top of page
Buscar

Continuación del capítulo 3.4

Siento los ojos calentarse, y sé que no debería llorar. Sé lo que significa para una criatura como yo derramar lágrimas dentro de la Revi.

Pero no puedo evitarlo.

Mis lágrimas son silenciosas, no dramáticas, pero caen con un peso que parece arrastrar eras enteras. Cada una que toca el suelo se hunde como si el universo reconociera lo que soy, como si aceptara que por primera vez en mucho tiempo estoy permitiéndome sentir.

—Era… real —susurro, sin aire—. Todo esto… era mío…

Y con ese pensamiento, la culpa llega. Oscura. Densa.

¿Qué hice? ¿Qué no hice? ¿A quién perdí? ¿A quién maté sin querer? ¿De qué huí? ¿A quién abandoné?

No puedo formular ninguna pregunta en voz alta. Si lo hago, temo que la respuesta me devore.

Quiero aferrarme a algo, pero mis dedos se cierran solo sobre aire. Mi pecho arde, como si alguien encendiera cenizas que creí muertas.

La niña vuelve a tomar mi mano. Un gesto simple. —susurra— Vez te lo había dicho antes… Pero algo en mí se acomoda al contacto.

Itsuki se adelanta un paso, acercándose sin invadir. Puedo sentir su calidez. Puedo sentir la sorpresa y la preocupación de ambos.

Unm se mantiene en silencio.

Ella sabe que no debo ser interrumpida. Que esta herida no puede venderse con palabras fáciles.

Respiro por primera vez, y el aire tiembla al entrar.

—Yo… yo lo perdí todo —digo, y la verdad de esa frase me parte en dos.

Pero no estoy destruida. No del todo.

—No— Me interrumpe Unm, con una fiereza en sus ojos casi retando al destino, —Tu eres todo. 

— El Ark número cero tres. Buscala hay llegaste en Equidna.

—Pero; Hay algo más debajo de todo ese dolor… una luz pequeña, casi oculta, como un corazón que aún late en las ruinas.

Lo sé porque mi Yue tiembla, pero no se deshace.

Porque algo —algo que no recordaba— sigue de pie.

Por desgracia, la guerra estaba lejos de terminar. Aquella prosperidad que había llenado Maquia se volvió nuestro mayor temor. Cuando más vulnerables estábamos, comenzamos a desconfiar del enorme poder de los Elder. El hambre seguía consumiéndonos, las cicatrices de los exilios dolían, y lo incomprensible siempre genera miedo. Creímos correcto cuestionarlos. Incluso perseguir aquello que imaginábamos justo.

Pero las cosas siempre pueden torcerse.

Y así ocurrió.

Llegaron a Maquia buscando a Equidna. El Rey, abrumado por la presión, intentó negociar un tratado de paz. Intentó detener la tormenta.

Y fue traicionado. Murió sin que nadie pudiera impedirlo. Entonces… Maquia cayó.

La arena a nuestro alrededor comenzó a levantarse, formando un torbellino que reconstruía la ciudad tal como fue: viva, hermosa, creciendo al pie de aquel majestuoso castillo que parecía salido de un cuento. Sentí un nudo en la garganta. Era tan real… tan cercano… como si mis propios pasos hubieran resonado allí alguna vez.

Pero en un instante, todo se derrumbó.

El castillo cedió. Las calles se partieron. Miles de voces gritaron, desgarradas, mientras la ciudad ardía y se resquebrajaba ante mis ojos. Lo vi desde arriba, como si fuese un ave sobrevolando un campo de batalla, incapaz de tocar nada, incapaz de salvar a nadie.

La historia siguió.

Reclamaron el trono. Se proclamaron salvadores. Prometieron revelar la verdad, erradicar a los demonios, acabar con los diferentes: los de cuernos, los de miradas extrañas, las bestias de poderes inimaginables. Prometieron seguridad. Prometieron claridad.

Pero en sus palabras no había verdad. Había ambición. Había envidia.

