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Continuación del capítulo 4.1

Algo no encajaba.

No fue una idea clara al inicio, sino una sensación. Un tirón interno, como cuando el cuerpo reacciona antes que la mente. El Alter respondió casi de inmediato: un pulso agudo en la sien, distinto a los anteriores. No cálido. No neutro.

Inquieto.

Símbolos desconocidos se superpusieron al texto. Líneas rojas, interrupciones, marcas de advertencia que no intentaban traducir… sino comparar.

Parpadeé varias veces.

El Alter estaba cruzando información.

Fechas. Nombres. Relatos paralelos.

Las palabras del libro seguían ahí, inmóviles, pero algo en ellas comenzó a deshacerse. No por error de escritura, sino por exceso de coherencia. Demasiada perfección para ser verdad.

Mis dedos se deslizaron hacia atrás, buscando el inicio del capítulo.

Dread —decía— fue maldito por Dios. Condenado a regresar del averno. Arrastrado por las llamas. Devuelto una y otra vez.

El Alter vibró con mayor fuerza.

Una segunda capa apareció, como una sombra sobre la página.

Fuente no primaria. Relato reformulado. Origen desplazado.

Mi respiración se volvió lenta.

No era una maldición divina.

El texto hablaba de castigo… pero las estructuras no coincidían con otros relatos religiosos que el Alter tenía archivados. No había rito inicial. No había juicio. No había una sentencia clara.

Solo consecuencia.

Deslicé el dedo por un pasaje subrayado.

“Arrastrado desde el desdén más profundo de los infiernos…”

El Alter marcó la frase.

Terminología infernal incorporada en una época posterior. Narrativa adaptada para control cultural.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

Levanté la vista un instante. Itsuki seguía a mi lado, ajena al texto, pero atenta a mí. Notó cómo mi expresión cambiaba. Hizo una seña breve, cuidadosa: ¿pasa algo?

Negué despacio.

Volví al libro.

La contradicción era clara ahora.

Si Dread apagaba las llamas del averno con sus lágrimas… ¿por qué era descrito como una bestia? Si su paso fertilizaba tierras… ¿por qué lo llamaban demonio?

El Alter proyectó una última lectura, más lenta. Más grave.

Hipótesis: El “castigo” no fue impuesto. La incapacidad de morir es un efecto colateral. El sujeto no fue maldito. Fue utilizado.

Mis manos comenzaron a temblar.

El vehículo dio un giro brusco. Sentí el movimiento en el estómago, en las rodillas, en los huesos. Afuera, la caravana seguía su curso, ajena a la grieta que se abría dentro de mí.

Susurré sin pensarlo, apenas moviendo los labios.

—No fue una maldición…

Itsuki lo notó. Apretó mi mano con fuerza.

El Alter confirmó con un pulso suave, casi compasivo.

Conclusión provisional: Dread no pertenece al mito. El mito fue construido alrededor de él.

Cerré el libro.

Mis recuerdos seguían intactos. Sabía quién era Ar. Sabía lo que significaba ese nombre. Pero ahora entendía algo más inquietante:

La historia no había sido escrita para explicar a Dread. Había sido escrita para justificarle miedo.

Y si eso era cierto…

Entonces lo que Unm llamó condena no era un castigo divino.

Era una promesa que nadie quiso cumplir.

— Pero entonces qué promesa no se cumplió.

El vaivén del vehículo me obligó a apoyar el hombro contra la pared metálica. Cada sacudida hacía crujir los remaches, como si la caravana avanzara no solo por la tierra, sino por algo más antiguo que ella. Mi mente seguía atada al nombre Dread, a la contradicción que aún palpitaba en mi sien.

Entonces lo sentí.

No fue una voz. No fue una imagen. Fue una insistencia.

El libro que llevaba debajo del brazo —uno de los que me habían entregado sin explicación— parecía empujar desde dentro de sí mismo, como si su peso hubiera cambiado. Bajé la mirada. El lomo asomaba entre las telas, inclinado, reclamando atención.

Tragué saliva.

Deslicé el libro fuera. El título estaba gastado, escrito en una caligrafía irregular:

Folck y memorias tempranas de Kalinov.

