trazar algo en la arena fina del piso.

Sus movimientos eran precisos. Lentos. Casi rituales.

Y yo sentí, por primera vez desde que llegamos a Oriak… que aquello no era casualidad. Que ella nos había estado esperando.

Y que la noche, la niña, el río… y esa sombra de una dama blanca cuya historia apenas comenzábamos a escuchar… estaban todas conectadas.

…me quedé inmóvil ante sus palabras. Quise responder, pero la lengua se me trabó. Itsuki, quieta a mi lado, apenas respiraba. La mujer nos había descubierto sin el menor esfuerzo, como si nuestra presencia hubiera estado escrita en esas paredes desde antes de que llegáramos.

—Nosotras… —intenté decir algo, cualquier cosa que justificara nuestra presencia— venimos por ella. La niña… la encontramos.

La señora detuvo la vara con la que escribía. Se incorporó lentamente, y la túnica blanca, teñida en las orillas por el lodo seco, cayó hasta cubrirle los pies. Entonces la miré bien: sus ojos no estaban perdidos por descuido, sino porque estaban viendo algo que ninguna de nosotras podía ver. Algo detrás, arriba o dentro de nosotras, no lo sé, pero no era este espacio.

—Por ella no vinieron. Ella vino por ustedes —respondió sin mirarme directamente—. Viene de lejos, mucho más lejos que la capital. Y si la encontraron, entonces las eligió. Eso es más peligroso de lo que creen.

Sus palabras me calaron hondo. La niña estaba sentada en un rincón, abrazando sus caramelos con fuerza, respirando agitada pero tranquila a la vez. Una calma rota. Una calma prestada.

—¿Elegirnos? —Itsuki preguntó en un susurro casi inaudible.

La bruja —porque ya no podía pensarla de otra forma— se acercó a la pared y con la mano manchada de barro dibujó una figura circular, luego una línea y un símbolo que parecía un ojo. Me estremecí.

—Ustedes creen que huyen —continuó—, pero no es así. Están llegando. Este lugar… —apretó los labios, como si quisiera no pronunciarlo— es uno de los pocos que quedan donde los jinetes no cruzan fácilmente. Pero si traen su olor, si traen su sombra, entonces nada podrá detenerlos.

Entró una de las personas armadas, un joven con un brazo vendado y el rostro tiznado. Se inclinó hacia la señora y murmuró algo. La mujer escuchó sin moverse, sin siquiera parpadear.

Luego, giró hacia nosotras con una seriedad que helaba la sangre.

—El hombre que vieron morir en el río no era un desconocido. Era nuestro vigía. Lo estaban siguiendo a él… o a ustedes. Y si lo hicieron, significa que ya saben que están aquí.

Mi estómago se retorció. La imagen del viejo agonizando, su mano temblando en el plato, la sonrisa rota por el disparo final… nunca olvidaría ese gesto, esa súplica.

—Podrían haberse quedado en la capital —dijo la bruja, sin rencor, solo con un cansancio viejo, pesadísimo—. Pero vinieron aquí. A Oriak. A la orilla del mundo. A buscar algo que aún no entienden.

Me acerqué un poco, sin saber exactamente qué hacer, solo impulsada por la sensación de que cada palabra que ella pronunciaba era parte de un rompecabezas que aún no veía completo.

—Entonces… —pregunté casi sin aire— ¿qué quiere que hagamos?

Ella dibujó otro símbolo. Uno que no reconocí, pero que me produjo un escalofrío inmediato.

—Sobrevivir esta noche —sentenció—. Y después… decidir si lo que buscan vale la sangre que costará encontrarlo.

La niña levantó el rostro. Por primera vez desde que la conocimos, habló con claridad:

—Viene el jinete.


 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Continuación del capítulo 7.7

Otra cosa que… voy a tener que aprender rápido. Aprieto un poco más la almohada contra mí. Y por un momento… Quiero pretender que escuchó el leve sonido de la ciudad allá afuera. Y el eco de todo lo q

 
 
 
Continuación del capítulo 7.6

Y yo… Solo seguía intentando entender qué estaba pasando. Porque cuanto más avanzábamos entre aquella ciudad de luz amarilla, magia y belleza… Más sentía que nosotros no pertenecíamos ahí. O peor. Que

 
 
 
Continuación del capítulo 7.5

Según los registros, Leim era el nombre de la deidad madre… la que dio origen a todo: tierra, ríos, mares… Y ese punto exacto— La puerta frente a nosotros— Era donde, supuestamente, todo comenzó. Ahor

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page