Continuación del capítulo 2.3
- Jonn All
- 12 may
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Tenía a la pequeña entre sus brazos, su cuerpecito inmóvil, recogido como un frágil paquete. Y detrás de él, sostenida por una mano que la mantenía en pie aunque ella intentaba liberarse, estaba Itsuki.
Mi pecho se cerró. El paisaje, el piano, el sueño… todo se derrumbó dentro de mí en un solo golpe.
Y lo único que pude hacer fue dar un paso más. Un paso hacia él. Hacia lo inevitable.
Los gritos opacaban mi rostro; vibraban dentro de mí como si alguien los hubiera incrustado bajo mi piel. Él… no podía ver más allá de su uniforme, pero aun así era él. Otra vez él. Reconocía esa silueta aunque el polvo la devorara, aunque el caos la rasgara en pedazos. Estaba ahí, protegiendo a mi hermana y a la pequeña.
Y por alguna razón—ilógica, absurda, casi infantil—me sentí a salvo. Una tranquilidad tan ajena a lo que veía me recorrió la columna como un abrazo tibio.
Podía escuchar. Dios, podía escuchar.
Flotaba entre los escombros, o eso sentía. La música seguía allí, como si fuese un hilo que me atravesaba el pecho y me tirara hacia adelante. Las notas vibraban dentro de mis huesos, empujándome a cantar sin darme cuenta. Cerré los ojos ante la escena, me amarré a esa sensación de calma, y por unos segundos me dejé ir de nuevo a ese espacio donde no había miedo.
Pero los abrí. Y entonces los vi.
Los parásitos.
No eran solo criaturas; eran aberraciones, amalgamas de cuerpos que nunca debieron juntarse. Humanos, animales, metal, cables, carne. Un vómito de pesadilla. Se movían con furia impulsiva, destrozando todo lo que tocaban. La gente intentaba correr pero era inútil. Esas cosas no perseguían: arrollaban.
La ciudad—la parte que apenas empezábamos a comprender—se tiñó de rojo. El lodo no podía contra tanta sangre. Las entrañas parecían querer tragarse el suelo. El río mismo parecía repugnado.
Sentí enojo. Cólera. Algo más profundo, más oscuro, más ancestral, me invadió como un chispazo eléctrico.
Conforme mis ojos recorrían la masacre, buscando entender, él se movió: tomó a Itsuki de la mano, ajustó a la pequeña contra su pecho y comenzó a guiarlas entre los escombros como si conociera cada grieta de esa ciudad. Lo seguían sin dudar. No sé por qué, pero verlo así me estremeció.
Corrieron hasta una edificación medio en ruinas, donde ellas pudieron entrar. Él quedó afuera, libre, expuesto, preparado para enfrentar lo que viniera. Yo… me acerqué.
Mi respiración se aceleró. Mis latidos estallaban en mis oídos como un tambor. Quería verlo. Quería saber quién era. Quería confirmar que ese recuerdo—esa presencia—no era una ilusión.
Estaba a un paso. Un paso.
Y justo cuando creí que podría ver su rostro, verlo por fin, encontrar en los trazos de su expresión alguna respuesta…
Se desmoronó.
Como una pila de piezas de dominó cayendo una tras otra. Como si nunca hubiera sido sólido. Como si solo hubiera sido una sombra prestada.
Los restos—polvo, arena, luz quebrada—empezaron a ondular, a unirse, a transformarse frente a mí. Las partículas se reorganizaron como si obedecieran una voluntad que yo no podía comprender.
Donde antes estaba él, comenzaron a levantarse otras figuras, otros rostros, imágenes fugaces como retratos en combustión. Y de entre ese torbellino se formó la silueta de la vieja.
Apareció firme. Real. Imponente.
Su rostro, ahora más marcado por sombras que por arrugas, se inclinó ligeramente hacia mí mientras su vara golpeaba el suelo.
—¿Sabes de él? —rugió—. ¿Cómo demonios lo conoces? ¿Dónde? ¿De dónde? ¡Dime!
—¿Qué cosa? ¿Quién? Yo solo… yo solo estaba… En ese momento recordé a mi hermana y, sin pensarlo, pregunté por ella: —¡Itsuki! ¿Dónde están? ¿Dónde la tiene? ¡Señora, dónde está Itsuki!
No sé cómo describir lo que ocurrió después. Mi cólera me empujó hacia ella y, en un parpadeo, estaba frente a la vieja. Pude ver mi reflejo en sus ojos: mis ojos zafiro habían desaparecido, al igual que mi cabello castaño claro. Era como ver a otra persona. El miedo me recorrió y, retrocediendo un paso, volví a preguntar por mi hermana.
