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Continuación del capítulo 2.2

Esa frase cayó como un cuchillo en la sala. Nadie, ni siquiera la bruja, se atrevió a moverse.

El fuego de la tetera crepitó.

Y entonces, lejos, en algún punto del exterior, se escuchó un golpe seco. No un disparo. Un golpe. Como un casco pesado contra la piedra.

La bruja cerró los ojos.

—Demasiado pronto… —murmuró.

Y la oscuridad fuera de la casa pareció agitarse.

La palabra quedó suspendida en el aire como si tuviera peso propio. Todos. Sentí el pecho apretarse, como si aquello fuera más que una advertencia, como si fuera una sentencia.

Itsuki dejó de mover los dedos y la niña — se quedó quieta, con el caramelo a medio camino de su boca. Duérmete, —replicó la vieja— la bruja como había insistido en llamarme Shouko, volvió a escribir con movimientos casi mecánicos, aunque sus ojos seguían clavados en mí, atrapándome como si supiera algo que yo misma no sabía.

—¿Por qué… todos? —logré preguntar, sintiendo cómo mi voz se quebraba un poco al final.

Duérmete ladeó la cabeza con una ternura inquietante, como si estuviera a punto de contarme un cuento antes de dormir, pero uno que sabía que me quitaría el sueño para siempre. Su dedo trazó otra palabra sobre el barro húmedo.

Porque no pertenecen.

Me quedé helada. Itsuki me rozó la mano, buscándome. —Shouko escribio en el barro la bruja —la niña— nos observaba sin comprender del todo, pero con una calma casi sobrenatural. La barra de chocolate en sus dedos se derretía, pero ella no parecía notarlo.

—Disculpe —dije con el nudo atorado en la garganta—, no entiendo a qué se refiere. Estamos aquí por accidente. Solo… solo seguimos a la niña.

Duérmete frunció los labios, como si mis palabras fueran una ofensa menor, una ingenuidad repetida mil veces.

Trazó despacio:

Nadie llega aquí por accidente.

Luego, con un movimiento más rápido, añadió:

Y nadie se lleva a una elegida sin pagar un precio. Shouko.

—¿Elegida? —Itsuki susurró, y vi cómo sus hombros temblaron.

La bruja se giró hacia la pequeña. Shouko, como si respondiera a una llamada silenciosa, dejó el caramelo en el suelo y se arrimó a Duérmete, quien la recibió con una mano en la cabeza, acomodando uno de sus mechones despeinados.

—Ella —continuó Duérmete, hablando por primera vez desde que llegamos, su voz grave como piedras arrastradas por un río seco— ve lo que ninguna de nosotras puede ver sin perder la cordura. Escucha lo que aún no existe. Y reconoce lo que no pertenece a este mundo.

La niña levantó la mirada hacia nosotras, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

—Ustedes… brillan distinto —dijo con suavidad.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Itsuki apretó mi brazo. Afuera, un estruendo lejano resonó por las paredes, como si algo enorme hubiera golpeado la tierra. Las brasas de una de las antorchas temblaron, dispersando chispas.

Duérmete continuó:

—El jinete sigue el brillo. Siempre lo hace.

Me llevé una mano a la boca para contener un gemido. Lo que habíamos visto en el río, la muerte del vigía, el plato en manos del anciano sangrando… todo estaba conectado.

—¿Qué… qué va a pasar? —pregunté sin intentar disimular el miedo.

Duérmete borró el mensaje anterior de un manotazo, dejando rastros de barro que salpicaron sus dedos.

Escribió dos palabras:

Se acercan.

Luego añadió:

Y ustedes traerán el final o la salida.

Sus ojos se clavaron en mí, y luego en Itsuki.

Finalmente, levantó la vara y golpeó el suelo con fuerza. Las paredes vibraron.

La niña tomó nuestras manos con firmeza, una en cada lado. Sus dedos estaban fríos.

—Tenemos que correr cuando ella diga —susurró.

Itsuki tragó saliva.

—¿Y si no alcanzamos a salir…?

La bruja sonrió, pero no había consuelo en esa expresión. Solo destino.

