Continuación del capítulo 4.2
- Jonn All
- 12 may
- 9 min de lectura
Fue entonces cuando sentí que algo se desprendía dentro de mí, como si el alma, por un instante, hubiera olvidado dónde estaba su cuerpo.
Los Rems…
No eran una especie.
No eran una cultura.
Eran los remanentes de las víctimas de la plaga.
Pero no de cualquier víctima.
Eran infantes.
Niños.
Niños que nunca entendieron lo que les estaba ocurriendo. Niños que murieron sin saber que habían muerto. Cuerpos pequeños caminando sin vida, mientras sus almas —incapaces de aceptarlo— se negaron a partir.
Almas atrapadas.
Ancladas.
Malditas a una eternidad de vigilia sin descanso.
No eran fantasmas.
No eran recuerdos.
Eran niños que seguían caminando… porque nunca aprendieron a irse.
El horror me inundó de golpe. No fue miedo. Fue algo más profundo, más sucio. Una mezcla de asco, tristeza y una culpa que no sabía de dónde venía, pero que me aplastaba el pecho.
Mis manos comenzaron a temblar sobre el libro.
Lloré.
Itsuki lloró conmigo.
No hizo falta que nos miráramos para entenderlo.
Entonces lo comprendí.
Comprendí por qué Unm había señalado a los pequeños.
Comprendí por qué el Alter había marcado Rems como una advertencia.
No solo estábamos cerca de los demonios.
Estábamos caminando entre las víctimas.
Entre lo que quedó de ellas.
Y el silencio dentro del blindado se volvió insoportable, como si el vehículo mismo supiera que avanzábamos directo hacia el corazón del horror.
El horror no se disipó. Se quedó con nosotras, asentado en el pecho, acompañándonos mientras pasábamos las páginas una tras otra, buscando entender más sobre esas criaturas llamadas Rems, como si comprenderlas pudiera hacerlas menos terribles.
No lo hizo.
Cada fragmento añadía peso. Cada anotación, cada descripción incompleta, hacía más evidente la tragedia. Infancias detenidas. Almas que no supieron irse. Caminantes de una vigilia sin sueño.
El cansancio llegó sin aviso, pesado y denso. El vaivén del blindado, el murmullo lejano de la caravana, el calor contenido bajo las telas… todo conspiró para apagar nuestros cuerpos aunque la mente se resistiera.
Itsuki fue la primera en quedarse quieta. Sus dedos, aún aferrados a la manta, se relajaron poco a poco. Yo cerré el libro con cuidado, como si temiera despertarlo a él también, y apoyé la frente en el metal frío de la pared.
Me dormí con la sensación de estar rodeada por miradas que no podía ver.
Desperté con un sobresalto.
Un estruendo sacudió el vehículo. Luego otro. Gritos. Vibraciones que recorrían el suelo metálico y se colaban por mis huesos. El blindado se sacudía de forma errática, como si hubiera cambiado de rumbo sin previo aviso.
Itsuki ya estaba despierta. Sus ojos abiertos de par en par, buscándome.
Me asomé por una rendija.
Y los vi.
Más Rems.
No uno ni dos. Varios. Moviéndose en la penumbra como sombras mal recortadas, pequeñas siluetas corriendo sin un destino claro. No huían… tampoco atacaban. Simplemente estaban ahí, cruzando la ruta como si la caravana hubiera irrumpido en su mundo.
El vehículo giró bruscamente.
El cambio de dirección me lanzó contra la pared. Itsuki me sujetó del brazo. Su agarre era firme. Alerta.
Algo no estaba bien.
El día no había abierto.
Eso fue lo que más me inquietó.
No había amanecer. No había transición. El cielo seguía cerrado, oscuro, como si el tiempo se hubiese quedado suspendido en la respiración previa al alba.
Entonces lo vi.
En el horizonte, rayos de colores rasgaban la negrura. No eran relámpagos. No eran reflejos. Eran haces irregulares, vivos, como si alguien hubiera abierto heridas luminosas en el cielo.
El Alter reaccionó de inmediato.
Mi visión se llenó de símbolos de advertencia. La interfaz vibró, reajustándose, forzando una lectura clara entre el caos.
