Continuación del capítulo 5.2
- Jonn All
- 12 may
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Tentáculos enormes surgieron de su cuerpo hinchado, alas colosales cubrieron la frontera entera, proyectando una sombra que devoró el campo. Giré el rostro y vi cómo, desde el río, se aproximaban estructuras: botes, mecas antiguos, avanzando para desembarcar.
Las tropas descendieron corriendo.
No escuché sus gritos, pero el Alter los tradujo en una sola intención colectiva:
NO PASARÁN. A LA CARGA.
Ar cerró la mano sobre su espada.
Su cuerpo hablaba con claridad: rabia contenida, decisión absoluta. Se movió como si el caos no existiera, cortando, avanzando, deteniendo el empuje de pesadillas vivientes.
Entonces el lago explotó.El Alter apenas alcanzó a advertirme.
ALERTA—MASA EN COLISIÓN. PROXIMIDAD CRÍTICA.
Levanté la vista.
Dos Aragons se lanzaron uno contra el otro, enormes, deformes, arrastrando tentáculos y alas rotas, como montañas vivas fuera de control. El impacto ocurrió demasiado cerca.
El mundo se partió.
El suelo bajo mis pies estalló, no se quebró: colapsó en placas gigantescas de piedra y hielo que salieron despedidas. Sentí el golpe recorrerme las piernas, la columna, el pecho. El Alter perdió coherencia durante un segundo eterno.
Salí volando.
No escuché la explosión, pero mi cuerpo la entendió: una fuerza brutal me arrancó del suelo y me lanzó por el aire junto con fragmentos de puente, armaduras, cuerpos y raíces arrancadas del bosque enfermo. Giré sin control, envuelta en una tormenta de polvo, sangre congelada y restos incandescentes.
Los Aragons chocaron de nuevo en el aire.
Sus cuerpos colosales se desgarraron entre sí, tentáculos arrancados como cables, alas rompiéndose en estallidos viscosos. Al caer, aplastaron todo: tropas, criaturas, estructuras. El impacto abrió un cráter que tragó el río, el bosque y la frontera misma.
Una onda de destrucción se expandió.
El hielo que yo había creado se hizo añicos, reflejando por un instante mi figura multiplicada: cabello blanco casi plateado, las puntas ardiendo en llamas vivas que lanzaban brasas al vacío, mis ojos—violeta profundo con un brillo carmín—abiertos de par en par.
Luego todo fue caída.
Rodé entre escombros hasta que mi cuerpo se detuvo contra una losa partida. La escarcha avanzó sola desde mis manos, cubriendo cadáveres, armas rotas, tierra podrida. El Alter volvió, saturado:
SEÑALES VITALES—MÚLTIPLES—CRÍTICAS. RIESGO EXTREMO.
Me incorporé como pude.
Ante mí, el campo ya no era un campo de batalla: era un cementerio en formación. Los Aragons seguían moviéndose, aunque destrozados, y cada uno de sus gestos levantaba nuevas ruinas, nuevas muertes.
Dos Aragons cayeron con violencia, rompiendo el hielo, abriendo un boquete inmenso. El impacto lanzó una lluvia ácida, mezclada con fragmentos de carne y agua negra. El campo se volvió un infierno líquido.
Cadáveres caminantes. Animales hinchados por la infección. Criaturas enfermas, deformes.
La carne viva hervía entre el agua y las armaduras. Artefactos destrozados cubrían el suelo. Aun así, quienes defendían el paso seguían en pie, luchando con una valentía desesperada.
Las tropas no estaban coordinadas. No había estrategia. Solo resistencia. Ar se perdió entre la niebla, devorado por el movimiento de gigantes.
Entonces el suelo se quebró bajo mis pies.
Un temblor brutal me lanzó fuera de equilibrio. La ventisca me golpeó, el aire se volvió denso, cargado de polvo podrido. La destrucción me envolvió por completo.
No veía nada.
Solo un vacío blanco y gris.
Un silencio horrible, absoluto, que no era ausencia de sonido —era ausencia de mundo.
El Alter, saturado, solo registraba fragmentos: dolor, pánico, señales vitales extinguiéndose.
