Continuación del capítulo 3.3
- Jonn All
- 12 may
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Un silencio pesado cae sobre nosotros… y se siente como si el aire fuera un cristal a punto de quebrarse.
La niña aprieta más fuerte mis manos.
Unm sigue:
—Si quieres seguir escuchando la verdad, tendrás que aceptar lo que eres.
Me trago el aire con dificultad.
—Eres Evernyou , Eru —dice con simplicidad, como si fuera un hecho cotidiano.
La niña levanta la vista hacia mí con ojos tristes, casi brillantes, y entonces suelta algo que me congela la piel:
—Yo existo solo para entregarte un mensaje.
Su voz no suena humana. Suave, sí. Pero vacía en los bordes. Como si cada palabra viniera de un hilo que sostiene su existencia.
Unm asiente.
—Cuando estés lista —dice—.
Unm inclina apenas el rostro, como si se acomodará dentro de una simple respiración. Su mirada pesa. Su voz también.
—Soleil —comienza— no fue solo el portador de la Llama Eterna.
Sus palabras caen lentas, como gotas densas que perforan el silencio.
—Fue el primero en descender con la luz que no pertenece a ningún cielo. La chispa que unía mundos. El vínculo entre el principio y el final. El guardián de la Revi… y el único capaz de despertar a quienes duermen en las grietas del tiempo.
Mi corazón da un vuelco extraño. No por miedo… sino porque algo en su tono ya lo conocía.
—Eso… —susurro sin darme cuenta— eso lo escuché antes.
Mis propios recuerdos, o fragmentos de ellos, regresan como destellos dorados que no sé dónde colocar. Soleil. El fuego. El plan. La caída sobre el mar helado.
Unm asiente una sola vez, rígida, impersonal, como si mi respuesta confirmara una pieza que llevaba años intentando encajar.
La niña aprieta mi mano con suavidad.
—Será más sencillo entonces —dice con una ligera sonrisa triste.
Y por primera vez desde que desperté, mi respiración deja de ser un choque brusco contra mis costillas. El temblor en mis dedos cede. El peso en mi pecho se acomoda un poco mejor.
Miro mis palmas una última vez, asegurándome de que no tienen sangre, ni hielo, ni restos del mar. Solo piel temblorosa.
Solo ahora logro levantar la mirada hacia ellas.
—Quiero saber quién es —digo, con la voz aún frágil, pero firme en el fondo—. Quiero saber la verdad.
La niña asiente, como si mi decisión fuera una llave que llevaba tiempo esperando que yo girara.
Unm, en cambio, entrecierra los ojos. No en juicio, ni en alegría. Sino como quien abre una puerta que había mantenido cerrada demasiado tiempo.
El aire alrededor cambia. Como si la habitación completa hubiera escuchado mi respuesta. Como si la luz suspendida sobre nosotros comenzara a vibrar en anticipación.
Y así, con el hielo del recuerdo aún pegado a mi piel, doy el paso que ellas querían:
Dejo de huir. Y me dispongo a escuchar quién es Soleil… y quién soy yo.
Yo sigo buscando en mis manos la sangre que no existe. Sigo escuchando el eco del agua. Sigo sintiendo el frío del mar congelándose bajo mi piel.
Y aunque esté despierta…
…una parte de mí sigue allá. En el borde del hielo. Frente a esas luces. A punto de romperse.
Unm habla antes de que pueda siquiera ordenar mi respiración. Su voz llega como si no viniera del exterior, sino de algún punto dentro del mismo espacio donde estoy suspendida.
Me dice que ahora puedo escucharla y entenderla porque estamos conectadas por la Revi. Que este estado —esta mezcla de sueño, memoria y cuerpo temblando— es una conciencia compartida. Por eso todo se siente tan real. Por eso duele así. Por eso la siento dentro de mí.
Me advierte que no volverá a hablarme de este modo. Que este enlace no debería existir. Que continuar escuchando a través de la Revi podría dañarme. Podría desgarrar lo que queda de mí.
Y, peor aún, podría destruir aquello por lo que me protegieron durante tanto tiempo.
Unm continúa, y sus palabras caen dentro de mí como gotas que despiertan memoria:
Dice que la niña existe solo para entregarme un mensaje, y que ella—Unm—fue creada para guardar los recuerdos de Maquia… los que yo ya no podía sostener sin desmoronarme.