Esperé que la vieja se enfureciera, que su rudeza me aplastara. Pero ocurrió lo contrario. Estaba deshecha. Sus ojos lloraban y gritaba aliviada.
—¡Sí, así es! Claro que sí, con gusto te lo diré, todo… todo. La llave… Garland sabía. Garland nos compró tiempo. Sí, mi niña, ahora lo entiendo. Por eso no acabó con tu vida, por eso no formas parte de los cadáveres en Maquia… ésa es la razón por la cual tú sí llegaste a atender el mensaje, ¿verdad? Él… él lo sabía, ¿cierto? ¡Siempre lo supo! Mi Yue podrá descansar después de esto, ya no necesita eco para esperarte. Jajajaj… sí, sí… es momento. Por fin podremos descansar y trascender este infierno…
Sus palabras apenas tenían sentido para mí. Intenté reaccionar, ubicarme, entender qué había pasado y qué papel había tenido yo en todo aquello. Pero antes de alcanzar a pensar, comencé a sentir que me ahogaba.
La arena cambió bruscamente y todo se tornó blanco. Como una ola borrando la costa, lo que veía se desvaneció por completo. En medio de ese vacío, la arena dorada comenzó a emitir un brillo tenue hasta dibujar una senda. La seguí. No había nada más.
A mi alrededor, todo se derrumbaba como plumas arrastradas por el viento o como fichas de dominó cayendo sin fin. Una onda en el agua bastó para que el mundo se deshiciera. En un instante, todo se volvió caótico otra vez: gritos, desesperación, conflicto. La sangre teñía cada superficie.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. La cólera regresó, profunda, voraz, creciendo al ver el resultado de aquella devastación.
Entre aquel caos de pesadilla, muerte y sangre, se dibujó a lo lejos una salida. Un resquicio imposible, un pasaje blanco y dorado levantándose en el horizonte como un espejismo decidido a desafiar la realidad. Tenía algo seductor, casi traicionero; un llamado que vibraba con un eco incesante en mis pasos, mientras el rojo de las flores intensificaba el paisaje cenizo como una nota sostenida que se negaba a morir. La arena reflejaba aquel carmín crepuscular con precisión de espejo, y sobre el lienzo blanco carbón del suelo, la brisa rozaba mis pies con una extraña amabilidad. El eco rítmico del agua al caer y los pétalos que descendían con delicadeza hacían que todo pareciera un sueño idílico, un refugio imposible nacido en medio del infierno.
Caminé firme —o eso creo—, con la sensación de flotar entre nubes. La arena era tan fina que parecía deshacerse entre mis dedos, y el agua tenía una calidez que apagaba el frío cortante del aire cada vez que me detenía. Era una inmensidad viva que se abría a cada paso, como si respirara conmigo. Pero entonces… comencé a sentirme pesada. O perseguida.
La presencia era invisible, pero su sombra me rozaba la espalda. El paisaje respondió al instante: se quebró. Cambió. Se deformó con brusquedad, como si el mundo estuviera harto de sostener aquel espejismo. Las flores rojas reaparecieron más densas, más vivas, clavándose en el suelo para indicarme el camino como ojos atentos. Y mientras las seguía, un estremecimiento me atravesó. El entorno se deslizó, transmutó, giró sobre sí mismo como un recuerdo líquido, hasta convertirse —lo supe al instante— en algo que no era paisaje sino memoria.
Mi piel se erizó. Era un recuerdo vivo, tan vívido que sentí cómo mis pensamientos resonaban en él, multiplicándose. Caminos, batallas, decisiones, heridas… todo surgía a mi alrededor como susurros encarnados.
Y entonces los escuché: voces. Las mismas que alguna vez me persiguieron en la oscuridad de un pasado que prefería olvidar. Cada figura que atravesaba ese sendero murmuraba con la misma repulsión: Engendro. Inhumano. Demonio.
Cada palabra caía como un golpe seco, como si intentaran deshacerme desde adentro. El aire vibró con un peso antiguo. La arena blanca se tornó gris. El rojo de las flores se intensificó hasta parecer sangre fresca. Y el agua que antes me calmaba ahora sonaba como un lamento profundo.
El sendero, ese falso refugio, empezó a mostrar su verdadero rostro.
Pero aun así, seguí avanzando.
