Continuación del capítulo 6.1
- Jonn All
- 12 may
- 8 min de lectura
Baran no quiso morir.
Se abrió. Se cosió. Se rehízo.
Falló.
Las sombras se cerraron sobre él. Las llamas lo devoraron desde dentro. Su cuerpo se quebró sin sangre, sin restos.
Reventó en escarcha.
Fragmentos helados quedaron suspendidos un segundo antes de caer como ceniza blanca sobre la frontera devastada.
Ar se detuvo.
Giró.
Me miró.
Caminó hacia mí aún envuelto en fuego, con sombras adheridas a su forma como cicatrices vivas. Detrás de él, los caídos marchaban, figuras negras, silenciosas, siguiendo su paso.
Quise preguntar. Quise entender. Quise ser útil.
Pero el miedo no me dejó hablar.
Las llamas comenzaron a apagarse.
Las sombras colapsaron.
El cuerpo volvió a ser humano.
Ar cae.
No lo escucho. No escucho el golpe, ni el metal, ni los cuerpos moviéndose alrededor. El mundo se apaga de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta dentro de mí.
El silencio se vuelve.
Denso. Brutal. Total.
Mi pecho se contrae con violencia. Intento respirar y no entra aire suficiente. Corro hacia él sin equilibrio, sin forma, tropezando con restos, con cuerpos, con lodo caliente que aún humea.
No entiendo por qué nadie se mueve.
Veo manos bajar armas. Veo miradas duras. Rostros quietos. Estoicos. Como si todo hubiera terminado.
¿Cómo que terminado?
Ar está en el suelo.
No se levanta.
No reacciona.
Me arrodillo a su lado y lo sacudo torpemente. Mis manos resbalan en la sangre oscura que aún brota desde debajo del casco. Su cuerpo pesa demasiado. Inerte. Frío en partes.
Abro la boca.
No sale nada que yo pueda oír.
Pero siento el grito romperme por dentro.
Miro alrededor, desesperada, buscando ayuda, buscando urgencia, buscando a alguien que haga algo. Nadie corre. Nadie se lanza. Nadie grita órdenes.
No entiendo.
¿Por qué no hacen nada? ¿Por qué nadie lo ayuda?
Siento unos brazos rodearme.
Itsuki.
Me aprieta fuerte, como si quisiera anclarme al suelo. Su rostro está cerca del mío. Sus labios se mueven rápido. No oigo nada.
El Alter parpadea frente a mis ojos, letras blancas temblorosas:
Tranquila. Ya pasó. Está bien. Ya pasó. No pasó nada.
Nada.
La palabra me atraviesa como una bofetada.
La empujo.
La miró con los ojos abiertos de confusión y vergüenza. No entiendo cómo puede decir eso. Giró la cabeza y veo a Ar otra vez. Ahí. Tirado. Solo.
Corro.
Alguien intenta detenerme. Una mano en mi brazo. Otra en mi hombro. Me suelto con un tirón brusco. Estoy temblando. No hace frío.
Es algo peor.
Entonces siento el hormigueo.
Empieza en la nuca. Baja por la espalda. Recorre mis brazos como electricidad atrapada bajo la piel. Mi cabello chisporrotea, pequeñas descargas azules que se vuelven blancas en las puntas.
Paso junto a un charco de lodo. Hielo resquebrajado.
Me veo de reojo.
El reflejo me detiene un segundo.
Mi cabello… blanco. Mis ojos… no son los mismos.
El miedo me atraviesa.
Miro atrás.
La gente está quieta. Demasiado quieta. Algunos miran a Ar. Otros me miran a mí. Veo sorpresa. Temor. Reconocimiento.
Eso me enfurece más.
No soy lo que están viendo.
Soy alguien que está perdiendo a la única persona que se interpuso al fin.
Vuelvo a correr.
Me dejo caer junto a Ar y lo abrazo, torpe, desesperada, apretándolo como si pudiera impedir que se vaya solo con eso. Mi frente choca contra su pecho. Siento el metal frío de la espada aún atravesándolo.
No entiendo qué pasó. No entiendo qué es él. No entiendo qué soy yo.
Solo sé una cosa.
Cuando Ar cae, algo dentro de mí se rompe con él.
Y entonces—
El mundo se pliega.
El campo desaparece.
El silencio se vuelve profundo, antiguo.
Y caigo.
No hacia atrás.
Hacia un recuerdo.