No recordaba haberlo elegido. Ni siquiera recordaba haber pensado en Kalinov.

Lo abrí.

Las primeras páginas hablaban de una disidencia.

Kalinov —decía el texto— nunca estuvo de acuerdo con el Sultan Yahsdan. No negaban su existencia, ni su poder, pero rechazaban su visión del orden. Aun así, Kalinov nació. No como un reino del Sultan, sino como una congregación de creyentes del Portador de la Llama: Soleil.

Mis dedos se tensaron.

El Alter reaccionó con un pulso leve, atento, pero sin alertas. Lectura permitida.

Seguí.

Los primeros habitantes narraban haber conocido a un sabio errante, alguien que caminaba entre la bruma buscando una forma de salvar al planeta. No hablaba de dioses. No hablaba de castigos. Hablaba de equilibrio. De una paz que no se imponía, sino que se sostenía.

La tierra, según ellos, estaba enferma.

No por guerras. No por pecado.

Por magia desbordada.

La llamaban la tierra infectada.

Leí con el ceño fruncido mientras el vehículo se inclinaba en una pendiente. La descripción era precisa y brutal: la magia saturaba el suelo, llenándolo de plagas invisibles; los seres vivos comenzaban a transformarse, los cuerpos a deformarse, la carne a pudrirse sin morir del todo. Los muertos se levantaban. Los vivos se volvían algo más.

Abominaciones.

Sentí un nudo en el estómago.

El texto decía que, ante eso, Kalinov se alió con Haranos y Atakanos, formando un frente común para combatir lo que llamaban demonios. Pero no eran demonios con nombre propio. Eran consecuencias. Síntomas.

Pasé la página.

Ahí apareció algo que me hizo detenerme.

“Marchamos con las Diosas.”

Fruncí el ceño. El Alter no reaccionó de inmediato, como si también dudara.

Las llamaban Diosas —continuaba—, pero el relato se volvía confuso. Decía que fueron transportadas, llamadas, traídas antes de cada batalla para que los caballeros pudieran marchar.

No creadas. No nacidas.

Traídas.

Levanté la vista, confundida.

Itsuki me observaba. No podía oír el traqueteo del vehículo, pero sí podía leer mi rostro. Alzó las cejas, interrogándome en silencio.

Formé con los labios, despacio:

—¿De dónde… sacaron… a las diosas?

Itsuki inclinó la cabeza. Ella también lo sentía: algo no cuadraba.

Volví al libro.

La tierra infectada —decía— levantaba a los muertos, transformaba a los vivos, corrompía todo lo que tocaba. Y a eso… a eso también lo llamaban Dread.

Mis dedos se cerraron con fuerza sobre la página.

No era un nombre propio.

Era un término.

Un rótulo.

Dread como plaga. Dread como maldición. Dread como enemigo.

Mi respiración se volvió lenta, pesada.

Si Dread era muchas cosas… si distintos pueblos usaban el mismo nombre para horrores distintos…

Entonces ¿qué había sido primero?

El Alter vibró, esta vez con cautela. Proyectó una comparación silenciosa entre textos: Ayhana, Kalinov, relatos fragmentados de Oriak.

Coincidencias parciales. Causas distintas. Un solo nombre.

Cerré los ojos un instante.

—Entonces… —murmuré apenas— ¿qué pasó en realidad?

Itsuki apretó mi mano.

Abrí los ojos y volví a mirar el libro, consciente ahora de algo que me heló la sangre:

Tal vez Dread nunca fue uno solo. Tal vez fue el nombre que dieron al miedo… cuando no pudieron entender la causa.

Y si eso era cierto…

Entonces Ar no cargaba solo con una condena.

Cargaba con todas las mentiras que el mundo necesitó para seguir adelante.

El vehículo avanzó, pesado, rumbo a la frontera.

Y yo supe que, cuando lo viera, ya no podría preguntarle quién era.

Solo podría preguntarle qué habían hecho con él.

El vaivén de la caravana se volvió inquietante, casi incómodo, como si el suelo mismo dudara bajo las ruedas. Algo en el aire había cambiado. No era miedo todavía, pero sí una presión densa, una advertencia sin forma.

