Continuación del capítulo 5.3
- Jonn All
- 12 may
- 8 min de lectura
Mi pecho se tensa y el aire me quema la garganta cuando hablo. No oigo mi voz. Nunca lo hago. Solo siento cómo sale: torpe, forzada, como si mi propio cuerpo dudara antes de obedecerme.
—No… —la palabra me raspa por dentro—. No me iré.
La criatura aparece detrás de Ar.
No necesito oírla para saber que sonríe. Lo veo en cómo la carne de su rostro se estira de más, en la baba espesa que cae de su boca abierta, en el brillo húmedo y enfermo de sus ojos. Huele a óxido, a grasa podrida, a muerte estancada.
—Estoy cansada de correr —digo, con el pecho temblando—. No voy a dejarte.
Doy un paso más.
El corazón me golpea con fuerza, pero sigo. Tengo que decirlo. Ahora.
—Unm… Unm me dijo que te buscara —mi voz sale rota, urgente—. Que tú me esperabas. Que yo… —trago saliva— que yo era la que faltaba.
El Alter tiembla mientras traduce. Mis manos tiemblan más.
—Estoy aquí —insisto—. Úsame. Si me necesitas para ganar esta batalla… hazlo. No quiero que todos mueran.
Ar se levanta de golpe.
El suelo se quiebra bajo sus botas. Las vibraciones suben por mis piernas. El Alter estalla en pulsos violentos: alertas, impactos, advertencias rojas que apenas logro enfocar.
Ar no me mira de inmediato.
Aprieta los puños. Su respiración se vuelve pesada dentro del casco.
Cuando gira, lo hace con furia contenida.
El Alter fija sus palabras con brutal claridad:
NO.
NUNCA TE ESPERÉ.
NO ERES LA RESPUESTA.
Las frases caen como golpes secos, uno tras otro.
Intento entender. No puedo.
El sentido se me escapa entre el miedo y la incredulidad.
—Yo… —empiezo, pero ya es tarde.
Ar ya se mueve.
Se lanza de nuevo hacia la criatura, herido, sangrando, como si el rechazo hubiera sido solo otro peso más que cargar. Su espada vuelve a alzarse mientras la aberración ruge frente a él.
Yo me quedo atrás.
De pie.
Con el pecho ardiendo.
Sin saber en qué momento dejé de ser una posibilidad…
El choque no ocurre en tierra.
Explota en el aire.
El polvo, el agua y el hielo suspendidos arriba caen como una lluvia agresiva, pesada, que golpea mi cuerpo y me ciega por instantes. El Alter se satura: alertas, picos, distorsión.
Cada impacto sacude el suelo. Las vibraciones suben por mis piernas y me muerden los huesos.
Ar sale despedido.
Su cuerpo atraviesa el polvo como un fragmento de metal arrancado a la fuerza. La criatura se sacude; no escucho su risa, pero la veo en cómo su torso se infla, en cómo la boca se abre más de lo posible.
Ar cae de rodillas.
Desde el casco escurre sangre espesa. La veo caer y burbujear al tocar el suelo caliente.
Es desprecio. O reconocimiento.
Empiezo a girar sobre mí misma, desesperada, buscando algo, cualquier cosa que pueda ocupar, tocar, usar.
Abrió la boca.
Lo vi con absoluta claridad, aunque todo a mi alrededor ya era caos. La mandíbula descendió más allá de lo posible, forzando la carne hasta desgarrarla. Dentro no había solo oscuridad: algo se movía, se contraía, como un nido vivo empujando desde el estómago hacia la garganta. Su pecho se infló. Las venas enfermas se tensaron hasta ennegrecer.
El suelo vibró.
No lo oí rugir, pero el mundo entero respondió a ese rugido. La tierra crujió bajo mis pies, las ruinas se estremecieron, el aire se volvió pesado, denso, imposible de respirar.
Su cuerpo gigantesco salió disparado con una violencia antinatural. Saltó. La sombra que proyectó cayó sobre todo: sobre los restos del campo, sobre la frontera rota, sobre mí. Era como si el cielo se hubiera desplomado.
Corro hacia Ar.
No es elegante. Me tropiezo. El lodo me succiona las botas. Llegó como puedo.
El aire me quema el pecho cuando hablo. No oigo mi voz. Solo siento la vibración áspera en la garganta, el empuje torpe de las palabras saliendo del cuerpo.
—¿Por qué…? —digo—. Yo solo… yo solo quiero que esto termine.
Ar está destrozado.
No necesito sonido para saberlo. Su cuerpo lo grita: la forma en que se sostiene de la espada, la sangre oscura marcando el suelo, la rigidez antinatural de sus hombros.
Su boca se mueve.
El Alter proyecta texto frente a mí, inestable por el daño del entorno:
¿POR QUÉ HABLAS ASÍ? …
El golpe es seco, interno.
Respiro hondo. El frío me muerde por dentro.
Apartó el cabello con manos temblorosas y dejó mis orejas al descubierto. Lo hago despacio. Para que entienda.
—Porque soy sorda.