Y entonces la verdad cae sobre mí con un peso que se siente antiguo.
Que yo no soy Mei. Que ese nombre es solo un refugio. Que mi nombre verdadero es Eru.
Siento que mi pecho se abre como si algo que estaba encapsulado se aflojara de golpe. Mi respiración cambia. La tibieza vuelve, acompañada de un estremecimiento que no puedo detener.
Unm me dice que soy la única Celestial original. Que no existe rastro de mi nacimiento, que simplemente aparecí… despierta, consciente. Una existencia imposible, casi divina.
Mis dedos tiemblan, pero no suelto a la niña ni a Itsuki. Me sostienen. Me recuerdan dónde estoy.
Ella me explica que mi memoria colapsó bajo el peso de mi propio poder. Y que por eso crearon a Unm: para guardar lo que ya no podía sostener. Lo que perdí. Lo que dejé caer.
Me estremezco. Porque lo que recuerdo del mar, del frío, de la luz… ahora empieza a tener forma.
Entonces Unm menciona las luces. El borde del recuerdo donde desperté aterrada. Y con él, un nombre: Soleil.
Mi corazón reacciona como si recordara antes que mi mente; se siente cálido, vivo. La niña aprieta mi mano, Itsuki también, como si notaran el cambio.
Unm dice que Soleil no era un héroe perfecto, sino un muchacho con fuego sobre el borde de una estaca de madera, y que camino alumbrando y pasando el fuego para guiar a los sobrevivientes entre la niebla, solo buscaba redención tras perderlo todo. Que él y Miwa vagaron por el cosmos después de que un astro devorara su mundo. Él y Miwa cruzaron el cosmos en busca de respuestas, con los restos de su gente aún atrapados en criogenia.
Y en ese viaje… me encontraron.
No como una profecía. No como una salvación universal.
Sino como una niña indefensa, asustada, perdida… con un poder sin nombre. Un ser que solo quería dejar de perder.
Mi respiración vuelve a temblar, pero ya no me asusta. Ahora es como si algo se desnudara dentro de mí.
Unm dice que Soleil me ocultó. Que me cuidó. Que aprendió conmigo sobre este planeta y lo llamó Maquia.
Entonces llega esa parte… La Revi. El mar. La escarcha. El cuerpo que no dejé ir.
Siento el recuerdo despertar, pero ya no me arrastra: se acomoda. Se ordena. Ahora puedo verlo sin ahogarme.
Unm me revela lo inevitable: Cuando abrí la puerta en la Revi, detuve el tiempo entero. No solo para aquel joven que intenté salvar, sino para todo el planeta. Ese acto hizo que otros mundos me detectaran. Que millones buscaran el poder que creyeron que yo tenía: la eternidad.
Y Soleil… el portador de la llama eterna… fue perseguido porque me protegía.
Pero él y Miwa sabían la verdad: que no existía forma de salvar a todos los universos. Que no existía prosperidad eterna.
Así que protegieron lo que sí podía vivir. Lo que sí podía transformar. A mí.
Eru.
Miro a la niña. Miro a Itsuki. Y el estrés, el mar, la escarcha y el miedo empiezan a disolverse dentro de mí.
—El joven del mar… —mi voz suena casi ajena—. ¿Quién era?
Unm exhala como si llevara siglos esperando esa pregunta. Su mirada se hunde en mí, no con dureza, sino con una especie de lástima silenciosa.
Me dice que Soleil, cuando aún era muy joven, viajaba de planeta en planeta recogiendo ADN de especies extintas. Lo hacía mientras minaban fragmentos de materia, buscando una respuesta a la destrucción de su tierra natal… y a la enfermedad invisible que los perseguía.
Dice que entre esos fragmentos, entre esas cápsulas criogénicas, debió venir él.
Una criatura que no debería haber sobrevivido. Un remanente. Un vestigio del Soha.
La palabra me estremece. No sé por qué, pero la siento antigua y dolorosa.
Unm continúa:
Soleil solo podía suponer que el muchacho provenía de alguno de los mundos muertos de los que recogió ADN, buscando patrones que explicaran la enfermedad. Pero en realidad no sabía quién era Ar, ni de dónde había salido exactamente. Lo único seguro es que en aquellos mundos también existían cazadores… y que todos ellos buscaban lo mismo: a la criatura primogénita. A mí.
