Continuación del capítulo 3.5
- Jonn All
- 12 may
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Al principio, algunos querían poseer ese poder. Otros querían destruirlo, convencidos de que sin ella todo lo robado valdría más. Muchos solo buscaban dinero, influencia, dominio.
La cacería se volvió inevitable.
La niña me explica que Soleil y Miwa tuvieron que enfrentarse no solo a ejércitos dentro del planeta, sino a amenazas externas: religiones, creencias, asentamientos enteros que construyeron su fe alrededor del miedo.
Mientras la escucho, algo se acomoda dentro de mí.
No era una historia de héroes. Era una historia de miedo.
Y en medio de ese miedo…
La niña aprieta mi mano un poco más.
No me mira de inmediato. Mira hacia el suelo… y entonces el mundo responde.
El aire se enfría.
La luz se vuelve opaca, como si una capa de escarcha invisible comenzara a extenderse desde nuestros pies. El sonido del lugar se apaga poco a poco, hasta que solo queda un murmullo profundo, lento, parecido al latido del mar.
La niña alza la mirada hacia mí.
Me dice que ese fue el momento.
El instante en que dejé de ser solo una criatura oculta… y me convertí en una señal.
El paisaje cambia.
El suelo desaparece bajo mis pies y, sin darme cuenta, vuelvo a estar allí: sobre la inmensidad del mar primigenio. El agua oscura se extiende hasta donde alcanza la vista, pesada, viva. El cielo es bajo, denso, como si también estuviera conteniendo la respiración.
Siento el frío antes de entenderlo.
La niña me explica que el mar no se congeló por voluntad ni por ira.
Se congeló porque yo no acepté la pérdida.
Porque al tocarlo, no pedí permiso al mundo. Le exigí que se detuviera.
Mis lágrimas caen… y el agua responde.
El hielo nace desde mis dedos y se extiende en círculos lentos, solemnes, como una promesa que el planeta no puede romper. La escarcha avanza, capa tras capa, silenciando las corrientes, apagando el tiempo.
La niña me dice que ese acto no fue un milagro.
Fue un llamado.
La Revi se abrió como una herida luminosa. No hacia arriba ni hacia abajo, sino hacia todas partes. Una vibración recorrió las venas del universo, y quienes sabían escuchar la sintieron.
Por eso llegaron.
Por eso comenzaron a buscar.
No fue por los cristales. No fue por la leyenda.
Fue porque el mundo gritó mi existencia.
Veo el cuerpo flotando bajo el hielo, suspendido en un silencio perfecto. Siento otra vez mi desesperación, mis manos temblando, mi respiración rota al buscar un latido que se apagaba.
La niña no me aparta de ese recuerdo.
Me deja mirarlo.
Me dice que, en ese instante, yo no pensé como una diosa. Pensé como alguien que no estaba dispuesta a dejar morir a quien la había protegido.
Y el planeta obedeció.
El mar entero quedó atrapado en ese gesto.
No solo para él.
Para todos.
El tiempo se detuvo allí, no como castigo, sino como refugio. Un umbral congelado donde la muerte no podía avanzar… pero tampoco retroceder.
La niña me dice que fue ahí cuando Soleil y Miwa me encontraron.
No me buscaron por poder.
Me encontraron por dolor.
Porque ninguna criatura ordinaria podría haber hecho que un mundo entero se detuviera por amor.
La escarcha comienza a resquebrajarse.
El mar se desvanece lentamente, como un recuerdo que vuelve a dormirse. El frío retrocede, pero la sensación queda, clavada en mi pecho.
La niña me mira.
Me quiebra como el hielo antiguo: primero una fisura, luego otra, hasta que el peso de todo lo que estoy comprendiendo me atraviesa el pecho y me deja sin aire.
No tengo recuerdos de una vida anterior. Desperté en Maquia, el reino blanco, y lo primero que vi fue a Soleil.
Yo lo conocía como un Elder. Una figura firme, sabia, casi inalcanzable.
Y ahora dicen que, la verdad: no era un dios. Era un sobreviviente.