Entonces, el mundo se quebró.
El mar primigenio volvió a llamarla.
El mismo al que Unm había nombrado alguna vez. Aquel mar imposible, envuelto en niebla, donde la magia no obedecía leyes sino deseos desesperados. Eru se vio a sí misma sosteniendo a aquel joven que no quería morir. Recordó ese sentimiento absoluto, brutal: detenerlo todo para que viviera, congelar el tiempo, arrancarlo del destino con las manos desnudas.
Y antes de poder huir del recuerdo, este se abrió otra vez.
Cayó dentro de otro.
El mundo cambió como un reflejo torcido de la batalla.
Miles de espadas ornamentaban una colina, clavadas en la tierra como tumbas. Entre ellas, flores crecían en contraste imposible. Justo ahí. Mirándolo. Justo ahí… todo se volvió silencioso.
Cuando volvió el rostro, Ar estaba frente a ella, pero todo lo demás había desaparecido.
Las placas de guerra eran ahora espadas oxidadas. Las flores multicolores se transformaron en un campo azul celeste que resplandecía bajo la luz de un astro inmóvil. Ar ya no era Ar.
Era un infante.
Un niño que jugaba torpemente junto a una pequeña figura a su lado, corriendo entre el campo azul, mientras la arena cubría el horizonte hasta perderse en la silueta del Gran Castillo de Izta, en Maquia.
Entonces comprendí: no estaba viendo… estaba soñando con él.
Pero el sueño se quebró.
Ahora solo veía al niño temblando. Manos pequeñas, callosas, apretando una vara de entrenamiento. Voces burlonas danzaban a su alrededor, crueles, contrastando con la disciplina silenciosa del pequeño. Caía. Se levantaba. Volvía a intentarlo. Sus manos no dejaban de temblar.
A su espalda, en un punto ciego, una figura enorme se inclinó.
Un señor de barba, bigote y cabellera blanca casi plateada, cubierto por una capa. Alto como un roble.
—¿Estás bien? —preguntó con voz grave—. Creo que es suficiente, ¿no lo crees?
El niño no respondió. Siguió practicando hasta que la sangre marcó sus palmas.
El hombre avanzó entre las espadas y las flores, apoyó una mano en su hombro y esperó.
—¿Tienes miedo?
El niño giró el rostro, los ojos brillantes, la mandíbula tensa.
—No.
—Te tiemblan las manos. Escúchame… no importa tener miedo. Pero necesitas parar. Destrozarte no cambiará nada.
—Si paro… no lo lograré —respondió el niño con voz rota—. No quiero volver a reprobar.
—Oh… ya veo —dijo el anciano con calma—. Pero dime primero, ¿qué fue lo que reprobaste?
El muchacho bajó la mirada hacia la tierra cubierta de flores.
—Las pruebas… —murmuró—. No pude protegerlos. Soy un cobarde… lo único que me quedaba era huir.
El viento recorrió suavemente el cementerio de espadas.
—Hay veces —respondió el hombre— en que mantenerse con vida también es una forma de valentía.
El chico negó lentamente.
—Pero Heim se quedó. Él solo me dijo que debía correr… y… yo corrí.
—¿Y Heim era tu…?
—Él cuidaba de mí. —El niño dudó—. Me dijo que me mantuviera a salvo… que mi dedicación y mi necedad algún día me llevarían a cumplir mi deseo. Y me dio una espada.
Guardó silencio un momento.
—Pero no es real.
El muchacho levantó la mano y señaló entre el bosque de acero clavado en la tierra.
Entre flores blancas y pétalos marchitos sobresalía un trozo de madera rota.
—¿Por qué dices que no es real? —preguntó el anciano.
El chico bajó la voz.
—Solo mírala… ¿cómo podría ser la espada de un guerrero?
El anciano observó el pedazo de madera con atención.
—Yo, en cambio… veo una gran espada.
El muchacho negó de inmediato.
—Pero es falsa. No podré ser un héroe. Esa espada es solo de entrenamiento… no tiene filo, no mata, no corta.
El anciano inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces… ¿crees que necesitas lastimar algo para poder ser un héroe? ¿Crees que es necesario matar?
El chico no respondió.
—¿Qué sentido tiene practicar —continuó el hombre— si ya te rendiste?
—¡No me he rendido! —protestó el niño, apretando los puños—. No quiero volver a correr… no quiero ser un cobarde… yo no…
—¿Un cobarde? —repitió el anciano con suavidad—. ¿No crees que estás siendo injusto contigo mismo?