Dice que el muchacho que yo salvé no era una clave, ni una respuesta. Era simplemente alguien. Una existencia solitaria, igual de abandonada que yo.
La vieja dice que, al conocerme, él vio algo que nadie más quiso ver. Que mientras todos estaban obsesionados con sobrevivir, él percibió en mí algo distinto a la utilidad. Algo que no encajaba con la conveniencia, ni con la desesperación científica.
Vio que yo era la única criatura de ese mundo que mostraba algo más allá de cualquier especie que había encontrado. Y un Yue tan poderoso que, aun sin entenderlo, sintió que debía protegerme.
No sé cuánto tiempo pasa antes de que mis labios vuelvan a moverse.
—¿Qué… es el Yue exactamente? —pregunto. Lo que conozco son fragmentos, reportes, cuentos sobre dolls. No sobre mí.
Unm junta las manos, como si la respuesta requiriera respeto.
Me dice que el Yue no es un simple recuerdo. Es la conjunción de muchos recuerdos de diferentes seres, unidos para formar una sola unidad. Esa unidad se llama tamashi.
Pero luego aclara algo que me paraliza:
Hay una unidad artificial —la que se construye para crear dolls, almas hechas de piezas— y hay una verdadera. Una natural.
Yo tengo esa. Un alma. Un Yue unísono, indivisible, irrepetible.
—Tú, niña… tú eres única —dice Unm.
El peso de sus palabras me presiona el pecho. No como un orgullo. Como un vértigo.
Entonces continúa, sin suavizar la herida:
El muchacho que salvé… debió haber sido enviado a matarme.
Debió haber cumplido órdenes. Debió haber terminado conmigo como si fuese una amenaza más.
Pero no lo hizo.
En cambio… murió por protegerme.
Y yo…
Yo lo salvé.
La escena vuelve a mí de golpe: el mar congelándose bajo mis manos, el cuerpo hundiéndose, mi desesperación rompiendo la Revi como una grieta abierta al infinito.
Unm afirma que fue justo entonces cuando Soleil y Miwa me encontraron. Que vieron lo que yo era capaz de hacer. Y tomaron una decisión que cambió mi historia por completo:
Protegerme. Ocultarme. Evitar que otros mundos me destruyeran para obtener aquello que creían que yo era.
Me quedo en silencio. El corazón me late fuerte, cálido, como si despertara algo antiguo.
Miro a la niña, cuyos ojos brillan con un cariño que no entiendo pero me reconforta. Itsuki, a mi lado, me sostiene la mano con firmeza.
Y por primera vez en mucho tiempo, siento que las piezas empiezan a acomodarse.
Que este dolor tiene un origen. Que esta soledad tuvo un principio.
Y que quizá… por fin estoy comenzando a recordarme.
Todo, poco a poco… empieza a tener sentido. Empieza a encajar.
Unm continúa hablándome con una crudeza que ya no me hiere; al contrario, comienzo a sentir que puedo respirar dentro de esa honestidad. Por primera vez desde que desperté en esta conciencia compartida, siento que puedo preguntar.
—Ella… —miro a la niña— ¿es una Doll? ¿Un eco del Yue?
—Sí —responde Unm sin rodeos—. Una Doll. Un eco construido a partir de un Yue muy específico. Alguien dejó un mensaje en ella, supongo. Sus recuerdos son particulares, casi afilados. Su Yue es fuerte… por eso sigue en pie. Sigue buscando la respuesta a su pregunta.
Me quedo inmóvil. —¿Su… pregunta?
—Sí. —Unm baja la mirada, como si nombrarla le exigiera una especie de respeto solemne—. ¿Qué es la vida?
La niña se acerca a mí sin miedo y me toma de la mano. Su piel es tibia, más tibia de lo que debería ser una Doll. La presión suave de sus dedos me obliga a mirar sus ojos; en ellos no hay artificio, solo una curiosidad infinita, casi dolorosa.
Mientras trato de comprender, Unm continúa, y lo que dice rasga todo un velo que yo ni sabía que existía:
—Los huérfanos del Shoá —dice—. Así se llamaba el grupo donde surgieron los primeros ecos como ella. Los restos de una guerra, de un hambre que devoró mundos enteros. Vivían bajo la custodia de Equidna.
Mi respiración se corta. —¿Equidna? ¿La… madre de todos los demonios?
—Esa misma —asiente.
—¿Q-Qué demonios?