MAGIA
La palabra se impuso con una claridad brutal.
Todo encajó.
El blindado frenó de golpe. La caravana entera se detuvo. Afuera, los gritos se multiplicaron, mezclados con murmullos tensos, órdenes rápidas, pasos apresurados. Criaturas moviéndose de un lado a otro, preparando defensas, llamando a los Tammers.
Itsuki me miró. No hizo falta decir nada.
Comenzamos a prepararnos.
Ajustamos las telas, aseguramos lo poco que teníamos, nos colocamos una junto a la otra. Sabíamos que en cualquier momento las puertas se abrirían.
Y cuando lo hicieran, nuestro viaje dejaría de ser solo un traslado.
Iba a cambiar.
Otra vez.
Cuando todo estuvo acomodado y creímos estar listas, algo se quebró en el aire.
Itsuki no se movía.
La sentí antes de verla. Esa quietud tensa que solo ella tiene cuando algo no encaja. Levanté la mirada y la encontré observándome sin parpadear, fija, extrañada… como si yo fuera una palabra mal escrita.
—¿Itsuki…? —murmuré, aunque sabía que no podía oírme.
No respondió con señas. En lugar de eso, se acercó despacio y alzó la mano. Sus dedos tocaron mi mejilla, luego mis orejas, mi cabello. Lo hizo con cuidado, pero con una urgencia contenida, como quien busca confirmar algo imposible.
No entendía qué estaba buscando.
Entonces lo sentí.
Un calor suave, antinatural.
Pequeñas brasas caían de mi cabello, deshaciéndose antes de tocar el suelo metálico. Chispas tenues, como restos de fuego vivo.
Entré en pánico.
Sacudí la cabeza, llevé las manos a mi cabello, intenté apagarlo como si estuviera ardiendo de verdad. Mi respiración se desordenó; el Alter reaccionó tarde, incapaz de clasificar aquello.
Itsuki me sujetó de los hombros con fuerza y negó con la cabeza, desesperada. Me obligó a mirarla.
Sus manos comenzaron a moverse.
¿Mei…? Luego dudó. ¿Eru? ¿O alguien más?
La pregunta me atravesó de una forma extraña, pero en lugar de miedo, sentí una calma inesperada subir desde el pecho. Una sonrisa se me escapó sola, pequeña, cansada.
—Tonta… —susurré—. Soy yo.
Itsuki frunció el ceño. No parecía convencida.
Con un gesto tembloroso volvió a señalarme y luego hizo la seña con insistencia.
Mírate. Mírate bien.
No tuve tiempo de responder.
Las puertas del vehículo se abrieron de golpe.
La luz exterior irrumpió junto con el caos: gritos, órdenes, pasos apresurados, el rugido distante de algo enorme moviéndose. El aire caliente entró como una bofetada.
Pero la mirada de Itsuki… esa no cambió.
Y su duda quedó suspendida entre nosotras, justo cuando el mundo volvía a romperse afuera.
Las puertas se abrieron con un golpe seco y el aire exterior entró cargado de polvo, gritos y un olor metálico que me tensó el pecho. Itsuki fue la primera en avanzar. Antes de bajar, se giró hacia mí y movió las manos con rapidez.
Tranquila. Respira.
Eso entendí… o quise entender.
Asentí, aunque la confusión me atravesaba. Miré mis manos. Mi piel seguía siendo clara, quizá un poco más luminosa, pero no ajena. Busqué mi cabello con los dedos: el tono había cambiado, pálido, apagado… no blanco como cuando fui Eru, no del todo.
Mi cuerpo no parecía distinto. No lo suficiente.
Y aun así, algo estaba mal.
Afuera, las caravanas se movían en desorden. Gente y criaturas retrocedían, algunos corrían, otros gritaban órdenes que no podía oír pero que sentía en la vibración del suelo. Vi a la muchacha que me había dado los libros acercarse a Itsuki; hablaron rápido. El rostro de mi hermana se tensó aún más.
Necesitaba verme.
Busqué desesperada cualquier superficie que me devolviera un reflejo. Metal, vidrio, agua. Me abrí paso entre cuerpos y telas hasta que encontré el río, a unos metros del caos, bordeando el bosque que marcaba la frontera de Oriak.