Y aun así… los débiles cedimos a la seducción de la promesa. Declaramos la guerra a quienes nos habían salvado. Olvidamos el origen verdadero del conflicto, porque resultaba más cómodo fabricar uno nuevo.

Manchamos de sangre las cenizas. Y comenzó la caza de Equidna.

La “Demonio”.

Me escuché protestar sin darme cuenta:

—Espera… espera un momento. La ciudad de los demonios… ¿no se supone que el Héroe fue quien acabó con ellos? Eso significa que Equidna era… era el Dragón…

Unm no apartó la mirada.

—Sí. El Héroe traidor.

El corazón me dio un vuelco.

—Pero… él se enamoró de ella, ¿no? También sucumbió a la maldición… también fue seducido…

Unm no me dejó terminar. Su presencia se endureció en la Revi.

¿Es que no lo entiendes?, me transmitió sin palabras.

La arena se detuvo de golpe. El torbellino cayó en silencio. Todo quedó suspendido.

Y entonces lo vi: una planicie blanca, desierta, donde asomaba la fachada de una torre antigua, solitaria, como un recuerdo que apenas se mantiene en pie.

Mi mente se apaciguó, desconcertada, intentando comprender qué era lo que debía ver, qué pieza faltaba en ese rompecabezas que parecía reconstruirse dentro de mí.

—Entenderlo… —susurré, casi sin aire.

La niña, radiante como un pequeño sol, me miró con una ternura que me partió el alma. Su sonrisa era hermosa, cálida.

Pero sus palabras fueron un golpe.

—Tú… eres idéntica.

Sentí que algo dentro de mí se quebraba.

—¿Cómo? No… yo… imposible…

Pero la certeza ya estaba ahí. Temblaba dentro de mí como una verdad antigua, enterrada, que al fin volvía a despertar.

Y entonces, como un golpe seco en medio del pecho, lo comprendí.

No era solo una historia, no era un cuento trágico repetido por mil voces distorsionadas. Era mi historia.

La arena tembló y, con ella, algo dentro de mí se quebró. Recordé… no, sentí los fragmentos que siempre habían estado ahí, ocultos entre sueños rotos y ecos de miedo. Eran imágenes sueltas: manos señalándome, rostros retorcidos por el odio, susurros que nunca entendí. Había creído que eran pesadillas, que mi mente me jugaba bromas crueles.

Pero no. Eran recuerdos.

El día en que Maquia cayó en desgracia… habían venido por mí.

Me buscaron desde todos los rincones, gritando mi nombre como una acusación. Equidna. La maldita. La bruja. La demonio. La causa de toda miseria.

Me señalaron como la raíz de su sufrimiento, como si mi sola existencia hubiera convocado la guerra. Decían que mi belleza era imposible, una ilusión creada por magia oscura. Que mis poderes —que yo ni siquiera comprendía— eran demasiado vastos como para pertenecer a alguien que no fuera un monstruo.

Y lo peor… Dijeron que las Dolls —estas criaturas nacidas de fragmentos, recuerdos y cuerpos vacíos— eran obra mía. Una aberración que solo un demonio podría crear.

Mentiras. Todo eran mentiras.

Yo… Yo no sabía nada. Era inocente. Ignorante de la política, de las heridas antiguas, del resentimiento que se acumulaba en los corazones de los hombres. Yo solo existía. Y por existir así, como era, me odiaron.

La arena volvió a moverse, pero ahora no era un escenario: era un espejo. La niña me observaba con esa sonrisa dulce que contrastaba horriblemente con la verdad que acababa de revelar.

“Tú eres idéntica.” Había dicho.

Y lo entendí. No era una semejanza. No era una coincidencia. Era la verdad desnuda.

Yo era Eru. Y Eru era Equidna. La perseguida. La condenada. La malinterpretada.

Una corriente helada recorrió mi espalda. Sentí cómo el aire se escapaba de mis pulmones, cómo el peso de siglos me caía encima.

Y de pronto… como un rayo que atraviesa una tormenta, apareció un pensamiento que me atravesó el corazón.