Porque por primera vez entendí que aquel recuerdo no buscaba destruirme. Me estaba llamando. Reclamando lo que era mío, lo que siempre había sido.
Y en la mezcla de dolor, furia y claridad… algo dentro de mí comenzó a despertar.
No era mi voz. No era mi cuerpo. No era mi vida.
Pero lo sentía. Lo habitaba. Cada palabra que ese “yo” desconocido recitaba dentro de mi mente se fundía con mis huesos como si hubiese sido escrita en mi sangre desde antes de nacer. El sendero blanco y carmín vibró bajo mis pies, reverberando con ese recuerdo prestado que no era mío, pero que me devoraba como si sí lo fuera.
La soberbia del héroe… la conocía sin conocerla. La vista de aquel dragón negro… me quemaba el pecho como si hubiese estado ahí. El crujir de la tierra, la sed del río, la ambición de reyes, la ofensa, la tragedia. Todo desfilaba por mis pupilas como si mis ojos recordaran algo que jamás habían visto.
El héroe —ese hombre que hablaba a través de mí sin pedir permiso— avanzaba seguro, idiotamente confiado, enaltecido por la aclamación de un mundo que ahora me sabía ajeno. Sus pasos retumbaban en mi pecho, sus emociones me ahogaban, su orgullo quemaba mis manos. Pero también su caída me dolió como si fuese mía.
Cuando el dragón rugió su pena, yo la sentí; un estremecimiento atravesó mi espina, tan hondo que mi cuerpo real —el de Mei— tembló dentro del sueño.
Las lágrimas de la criatura… No sé por qué, pero se derramaron también en mis mejillas. Eran cálidas, eran pesadas, eran antiguas. Eran del dragón… pero resbalaban por mi piel.
La batalla se alzó como un rugido y yo no sabía si el estruendo venía del recuerdo o de mi propio corazón partido. Podía escucharlo todo: el metal quebrándose, las garras cortando el aire, las trompetas a lo lejos clamando por una gloria falsa. Yo era él, y no lo era. Yo miraba, y al mismo tiempo atacaba. Yo escuchaba su vergüenza sabiendo que no era mía, pero aun así me ardía como si me consumiera desde dentro.
Y entonces, lo sentí: El instante en que él eligió no matar al dragón. Ese quiebre en el destino que resonó como un cristal fracturándose bajo mis pies.
El mundo del recuerdo se tornó carmesí, los últimos pétalos del jardín cayeron con un brillo tenue, y pude sentir su corazón —el de él— rendirse y elevarse al mismo tiempo. El dolor que lo obligó a arrodillarse. La rabia de haber sido un tonto. La lucidez de enfrentarse a sí mismo. La decisión final de proteger aquello que todos temían.
Y cuando él gritó su vergüenza al cielo, un grito seco, desgarrado, lleno de vida y muerte…
…yo también grité. No sé si fue mi voz o la suya. No sé si fue su agonía o mi rabia. Pero el eco se multiplicó, retumbando en los muros de la memoria como un lamento ancestral, como una plegaria arrancada de un corazón que había sido golpeado demasiadas veces.
Las trompetas de guerra estallaron. Los tambores hicieron vibrar el mundo. La tierra se abrió bajo nuestros pies.
Y por un instante, justo antes de que todo volviera a romperse, entendí algo imposible:
No estaba observando un recuerdo. Estaba siendo arrastrada a él. Porque este héroe… …este tonto arrogante… …este ser derrotado que eligió proteger a un dragón llorando… …no era un desconocido.
Algo dentro de mí sabía que su historia estaba entrelazada con la mía, aunque no podía explicar cómo.La ciudad me hablaba.
No con voces claras, no con palabras que pudiera entender, sino con un murmullo profundo que vibraba entre sus muros desgastados, como si cada piedra guardara un suspiro antiguo. Era extraño… porque no era mi recuerdo. No era mi historia. Y sin embargo, allí estaba yo, caminando entre sombras que no me conocían, viendo escenas que parecían hechas de polvo y luz.
La ciudad quería mostrarme algo.
Lo sentía en el aire, en la forma en que las calles se curvaban hacia mí, en cómo los cristales rotos de las ventanas reflejaban un pasado que no había vivido. Todo se movía con la suavidad de un sueño, como si fuera un cuento contado por alguien que ya no estaba… como si fuera una poesía tejida para su gente, para quienes habían amado y sufrido entre esas mismas paredes.