No oigo cómo suena. Solo siento el peso de decirlo.
Ar se queda inmóvil.
Durante un segundo que se estira demasiado, no dice nada. Luego supongo que sus labios vuelven a moverse. El Alter responde:
NO ES TU CULPA.
Aprieta la empuñadura de la espada. Veo los guantes tensarse.
PERO LAS DIOSAS NO VAN A RESOLVER ESTO. NO IMPORTA LO QUE TE HAYAN DICHO.
Se endereza aunque el cuerpo no quiera.
SI MUERO, ME LEVANTARÉ. UNA Y OTRA VEZ.
Mira hacia la cosa gigantesca, esa masa viva que aplasta la frontera como una montaña enferma.
HASTA QUE ESA COSA SE CANSE… O MUERA. PERO NO VOY A DEJAR QUE NADIE MUERA POR CREENCIAS ABSURDAS.
El mundo se llena de movimiento.
Veo a Itsuki abrirse paso entre soldados y restos de metal. Manos la sostienen, la empujan, la protegen. Sus ojos me buscan.
No sé qué hacer.
Ar levanta la mano y hace una señal clara, cortante, hacia los suyos.
LLÉVENLAS.
El Alter no lo proyecta. No hace falta.
Lo entiendo igual.
Ar me mira una última vez.
Y entonces la sombra cae.
El garrote desciende.
No oigo el impacto, pero lo siento en los huesos cuando la criatura golpea a Ar y lo arranca de mi lado, lanzándolo lejos como si no pesara nada.
La tierra se abre.
Y el campo de batalla vuelve a romperse.
El mazo —si es que podía llamarse así— descendió envuelto en carne viva, huesos incrustados y metal retorcido. Cuando tocó a Ar, el mundo se quebró. Sentí el golpe atravesarme el pecho como si me lo hubieran dado a mí. El aire salió expulsado de mis pulmones en un espasmo seco. Caí de rodillas sin poder respirar.
Ar salió despedido. Fue arrancado.
Su cuerpo chocó contra el suelo a varios metros, rebotó, dejando un surco profundo entre hielo y barro ennegrecido. La armadura crujió de una forma que no quise entender. El casco se inclinó en un ángulo imposible por un segundo antes de corregirse.
Baran cayó después, pesado, satisfecho.
Su cuerpo se expandió al tocar tierra, como si algo dentro celebrara. Desde las grietas de su carne comenzaron a salir cosas más pequeñas, hinchadas, húmedas, arrastrándose hacia la tierra viva, clavándose en ella para pudrirla desde dentro. El suelo se volvió gris a su paso.
Sentí un tirón en el estómago. Un rechazo visceral. Un miedo antiguo.
Había cuerpos moviéndose, figuras levantándose entre el barro y la carne quemada. Algunos gritaban. Otros avanzaban en silencio. Nadie huía. Nadie soltaba el arma. No entendía por qué seguían peleando, por qué insistían cuando todo parecía perdido.
Desde arriba cayó la muchedumbre.
Una masa compacta de cuerpos parasitados, unidos por magia podrida, comprimidos hasta formar una sola cosa. Impactaron como una bomba viva. El estallido fue inmediato: luz sucia, gritos ahogados, energía liberada sin forma ni control.
Sentí el golpe antes de entenderlo.
Mi cuerpo reaccionó solo.
El frío estalló desde mí, una expansión violenta que no pedí. Hielo y nieve se alzaron como un reflejo inconsciente, envolviéndome. Por un segundo, apenas uno, algo me cubrió. No supe qué fue. Solo supe que me protegió.
Luego el mundo giró.
Salí despedida sin dolor, sin aire, sin sonido. Caí lejos, demasiado lejos. La nieve me recibió con una suavidad imposible, como si me reconociera. Mi cuerpo se hundió en ella sin romperla. El cabello seguía chispeando, hilos de energía recorriéndolo como si no supieran que yo estaba aterrada.
Mi corazón latía desordenado.
Confundido.
Me incorporé como pude, las piernas temblando, el cuerpo pesado, la vista borrosa. Y entonces lo vi.
De la nieve que dejé sobre el campo empiezan a emerger figuras.
Primero Itsuki. Luego dos personas más.
La nieve se desliza de sus hombros como ceniza blanca. Me miran sin decir nada. Sus rostros están abiertos, desnudos de guerra.
Uno de ellos da un paso al frente.
Se inclina.
No como un saludo. Como si estuviera frente a algo que reconoce.
Itsuki sonríe, apenas, y se inclina también. Su gesto es suave, casi familiar.
La otra chica no se mueve. Me observa con atención absoluta, como si intentara memorizarme.
Frente a mis ojos, el Alter proyecta palabras:
¿EN VERDAD ERES TÚ? ¿POR QUÉ HASTA AHORA?
Parpadeo. No entiendo.
Itsuki se endereza rápido. Habla con ellos. Veo sus manos moverse con urgencia.
El Alter traduce:
ELLA NO LO SABE. NO TIENE IDEA. DÍGANLE, POR FAVOR. NECESITA LLEGAR CON ÉL.