Me detuve allí.
Sola.
El miedo me cerró la garganta. No quería mirar. Tenía terror de confirmar lo que ya sentía. El cielo, teñido por un verde intenso, se abría entre columnas de humo que se alzaban más allá del bosque. Oriak… ese Oriak abandonado del que hablaban los libros, ardía en algún punto invisible.
Bajé la cabeza sin querer.
Y vi mi reflejo.
Un escalofrío me recorrió entera.
De las puntas de mi cabello brotaban chispas al rozar cualquier superficie, como si conservara un calor propio, vivo. El tono pálido se desvanecía en degradados imposibles: morado, rojo profundo, brasas encendidas en los extremos, como si mi cabello se estuviera quemando sin consumirse.
No grité. No pude.
Fue entonces cuando Itsuki llegó.
Me rodeó con los brazos, fuerte, anclándome al presente. Sacó algo y escribió sobre la orilla húmeda, rápido, con manos temblorosas.
La caravana se retira. La guardia ya ataca en la frontera. El equipo de Ar fue contratado para la retirada.
Levanté la vista hacia ella.
La miré de reojo.
Itsuki iba tranquila, demasiado tranquila para alguien que no veía el mundo como los demás. Había algo en su forma de avanzar, segura, medida, como si supiera exactamente dónde poner los pies aun sin mirar.
Fruncí el ceño, incrédula.
—Bueno… —dije despacio— ¿y cómo funciona tu Ark? ¿O es que eres… muy perceptiva?
Itsuki giró la cabeza hacia mí y sonrió.
No fue una sonrisa grande. Fue de esas pequeñas, suaves, que no necesitan explicarse.
—Mi Alter no me devuelve toda la vista —respondió—. No como la recuerdas tú.
Hizo un gesto leve con la mano, como dibujando el aire.
—Pero las imágenes llegan. Fragmentadas. Borrosas.
Puedo identificar formas… contornos… movimiento.
Lo suficiente.
La miré con atención.
—¿Lo suficiente para qué?
Su sonrisa se volvió un poco más ladeada, casi traviesa.
—Para valerme por mí misma.
Se detuvo un instante y me miró directo al rostro, como si pudiera verme completa.
—Por eso te necesito —añadió con naturalidad—. Necesito que leas por mí.
No sonó a dependencia. Sonó a confianza.
Sentí algo cálido en el pecho, una mezcla de orgullo y responsabilidad.
Asentí despacio.
—Está bien —le dije—. Yo leo.
Seguimos caminando.
Su rostro estaba desencajado.
—Unm… —murmuré, aunque sabía que no podía oírme.
Itsuki entendió igual.
Corrimos de vuelta hacia la caravana, buscándola entre el caos que crecía, mientras mi mente no lograba acomodar lo que veía reflejado en el agua.
No sabía qué significaba este cambio. No sabía si debía temerlo… o si ya era demasiado tarde para hacerlo.
Itsuki me llevó sin decir nada hasta el vehículo blindado que nos esperaba. Apenas cruzamos el umbral metálico, cerró la puerta con cuidado, como si el mundo exterior pudiera colarse con solo dejar una rendija abierta. Entonces abrió una mochila y comenzó a sacar ropa distinta, telas gruesas, más oscuras, más cerradas.
Me indicó que me cambiara.
Lo primero que hizo fue cubrirme la cabeza. Una prenda amplia, pesada, pensada claramente para ocultar algo. Cuando mis dedos tocaron mi cabello, lo entendí: aún despedía chispas, un calor extraño, y en las puntas ese color intenso —morado y rojo— seguía vivo, como brasas que se negaban a apagarse.
Mientras me ayudaba, noté algo más.
Entre las telas y los pliegues, Itsuki había guardado pequeños objetos: fragmentos de metal, piezas talladas, gemas opacas, varillas quemadas, flores secas. Cosas de Oriak… y también de Fiora. Cosas que yo no recordaba haber tomado.
Itsuki me miró y señaló los objetos con suavidad. Luego hizo una seña lenta, solemne.
—Son tuyos—.
Mi Alter reaccionó de inmediato.
Registro contextual activado. Identificación: ofrendas.