No podía más.
No sabía hacia dónde moverme. No sabía qué hacer frente a algo tan inmenso.
No me dieron tregua.
El suelo vibraba detrás de mí, cada embate haciendo estallar el hielo bajo mis pasos. Sentía la persecución como un puño cerrado en la espalda: la presión del aire desplazado, el temblor subiendo por las piernas, el frío cortándome la piel mientras corría.
No miré atrás. No podía.
La escarcha se extendía sola bajo mis pies, traicionándome y salvándome al mismo tiempo. Cada paso dejaba grietas blancas que el peso de las criaturas quebraba con furia. Sabía que iban tras de mí. Lo sentía en el pecho, en el estómago revuelto, en el temblor involuntario de mis manos.
El olor me alcanzó antes que ellas.
Putrefacción caliente. Carne abierta. Sal y óxido mezclados con humedad y lodo.
El Alter saturó mi visión con advertencias incompletas, símbolos rotos, líneas que no alcanzaban a traducir el tamaño de lo que se acercaba.
Entonces el suelo cedió.
El claro se abrió frente a mí como una herida.
El Aragon emergió de entre el polvo y la lluvia con violencia obscena. Una masa descomunal, hinchada, supurante. Su cuerpo se movía con espasmos irregulares, alas desgarrando el aire, tentáculos golpeando el terreno, levantando restos de cuerpos, piedras, fragmentos de armaduras.
Me detuve.
No por valentía. Por puro terror.
El miedo quiso romperme el rostro. Lo sentí subir por la garganta, por los ojos, pero lo contuve. Me obligué a respirar mientras la bestia se lanzaba hacia mí, devorando la distancia con una fuerza imposible.
Cerré los ojos.
Y el mundo explotó.
No fue ruido. Fue una violencia absoluta.
El suelo se partió en dos bajo mis pies. El aire se comprimió hasta doler. Una ráfaga me golpeó el cuerpo entero, arrancándome el equilibrio, levantando agua, hielo, tierra y restos orgánicos en una nube brutal.
Abrí los ojos.
Ar.
Había caído entre la criatura y yo como un juicio final.
Su espada atravesó la masa del Aragon con una precisión monstruosa. Carne, placas, corrupción… todo cedió. El impacto fue tan fuerte que el cuerpo de la bestia se desgarró en el aire. Fragmentos ardientes de carne cayeron alrededor, golpeando el hielo, salpicando lodo oscuro, vapor y sangre espesa.
La lluvia comenzó a caer en ese instante, mezclándose con el polvo levantado, pegándose a mi piel.
Ar dio un paso al frente y se detuvo.
Quedó a unos metros de mí.
Su espalda era un muro. Su postura, pura violencia contenida.
El vapor escapaba de su casco en bocanadas irregulares, visibles incluso entre la lluvia y el polvo suspendido. Su respiración era lo único que logré fijar. Eso y el olor metálico, húmedo, insoportable que flotaba alrededor.
Pedazos de carne siguieron cayendo.
Giro sobre mí misma, aún aturdida por la irrupción de Ar, y entonces lo veo.
Quedan muy pocos.
A la distancia, figuras rotas se esconden entre árboles caídos, detrás de vestigios de máquinas destrozadas, placas de metal retorcidas, restos de lo que alguna vez fue tecnología y ahora solo sirve como refugio improvisado. Están heridos. Agazapados. Temblando. La pobreza del campo se les pega a la piel como una segunda capa de miedo.
En los boquetes abiertos por el choque de los Aragons ya no quedan bestias menores. Solo cicatrices.
La frontera es ahora una línea brutal: de un lado, tierra ennegrecida y podrida; del otro, barro congelado, agua estancada y restos humanos mezclados con armaduras rotas. Una división clara, como si el mundo hubiera sido partido a golpes.
Los soldados que aún permanecen en pie comienzan a reagruparse. Los veo moverse con dificultad, lanzando conjuros de alto poder hacia el Aragon abierto frente a nosotros, intentando rematar lo que queda de esa montaña enferma.
Ar no se mueve.