—Entonces —dijo— él las alcanzará primero. Y allí empezará todo.

En esta ciudad se generaban varios conflictos, por la sed, el poder y el hambre; nosotras éramos ajenas a todo esto, visitantes involuntarias de un ajedrez que llevaba años jugándose en silencio. La principal fuente de agua de la República, el Ryu Kabararjk, el río más viejo y más venerado por la capital, corría ahora como un surco herido entre territorios que se habían convertido en leyendas de muerte: Oriak Patkuzro, la ciudad de los Muertos, y Fiora, donde empezaba el dominio de las sombras y los silencios interminables.

A lo largo de sus 852,430 metros de recorrido —sí, lo recordaba porque lo estudié alguna vez— el río separaba lo que antes eran rutas comerciales y ahora eran fronteras vivientes infestadas de violencia. Y justo allí, en esa grieta entre mundos, es donde estábamos atrapadas.

Problemas de comunicación. Una niña a la que le habían lacerado la vista. Gánsteres vigilando las orillas. Guerrillas escondidas entre los cables y los puentes rotos. Y en Fiora… el conflicto de Noroi Majo, “la maldición de la noche”. No conocía los detalles, pero sí sabía que precisamente ahí vivían los Tammer, especialistas en las zonas negras, gente que respira donde otros mueren. Todo esto… y apenas era nuestra primera noche.

Por si fuera poco, aquella señora extraña —Duérmete— aseguraba que todos nos perseguían solo por ser capitalinas. Que nuestro olor delataba nuestra presencia igual que un faro encendido. Y yo no podía evitar preguntarme en qué momento nos habíamos metido en algo así, qué decisión había sido la incorrecta, dónde fue que nosotras mismas nos habíamos tendido esta trampa sin darnos cuenta.

¿Dónde estaba la capital ahora? ¿Sus refuerzos? ¿Nuestro equipo?

Preguntas que sonaban cada vez más vacías.

Itsuki, sentada junto a Shouko, me miró como si pensara lo mismo, como si también se preguntara si alguien allá afuera sabría dónde estábamos, o si ya nos habían dado por perdidas.

Duérmete siguió escribiendo:

La capital no vendrá por ustedes.

Sentí que mi estómago se hundía.

La anciana levantó la mirada, clavándola en mí como un aviso. Su túnica blanca, manchada de lodo, se movía apenas con la corriente del aire que entraba por la ventana rota. Los tatuajes dorados de sus brazos parecían brillar con la luz de la tetera central.

—Aquí —continuó— no hay repúblicas. No hay rescates. No hay órdenes.

Escribió con un golpe final:

Aquí sobreviven las que entienden.

Shouko apretó mi ropa, como si buscara refugio, y Itsuki tomó mi mano con más fuerza. Afuera, a lo lejos, un eco grave recorrió las paredes, una vibración que hizo temblar el barro fresco donde Duérmete trabajaba.

No era viento. Ni explosión. Ni disparo.

Era algo más pesado, más constante. Como pasos marcados sobre la tierra húmeda.

La bruja cerró los ojos un instante, olfateó el aire y murmuró:

—Él ya cruzó el río.

Mi garganta se cerró.

—¿El jinete? —pregunté con un hilo de voz.

Duérmete asintió lentamente.

—Y ahora… —abrió la mano hacia nosotras— deben decidir si se hunden con esta ciudad o si siguen a la niña a través de la oscuridad.

Itsuki tembló. Shouko tomó aire como quien se prepara para correr. Y yo… yo solo pude pensar que, tal vez, esta noche era demasiado larga para sobrevivirla completa.

—Señora… no sé por qué nos persiguen —intenté mantener la voz firme—. Necesitamos entrar en contacto con el equipo, nosotras…

Duérmete levantó un dedo para silenciarme. Ni siquiera se molestó en voltear a verme por completo.

—La necedad —escribió con movimientos secos en el barro— cuesta más caro que la muerte. Y ustedes no podrán pagarla. Así que aprovechen. Descansen. Cuando sea el momento… platicaremos.