El hombre se incorpora.
Es alto. Imponente. La postura de alguien acostumbrado a que le obedezcan.
Da un paso hacia mí y extiende la mano.
Itsuki me hace una seña clara: ve con él.
No entiendo nada, pero obedezco.
Le doy la mano.
Me jala con firmeza, sin brusquedad. Un empujón gentil, decidido.
El Alter proyecta de inmediato:
AR NECESITA TU AYUDA.
Mi pecho se aprieta.
SÉ QUE ES TESTARUDO. UN IDIOTA, SI QUIERES. PERO INTÉNTALO.
Camino. Mis piernas apenas responden.
NECESITA UN PACTO.
No pienso.
Mis labios se mueven antes de que pueda detenerlos.
—¿…pacto?
El hombre se detiene en seco.
Se gira hacia mí.
Sus ojos son duros, pero no crueles.
El Alter traduce, letra por letra:
DILE QUE TÚ PUEDES LLEVARNOS A LA VICTORIA. QUE NO LE TEMES. QUE CUANDO ÉL QUIERA, TODO PUEDE VOLVER A SER COMO ANTES.
Trago saliva.
EL PACTO PUEDE DESHACERSE.
El mundo parece inclinarse.
SI LE DICES ESTO… NO TENDRÁ OTRA OPCIÓN QUE ACEPTAR.
Da un paso más cerca.
QUIERES SALVARLO, ¿NO ES ASÍ?
No oigo la pregunta.
Pero la siento.
Y no necesito que el Alter traduzca lo que ya arde en mi pecho.
El mundo sigue girando. El frío me muerde los dedos. Las piernas me pesan como si no fueran mías. Me arrastro, resbalando sobre nieve sucia, dejando marcas torpes. Cada movimiento me roba aire. Cada latido duele.
Pero llegamos.
Me acerco a Ar como puedo. Las piernas me fallan. El pecho me arde. Fuerzo la voz.
Sale mal.
Rota. Torpe. Pero mía.
—P-por favor… —digo—. Unm me dijo que…
Trago saliva. El aire raspa.
—Tú eres mi respuesta. Yo… yo puedo serlo.
Baran sigue avanzando.
No lo oigo, pero lo siento. El suelo tiembla bajo su peso. La putrefacción se arrastra con él.
—¿Quieres… —mi voz tiembla— que todos mueran?
Ar no se mueve.
Luego gira la cabeza.
Sigue hincado, sostenido solo por la espada, pero voltea hacia mí. El casco cubre su rostro. No veo sus ojos. No veo miedo.
Pero lo presiento.
Está ahí. Compacto. Apretado en la forma en que respira.
Aprovecho.
—Míranos —digo—. ¿Quieres que esto sea lo último? ¿Que la frontera caiga aquí?
Se me quiebra el pecho.
—No entiendo qué pasa… pero quiero que me lo digas. No quiero morir aquí.
El Alter vibra. Proyecta palabras que no son mías, pero que debo decir:
EL PACTO PUEDE DESHACERSE. CUANDO QUIERAS, TODO PUEDE VOLVER A SER COMO ANTES.
Ar me mira.
No se mueve.
Baran da otro paso.
El garrote arrastra surcos en la tierra. Carne y gusanos caen y vuelven a coserse mientras avanza, lento, cínico, seguro.
Ar habla.
Escupe sangre.
Las palabras llegan fragmentadas, duras, como si arrancarlas doliera más que las heridas.
—Yo… no pue… —Tose—
—Maldición.
—Pero… no —Tose—
Aprieta los puños alrededor de la empuñadura. La espada sigue clavada en el suelo, temblando con él. Mira a los lados. Como si buscara algo. O a alguien. O una salida que ya no existe.
Entonces Baran ruge.
Golpea el garrote contra el suelo con una fuerza brutal. La tierra se abre. El impacto sacude el aire, levanta restos, hace vibrar mis huesos. La sonrisa se ensancha en su rostro deforme.
Ar alza la vista.
Yo sigo su mirada.
Arriba, el cielo está roto.
El combate continúa sobre nosotros. Cuerpos caen envueltos en fuego y magia. Gritos mudos. Chispas. Sangre. No hay vencedores. Solo caída.
El hombre que me trajo se adelanta un paso.
Me da la espalda.
Habla hacia Ar.
No oigo nada.
El Alter se activa y traduce, líneas rápidas, urgentes:
TIENES PULMÓN PERFORADO. NO AGUANTARÁ MUCHO MÁS. NECESITAMOS SU AYUDA. BARAN ES UN SEÑOR. SI NO LO DERRIBAMOS AQUÍ, LA FRONTERA CAE. DESCUBRE LO QUE PUEDE DARTE ERU.
El nombre aparece.
ERU.
El mundo se congela.
Lo siento antes de verlo.
Ar se queda rígido.
No es una reacción violenta. Es peor. Es como si algo dentro de él se hubiera detenido de golpe.
Lento, muy lento, gira el casco hacia mí.
Mi piel se eriza.
Comentarios