Uno más, como nuestros fundadores.
Él me mostró lo que llamaban magia.... Me enseñó a reparar el Yue, a resguardar la Esencia con los Kami. A preservar recuerdos. A sanar el planeta, como si cuidar la memoria fuese también una forma de salvar el mundo.
Eso es lo que me dicen ahora.
Pero Soleil no estaba solo.
Construyó un futuro para su familia, y muchos lo siguieron. Así nació el pacto de paz en Maquia. La ciudad blanca se volvió próspera, envidiada incluso por otros mundos. Perfecta. Sin necesidad de revivir eternamente. Los Kami protegían las Yue con celo, los recuerdos estaban a salvo, y la guerra parecía incapaz de alcanzarnos.
Maquia se movía. Vivía. Funcionaba por la Revi.
Pero entonces comenzaron a llegar más Elders. Criaturas primigenias.
Tener ese conocimiento —esa tecnología— atrajo miradas ajenas. Reinos enteros pidieron ayuda, rescates, respuestas. El conocimiento no se negó… pero no todos buscaban paz. Muchos deseaban poder.
Y ante las disputas, amenazas y conflictos — fueron expulsados.
Los Elders decidieron cargar con el peso del conflicto. Se exiliaron por voluntad propia, para que el reino pudiera respirar. Pero ese exilio trajo consigo rumores, verdades rotas, historias incompletas.
Y entre ellas… una.
Una joven heredera de Soleil.
Equidna.
Mi estómago se contrae al oír ese nombre.
La describían como una criatura de belleza imposible. Cuernos que emergían con la misma naturalidad que su gracia. Decían que su hermosura era tan abrumadora que doblegaba la voluntad, que hacía recordar cuán frágil podía ser cualquiera ante lo que no comprendía.
Los bardos cantaban sobre ella. Las memorias musicales la inmortalizaron.
La diosa más hermosa. La reina de los demonios.
Ese no fue su nombre original. Pero así la conocieron.
Decían que traería desgracia al reino.
Y cuando la historia se torció… cuando Maquia comenzó a ser vista como amenaza… muchos la señalaron como la causa. Relaciones se rompieron. Alianzas se alejaron. El desprecio creció donde antes había admiración.
Mi pecho duele.
La niña aprieta mi mano y me mira con una ternura que me desarma.
Me dice, con suavidad, que cree que ya estoy empezando a entender.
Que en su mensaje coexiste esto:
Que aquel joven del mar… podría haber sido la bestia de Valgrant. El lobo. Una criatura idéntica al rey del norte, el gobernante eterno de Valgrant —así se llama su estrella—. No saben cómo cruzó. No saben cómo llegó hasta mí.
Solo saben que, creen que lo era.
No tiene más información. Solo la verdad que ahora empieza a tomar forma dentro de mí.
Unm asiente en silencio. Cierra los ojos con un gesto sereno, casi aliviado, como si al fin hubiera entregado un peso que llevaba demasiado tiempo sosteniendo.
Yo miro a mi alrededor.
Con un movimiento lento, casi defensivo, recargo el rostro en mi hombro y busco mi reflejo en el agua. Necesito verlo. Necesito reconocerlo.
Ojos rojizos, como brasas dormidas. Cabello blanquecino, pálido, ardiente. Orejas puntiagudas. Piel clara, casi luminosa.
No digo nada.
Solo me observó, con el cielo estrellado como testigo.
—Eru —dice Unm, pronunciando mi nombre como si lo devolviera a su sitio—. Ya no puedes fingir que no sabes quién eres.
No siento miedo al oírlo. Siento peso. Responsabilidad.
—Es hora de regresar —digo, creyendo que con eso basta.
Unm niega con la cabeza.
—No aún.
Su mirada es fría, vacía, como si hablara desde un lugar donde el tiempo dejó de doler.
—Existe una paradoja —continúa—. Y tu tiempo no es igual al de los otros seres. Necesito que intentes comprenderlo.
Frunce apenas el ceño antes de añadir:
—La niña ya cumplió su cometido. Su historia termina aquí.
