Continuación del capítulo 3.1
- Jonn All
- 12 may
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Detrás de esas figuras civiles comenzó a aparecer otro grupo: hileras de sombras portando armas, armaduras y estandartes. Los reconocí de inmediato, aunque mi mente se negara a admitirlo. Era el mismo ejército que había visto antes, en aquel recuerdo que me sacudió hasta el alma. La misma formación. La misma sensación de presión en los oídos. El mismo estruendo que ahora retumbaba bajo mis pies como si el suelo mismo reviviera las detonaciones.
Los cazadores.
Mi respiración se trabó. Sentí cómo mi cuerpo reaccionaba antes que mi pensamiento: miedo, ansiedad, un temblor que me recorría las piernas mientras el pecho me vibraba con cada explosión que no era real… pero sí lo era.
Ellos estaban ahí. Los reconocía. Sabía lo que esas siluetas significaban.
Pero esta vez… esta vez no venían hacia mí.
Sus pasos, sus armas, sus gritos—todos iban dirigidos hacia él. Hacia esa figura que caminaba delante de mí, marcada por la arena, iluminada por un fuego que no quemaba.
Y yo, en medio de todo, sólo podía ver cómo el listón rojo se tensaba más y más, forzándome a seguirlo… mientras el mundo entero parecía decidido a destruirlo.
No te acerques. Esos ojos son de bestia. ¡Aléjate! Es un monstruo. Está maldito, míralo. Eso no es humano.
Aquellas voces me desgarraban por dentro. No sabía de dónde venían, ni por qué me dolían tanto, pero cada palabra me atravesaba como un cuchillo. Sentí un temblor subir desde mis manos hasta mi pecho y recuerdo haber gritado, no por valentía, sino por desesperación… por angustia pura. Las lágrimas me ardían al caer; dolían, como si mi cuerpo recordara un sufrimiento que mi mente aún no entendía.
Cuando abrí los ojos, los murmullos se apagaron de golpe.
Llovía.
No era una lluvia común: era tan fría que parecía atravesarme, que mis huesos crujían bajo cada gota. Me abracé a mí misma buscando calor, pero esa cosa que llevaba puesta… no era ropa. Apenas podía cubrirme. Aun así, seguí adelante, temblando.
Frente a mí apareció algo que me recordó a Oriak, pero distorsionado, inundado. La arena blanca del suelo se veía bajo el agua como un vacío sin forma, un espejo roto entre nubes y cielo. Y a lo lejos, las ruinas… enormes, colosales, como los mecanismos de Idalia. A pesar de todo, su tamaño, su presencia, me dieron una especie de tranquilidad extraña, como si ya los hubiera visto antes en alguna imagen borrosa del pasado.
Busqué refugio en lo primero que encontré: una estructura que alguna vez debió ser un edificio inmenso, tal vez una torre. Sus restos sobresalían como filos viejos entre el agua, afilados como tumbas antiguas, marcando un campo abierto donde iniciaba un jardín blanco ahora deformado bajo la lluvia. Las espadas clavadas en aquel terreno eran lo único que me acompañaba, un cementerio silencioso bajo un cielo gris. Sin embargo, la estación en ruinas y la gran cúpula en su centro prometían al menos un resguardo temporal.
Seguí caminando, aletargada por el frío, hasta que mis ojos comenzaron a cerrarse solos. Los abrí solo un instante después… y entonces lo vi.
Un camino.
El listón rojo en mi brazo —tenso, firme, como si tirara de mí para que avanzara— se extendía hasta aquella cúpula. De su interior se escuchaba el piano. El mismo piano que había escuchado antes… cálido, melancólico, familiar de una forma que no sabía explicar.
Mi corazón dio un vuelco.
Sin pensarlo, eché a correr. Sentí que algo —alguien— me esperaba dentro. Por un instante… creí que ahí, justo ahí, podían existir las respuestas que no sabía que estaba buscando.