—Tenemos dinero —insistí— si es lo que está buscando…

La carcajada que soltó hizo eco en toda la habitación; fue tan inesperada que Shouko se encogió, protegiendo sus caramelos. Duérmete se tapó la boca después, mirándome con una burla abierta que me ardió como una bofetada.

—¿En serio? —su expresión decía más que mil palabras—. ¿Dinero?

Clavó su vara en el suelo, arrastrándola con fuerza.

—Creí que eran más capaces. Al final solo… —escribió con desprecio— un par de tontas capitalinas.

Itsuki bajó la mirada y yo apreté los puños hasta sentir las uñas clavarse.

Duérmete siguió escribiendo sin pausa, como si las ideas brotaran solas:

—Con el accidente reciente de la línea que conecta los puertos con la capital, todo cambió. El paso del agua se convirtió en blanco: de los parásitos… y de quienes tienen hambre. Hambre real. Esa clase de necesidad que la capital creyó que había borrado de la historia.

Su mano se detuvo. Me observó con un gesto lento, casi solemne.

—Aquí nadie está interesado en su dinero. Aquí solo importa sobrevivir. Y ustedes llegaron justo cuando alguien decidió que la sangre fresca tiene valor.

Sus palabras me helaron. No habíamos dicho nada sobre nuestra misión, ni quiénes éramos, ni qué buscábamos… pero la señora, con un simple movimiento de su mano huesuda, sacó de un estante de madera húmeda un pequeño paquete envuelto en tela.

Mi respiración se detuvo. Eran los transmisores de nuestro equipo.

El pulso me estalló en los oídos.

¿Cómo diablos los tenía ella?

No alcanzamos a preguntar nada. La bruja borró ruido y duda al presionar la vara contra el suelo, escribiendo con trazo firme:

Póntelo. Conéctalo. Y dale esto a tu hermana.

Abrió la palma. Había un pequeño fragmento metálico, como una placa fracturada, brillante pese al lodo. Tenía marcas que reconocí: códigos de frecuencia militar reducida.

Necesitan poder comunicarse —continuó escribiendo—. Esto no será fácil. Sin ello… no durarán hasta mañana.

Tragué saliva. Itsuki me miró con terror en los ojos. Shouko, ajena a todo, masticaba su chocolate en silencio.

Al fondo, el ruido grave que había escuchado antes volvió a retumbar, como un latido enorme, más cercano.

Duérmete levantó la vista hacia el techo de barro y murmuró apenas:

—Él ya los olió.

Entonces comprendí que lo que teníamos en las manos no era solo un transmisor.

Era nuestra única línea entre la vida… y algo que ya nos estaba cazando.

Lo cierto es que no conocíamos nada de esto. Nada. Nunca pensamos en los problemas que implicaba vivir en un lugar donde la vida no estuviera prácticamente resuelta, como en la capital. Ese privilegio… esa burbuja… ahora no podíamos presumirla. Ni siquiera podíamos sostener la tranquilidad cuando la señora prácticamente me había dicho que nuestro destino aquí era morir.

Y entonces caí en cuenta.

Estaba escuchando.

No entendí cómo ni cuándo, pero las voces, los susurros, el lodo moviéndose bajo la casa, la respiración de Itsuki… todo regresó de golpe, como si mis oídos hubieran sido sumergidos en agua tibia.

—Ah, ¿te diste cuenta por fin, verdad, niña…? —la voz de Duérmete irrumpió dentro de mi cabeza, no con sonido… sino con claridad.

—¿Cómo es posible, señora? ¿Qué pasa? No hice nada, yo… es un…

Ella volvió a su tono burlón, cargado de cinismo. Era como si disfrutara vernos tambalear entre miedo e ignorancia.

—Mi niña… ¿cómo llegaron tan lejos? —Se rió—. Dios… y todavía con estas preguntas. Jajaja… escucha: estás en la conexión. Digamos que es el Alter. Algunos le dicen “Re”. Estás en la creación… en la conexión. Shouko-chan lo activó.

Mi estómago se hundió. Sentí mis manos temblar. Las paredes parecieron girar con un brillo extraño.