Soleil. Miwa.

Sus miradas. Su urgencia. Su miedo. Su determinación.

Ahora lo entendía.

Arriesgaron todo para esconderme. Desafiaron órdenes, leyendas, linajes y poderes imposibles. No porque yo fuera peligrosa. No porque fuera un arma.

Sino porque… yo era inocente. Y el mundo entero quería destruirme por algo que jamás hice.

Unm me mira fijamente antes de continuar. No como quien relata una leyenda, sino como quien entrega algo que pesa.

—Escucha bien, Eru —dice—. La historia de Soleil no empieza con gloria. Empieza con culpa.

Me explica que su planeta no murió de una vez. Se apagó lentamente, como un cuerpo que ya no puede sostenerse. Un virus —uno que ellos mismos desataron creyendo que podían controlarlo— comenzó a devorarlo todo. Pensaron que su conocimiento bastaría, que aún podían salvar un mundo agotado.

—Crearon una cura —me dice—. Funcionó… solo por un tiempo.

El planeta ya estaba demasiado dañado.

Unm camina despacio a mi alrededor, como si cada paso ordenara los recuerdos.

—Trazaron entonces una ruta para recomponerlo. No era inmediata, Eru. Hablamos de siglos. Cientos de años para que el mundo volviera a ser habitable. Querían dejarlo vivo para quienes aún no habían nacido.

Se detiene frente a mí.

—Pero quienes tenían poder y riqueza no aceptaron esperar.

Pronuncia la palabra con desprecio:

—Ark-as.

Me dice que construyeron enormes estructuras de criogenia. Allí suspendieron los cuerpos para evitar su degradación, y separaron las memorias de la carne. Las conciencias fueron guardadas en cristales llamados témpanos.

—Fragmentos de vida detenidos —dice—. Lunas artificiales flotando en la nada, esperando un despertar que nunca llegó como fue planeado.

La guerra, me explica, no se detuvo ni siquiera entonces.

—Despertaron algo —continúa—. Los relatos lo llamaron dragón.

Unm niega con la cabeza.

—Tal vez nunca fue una bestia. Tal vez fue una singularidad. Una consecuencia. Algo que no supieron contener.

Me dice que varias arcas fueron destruidas. Que el plan colapsó. Que las memorias se perdieron o quedaron dañadas.

—Y en medio de ese desastre —me mira directo—, Soleil despertó.

No completo. No entero.

—Un programa de emergencia le otorgó recuerdos parciales. Lo justo para darle dirección, no verdad. Sabía que debía buscar a alguien. Sabía su nombre: Miwa. Nada más.

Escaparon.

—Huyeron sin comprender qué habían sido, ni qué habían perdido —me dice—. Sin memoria clara del origen del Sol que cargaban, ni del vínculo real que los unía.

Unm baja la voz.

—Ahí se rompen los registros, Eru. Lo que vino después lo reconstruí observando, guardando, conectando fragmentos.

Siento el peso de sus palabras en el pecho.

—Soleil no fue un elegido —me dice—. No fue un salvador. Fue alguien arrancado de su tiempo, cargando errores que no entendía, caminando sobre ruinas que otros provocaron.

Hace una pausa, breve, precisa.

—Un joven sin mundo. Buscando sentido. Buscando redención sin saber siquiera de qué.

Entonces lo entiendo.

Por qué no me vio como una respuesta. Por qué no me usó. Por qué me escondió.

Unm lo dice antes de que yo lo haga.

—Porque él también era una consecuencia. Un resto. Un sobreviviente de decisiones ajenas.

Guarda silencio.

Y en ese silencio, algo dentro de mí se acomoda. No con alivio, sino con claridad.

El universo no está hecho de héroes ni demonios. Está hecho de errores que intentan no repetirse.

Unm se hace a un lado.

No se va. No desaparece. Solo guarda silencio.