La lluvia caía gentilmente en aquel páramo de arena blanca, como si intentara devolverle vida a un lugar condenado al olvido. Las estructuras emergían del suelo como esqueletos de un pasado demasiado grande para mí, y aun así… demasiado silencioso. El frío recorría mi piel color naranja, cubriéndome por completo; era un contraste extraño entre la desnudez de mi cuerpo y el calor que seguía latiendo dentro de mi pecho, insistente, casi terco, como si quisiera recordarme que seguía aquí, incluso si nada a mi alrededor parecía real.
Había algo distinto en el paisaje, algo que no sabía nombrar pero que se deslizaba entre la luz del sol reflejada en el agua y mi propia respiración temblorosa. Era… como si este lugar estuviera pintado para que yo lo viera, como si cada trazo sobre la arena, cada destello entre los charcos y las ruinas, quisiera guiarme hacia algo que no alcanzaba a comprender.
La melodía siguió llamándome.
Ese tintineo suave acompañaba el sonido del agua al caer desde los escombros, resbalando entre las máquinas muertas y las columnas quebradas que asomaban entre las ruinas. El cielo parecía querer ponerse de acuerdo con el paisaje: un atardecer reflejado en la superficie líquida, como si las estrellas intentaran aparecer antes de tiempo, confundiendo mi vista, mezclándose con mi camino.
Sin pensarlo, mi cuerpo comenzó a moverse. Deslicé los pies sobre el agua, como si patinara sobre un lago helado, aunque sabía perfectamente que no era hielo lo que tocaba mi piel. Mis movimientos fluían solos, delicados, sincronizados con el ritmo que me guiaba. La estela que dejaba tras de mí se mezclaba con el reflejo ondulante del cielo, y por un instante, el frío no dolió tanto. Por un instante, todo alrededor me dijo que estaba a salvo.
Incluso si estaba perdida. Incluso si no entendía dónde estaba. Incluso si este no era mi recuerdo… sino el de alguien más.
Me dejé llevar.
La paz—o la ilusión de ella—me envolvió por completo mientras avanzaba. Cuando volví a abrir los ojos con claridad, ya estaba frente a la estructura: una gran cúpula alzada en medio de la inundación, intacta pese al desastre, hermosa pese a su soledad.
Y desde dentro… ahí estaba. La melodía. El mismo piano que había escuchado antes, llamándome otra vez.
No me di cuenta de que estaba corriendo hasta que mis pasos chapotearon con fuerza sobre el agua. El listón rojo atado a mi brazo vibró, tensándose como si aprobara mi impulso. Aquella cúpula, aquel sonido… por un momento creí—o quise creer—que dentro encontraría todas las respuestas.
O al menos… una sola. La que pudiera dar sentido a este recuerdo que no era mío, pero que me obligaba a sentirlo como si lo fuera.
Me acerqué sin miedo, con curiosidad; las notas eran suaves y pausadas, y el ambiente… era perfecto, cálido de una forma imposible. La lluvia, que antes dolía como agujas de hielo, comenzó a sentirse tibia contra mi piel, como si algo quisiera protegerme. Di un paso más y entonces lo sentí: una sombra que me cubrió desde arriba, una capucha que cayó sobre mi rostro y se deslizó por mis hombros, empapada, extraña y a la vez reconfortante.
Cuando intenté ver de dónde había salido, la niña apareció en la entrada de la estructura. La gran cúpula rota, de donde provenía la música, pareció latir con la melodía, proyectando su figura a cada compás. Era tan… irreal. Una pequeña muñeca viva, delicada y perfecta, rodeada por el agua en calma.
Parpadeé cuando la lluvia volvió a intensificarse, como si quisiera llamar mi atención. Al regresar mi mirada hacia ella, sonreí sin pensarlo; su belleza me conmovía, me llenaba de un tipo de felicidad que no sabía ubicar.
Pero entonces lo sentí. Una mirada justo detrás de mí.
Me giré con rapidez. Y lo vi.
