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Continuación del capítulo 3.6

 Se volvió incompleta. Imprecisa. Insuficiente para justificar el odio.

Un silencio aterrador nos atravesó.

—No el mal —continuó Unm—. No la violencia. Sino la facilidad de no sentir nada.

Fue entonces cuando lo sentí.

No como dolor.

Como una presión súbita en el pecho, un impulso instintivo que me hizo llevar la mano al corazón, como si algo invisible me empujara desde dentro.

Itsuki lo notó antes de entenderlo.

—Eru… —susurró— ¿te duele?

Negué con la cabeza. Pero mi respiración había cambiado.

—No… —respondí al fin—. Pero ahora…

Levanté la mirada. Y en ese instante supe que no estaba mirando a Itsuki, ni a Unm, ni siquiera a la estructura que se apagaba.

—Ahora… sé cuándo alguien no puede sentir.

Unm cerró los ojos.

—Ahí está la paradoja —dijo—. Ella no salvó el pasado. No cambió su historia. No se protegió a sí misma.

El universo no lo permitió.

—Entonces… —pregunté, con la voz quebrándose— ¿qué hizo?

Unm me miró. Y en sus ojos no había dureza. Solo una ternura tan profunda que dolía sostenerla.

—Pagó con su existencia para que el mundo tuviera que notar.

Sentí el eco asentarse.

No como algo ajeno. Como algo que había elegido quedarse.

Por un instante —o tal vez por algo que no pertenece al tiempo— sentí que algo me llamaba.

El mundo blanco se disolvió.

Y entonces estuve allí.

Un mar inmenso y sereno se extendía ante mí, tan hermoso que dolía mirarlo. El agua reflejaba un cielo profundo, cargado de estrellas, y la espuma tocaba una playa clara, intacta, como si nunca hubiera conocido la guerra.

Allí estaba ella.

Sentada en la arena.

Sonreía.

Era una sonrisa tranquila, sin miedo, sin expectativa. En su pecho, entre sus pequeñas manos, sostenía un chocolate. Uno igual al que le habíamos dado.

Mi corazón se encogió.

Di un paso hacia ella.

—No… no, no —le dije, casi suplicando—. No te preocupes, es tuyo. Nosotras te lo regalamos.

Ella negó con la cabeza, aún sonriendo, y se levantó. Se acercó a mí con pasos ligeros, como si el suelo no pesara.

—No importa —dijo—. Quiero que lo tengas tú.

Apreté los labios. Sentí el nudo subir a la garganta.

—¿Pero por qué…? —pregunté, conteniendo el llanto—. ¿No quieres comer cosas ricas? ¿No quieres disfrutarlo? Está bien… puedes comértelo, es uno solo…

La niña alzó la mirada hacia el cielo estrellado.

—Siempre —dijo despacio—, cuando pude ver las estrellas, pensé que algún día alguien me compartiría esas cosas ricas y deliciosas. Siempre quise una vida así…

El mar respiró con nosotros.

—Entonces cómetelo tú —insistí—. Vamos… yo sé que es rico.

Ella me interrumpió con suavidad.

—Me di cuenta de algo. Aunque este dulce sea pequeño… su sabor no cambia.

Me quedé en silencio.

—¿Cómo…? —susurré.

Ella partió el chocolate con cuidado.

—Mejora al compartirlo —dijo—. Solo que este banquete… dura menos.

Colocó la mitad en mi mano.

En ese instante, una lágrima se me escapó sin permiso.

Ella sonrió una última vez.

El cielo se iluminó con una estrella fugaz.

Por un segundo levanté la vista.

Y cuando volví a mirar…

Ya no estaba.

El mar se desvaneció. La playa se disolvió como espuma.

Regresé.

Estaba de nuevo con Itsuki y Unm.

Mi mano —la misma que antes llevaba al pecho— seguía cerrada.

La abrí.

En mi palma había media pieza de chocolate.

Unm lo vio.

Y asintió lentamente.

—Ah… ya veo.

Itsuki me miró.

Sus ojos se llenaron de lágrimas antes que su voz.

—Ya lo entendí… —dijo, llorando—. Ya lo entendí.

Yo cerré los dedos alrededor del dulce.

Y supe que el eco no se iría.

Porque no era un recuerdo.

Era una promesa compartida.

—Desde ahora —continuó Unm—, cada vez que alguien ignore el sufrimiento de otro, el universo lo recordará.

No con castigo.

Con conciencia.

Y eso… Eru… es irreversible.

Itsuki se quebró.

Cayó de rodillas, cubriéndose el rostro.

—¿Todo esto… —sollozó— por un dulce?

Unm sonrió.

No con alegría. Con algo roto que aún así seguía siendo hermoso.

—No —respondió—. Por compartirlo.

La estructura terminó su ritual.

Las llamas se extinguieron una a una. El calor residual se disipó.

Pero en el centro, justo donde ella había estado, quedó algo imposible de borrar.

Era la sensación —clara, definitiva— de que alguien, en algún lugar del cosmos, ya no estaría solo.

Y yo…

Yo entendí entonces que ese alguien podía ser cualquiera.

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