Estaba atónita. En shock. Mi cabeza rechazaba todo lo que escuchaba, incluso cuando sentí una lágrima caer por mi mejilla.

Duérmete se acercó con una suavidad inesperada, pasó su dedo por mi rostro y limpió la lágrima. Cuando levanté la vista… ya no tenía el rostro avejentado que le había conocido. Algo había cambiado. Sus facciones parecían más jóvenes, pero tensas, como si sus huesos se acomodaran de un modo imposible. Era bello y horroroso a la vez. Y aun así estábamos en el mismo cuarto… en la misma noche… bajo la misma luz temblorosa de fuego.

¿Cómo era posible que yo la escuchara? ¿Cómo era posible que viera esto?

Estaba perdida. Ese era el único pensamiento que pude sostener.

—Ya veo… ustedes no son iguales —escribió mientras me observaba de una manera que sentí demasiado íntima—. Tú no tienes ni idea, ¿verdad? Por eso no me contactaron. Por eso no entendieron a la niña. Y por eso se la pasaron protegiéndose entre ustedes…

Su mirada se suavizó apenas, como si algo de comprensión la atravesara.

—Ahora entiendo a la pequeña —concluyó.

No supe qué contestar. Mi respiración se volvió errática. No sabía si gritar, llorar o simplemente correr hacia cualquier parte. Su rostro era distinto. No era una ilusión. Tampoco un reflejo. La escuchaba como antes de perder el oído, incluso más claro. Como si su voz naciera dentro de mi propio pecho.

Itsuki tomó mi mano entonces, suave y firme, como si temiera quebrarme.

—Mei —me dijo sin hablar, sin necesidad de mover los labios—, te escucho. No necesito verte. No necesito leer tus manos. Puedo… escucharte.

Sus dedos temblaron un poco, felices. —También me conecté… a mi Alter.

La habitación entera se volvió un eco contenido, un susurro de luz y tensión. El rostro transformado de Duérmete. Shouko abrazando su chocolate como si fuera un talismán. El río pasando debajo de la casa, cargando lodo y secretos. Y nosotras… nosotras dos, perdidas en una conexión que no sabíamos ni nombrar, pero que ya nos había marcado.

Y entonces entendí, muy tarde, que lo que había despertado en Oriak… no era solo un presagio. Era un camino del que ya no podíamos volver.

Escucho, Mei… te puedo escuchar. La voz de Itsuki resonó directo en mi mente, clara como si la tuviera pegada al oído. Cómo es posible… así funcionan los Alter.

—Sí… creo que sí —respondí, aunque no moví los labios—. Es fantástico, yo puedo… es fácil, es como si entendiera algunas cosas. Sí, Itsuki, ahora sí… no pasa nada.

No. No se dejen llevar por la emoción —la Señora nos cortó en seco. Su tono era tan firme que la vibración atravesó incluso esta conexión extraña.

Esto solo es entre los que están conectados en un circuito, continuó. Y aún no regresa ni tu vista, ni tu audición. Esto solo ayuda, y si hay duda, el dictado lo proyecta en tu tocado. Pero no es total. Estos artefactos son muy viejos. Los Parry ocuparon su lugar… siempre fueron la alternativa, la solución. Esto solo les servirá en su viaje.

—Sí, pero comparado con no saber absolutamente nada… creo que esto es… —quise defendernos, aunque ni yo estaba segura de qué.

—¿Ves? Ahí está —la Señora volvió a ese tono que dolía más que un golpe—. Deben entender la tontería que hicieron. Aventurarse así como así a este lado del mapa, en este estado… ¿qué les enseñaron en la Academia? ¿A ser idiotas?

Sus palabras me atravesaron como cuchillas.

—Esto es lo que me llega de tres medallas… —resopló—. Tontas que creen que todo es rosado y que aquí no pasará nada. Que sienten que ya están listas por un par de Alters. ¿En serio no les enseñaron nada? Porque son dos… ¿quiénes se supone que son según ustedes?

