Continuación del capítulo 2.5
- Jonn All
- 12 may
- 7 min de lectura
Pero cuando mis ojos se abrieron, nada coincidía.
El mar había desaparecido. Él también.
En su lugar había un techo de madera oscura. Vigas quietas. Una lámpara tenue que oscilaba como si dudara en iluminarme. Y alrededor de mí… rostros desconocidos. Se movían, entraban y salían del borde de mi visión. Voces bajas, sorprendidas. Algunas murmuraban mi nombre, otras solo exhalaban algo parecido al desconcierto.
Todo estaba cubierto de escarcha.
Mis brazos, mi ropa, mi cabello… incluso el suelo alrededor de la cama brillaba con capas delgadas de hielo, filamentos cristalinos que latían como si respiraran. Y entre ellos, pequeños fragmentos endurecidos de arena transparente pulsaban con un ritmo que reconocí sin quererlo: un eco del latido que había escuchado en el pecho de él.
Mi respiración se quebró. Un frío más profundo que la escarcha me atravesó.
De repente, un pensamiento me desgarró con la misma fuerza con que el mar me había arrancado el aliento en el sueño.
¿Su sangre? ¿La traía conmigo?
Mis manos comenzaron a temblar. Miré mis dedos, mis muñecas, mis brazos con desesperación, buscando manchas oscuras, restos tibios, cualquier rastro de aquello que había visto correr entre la nieve. Los moví frenética, tratando de sacudir un recuerdo que aún parecía adherido a mi piel.
—No… no… —susurré para mí misma sin voz.
Deslicé mis manos por mi torso, mis hombros, incluso mi cuello, esperando sentir la humedad espesa que aún quemaba en mi memoria. Pero solo encontré hielo. Hielo y un temblor que no podía controlar.
No había sangre. No había heridas. No había nada que demostrara que él había estado ahí.
Y aun así… yo lo había sentido morir entre mis brazos.
La habitación pareció encogerse a mi alrededor. Un murmullo de sorpresa recorrió a quienes me veían. Yo no sabía dónde estaba. No sabía si seguía soñando. Todo era demasiado ruidoso, y al mismo tiempo tan distante…
Entonces la vi.
Itsuki estaba allí, detenida a unos pasos, con ese gesto preocupado que intentaba suavizar sin lograrlo. No escuché su voz. No necesitaba hacerlo. Su presencia era un peso cálido, definido, como una corriente conocida abriéndose paso entre la confusión. Sentí—más que oí—su intención de acercarse. Supe que quería tranquilizarme.
Ella movió los labios, despacio esta vez, claro, para que pudiera leerlos. Pero mi mente seguía vibrando demasiado, así que apenas entendí fragmentos. Me llevé la mano al cuello, buscando el borde frío del Alter que descansaba bajo mi piel, aún apagado. Itsuki hizo un gesto suave, pidiendo permiso con la mirada antes de extender la mano para encenderlo.
Asentí.
El clic fue un chispazo tibio encendiéndose en mi interior, y el silencio absoluto se quebró como una cáscara fina. Su voz apareció entonces, nítida, como si surgiera de un lugar profundo y cercano:
—Mei… ya terminó. Estás a salvo.
Respiré hondo. Una vez. Otra, pero el aire seguía entrando como si aún estuviera bajo el agua. Mis manos temblaban… no por frío, sino por esa urgencia de decirle algo, de sacar de mi cuerpo lo que aún ardía en él. Me aferré al borde de la camilla y miré a Itsuki, intentando que mis labios formaran palabras más rápido de lo que mi mente podía ordenarlas.
—Yo… —empecé, y la voz me salió quebrada por culpa del alter recién encendido— Itsuki… no era… no era un sueño. No… no así.
Ella se inclinó un poco, cuidando no tocarme sin permiso. Su mirada pedía calma, pero yo no tenía calma que darle.
—Había… había nieve… no, no nieve, era como… como si cayera desde mí —intentaba explicarlo mientras mis manos señalaban mi pecho, mis brazos, el aire—. Y él… había alguien conmigo. Lo cargué… yo lo cargué. Sentía… sentía su corazón tan… tan frágil…
Las imágenes volvían a chocar dentro de mí, empujándose unas a otras, queriendo salir todas al mismo tiempo. Mi respiración se atascó y tuve que volver a intentarlo, más rápido, más torpe:
—Todo explotó. No lo hice… a propósito. Solo… solo quería salvarlo. Había luz, Itsuki, tanta luz que me dolían los ojos incluso ahora. Y… y ruido, pero no lo escuchaba, lo sentía aquí —me llevé la mano al pecho, golpeándolo suavemente— aquí adentro, como si fuera mío.
Busqué sus ojos, suplicando que entendiera antes de que las palabras se deshicieran.
—Volé —susurré, sin saber si esa palabra tenía sentido para nadie más—. Yo… me impulsé, o algo me impulsó. No sé. Pero no era un sueño, Itsuki. No lo sentí como un sueño. Era… era real. Tan real que puedo sentirlo todavía en la piel.
Mis dedos temblaban cuando los extendí frente a mí, como si esperara verlos resplandecer de nuevo.
—No es la primera vez… —añadí, apenas audible—. Y cada vez… cada vez me parece más que estoy recordando algo… que ya viví.
Su sombra se acercó un poco más, contenida, firme, respirando hondo para no contagiarse de mi temblor. Yo esperaba esa respuesta, esa mirada que me anclara. Pero incluso antes de que hablara, yo ya sabía que nada iba a ser tan simple como decir “solo fue un sueño”.
Porque algo en mi interior, algo profundo y antiguo, seguía vibrando como si aún estuviera volando hacia un mar que podía haber existido… o existir todavía.