Permanece estoico, espada en mano, plantado entre la criatura aún convulsionante y yo, como si su cuerpo fuera una muralla final. No retrocede. No avanza. Solo espera.
Me incorporo lentamente.
El aire helado quema mis pulmones. Respiro despacio. Y entonces ocurre.
Sin que lo decida, sin que lo ordene, la escarcha comienza a brotar.
No nace solo bajo mis pies. Se extiende en el ambiente. El agua suspendida cae convertida en copos finos, pero no son nieve común. Al tocar el suelo, no lo endurecen: lo transforman.
Donde cae la escarcha, la tierra deja de supurar. Donde tocan las brasas que flotan desde las puntas de mi cabello, lo podrido se abre.
No es inmediato. Es dolorosamente visible.
El barro ennegrecido se resquebraja y, desde debajo, emerge un verde apagado, antiguo, como si la vida hubiera estado enterrada, asfixiada, esperando. Mis pasos dejan huellas claras. No de hielo muerto, sino de suelo que vuelve a respirar.
Me quedo inmóvil, observándome hacer algo que no entiendo.
Las puntas de mi cabello arden con un fuego, vivo. De él brotan chispas y brasas que flotan, caen, se apagan… y donde lo hacen, la tierra responde.
Ar lo nota.
Siento su mirada incluso sin verla.
Su casco gira lentamente hacia mí. La fijación es absoluta. No es asombro. Es alarma. Su postura cambia apenas, lo suficiente para que mi cuerpo lo perciba como una tensión nueva.
El Aragon se mueve.
Un espasmo brutal sacude su masa abierta. Tentáculos desgarrados se contraen. La carne enferma aún no ha aceptado la muerte.
Giro la cabeza. Veo a mi alrededor.
Estoy tocando tierra limpia.
El Alter irrumpe en mi visión, insistente, casi desesperado, repitiendo una y otra vez el mismo mensaje, superpuesto, parpadeante:
VETE. LA BESTIA SIGUE VIVA. RETÍRATE.
Pero Ar no deja de mirarme.
Entonces, antes de que la bestia terminara de incorporarse, una mano enorme emergió del suelo.
La vi alzarse entre barro, hielo y restos de carne, y sentí cómo el asombro me atravesaba el pecho. No fui la única. Ar reaccionó al instante: retrocedió con una velocidad brutal hasta quedar casi frente a mí, una mano extendida hacia atrás, marcando distancia, la otra firme sobre la empuñadura de su espada, sin apartar la vista del frente.
El suelo se hundió.
La mole cayó sobre nosotros con un impacto que sacudió el campo entero, y de inmediato saltó hacia atrás, revelando la verdadera pesadilla.
No era solo otro Aragon.
Era algo peor.
Humanoide… solo en intención.
Gigante. Obeso. Deforme.
El Alter volvió:
SEÑALES CLASIFICACIÓN—”BARAN”—PELIGRO CRÍTICO.
Su cuerpo parecía inflado desde dentro, la carne tensada al límite, cruzada por vetas enfermas que palpitaban como si algo quisiera salir. El brazo izquierdo cargaba un garrote grotesco: restos compactados, huesos soldados con metal, carne endurecida por impacto tras impacto. Sus pies putrefactos se hundían en el suelo, dejando huellas negras que humeaban. Garras largas, torcidas, demasiado numerosas. De su cráneo casi calvo brotaban cuernos irregulares; no tenía cuello visible, como si la cabeza hubiera sido empujada hacia dentro del torso.
Cuatro ojos. Una boca desmesurada. Velocidad imposible para algo tan grande.
Una aberración.
Ar no dijo nada.
No lo necesitó.
El simple peso con el que bajó su espada —lento, denso— me lo dijo todo. No había precaución. Era una preocupación real.
Mire a mi alrededor, paralizada.
Entonces ocurre.
La bestia se abalanzó sobre el Aragon herido y lo partió sin esfuerzo. Lo devora. Carne enferma y metal crujen entre sus fauces como si fueran recompensa. Mastica con un gesto casi satisfecho.
Hay algo cínico en su violencia. Algo que disfruta.
Levanta el mazo.
Cierro los ojos.
El impacto no lo oigo.