La figura era idéntica. La misma estatura, el mismo porte, el mismo uniforme… cada detalle igual. Caminaba hacia mí siguiendo mi propio camino, como si repitiera mis pasos desde otro tiempo, desde otra historia. Pero no me aterraba; al contrario, algo cálido floreció dentro de mí, un sentimiento desconocido y abrumador.
Y en ese instante recordé mi desnudez bajo aquella tela empapada. Me cubrí con desesperación, aunque no tenía realmente nada con qué cubrirme. Actué sin pensar: corrí hacia él, cerré los ojos, y cuando creí que estaba a punto de sentir sus brazos, el pudor me golpeó de golpe.
—¡¿Qué estoy haciendo?!— pensé, roja de vergüenza.
Lo empujé sin mirar y me di media vuelta, tratando de ocultar mi cuerpo bajo la manta mojada. Respiré hondo para recuperar algo de dignidad… pero al abrir los ojos lo vi.
Otra vez.
Aquella criatura surgida de la luz y del agua.
Ahora tenía el listón rojo bajo una de sus extremidades. Me observaba sin parpadear, inmóvil, imponente. No sabía qué era: su cuerpo parecía sólido, pero al mismo tiempo hecho de brumas y chispas líquidas que ascendían como llamas invertidas. Una forma enorme, esbelta y poderosa, de pelaje que no era pelaje, sino agua suspendida que dibujaba cada hebra. Sus ojos eran profundos, afilados, intimidantes… de una belleza feroz.
No era un monstruo. No era humano. Ni espíritu. Ni bestia.
Era otra cosa.
Su tamaño, su presencia, el peso de su mirada… todo era abrumador.
Y estaba pisando el listón que me atrapaba, tensándolo hacia él. Bajo su pata, el rojo vibraba como si quisiera obedecerle, como si la estuviera llamando para arrastrarme o retenerme… no lo sabía. Solo sentía ese apretón punzante en mi brazo, esa presión insistente que me recorría el cuerpo como un grito silencioso.
Cuando la tensión se volvió insoportable, ella apareció de nuevo: La niña.
Sonreía, con una calma que no pertenecía a este mundo, y levantó su mano derecha para acariciar la “melena” líquida que caía por el mentón de aquella criatura.
Su gesto era suave, íntimo, como si lo conociera desde siempre.
Yo solo pude quedarme ahí, confundida, temerosa, sin entender por qué mi corazón latía como si fuera a romperse. Y mientras observaba esa escena imposible frente a mí, una pregunta me quemó por dentro:
¿Qué soy yo en todo esto?
La niña no respondió, aunque juraría que escuchó mi pregunta. Su mano quedó suspendida sobre la criatura, inmóvil como el agua antes de romper en ola. La cúpula vibró con la melodía, un pulso grave que se expandió por el aire y me atravesó el pecho, tensando algo dentro de mí que no sabía nombrar. Sentí que el listón tiraba de mi brazo, no hacia la criatura, sino hacia la niña… o quizá hacia la música misma, hacia un punto que no podía ver.
—Este no es tu recuerdo… —susurró ella sin mover los labios. O tal vez no lo dijo ella; tal vez lo dijo la cúpula, o la melodía, o algo detrás de mi propio pensamiento.
Di un paso atrás, temblando. La manta mojada ya no pesaba como antes, como si cada gota que caía de ella se convirtiera en un segundo menos del tiempo que me quedaba para entender.
La criatura ladeó la cabeza. Sus ojos —esos abismos brillantes, líquidos y afilados— parecían reconocerme. No mirarme: reconocerme. Y en ese reconocimiento había algo así como… expectativa. No amenaza. No violencia. Algo más profundo. Un destino al que yo no recordaba haber dicho que sí.
La niña retiró la mano de su “melena” y extendió el brazo hacia mí. No era una invitación. Era un mandato suave, inevitable.
—Ella te espera —dijo entonces, y su voz sonó como si hablara para otra versión de mí, una más pequeña, más antigua, más escondida—. Siempre te ha esperado.
Tragué saliva. El listón vibró bajo la criatura, como un puente de luz y presión que conectaba mi brazo con su presencia imponente.