Apenas terminé de hablar, el silencio se volvió tan denso que parecía presionar el aire a mi alrededor. No podía escucharlo, pero podía sentir cómo todos contenían el aliento, cómo sus miradas se clavaban en mí como escarcha recién formada.
Intenté levantar la vista, temblando. Y entonces, entre todas esas figuras borrosas… algo me golpeó por dentro.
Una silueta. No un rostro, jamás lo he visto. Solo un mechón de cabello cenizo, moviéndose apenas. Y una curva, una sonrisa tenue, imposible de confundir aunque nunca hubiera visto sus ojos.
Mi pecho se contrajo como si alguien hubiera jalado un hilo profundo enterrado en mí.
Él. O algo que mi memoria, o mi sueño, o lo que sea aquello… reconocía.
Busqué desesperada entre todos los cuerpos, moviendo la mirada con torpeza, casi sin respirar. Nada coincidía. Nadie tenía ese tono cenizo, ni esa sombra de sonrisa transparente, como si no perteneciera del todo a este mundo. Pero yo sentí que estaba allí, escondido, deshaciéndose entre las formas como un espejismo.
El temblor volvió a mis manos. Mi garganta se cerró. Algo dentro de mí empezó a ahogarse otra vez.
Itsuki lo percibió. Siempre lo hace.
Su sombra cayó sobre mí, suave, como una manta. Me rodeó con sus brazos, no para retenerme sino para sostenerme, para evitar que me quebrara en pedazos visibles. Su abrazo era firme, paciente, un refugio sin palabras.
Me pegué a ella, incapaz de sostener mi propio peso emocional. Cerré los ojos. El mundo desapareció como si lo estuviera tragando una niebla espesa.
Mis sollozos vibraban contra su pecho; sentía cómo mis lágrimas quemaban la escarcha aún adherida a mi piel. No podía detenerlas. No sabía si lloraba por el recuerdo, por él, o por el miedo de que tal vez no era un sueño.
Itsuki guardó silencio. No necesitaba decir nada.
Su mano en mi espalda fue suficiente para recordarme que este momento no era aquel bosque, que no llevaba a nadie agonizando entre mis brazos, que no había sangre cayendo sobre la nieve ni un latido apagándose lentamente.
Aunque mi corazón seguía buscándolo. Ese latido. Ese calor. Esa sonrisa sin rostro.
Cuando mi cuerpo por fin cedió, exhausto, me hundí en el abrazo. Mis lágrimas se apagaron. Mi respiración se volvió un susurro sin sonido.
Y me dormí otra vez, desesperada por escapar de ese eco que aún brillaba y dolía dentro de mí.
Desperté sin sobresalto.
Por un instante pensé que seguía dentro de aquella neblina, pero no había frío. No había escarcha vibrando bajo mi piel. Solo un calor suave, casi tímido, rozando mis mejillas.
Abrí los ojos lentamente. El techo era viejo, de madera agrietada; las paredes cargaban siglos de historias. Una luz cálida entraba por la rendija, polvosa, como el primer suspiro del día.
Estábamos en la frontera de Oriak. Lo supe por el olor a piedra húmeda mezclado con hierbas secas. Era un olor antiguo… un olor vivo.
Itsuki estaba allí, junto a la anciana y la pequeña. Ninguna decía nada; simplemente me miraban como si hubieran estado esperando a que yo regresara del otro lado de mis propios recuerdos.
Me incorporé despacio. Sentía un cansancio profundo, de esos que quedan después de llorar demasiado. La niña sonrió y buscó mi mano con la suya, pequeña y tibia. La tomé. Asintió dos veces, y yo también, como si ese gesto bastará.
Itsuki se acercó con paso seguro y me ayudó a ponerme de pie. Sus manos eran cálidas; su mirada, paciente. A veces creo que esa paciencia podría sostener el cielo.
Nos sentamos cerca de la pequeña fogata que chisporroteaba en el centro de la habitación. Su luz tocaba la piedra como un secreto compartido. Encendí el alter, la placa vibró suavemente sobre mi cuello, proyectando palabras flotantes, contornos y ecos ordenados que me permitían entender lo que de otro modo sería un murmullo perdido. Sus labios se movían, y las proyecciones me ayudaban a leerlos sin esfuerzo.
Respiré hondo y hablé, con mi propia voz algo temblorosa:
—F… fue muy vivido. —El alter registraba y trazaba mis palabras en un hilo de luz frente a mí, pero no las transformaba—. Me asustó. No… no creo que haya sido un sueño. Yo… lo viví.
Itsuki me escuchó en silencio. Las proyecciones frente a mí dibujaban sus frases con precisión mientras seguía el movimiento de sus labios.
—Era como si estuviera allí otra vez —continué—. El frío… la sangre… y… él. Todo estaba tan cerca.
Sentí que la respiración se me desordenaba solo de recordarlo, pero seguí.
Itsuki respiró hondo antes de responder. La frase apareció flotando en letras tenues, acompañada de sus labios moviéndose con suavidad:
«Tenemos algo importante que decirte.»
La habitación pareció tensarse. La niña dejó de jugar con mis dedos. La anciana se enderezó en silencio, sin bastón, sin apoyarse en nada: solo con esa presencia firme que parecía sostenerla desde dentro.
Fue entonces cuando lo noté:
ya no había hielo. Ni en el suelo, ni en mis manos, ni en mis ropas. La escarcha que siempre me seguía… había desaparecido por completo.
Me rodeó un vacío tibio, extraño, casi desconcertante.
Me puse de pie lentamente, dispuesta a escuchar. Mi pecho latía despacio, como si al fin pudiera hacerlo sin romperse.
Itsuki, la pequeña y la anciana me miraron con una mezcla de seriedad y suavidad: la clase de mirada que solo existe cuando algo está por cambiar.
Comentarios