—Perdón, señora… si es el contacto, ¿cómo es que no tiene idea? Mire, nosotros no estamos aquí para—

Cállate. —La palabra cayó encima de mí como una losa. —Y contesta, niña. Dime qué puede esperar alguien de ustedes. ¿No quieren descansar? ¿Tienen ganas de hablar? Entonces hablen. Anda, dime… ¿quién crees que son?

Me quedé muda. Mis manos temblaban. Sentía a Itsuki apretando mi palma, su presencia flotando en la conexión, intentando sostenerme. Pero la pregunta de la Señora no era simple. Era como si quisiera arrancarnos algo que ni nosotras sabíamos que debíamos tener claro.

Quiénes somos. Qué somos. Por qué estamos aquí.

Y lo peor era que… yo tampoco tenía la respuesta.

Itsuki me tomó de la mano, y noté que la niña dormía apoyada en ella, profundamente, como si nada de lo que nos rodeaba existiera. Me sentía atacada, descolocada, olvidando por instantes la situación en la que nos encontrábamos… hasta que vi esa imagen: la pequeña acurrucada junto a Itsuki, igual que cuando la encontramos, dormida en medio de la tormenta como si no hubiera peligro alguno.

Algo en mí cedió. Respiré. Giré hacia la señora, más calmada, y por un instante me rendí a la razón en sus palabras.

Así que, de manera más asertiva, le conté todo. Desde que perdimos al equipo Strike.

Mientras hablaba, me sorprendió lo estable que sonaba mi voz. Era como si, al fin, ponerlo en palabras ordenara el caos que llevaba dentro. La señora escuchó todo con una atención severa pero real; ninguna interrupción, ninguna burla esta vez. Itsuki también me escuchaba, apretando ligeramente mi mano cada tanto, como recordándome que estaba aquí, que no hablaba sola.

Cuando terminé, cayó un pequeño silencio.

Entonces la señora aplaudió una sola vez. Las fogatas que iluminaban la mayor parte del lugar se apagaron al instante, como si hubieran obedecido esa orden. Solo quedó una brisa de luz tenue, casi un suspiro, filtrándose entre nosotros.

—Sé que es posible que quieras unas palabras de aliento —dijo la señora—. Algo que justifique lo que haces ahora, que te diga que todo está bien y que no te culpo… pero eso no les servirá a ninguna.

Su voz era más suave, pero no menos firme.

—Escuchen: en su momento les contaremos todo. Pero ahora deben descansar. Si no lo hacen, no tendrán oportunidad. Necesitan llegar a los pozos de Fiora si quieren cumplir su misión. Aprovechen esta sobriedad para dormir. Aquí la noche no es amable con nadie…

No hubo más que decir.

En algún punto me quedé dormida al lado de Itsuki y la pequeña. Por unos segundos… olvidé todo.

Solo recuerdo el calor de Itsuki, su respiración tranquila junto a la mía, y mis ojos cerrándose mientras me perdía en los claroscuros que bailaban con la brisa. Pequeñas hebras de luz se derramaban lentamente desde arriba hasta tocar la arena, como si todo el lugar respirara con nosotras.

Y ahí, entre ese parpadeo tenue del mundo, por un momento… me sentí a salvo.

Un sonido grave y agudo comenzó a atravesar mi sueño, como si alguien agitara las cuerdas de un piano gigantesco en lo más profundo de una sala olvidada. Era un martilleo elegante, sofisticado, que no pertenecía al mundo tosco y arenoso donde me había dormido. Aquel sonido pintaba el aire con sombras largas, con un claroscuro tan preciso que parecía dibujar al intérprete sin que yo pudiera verlo del todo. Cada nota creaba un viaje sónico, una pintura romántica donde los matices oscuros se mezclaban con pequeños destellos de esperanza.

Recordaba ese color dorado… ese brillo que alguna vez enmarcó una melodía parecida. Pero en ese mismo instante, había algo que me impedía avanzar: un velo rojo en el suelo, una línea de pétalos o sangre, no lo sabía, subrayando el camino hacia el autor de aquella escenografía imposible.

La desesperación encendía mi impaciencia. —¿Dónde estoy…? —murmuré, aunque no estaba segura de si tenía voz allí.

El intérprete en las sombras detuvo sus dedos por unos segundos. El silencio cayó como un manto pesado.