El frío me atraviesa.
—¿Qué…? —mi voz se quiebra—. ¿A qué te refieres?
La niña se adelanta. Aprieta mi mano con suavidad, pero no sonríe.
—Aún no lo entiendes, ¿verdad? —me dice—. Tú ya lo viviste. Lo sufriste otra vez… sin poder cambiarlo.
Mi respiración se vuelve inestable.
—¿La paradoja…? —preguntó, volviéndose hacia Unm—. Explícame, por favor. ¿Esto tiene que ver con el tiempo?
Unm suspira.
—Sí —responde—. Y lamento que así sea. Las paradojas son la barrera más grande del universo… y también lo que le permite seguir su camino.
Da un paso hacia mí.
—¿Recuerdas cuando te dije que necesitabas un motivo?
Asiento.
—Ese motivo —dice— es el puente. Las paradojas son el mecanismo de protección del destino. Revivere las conforma, y con ellas define el curso del universo.
Hace una pausa, como si midiera cuánto puedo soportar.
—Imagina que alguien que amas muere en un accidente —continúa—. Y descubres que puedes regresar el tiempo con Revivere para evitarlo.
—Lo haría —respondo sin pensarlo—. Sin dudar.
La niña aprieta mi mano con más fuerza.
—Ahí está el problema —dice Unm—. Si lo haces, creas la paradoja.
—Si el daño nunca ocurrió —prosigue—, ¿para qué regresaste el tiempo? Y si el destino vuelve a alcanzarlo, y regresas otra vez… quedarías atrapando a todos en un ciclo infinito.
La niña baja la voz.
—Un berrinche eterno —dice—. Egoísta. Sin sentido.
Las palabras me atraviesan con cruel precisión.
—Las paradojas no castigan —concluye Unm—. Impiden que el dolor gobierne el universo.
Algo se acomoda dentro de mí.
Entonces miró a la niña.
—Tú… —murmuró—. No eras solo un eco, ¿verdad?
Ella niega despacio.
—Soy el límite —dice—. Existí solo para traerte hasta aquí.
Unm asiente.
—Y ahora sabes lo suficiente para continuar —dice—. Pero escuchar la verdad tiene un precio, Eru.
Respiro hondo.
No hay marcha atrás.
—Lo sé —respondo.
Acepto mi nombre, mi naturaleza. Acepto que recordar no es cambiar… sino comprender.
Y mientras la niña me suelta la mano por última vez, entiendo que no estoy despertando.
—Estás asumiendo —dice Unm, como si leyera mi pensamiento.
La niña da un paso atrás.
Sus ojos, opacos pero atentos, recorren primero a Itsuki… luego a mí. Hay algo urgente en su respiración, como si el tiempo se le estuviera acabando.
—Antes de irme —dice en voz baja— debo contarles algo. No para que me entiendan… sino para que sepan quién está detrás de mí.
Unm se mantiene en silencio, observándola.
—El lugar al que viajé… —continúa— no fue un error. Me siguieron. Usaron una criatura para rastrear el olor de una Doll con mensaje. Sabían que yo existía.
Itsuki aprieta los puños.
—El hombre que murió allí —dice la niña— no murió por accidente.
El aire se vuelve pesado.
—Ese señor… fue mi culpa, él estaba conmigo. Decía que era normal. Que así se quería a una muñeca.
Mi pecho se contrae.
—Un día dijo que contaría a los demás que yo caminaba extraño porque él era lindo conmigo, o qué les diría que mi ropa era su culpa… que me lastimaba. Así que necesitaba solo sentir y no ver, así nadie me creería.
Hace una pausa breve.
—Entonces me quemó los ojos. Dijo que así jamás podría reconocerlo. Que eso… también era querer.
Itsuki ahoga un sollozo. Yo no puedo moverme.
—A muchos les daba asco que fuera una muñeca —continúa—. Me dejaban en las orillas del río. Hacían conmigo lo que querían. No por odio… sino porque no sentían nada. Nadie quiso ayudar. Siempre dijeron que yo era solo una replicante.