La palabra me atravesó.
El Alter continuó, proyectando la información con una frialdad que contrastaba con el peso de lo que significaba:
Según la tradición, Soleil portaba fuego para cruzar la niebla del mar helado cuando el mundo cambió. Ese fuego trascendente permitía el paso, la promesa, la continuidad. El fuego que no quema, sino que guía. Conocido como el fuego que trasciende.
Tragué saliva.
Simboliza a la hija de Soleil. A ti.
Miré mis manos. Miré los objetos. Recordé cómo los dejaban a mis pies, cómo los encendían con las chispas que brotaban de mi cabello.
No era un rito vacío.
Cada uno había dejado algo esperando que yo lo tocara con ese fuego fatuo que nacía de mí.
No estaba segura de entenderlo. No del todo. Quizá nunca podría.
Itsuki lo notó.
Sacó entonces el libro en blanco. Se sentó frente a mí, apoyó la hoja contra la pared metálica del vehículo y comenzó a escribir despacio, con cuidado, como si cada palabra doliera.
Mi Alter tradujo.
Ar no es querido por muchos. Tiene prohibido morir.
Levanté la vista.
Eso lo vuelve no humano. Para muchos, un traidor. No una criatura fiable.
Sentí un nudo en el pecho.
Dicen que su maldición es aterradora. Tan grave que, para permitir que siga aportando algo a las naciones, sólo le asignan misiones.
Mis dedos temblaron.
Aún no sé exactamente qué significa. Pero no es algo bueno.
Cerró el libro un instante, respiró hondo, y volvió a escribir.
Aun así, necesitamos ir. Necesitamos averiguarlo.
La miré, perdida.
Le pregunté —con señas torpes, con la voz apagada de mi Alter— por qué la ropa. Por qué el cambio. Por qué ya no podía ser simplemente Mei.
Itsuki no dudó.
Escribió una sola frase.
Porque dejaste de ser Mei. Ahora aceptaste ser Eru.
Levantó la mirada y, por primera vez desde que todo había comenzado, sonrió con una ternura firme, inquebrantable.
Y yo siempre confiaré en ti.
El vehículo arrancó.
Me sentía perdida.
No confundida solamente, sino fuera de lugar, como si me hubieran empujado a un escenario cuyo guión desconocía por completo. Aún no sabía lo suficiente para interpretar lo que se esperaba de mí, y esa ignorancia pesaba más que el miedo.
Intenté decírselo a Itsuki.
Pero no salió bien.
El vehículo avanzaba sacudido entre los restos del conflicto, y el mundo exterior se colaba a través del metal como un estruendo constante. El Alter comenzó a registrar fragmentos de voces, órdenes superpuestas, frases rotas que no siempre lograba traducir a tiempo:
Refuerzos al frente. Muévanse. Filas cerradas. No retrocederemos. Atención, juggernauts. A la carga. Esta peste caerá. No retrocedan. Deben llegar a Varleha.
Cada palabra me hundía más.
Me sentía cada vez menos comunicada, más inútil. Todo era ruido, sacudidas, órdenes, trayectos que no entendía. No podía hacer nada. No sabía nada. Mi historia —esa que supuestamente me pertenecía— no figuraba en los registros de Idalia. Ahora entendía por qué la habían escondido, sí… pero lanzarme así, sin preparación, sin respuestas, solo con la orden implícita de aceptar lo que soy, era demasiado.
No podía leer. No podía preguntar. Apenas podía comunicarme con mi hermana.
Afuera, el mundo se desmoronaba.
La presión se acumuló en mi pecho hasta volverse insoportable. Por un instante quise gritar, decirle a todos que se detuvieran, que al demonio con sus secretos, con sus símbolos, con su fe.
Y ni siquiera eso podía hacer.
Entonces Itsuki tomó mi rostro entre sus manos y me dio un par de palmadas suaves en las mejillas. Firmes, pero cuidadosas. Un gesto tan simple logró arrancarme del borde.
La miré.
Y en ese instante—
PUM.
Un estruendo brutal nos lanzó fuera de equilibrio. El vehículo se sacudió con violencia; el metal crujió y las puertas se abrieron de golpe.
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