A veces, mientras avanzaba, las imágenes se deshacían en niebla. Otras veces se volvían tan nítidas que podía oír risas, llantos, pasos apresurados… ecos suspendidos en el tiempo. Y aunque no era parte de ninguna de esas memorias, sentía que la ciudad deseaba que yo las viera. Como si no pudiera soportar cargar sola con aquello que la quebró.
No supe si estaba soñando, o si algún fragmento de la ciudad se había colado dentro de mí.
Solo sabía que cada rincón susurraba una historia que no me pertenecía… pero que quería que escuchara.
Como si la ciudad misma, viva y herida, me invitara a caminar dentro de su cuento.
Como si necesitara que alguien —aunque fuera yo— recuerde por ella.
Llegué a la sombra de aquel feroz animal —un coloso inmóvil que una vez dominó el cielo— y desde allí observé las ruinas de donde alguna vez aclamaron mi llegada como héroe. Una fractura en la cúpula, cerca de los jardines, dejaba entrar un rayo de luz que iluminaba un piano antiguo.
Creí encontrar un instante de paz. Pero aquel espíritu feroz quiso probarme una vez más. La guerra lo había devorado todo, hasta que los tambores y los cuernos cesaron, dejando un vacío en el aire. La maldición de la belleza se reveló ante mí: por primera vez pude ver el verdadero brillo de sus ojos, perpetuo, profundo, congelado en un cuerpo tan delicado como la escarcha del invierno en primavera.
No pude apartar la mirada. Entendí todo. Absolutamente todo.
En lo que pensé serían mis últimos instantes, luché. Con la poca fuerza que me quedaba inicié una guerra, y gane el desprecio de la gente, de sus reyes y sus nobles. Luché hasta que mis piernas encontraron el ritmo perdido, hasta que pude postrarme ante la Demonio una vez más. El recorrido me dejó exhausto; a mi espalda, los tambores de guerra avanzaban decididos, marcando el fin que el mundo esperaba de mí.
Agonizante, la miré a los ojos, y solo vi inocencia, confusión y miedo, así que me incline y le dije:
—Toca este pecho desnudo. Se que, no te afecta el acero, ni el frío, ni la sed, ni el hambre. Eres perfecta. Pero en este pecho, frágil e inseguro, guardo el mayor valor que puedo cargar: mi vida. La misma que, pongo en tus manos que por muy simple que sea puede hacer juego con el latir de ese corazón, tan frágil como el tallo de una flor y tan hermoso como lo sería en el de una princesa… ¿en qué se convertiría, si no en el pétalo de una rosa?
Se quedó inmóvil. Feroz frente a mí, y ahora de rodillas, vulnerable, perdida ante tal muestra de entrega. Entonces su rabia estalló en un grito, y en su mano las cenizas revelaron una hoja. El filo cortó el aire, dibujando un sendero claro entre sus lágrimas y mi pecho descubierto. Pero igual que yo, también se detuvo al ver su reflejo en mis ojos.
—Yo soy el derrotado —susurré—. Ante ti muestro la fragilidad escondida bajo mi armadura. Quité toda protección de mi cuerpo y guió ahora tus manos, tu mirada extraviada, hacia mi corazón.
Respiré hondo.
—Solo dos veces se escucha el verdadero latido del corazón: cuando nacemos, y cuando descubrimos el motivo de nuestro nacimiento.
Horrorizada, molesta, dolida, ella no comprendía por qué me detuve, qué me obligó a contener la espada, qué cambió dentro de mí mientras ella entregaba toda su furia para destruir mi ilusión y mi vida.
Decidí que era el momento de enfrentarlo. Le conté mi historia. Ya no temía el rechazo, ya no importaba la incredulidad. Seguí hablando, y el tiempo en la batalla nos olvidó. Entre la bruma de mi existencia, nos desvanecimos en la niebla para el mundo.
Entonces, más allá del golpeteo de los tambores de aquella bélica melodía, algo se quebró. El velo rojo se tornó blanco, y la sombra desapareció, mostrándome todo: el vasto lugar destruido, los restos de lo que había dejado mi batalla. Gente desolada, hambrienta. Criaturas desesperadas. La supervivencia era la única ley, mientras nobles y reyes, convertidos en cerdos insaciables, se abandonaban a banquetes sobre mesas de mármol, dando al viento las sobras que jamás alcanzarían las chozas.
Sin dragón, se perdió el respeto; surgió un temor nuevo. Sin héroe, nació un demonio.