Decidí entonces revisar los libros uno por uno.

Abrí diarios, cuadernos de viaje, fragmentos de crónicas rotas. Letras distintas, manos distintas, tiempos distintos. Cada página parecía hablar de un mundo que se había contado demasiadas versiones de sí mismo. Mis ojos se movían rápido, intentando atrapar un sentido antes de que el siguiente golpe del vehículo lo deshiciera.

Fue entonces cuando Itsuki me tomó la mano.

La apretó con urgencia.

Levanté la vista. Sus ojos no miraban los libros. Miraban la pared metálica.

La caravana se había detenido.

Sentí el cambio antes de entenderlo: el silencio. No un silencio real —nunca lo era para mí—, sino esa quietud que el Alter traduce como interrupción brusca del entorno. Me incliné y miré por una rendija de la puerta.

Oscuridad.

No la noche normal, sino una sombra espesa, irregular, como si algo estuviera bloqueando el amanecer.

La puerta se abrió.

La misma joven que me había entregado los libros apareció. Su rostro estaba tenso, los hombros rígidos. Sus labios se movieron rápido, pero el Alter no tuvo problema en traducirlo.

—La frontera está siendo atacada. —Varios flancos.

Asentí sin pensarlo. Itsuki apretó más fuerte mi mano.

Nos llamaron afuera.

El lugar donde iniciaba todo era un caos contenido: gente reunida, miradas nerviosas, criaturas inquietas. Al frente, los tammers, cada uno acompañado por bestias distintas: algunas cubiertas de placas óseas, otras demasiado delgadas, con ojos brillantes y movimientos nerviosos.

Vi a Unm al inicio, inclinado sobre un mapa extendido en el suelo. Sus dedos recorrían rutas, grietas, puntos de escape.

Cuando levantó la mirada y me vio, señaló.

No a mí exactamente.

Al espacio que ocupaba.

El efecto fue inmediato.

La multitud se abrió. Sentí las miradas caer sobre mí como peso físico. Juicio, curiosidad… y algo más que me hizo encoger los hombros.

Entonces sucedió lo inesperado.

Reverencias.

Varias.

Demasiadas.

Mi nervio llegó al límite. El calor volvió a subir a mis orejas. No sabía dónde poner las manos, cómo sostener el cuerpo, cómo existir en ese instante silencioso y espeso.

Unm volvió al mapa y señaló un punto perdido, casi fuera de los márgenes.

Intenté entender. No pude.

Antes de que pudiera preguntar, algo se movió.

Desde la roca, justo en ese punto señalado, una figura pequeña se asomó. Luego otra. Y otra más.

Salieron corriendo.

Como niños.

Pequeños, desordenados, algunos de estatura mediana, otros más bajos, todos huyendo en direcciones que no parecían llevar a ningún sitio. No gritaban. No pedían ayuda. Solo corrían.

El Alter reaccionó de inmediato.

Una palabra apareció, clara, sin adornos:

REMS

Como si eso bastara para explicarlo todo.

Sentí un vacío en el estómago.

Asentí despacio.

Unm me sonrió. No fue una sonrisa cálida, sino una de reconocimiento. Como si hubiera confirmado algo que ya sabía.

Itsuki tomó mis manos y me guió de regreso al vehículo.

Al abrirnos la puerta, nos entregaron telas gruesas y frazadas. Las acepté sin protestar.

Supongo que pasaré la noche aquí, pensé.

Itsuki se adelantó. Se arrodilló junto a los libros que habíamos dejado y comenzó a revisarlos con rapidez. Sus dedos se movían seguros, como si buscara algo específico.

Entonces tomó uno.

Me lo extendió.

Hizo señas claras, firmes.

Léelo. Es este. Y luego, apuntó hacia mí.

Sentí un escalofrío.

Tomé el libro.

Itsuki me lo había dado. Ella seguro escuchó algo que yo no. Algo que se me escapó por completo y que, aun así, la empujó a moverse con esa premura silenciosa que solo ella tenía. No dudé: si Itsuki actuaba así, era porque había captado algo importante.