Sus manos tiemblan.
—Cuando ella me encontró… —dice, mirando a Unm— ya no caminaba como una señorita.
Unm da un paso al frente entonces, y es su voz la que toma el peso de la historia.
—Yo vine a buscar a la pequeña —dice—. Esa gente me ha estado siguiendo desde hace mucho tiempo. El viejo asqueroso acertó en algo: era una muñeca.
Como la niña nunca reaccionó… nadie cuestionó nada.
Unm baja la mirada.
—Cuando por fin pude encontrarla, ya cargaba demasiados recuerdos. Quise ayudarla… y le regalé uno antiguo. Un recuerdo de un mundo perdido.
—¿Un mundo perdido? —pregunta Itsuki, con la voz rota.
Yo también me acerco un poco más.
—Dinos —susurro—. ¿Qué mundo era?
Unm exhala despacio.
—Lo único que podía ilusionarla… fue decirle que era un ángel.
Itsuki y yo nos miramos, confundidas.
—¿Un ser con alas? —pregunta Itsuki— ¿Magia para volar?
—No —responde Unm con suavidad—. No un ángel como ustedes lo imaginan. Un ángel era un mensajero, en una lengua muy antigua. Por eso la confundieron con un demonio.
El silencio duele.
—Le dije que no se preocupara —continúa Unm—. Que cuando cumpliera su cometido, yo le daría magia para pedir su último deseo.
La niña vuelve a hablar, con una voz pequeña… casi feliz.
—Nunca había comido como el día que me dieron la tarea de entregar el mensaje. Soleil me invitó a un banquete… Había cosas ricas. Desde entonces deseé volver a sentir eso. Lo que me dieron Sol y Miwa.
Unm asiente.
—Pensé que pediría comida. Algo dulce. Pero con ustedes… tuvo caramelos.
Mira a Itsuki. Luego a mí.
—Eso formó el vínculo que necesitaba. Para saber, incluso sin verlos, que eran ustedes. Que no abusarían de ella.
Itsuki rompe en llanto.
—Unm… —dice entre sollozos— dime… ese día… ¿qué dijo que pediría?
Unm sonríe.
Y empieza a llorar también.
—Dijo que pediría un dulce —responde—. Uno para compartirlo con ustedes. En ese momento… tenía sentido.
Hace una pausa larga.
—Ahora veo que su deseo cambió.
—Pero… —interrumpo, con la voz temblando— sigue siendo un gran deseo.
La luz comienza a envolver a la niña.
Y entonces despierto.
Un resplandor blanco me atraviesa el pecho.
Estamos exactamente donde Unm nos dejó dormidas.
Pero Itsuki está en el suelo, llorando, abrazando el cuerpo pequeño e inmóvil de la niña.
Me acerco.
Mei permanece de pie. Su cuerpo ha cambiado lo suficiente como para atraer miradas. Lágrimas silenciosas recorren su rostro.
A nuestro alrededor, la estructura responde.
Uno a uno, evocan llamas en la punta de los dedos.
No es un ataque.
Es un ritual.
Una despedida antigua que nombra lo innombrable.
Un alma se ha perdido.
Y entonces Unm rompe el silencio por última vez.
—Su nombre… —dice— era Shokou.
El suelo blanco vibró, apenas.
—Pidió… —dijo Unm con la voz desnuda— que nadie más tuviera que aprender qué es la vida de esta manera.
Itsuki levantó el rostro, todavía húmedo de lágrimas, sin comprender del todo.
—¿Eso… es posible?
Unm no respondió de inmediato.
El aire y la brisa se agitaron. No era precision. Fue más bien como cuando algo se reacomoda en silencio.
—Los deseos pequeños —dijo al fin— no rompen el universo. Los deseos puros… lo obligan a corregirse.
Entonces ocurrió.
Solo… un ajuste.
Muy lejos de allí, en rutas que nadie observaba, los rastreadores perdieron el rastro de las Dolls. Las criaturas olfativas olvidaron ese aroma específico, como si jamás hubiera existido.
No desapareció.
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