—¿Quién… quién me espera? —pregunté, sintiendo que la pregunta no era suficiente para la respuesta que temía.
La niña sonrió, y en ese gesto había una compasión que dolía.
—No es un “quién” —contestó—. Es lo que dejaste atrás cuando decidiste ser otra. Cuando olvidaste ser tú.
Mi pecho se apretó. La lluvia, que antes se había vuelto tibia, regresó en un torrente helado que me caló hasta el hueso, como si quisiera despertarme a la fuerza.
Busqué la mirada de la criatura… y fue entonces que lo comprendí —no con la mente, sino con ese lugar profundo donde algo antiguo dormía—: no era la primera vez que la veía.
No era la primera vez que me buscaba.
Y quizás tampoco era la primera vez que yo huía.
Un ruido seco rompió el momento —un crujido, un desgarrón en la música—. La cúpula pareció hundirse en sí misma, vibrando en un tono disonante, como si algo en el recuerdo ya no pudiera sostenerse.
La niña bajó la mano.
La criatura dio un paso hacia mí.
Y el listón, tensado al límite, estalló en una luz roja que me atravesó como un latido ajeno.
—Eru —susurró alguien detrás de mí, con una voz idéntica a la mía—. Recuerda.
Detrás de mí, la Señora de tez morena —radiante, serena— apareció como si siempre hubiera estado allí, aguardando el momento preciso. Su vestido blanco flotaba con la lluvia sin mojarse, y cada uno de los objetos dorados que llevaba en la piel, el cuello y el cabello emitía un suave tintineo, casi como si respondieran a la melodía de la cúpula. Cuando habló, su voz atravesó el aire con una calidez imposible.
—Bienvenida a Maquia, la ciudad blanca.
—¿Qué… qué…? ¿Ma… Ma… Maquia? —balbuceé, sintiendo cómo el vértigo me subía desde el estómago hasta los ojos—. No… esto… esto es imposible…
Me llevé una mano a la frente. El mundo osciló. La lluvia parecía caer en ángulos torcidos, la criatura a mi derecha se difuminaba como humo sobre agua, y la niña… la niña me observaba sin parpadear, como si esperara mi reacción con una paciencia que no era humana.
—Creo… creo que estoy soñando… —murmuré entre dientes—. O ya… ya enloquecí.
La Señora sonrió con gentileza. Sus ojos, proyectando aquella estela azulada como cometas atrapados en su mirada, se inclinaron hacia mí con un afecto que no entendía.
—No te preocupes, pequeña viajera —dijo, acercándose un paso, las joyas doradas vibrando con un sonido suave, como campanas diminutas—. Todas las que llegan aquí creen lo mismo al principio. Maquia no es… sencilla de comprender.
—Pero yo… no debería estar aquí —intenté decir. O creí decir. Las palabras salieron temblorosas, ahogadas por el nudo en mi garganta.
—Oh, pero estás —respondió ella—. Y no por error.
Mi visión se nubló un instante. Oí mi nombre —¿Eru? ¿Mei?— resonar en algún rincón de mi mente, chocando contra recuerdos que no eran míos o no deberían serlo. La criatura agachó la cabeza, como esperando. La niña seguía sonriendo. El listón rojo, roto en mi brazo, aún latía débilmente.
—No… yo no… —me abracé a mí misma, la manta empapada pegándose a mi piel—. ¿Por qué… por qué estoy aquí?
La Señora me tocó el hombro con la punta de los dedos. Era un contacto liviano, pero sentí que mi cuerpo entero se tensaba como si aquella simple caricia despertara algo viejo, algo oculto.
—Porque tu historia empieza donde creíste que terminaba —susurró—.
Volteé a verlo por simple reacción, como si mi cuerpo actuara antes que mi cabeza. Intenté fijarme bien en él, en esa presencia inmensa hecha de agua suspendida y luz.
—¿Esa… cosa parpadea? —solté sin pensar.
La niña soltó una risita traviesa, esa clase de risa que no sabes si te tranquiliza o te inquieta más.