Ella seguía perdida. No podía abandonarla. Claramente, había descubierto el motivo de su existencia. La tomé en mis brazos, tan frágil como la encontré, y desaparecimos entre las sombras. Decidí llevar conmigo mi cobardía aclamada y esconder mi nombre, borrar mi existencia mientras emprendía mi última cruzada, buscando un lugar, buscando el mundo que me expulsó.
Entonces la luz carmín se deformó, y el recuerdo empezó a desmenuzarse como ceniza entre los dedos.
Hasta que una voz desconocida gritó, temblando de incredulidad:
—¡Es él… el Héroe traidor!
El héroe traidor… así me llamarían por no matar al dragón. Una conclusión injusta, un juicio cruel clavado para siempre en mi memoria.
Desperté de golpe, como si me hubieran arrancado del vacío. El aire no me alcanzaba; sentía el pecho apretado, el aliento roto, la garganta cerrada. Mis manos temblaban y la mirada se me perdía entre sombras que parecían moverse. Estaba a punto de llorar sin saber por qué.
Entonces la vieja —la Bruja, como yo la llamaba en mis pensamientos— emergió de la oscuridad. Esta vez no era fría ni distante. Se inclinó hacia mí y, con una voz más suave de lo que jamás le habría imaginado, murmuró:
—Tranquila… calma, niña… respira.
Sus manos, ásperas y cálidas, tomaron mis hombros. Luego, con una delicadeza imposible para alguien como ella, acarició mi cabeza. Fue tan ligera su caricia… como rozar las plumas de un ave que cae exhausta después de un vuelo demasiado largo.
Parpadeé. Mis ojos se aclararon poco a poco, y por un instante creí escucharla incluso en mi mente: “Recuerda…”
La palabra se volvió pesada, densa. Un peso suave al principio, pero creciente, hasta aplastarme como si el sueño fuera una ola que me arrastraba sin remedio. Me venció. Caí una vez más, sumida en un sueño dulce que me envolvió sin pedirme permiso.
Y allí, por fin, pude volver a mí.
La miel de ser yo misma regresó a mis venas, cálida, amable. Me sentí libre… realmente libre. Como si el mundo entero se abriera sólo para mí, como si mi espíritu al fin hubiese encontrado su lugar en este plano: mi cuerpo, mi pensamiento, mi historia.
Frente a mí se extendía un paisaje hermoso: montañas imponentes, árboles gigantes que abrazaban las praderas y los bosques verdes. La lluvia caía con suavidad, guiada por una brisa muda, casi tímida. Era el tipo de belleza que solo conocía por sueños, por cuentos, por los libros llenos de magia que alguna vez quise creer.
Y ahí estaba yo: una joven que corría descalza por el campo húmedo, riendo entre el viento, avanzando hacia la estación helada. Me veía llegar al lago congelado, deslizarme sobre el hielo limpio… patinar sola bajo un cielo que apenas despertaba, hasta que la luz del alba me llamaba de vuelta.
Un recuerdo mío. Mi vida. Mi verdad.
Al fin… mi propio sueño.
Mientras patinaba, un destello me obligó a detenerme. Me inclinée sobre un pedazo de hielo más claro que el resto, y allí… allí vi mi reflejo. Me quedé inmóvil, perdida entre los ojos carmín que me devolvían una verdad distinta, pero extrañamente familiar.
No sentí miedo. No me hice preguntas.
Simplemente sonreí a aquella figura: mi silueta con el cabello escarchado, desvaneciéndose entre la nieve, con esa mirada profunda y latente que no recordaba haber tenido… pero que parecía pertenecerme desde siempre.
Entonces todo cambió.
Como si una ventisca hubiera inhalado fuego, el hielo crujió, el lago ardió y la nieve se vistió de guerra. Sin aviso, el sueño se quebró y quedó al descubierto la pesadilla escondida debajo.
Flechas silbaron sobre mi cabeza. Detonaciones sacudieron el aire. Aceite hirviendo, lodo y arena se mezclaron con los copos que comenzaban a escribir una historia de horror bajo mis pies.
Intenté despertar. No pude.
Yo —la joven que patinaba libre momentos antes— ahora corría aterrada sin saber por qué el mundo se había vuelto en mi contra. Busqué refugio entre las rocas, entre los rincones donde antes me acompañaban las flores y la nieve… pero todo estaba distorsionado, consumido.
Y entonces lo vi.
Un joven atravesó el campo ennegrecido, espada en mano, interponiéndose entre mí y aquella lluvia de ataques. Su filo cortaba el aire con una furia desesperada, tratando de contener el caos desatado. El fulgor que lo envolvía no se apagaba… al contrario: cada golpe, cada impacto, alimentaba más su brillo.