La vibración me atraviesa los huesos. El suelo se ondula bajo mis pies. Una punzada me comprime el pecho, como si el aire hubiera sido arrancado del mundo.
Cuando abro los ojos, estoy junto a Ar.
No sé cuándo nos movimos. No sé cómo.
El primer golpe no nos alcanzó.
Pero el segundo sí.
La criatura vuelve a agitar el garrote y Ar sale despedido, lanzado como un fragmento arrancado del campo, perdiéndose entre la ventisca, el polvo y la escarcha.
Antes de que pueda girarse hacia mí, su cabeza y su espalda estallan.
Explosiones secas. Precisas. Quirúrgicas.
El Alter se llena de texto superpuesto, órdenes que se pisan unas a otras:
“A las doce.” “Fuego a discreción.” “No dejen que la toque.” “Fuego. Fuego.”
La vibración me obliga a girar.
Entre árboles arrancados de raíz emerge un meca de tierra, colosal, la cabina abierta. Dentro distingo siluetas, núcleos de carga, algo que reconozco las ojivas. Por un segundo —solo uno— creo que estoy a salvo.
Error.
Eran altos, angulosos, con siluetas que recordaban a antiguos guardianes de metal, casi elegantes en su brutalidad. Brazos articulados, placas superpuestas, símbolos gastados por guerras que no conocí. Se movían con precisión, como si cada paso estuviera calculado para no dudar.
Atacaron.
Descargas, impactos directos, filos mecánicos hundiéndose en la carne.
La piel de Baran se abrió.
No como una herida normal.
Se abrió como se abre algo podrido desde dentro.
Donde el metal había quemado, un jugo verdoso comenzó a rezumar. Espeso. Brillante. El olor me golpeó incluso sin oír nada: ácido, rancio, como carne olvidada bajo el sol. Ese líquido selló las quemaduras mientras los gusanos se retraían de nuevo al interior, satisfechos.
Baran no retrocedió.
Respondió.
Abrió la boca.
Escupió.
Un chorro espeso salió disparado y alcanzó a uno de los mechas. El impacto fue inmediato: el metal chisporroteó, se ablandó, comenzó a derretirse como cera maldita. La máquina perdió equilibrio y cayó de lado con un peso que hizo vibrar el suelo bajo mis pies.
Otro mecha fue alcanzado. Luego otro.
Los operadores no esperaron.
Las cabinas se abrieron de golpe y los cuerpos salieron expulsados en cápsulas que se desplegaron en el aire como velas de barco. Tela tensa, estructuras ligeras. El viento las tomó y las arrastró lejos, huyendo del campo, dejándolo todo atrás.
Yo me quedé ahí.
De pie entre mugre, escombro y restos humeantes, mirando a Baran regenerarse frente a mí.
Tan cerca que podía ver cómo su piel volvía a cerrarse.
El aire cambia.
Me golpea con violencia.
La explosión ocurre antes de que pueda reaccionar.
Desde otro ángulo, nuevos ataques castigan el campo. El Alter se satura. Alertas, picos, distorsión. Demasiada información. No sé hacia dónde moverme.
El pecho se me cierra.
Busco a Ar.
La criatura también se mueve. No oigo su bramido, pero la tierra lo traduce por ella. Corre a una velocidad absurda, rompiendo la niebla, cargando como una avalancha viva.
Lo primero que pienso es - Ar.
Corro tras esa cosa.
Veo manos agitándose, cuerpos intentando detenerme, bocas abiertas en gritos que no llegan a mí. No paro. Aproveché un boquete abierto por el combate, resbaló, me dejo caer y uso la pendiente para descender.
Abajo lo veo.
Ar.
De rodillas.
El miedo me atraviesa de lado a lado.
Corro hacia él sin pensar, sin medir. Cuando llego, alza una mano y me aparta con fuerza, como si yo no existiera, como si no necesitara ayuda alguna.
El Alter registra su mensaje, seco, furioso:
¿QUÉ HACES AQUÍ? TE DIJE QUE TE FUERAS. VETE.
Y aun así… Sigue de rodillas.
El mundo no suena.
Pero vibra.
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