—Claro —dijo, inclinándose hacia la criatura como si le hablara a un animalito doméstico—. No hay por qué ser cruel. Puede que lo veas diferente, pero también es especial. Muy especial. Más de lo que crees.
Antes de que pudiera procesar eso, la Señora habló con aquella voz profunda que hacía vibrar el aire.
—Soy, de hecho, el mecanismo de Maquia —interrumpió con solemnidad—. Para ser más exactos, soy el Yue de Maquia… y mi Kami le pertenece a esta blanca ciudad.
Me quedé en silencio, procesando cada palabra como si fueran golpes suaves en la cabeza.
Ok, ahora sí, pensé. Estoy muerta. Definitivamente muerta. O alguien me mató y no me avisó. Esto ya es una locura total.
La niña, como si escuchara cada pensamiento caótico, apretó suavemente mi mano. Su piel estaba tibia, demasiado tibia para una ciudad que parecía hecha de agua y luz. Levantó la mirada hacia mí con una sonrisa tan hermosa que el mundo se redujo a ese gesto.
Sentí mi mente volverse completamente blanca, sin ruido, sin miedo, sin nada más que esa calidez.
—No te asustes —dijo ella con una calma que me atravesó como una ola—. ¿Querías la verdad, no es así?
Tragué saliva. Sí… no… tal vez… No estaba segura de nada.
La lluvia suspendida sobre la cúpula tembló como si el mundo entero contuviera la respiración.
—Entonces permite que te diga quién es —continuó, mirando un instante a la criatura—. Y por qué estamos aquí…
Soltó mi mano solo para tomar mis dedos con más firmeza, guiándome un paso hacia adelante, hacia la luz que se filtraba por la cúpula rota.
—La pregunta para conocer la verdad es…
Se inclinó, acercó sus ojos a los míos, casi tocando mi frente con la suya.
—¿Estás lista?
El silencio que siguió fue tan absoluto que pude oír mi propio corazón latiendo… y no estaba segura de que fuera mi corazón el que latía.—Eru… —la Señora habló con esa voz que parecía venir desde el fondo del agua—. Maquia tomó su nombre por tu culpa. Sí. La maquinaria de la ciudad blanca nació del plan del portador de la Llama Eterna: Soleil.
Supe, sin que nadie me lo explicara, que ese nombre era antiguo. Que quemaba.
—Escucha ahora —continuó ella—. Dentro de tus recuerdos, la verdad surgirá. Y tú decidirás si quieres conocerte más… o simplemente olvidarlo todo al despertar. Nosotras jamás recordaremos haberte visto. La niña seguirá su cauce, buscando refugio en los pocos viajeros que lleguen a las orillas del río. Oriak seguirá hablándote en murmullos, y sus espíritus y su magia te atraerán, de una forma u otra… pero sin que logres comprender nada todavía.
La Señora tocó apenas su pecho, como quien menciona algo sagrado.
—Serás libre de la ignorancia que cargarás en el corazón… hasta que decidas que esta podredumbre en tu mundo debe llegar a su fin. Cuando Frank ya no pueda sostener la idea de su ciudadela perfecta, o cuando descubra que sus niñas no pueden cargar con la verdad… él se irá. Y ustedes se quedarán con las dudas. Mientras tanto, el pobre Ar vagará entre ideas falsas y ataques… Y el mundo seguirá su cauce y su autodestrucción natural, para levantar raíces nuevas y recomenzar.
Tomó aire lentamente, como midiendo mis reacciones.
—O podrías aceptar la verdad —susurró—. Cambiar esta grieta. Transformar tu vida. Impulsar a las demás líneas en la revi. Visitar cada mundo en el que has estado. Y brindar la magia más poderosa de todas: la paz. La paz que todos buscamos… y que casi nadie encuentra.
Me sentía confundida. La verdad es que las palabras de la vieja resonaban dentro de mí, pero tenía miedo. Un miedo helado que no me dejaba concentrarme del todo.