Hasta que el color desapareció. Todo se convirtió en un eco blanco y negro. Como si el mundo entero se hubiera quedado sin alma de un instante a otro.
Y yo seguía allí… atrapada en la pesadilla que no podía dejar atrás.
Su cabello cenizo cubría parcialmente su rostro, y aun así podía ver el temblor suave de su respiración agotada. Ese cuerpo cansado, marcado por la batalla, se transformó ante mí en un fondo extrañamente amable… como si la tormenta que lo rodeaba hubiera decidido silenciarse solo para permitirle acercarse.
Extendió la mano hacia mí. Yo aún lloraba.
Pero en ese gesto —firme y a la vez delicado— encontré algo que no esperaba: la misma melodía que tantas veces había necesitado para concederme un instante de tregua. Una calma imposible en un mundo que ardía y se congelaba al mismo tiempo.
Acepté su mano. No pensé, no dudé.
Me dejé llevar por el velo de calidez que envolvía su tacto, por esa sensación suave como seda que parecía vestir la noche caótica del bosque helado. Y en esa mezcla de fuego, nieve y silencio, comprendí algo extraño…
Aquel joven, ese desconocido que había irrumpido entre el caos para alcanzarme, no era una amenaza.
Era el único punto de luz en la pesadilla. El único que había venido por mí.
Una vez que mis lágrimas por fin se detuvieron, él me condujo bajo un gran árbol cuyo follaje proyectaba una sombra profunda y silenciosa. El frío seguía allí, clavado en la noche, cuando de pronto dejó caer sus armas frente a mí: su espada primero, aún marcada por la batalla, y luego el resto de aquello que había cargado consigo.
El metal golpeó la nieve endurecida con un sonido seco que hizo eco entre los árboles.
Yo no sabía por qué hacía eso. No entendía por qué alguien dejaría de lado aquello que lo protegía, ni lo que significaba poner esas cosas a mis pies. Para mí solo era un gesto extraño, sin explicación, como tantas otras cosas que habían ocurrido en ese sueño.
Después, él se acercó. Descubrió su pecho con un movimiento lento, como si aquello tuviera algún sentido que yo desconocía. Tomó mis manos sin brusquedad y las guio hasta su corazón.
No sabía qué pretendía. No sabía qué quería mostrarme. Yo solo sentía el calor de su piel y el latido firme que vibraba bajo mis dedos, algo que me resultaba tan ajeno como inquietante.
Dijo algo entonces —una frase baja, casi un susurro—, pero no la entendí. No reconocía la lengua, o quizá era la situación la que me impedía comprender. Jamás había estado así con nadie, tan cerca, tan expuesta al ritmo extraño de otra vida que no era la mía.
Sus palabras se perdieron en el aire helado, sin sentido para mí.
Me limité a recargarme con cuidado, no por saber qué debía hacer, sino porque mis fuerzas parecían rendirse. La calidez que él emitía me rodeó sin pedir permiso, y mis ojos, todavía húmedos, comenzaron a cerrarse.
No supe interpretar nada: ni sus intenciones, ni el motivo de sus gestos, ni lo que ese latido buscaba decirme.
Solo sabía que estaba ahí, rodeada por unos brazos que me sostenían con una suavidad que no esperaba. Y en ese instante, sin comprender por qué, el peso de la noche pareció aflojarse, lo suficiente para que mi respiración se hiciera más lenta.
Antes de quedar completamente perdida en ese sopor tibio, alcancé a ver la curva discreta de su sonrisa, apenas perceptible, mientras me inclinaba hacia él sin entender nada, solo dejándome caer en el lugar donde sus brazos me habían recibido.
Lo siguiente que recuerdo es que, sin apartarse de mí, tomó algunas de sus cosas y colocó una capa gruesa sobre sus hombros, como preparándose para movernos. Antes de cargarme, se inclinó un poco hacia mí, quizás para asegurarse de que aún estaba consciente.
Y fue entonces cuando algo extraño ocurrió. No yo… él.
Su mirada descendió lentamente hacia mis orejas. No entendí qué había visto, pero su expresión cambió, como si algo frágil se hubiera revelado ante él. Luego, con una suavidad que jamás había sentido, extendió la mano y rozó mis orejas descubiertas. Fue un toque casi tímido, cálido, cuidadoso, que me recorrió como un temblor dulce.
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