La niña aprieta mi mano. —Nosotras —dice con suavidad, como si me consolara.
La arena bajo nuestros pies tiembla. Cambia. Se vuelve más oscura, más densa. Como si reaccionara a la palabra demonios.
Unm prosigue:
—Para muchos, los “demonios” eran solo eso que temían. Lo que parecía poderoso, distinto, incomprensible. Lo que se proyectaba desde su propio miedo. El miedo es natural en los seres vivos —añade—. El miedo a ser lastimado, a fracasar en sus propias pruebas, a no alcanzar sus metas, a no ser quien creen que son. Incluso el miedo a la verdad que prefieren no saber.
La niña asiente, casi con tristeza.
—Y nosotras —susurra— fuimos formadas a partir de los que ya no están. Por eso nos repudiaron. Ya te lo había dicho —solloza—
Unm respira hondo, como si removiera algo muy viejo.
—Dicen que las montañas de Maquia nacieron de las cenizas blancas —prosigue—. Que los padres de Equidna se acurrucaron sobre ella para protegerla cuando el mundo cayó. Que, al hacerlo, sus cuerpos se elevaron, cubriendo la ciudad como una coraza. Así se ocultó la llamada ciudad de los demonios.
La miro incrédula. —¿Esa… esa ciudad era Maquia? ¿Mi… Maquia?
—La misma —responde. Su voz no tiembla.
La niña suelta mi mano y se adelanta, dejando que la arena se torne luminosa alrededor de sus pies.
Unm continúa, con un tono que ya no es crudo, sino casi reverente:
—Las cenizas representaban un deseo antiguo… el más antiguo de todos. Dos Deidades heridas por la primera guerra. Separadas por eras. Perseguidas por la ambición de otros mundos. Nunca pudieron estar juntas.
Me arde el pecho. No sé por qué.
—Cuando por fin se encontraron —continúa— fue en su último aliento. Cansadas. Rotas. Decidieron dejar atrás su lucha eterna. Llegaron a Maquia con un único deseo: estar juntas, aunque fuese al final.
La niña hace un gesto, como si escuchara un eco muy lejos de aquí.
—Sus corazones —dice Unm— quedaron reducidos a cenizas blancas. Esa fue su ofrenda. El tesoro que garantizaría vida próspera para todos los que huían de la guerra.
Y entonces veo Maquia renacer en la arena que nos rodea.
Un horizonte vibrante. Colores que respiran. Una estrella ardiente cuidándonos desde arriba. Lunas que acunaban el océano. Selvas vivas, montañas irregulares, brisas que parecían hechas de música.
Maquia.
Mi hogar. Mi mundo. Mi pérdida.
Siento que algo dentro de mí se quiebra y se abre al mismo tiempo.
—Eso… —susurro— …eso era Maquia.
Unm asiente despacio.
Y en ese instante, por un latido, siento que algo olvidado dentro de mí respira otra vez.
Al principio no entiendo qué es lo que siento.
Es demasiado vasto. Demasiado antiguo. Demasiado mío.
La imagen de Maquia —esa Maquia viva, cálida, respirante— se despliega frente a mí como si hubiera estado esperando siglos detrás de mis ojos, aguardando el momento exacto para regresar.
Y cuando regresa…
Me rompe.
¿Qué debería sentir una criatura como yo? ¿Una Celestial? ¿Una primigenia? ¿Una deidad?
No lo sé.
Lo único que sé es que me arde la garganta.
Lo único que sé es que mis manos tiemblan.
Lo único que sé es que, por un instante, deseo volver a ser Eru entre esas montañas, bajo esas lunas suaves, escuchando el ritmo de ese mar que ahora solo existe en mis recuerdos.
El peso de todo ese pasado cae sobre mí como una ola, pero no una que me arrastre, sino una que me revela. Me doy cuenta de que no estoy respirando. Quizá no he respirado desde que el mar me arrancó lo que más quise proteger.
La niña me observa. Itsuki no suelta mi mano. Unm me deja ese espacio que duele, pero que necesito.
Y entonces llega el golpe final: un vacío repentino que nace justo en el centro de mi pecho.
Un vacío que no es ausencia. Es reconocimiento.
Yo estuve ahí. Yo caminé esas tierras. Yo conocí esa luz. Yo sentí esa prosperidad que ahora no existe. Yo perdí ese mundo.
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