Nos acomodamos dentro del blindado.

El espacio era estrecho, metálico, cerrado como un cofre antiguo. Extendimos las cobijas y las telas contra las paredes, improvisando almohadas para aislarnos del frío y del traqueteo. Itsuki encendió una pequeña lámpara blanca fijada a la pared; su luz no era cálida, pero bastó para crear un refugio mínimo en medio del caos.

Con eso, comencé a leer.

Al inicio parecía un libro de viaje cualquiera. Fechas imprecisas, rutas anotadas a mano, descripciones de terrenos hostiles y cielos imposibles. Nada que no hubiera visto antes. Pero entonces llegué a una palabra que me detuvo.

Prime.

El texto hablaba de los remanentes del alma, fragmentos dispersos que, al unirse, formaban el Yue. La descripción era inquietantemente precisa, casi íntima, como si quien escribiera hubiera visto con sus propios ojos aquello que yo apenas comenzaba a comprender.

Nombraba a Maquia.

La estrella blanca.

El planeta.

Decía que su nombre provenía de máquina, y que allí existía una criatura a la que se le atribuía la culpa —o la responsabilidad— de que el cubo dimensional existiera. La respuesta al origen de ese fragmento del universo. El punto donde algo imposible había comenzado.

Algo demasiado importante.

El autor buscó pruebas. Intentó comprender. Pero no encontró nada concluyente.

Y entonces el libro cambió.

Se volvió un diario.

En sus páginas apareció un término que ya había visto, pero que ahora se sentía distinto:

Rems.

Decía que, a diferencia de cualquier religión, asentamiento, sobreviviente o criatura conocida, los Rems eran como modelos empequeñecidos de nosotros. Humanoides, similares… pero no compartían nuestro criterio, ni nuestro pensamiento, ni nuestro comportamiento.

Y lo más perturbador:

Nosotros podíamos percibirlos. Ellos no tenían idea de nuestra existencia.

Esa asimetría lo había obsesionado.

El autor los siguió. Los observó durante días, quizá semanas. Los consideró una criatura por catalogar, pero pronto descartó cualquier clasificación conocida. No parecían imitadores. No actuaban como parásitos. Tampoco formaban parte del hongo mágico que ya había descrito en otras regiones.

Eran… otra cosa.

Luego, el texto hablaba de la tierra.

Decía que el mundo se estaba pudriendo.

Un esbirro infernal había contaminado las tierras con una plaga descrita como un hongo mágico: una infestación que deformaba todo lo que tocaba, que corrompía cuerpos, que incluso levantaba cadáveres. La descripción era inquietantemente similar al libro anterior.

Pero había una diferencia crucial.

Los Rems eran inmunes.

Caminaban entre la inmundicia sin corromperse. No enfermaban. No se deformaban. No morían.

Eso… parecía imposible.

Levanté la vista del libro por un instante. La luz blanca de la lámpara hacía que el metal brillara con un tono opaco. Itsuki me observaba en silencio, atenta a cada cambio en mi expresión.

Sentí un nudo en el pecho.

Si los Rems eran inmunes… si Maquia era el origen… si el Prime hablaba de fragmentos de alma…

Entonces nada de esto era casual.

Y por primera vez desde que la caravana se había detenido, comprendí que lo que estábamos leyendo no era historia.

Era una advertencia.

Itsuki también lo percibió. Lo notó de inmediato. Creo que ella leía conmigo, no las palabras, sino el peso que comenzaban a tener. Su respiración cambió, sus hombros se tensaron apenas. Entonces buscó algo con urgencia entre las páginas, como si supiera que ahí estaba la respuesta… o la condena.

Antes de que yo llegara a cualquier conclusión, Itsuki alzó la mano y señaló un párrafo.

Su dedo temblaba.

Sentí un escalofrío antes incluso de leerlo.

Levanté la vista hacia ella. Itsuki me sostuvo la mirada y asintió lentamente, con una gravedad que me heló la sangre. No había duda en su gesto. No había miedo aún. Solo la certeza de que debía continuar.

Tragué saliva.

Y leí.


 
 
 

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