La niña ocupa su lugar con naturalidad, como si ese espacio siempre le hubiera pertenecido. Cuando me mira, siento que no me observa desde afuera, sino desde dentro, como si caminara por mis pensamientos con pasos suaves.

Me aprieta la mano antes de comenzar.

Me explica que existen criaturas llamadas primigenios.

No nacen como los demás. No son creadas. Surgen de los planetas mismos.

Son las primeras en existir. Las raíces vivas de los mundos. De ellas —dicen— brota la vida de todas las demás especies. No gobiernan, no juzgan, no deciden destinos. Simplemente existen… y por existir, transforman todo a su alrededor.

Mientras la escucho, algo en mi pecho responde, como si esas palabras tocaran una verdad dormida.

Me dice que Soleil sabía de ellas. Que por eso buscaba un planeta habitable.

No quería un refugio. Quería un hogar.

Quería formar una familia con Miwa. Redimirse. Creían que, si encontraban un mundo estable, podrían despertar las arcas perdidas y reparar aquello que habían dejado atrás.

Pero algo salió mal.

La niña no conoce todos los detalles. Solo sabe que, mientras viajaban minando restos de civilizaciones muertas, buscando respuestas entre escombros antiguos… la nave perdió su ruta. Algo falló. El trayecto se quebró.

Llegaron a este cuadrante.

Así nació la historia de la estrella fugaz.

Soleil descendió con tecnología muy avanzada. Más limpia. Más precisa. Distinta a todo lo que el planeta había visto. Eso hizo que muchos confiaran… y que otros comenzaran a temer.

Con el tiempo, gracias a su conocimiento, las cosas mejoraron. La tierra volvió a dar frutos. El agua se estabilizó. Las enfermedades cedieron. Las ciudades crecieron.

Pero no todos estuvieron de acuerdo.

La niña me cuenta que algunos llamaron magia a esa tecnología. No para comprenderla, sino para justificar su miedo. Se formaron alianzas secretas para arrebatársela, para destruir lo que Soleil y Miwa habían construido.

La guerra interna comenzó.

Mientras tanto, pueblos que se decían aliados aprovecharon la división. Robaron materiales. Dañaron rutas. Sabotearon acuerdos. Y al mismo tiempo, otras guerras estallaban cerca de este mundo.

La pobreza creció. La vida se volvió frágil. El planeta empezó a enfermar.

Fue entonces cuando la tecnología de Soleil —esa magia— comenzó a sanar el mundo otra vez.

El planeta respondió.

Soleil ganó la disputa interna.

Pero no estaban solos.

Existían otros. Otros con conocimientos similares. Otros que necesitaban algo de este planeta.

Cristales.

Y entonces… ella apareció.

La niña baja un poco la voz cuando llega a este punto.

La hermosa criatura mágica.

Muy pocos la habían visto, pero todos hablaban de ella. Decían que era el alma del planeta. Que de ella nacían los cristales. Que su sola presencia alteraba la realidad.

Las historias crecieron sin control.

Le atribuyeron el poder de detener el tiempo. De desaparecer. De sanar o destruir el mundo con solo mirarlo.

La llamaron la Prime.

Un planeta incapaz de defenderse no pudo ocultarla por mucho tiempo.

La búsqueda comenzó.


 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Continuación del capítulo 7.7

Otra cosa que… voy a tener que aprender rápido. Aprieto un poco más la almohada contra mí. Y por un momento… Quiero pretender que escuchó el leve sonido de la ciudad allá afuera. Y el eco de todo lo q

 
 
 
Continuación del capítulo 7.6

Y yo… Solo seguía intentando entender qué estaba pasando. Porque cuanto más avanzábamos entre aquella ciudad de luz amarilla, magia y belleza… Más sentía que nosotros no pertenecíamos ahí. O peor. Que

 
 
 
Continuación del capítulo 7.5

Según los registros, Leim era el nombre de la deidad madre… la que dio origen a todo: tierra, ríos, mares… Y ese punto exacto— La puerta frente a nosotros— Era donde, supuestamente, todo comenzó. Ahor

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page