Las preguntas que rondaban en mi cabeza no eran simples. Y no podía creer que yo tuviese que cargar con esto. De entre todos en este vasto universo… en cada grieta conocida… ¿Por qué yo?
Entonces la niña me ofreció un caramelo.
Lo sentí cálido en mi mano, tan cálido que mis ojos se abrieron solos.
Y pude ver Maquia.
Y pude verme a mí.
Estaba sobre un charco enorme de agua que se extendía hasta el horizonte, y mi reflejo brillaba en él.
Cabello blanco cenizo. Ojos rojizos que ardían como brasas dormidas. La delicadeza de una figura ligera, casi luminosa. La piel blanquecina. Y las orejas… singulares, afiladas, demasiado familiares.
Era otra.
Y sin embargo, no me incomodó.
Era otra… sí.
Pero era alguien demasiado conocida. Porque al verla, sentí un peso gigantesco desprenderse de mi pecho.
Me sentí ligera. Libre. Y, por primera vez…
Me sentí yo misma.
El brillo del charco empezó a diluirse. O tal vez fui yo quien dejó de mirarse a sí misma. Algo en el cielo, muy arriba de la cúpula rota, llamó mi atención: una línea dorada cruzó el firmamento como una flecha ardiendo, dejando un rastro tan luminoso que la lluvia suspendida pareció inclinarse hacia ella.
—¿Eso…? —alcancé a susurrar.
Unm siguió mi mirada. La niña también, y sin que me diera cuenta, llevé el chocolate a la boca. Se derritió lentamente en mi lengua, cálido, con un dulzor profundo que me llenó el pecho de una calma inesperada. Solo cuando sentí la suavidad de sus dedos entrelazarse con los míos supe que me había tomado de la mano.
—Es una historia vieja —dijo Unm, con la voz que usan los ancianos cuando cuentan leyendas alrededor del fuego—. Muy vieja. Quizá te suene como un cuento… pero no lo es.
La luz de la estrella fugaz se fragmentó en el cielo, estallando silenciosamente como un abanico dorado.
—A él lo llamaron Soleil —continuó—. El portador de la Llama Eterna.
Mi corazón dio un brinco. Ese nombre quemaba. No como fuego… sino como verdad.
—Así le dijeron cuando encontraron este planeta —Unm alzó el rostro, como si recordara algo sagrado—. Estaba en decadencia. Casi muerto. Sus mares eran barro, sus nubes eran polvo… y la vida apenas respiraba. Desesperados, idearon un plan. Lo llamaron el Revivir. O… la Revi.
Sentí un pequeño tirón en mi mano. La niña sonreía, animándome a escuchar.
—No tenían el conocimiento que tenemos ahora —siguió Unm—. Pero tenían fe. Los hangares se levantaron: gigantes, tan grandes como ciudades enteras. Dentro de ellos, materializaban fluidos con ADN, combinaban especies, encapsulaban semillas nuevas… Y luego las enviaban a la atmósfera. Máquinas esparciendo vida en el aire, fertilizando nubes, transformando suelo muerto en tierra fértil.
Me imaginé miles de luces ascendiendo desde las ruinas de un mundo enfermo. Una especie de lluvia invertida, naciendo desde abajo.
—Soleil —murmuró Unm, inclinando un poco la cabeza— fue uno de los que llegó en las estrellas llameantes para activar ese plan. No solo para salvar este planeta. Sino para reanimarlo. Vitaminarlo. Asegurarse de que… esta historia no volviera a repetirse.
La niña apretó mi mano, y sentí un escalofrío tibio recorrerme el brazo.
—Soleil comprendió la energía de las estrellas —prosiguió Unm—. Descubrió un hilo de materia-energía que conectaba mundos. Y así como hallaron luz y esperanza… también destaparon oscuridad. Una enfermedad oculta en la Revi. Algo que drenaba la vida, devorándola en silencio. Intentaba subsistir mutando, adaptándose… infectando lo que tocaba.
Un vacío helado se formó en mi estómago.
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