Frente a mí se extendía un mar de flores rojas. Cada pétalo brillaba con un reflejo oscuro, como si pequeñas estrellas fugaces hubieran quedado atrapadas en ellos. El suelo frío devolvía mi eco con cada paso: un sonido limpio, claro, demasiado real para ser un sueño… y sin embargo, lo era.

Los pétalos comenzaron a elevarse sin viento alguno. Volaban en remolinos suaves, formando un sendero que se abría ante mis pies. El claroscuro del fondo era infinito: sin principio, sin final, solo una profundidad inmensa que respiraba luz tenue.

Las ondas que surgían cuando los pétalos caían dibujaban círculos perfectos, como si cada impacto revelara una capa más del sueño.

Y allí, al final de ese camino, cada vez más lejano pero nítido, estaba la silueta del creador de la melodía.

Una figura quieta. Un contraste perfecto entre sombra y luz. Un punto dorado en medio del mar rojo.

Sentí que ese lugar no era un sueño común. Era una memoria, o una advertencia. O tal vez… algo que el Alter quería que viera.

Pero incluso mientras avanzaba, parte de mí sabía que mi cuerpo seguía allá afuera, en la franja de Fiora, recostado junto a Itsuki y la niña.

Y aun así, mis pasos continuaron. Como si algo —o alguien— me estuviera llamando.

Por momentos me sentí plena. Caminé hasta ver mi reflejo y, por un instante, olvidé el peso de todo lo que llevaba encima. No era un sueño: era demasiado nítido, demasiado cálido, demasiado… mío. Cada nota la reconocía como si ya hubiera vivido aquella melodía antes. Mi propia voz comenzó a surgir sin permiso, tarareando, y pronto me encontré deslizándome por el suelo como si fuera un lago congelado.

Las flores rojas flotaban, pero no eran un obstáculo; era como si existieran en otro plano, paralelo, sin tocarme, sin rozar siquiera la superficie por la que me movía. La melodía no paraba. Cuanto más me dejaba llevar, más ligera me sentía, más libre.

Y entonces, una nota falsa. Un rasguño en la perfección. Las ondas del suelo se distorsionaron, quebrando la imagen.

Desperté.

Una niebla espesa me envolvía, áspera, casi con sabor a polvo. No podía ver, pero los sonidos perforaban todo: gritos de desesperación, detonaciones secas, el crujido violento de paredes cediendo bajo impactos que no reconocía. El suelo temblaba bajo mi cuerpo, recordándome que lo real—lo horrible—estaba ocurriendo.

Creí que el pánico me iba a devorar viva. Pero entonces la escuché. Itsuki.

No sé cómo explicarlo. No era un grito cualquiera. No era solo sonido… era ella. Una certeza que me atravesó de inmediato, como si su voz estuviera conectada directamente a la mía. Mi piel se erizó y, por un segundo, sentí cómo cambiaba—como si se extendiera, como si se alisara, como si fuese tejido sobre el suelo. Una alfombra viva, dispuesta a moverse sin resistencia.

No pensé. No busqué explicaciones. Solo me dejé ir.

Corrí hacia su voz.

Sentí que volaba. La música de mi sueño regresó, persiguiéndome desde algún punto inaccesible pero cercano. Cada nota marcaba el ritmo de mis piernas. El piano, lejos pero insistente, guiaba mis movimientos, empujándome.

Cuando dejé de luchar contra lo que escuchaba, el camino se volvió claro. El grito de Itsuki se hacía más nítido. Yo patinaba nuevamente, mis pies dibujaban curvas invisibles sobre el suelo polvoriento como si este fuera aquel mismo lago congelado.

Cada paso generaba un eco. Cada eco convocaba otra nota. El golpeteo rítmico del piano me sostenía.

Y entonces empecé a cantar. Mi voz. Por primera vez… podía escucharla. Y yo misma podía escucharme.

La niebla comenzó a disiparse. El polvo ya no era un muro, solo un velo que retrocedía.

Y lo vi.

Él.

Una figura imposible de ignorar, quieta entre los escombros.


 
 
 

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