—¿Por qué sería injusto? —respondió el chico con un hilo de voz—. Yo sigo aquí… y los demás no.
Sus manos temblaban.
Cada espada a su alrededor parecía un recuerdo que no podía enfrentar. Sus ojos se nublaron y apartó la mirada, como buscando aire lejos de aquella conversación.
Pero el anciano lo había notado.
—Tienes miedo… ¿verdad?
El muchacho cerró los ojos un momento.
Sus dedos temblaban con tanta fuerza que tuvo que apretar los puños para detenerlos.
Finalmente asintió.
—Sí… ¿cómo no podría tenerlo?
El anciano soltó una pequeña risa cansada.
—Sabes… yo también tenía miedo cuando vine aquí.
El niño levantó la mirada, sorprendido.
—¿Usted?
—No sabía qué encontraría. Me dijeron que en este cementerio de espadas podría conocer al joven que se plantó frente a un Aragón… al muchacho que enfrentó a una de esas criaturas.
El niño negó con rapidez.
—No fue así… ellos entendieron mal.
Bajó la cabeza, avergonzado.
—No tienes por qué avergonzarte —dijo el anciano.
Pero antes de que pudiera continuar, el chico habló de nuevo.
Las palabras salieron atropelladas.
—¡Estaba aterrado! —confesó—. Tenía tanto miedo que me congelé. Solo podía quedarme ahí… sin bajar la mirada. No había nada más que hacer.
Respiró con dificultad.
—Después pensé que ni siquiera serviría para que ella corriera lo suficiente… y entonces… entonces esa criatura me miró.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Creí que… me resigné. No quería que ella saliera lastimada.
El anciano extendió su capa y cubrió suavemente los hombros del chico.
Luego le dio unas palmadas firmes en la espalda.
—Por eso he venido a agradecerte.
El niño levantó la cabeza.
—¿A agradecerme?
—Y debo confesarte algo —continuó el hombre—. También tuve miedo de venir.
El chico lo miró con incredulidad.
—¿Usted… miedo?
El anciano soltó una carcajada grave.
—¿Acaso alguien como yo no puede sentirlo?
El niño lo observó de arriba abajo.
—Es que… con su tamaño… su espada… su capa… ¿por qué tendría miedo?
—Bueno, aspirante a héroe —dijo el hombre—. Déjame ver tu placa.
El chico se acercó.
—Joven Lobo… —leyó el anciano—. Pensé que Heim era tu familia.
—No… soy huérfano. Heim solo… se tomaba el tiempo para enseñarme algunas cosas. Hasta que nos llevaron al hogar temporal por Sol.
Sus ojos brillaron un poco.
—El héroe que viene de las estrellas.
El anciano asintió lentamente.
—Entonces eres un refugiado muy valiente.
El niño negó con tristeza.
—No… solo quisiera ser tan bueno como Heim. Él sí era querido… él no era motivo de burlas.
—¿Burlas?
—Aquí un huérfano de una raza perdida no es muy popular… yo quería ser un héroe como Sol… pero…
El anciano miró el campo silencioso.
Las flores, las espadas, el viento.
Y la soledad del niño.
Entonces se arrodilló frente a él.
—¿Y entonces?
—Las burlas ganaron… —susurró el chico—. No soy nadie. Nunca podré ser como Sol.
—¿Así que te rendirás?
El niño negó con desesperación.
—No… pero siento que no puedo defraudarlos… aunque ya no estén.
Hizo una pausa.
—Y… ella.
—¿La chica que salvaste?
El niño se sonrojó.
—¡No se burle! Yo solo… quería tener una historia como las de Sol.
Sus ojos se iluminaron de pronto.
—Dicen que derrota a los Aragons con su espada estelar… hecha con polvo de planetas y cenizas de monstruos. Dicen que es irrompible… que cuando la desenfunda las criaturas huyen porque escuchan las almas de los demonios atrapadas en su filo.
El anciano lo escuchaba con una sonrisa tranquila.
—¿Y qué más dicen de ese Sol?
—¡Que es un gigante! Que su armadura está hecha con las escamas de criaturas de los doce reinos… y que sacó la espada del pecho del Rey de los Demonios.
El anciano soltó una risa suave.
—Ah… hablas de Anduril… la espada hecha con las raíces de la Revi.
El niño abrió los ojos.
—¿La conoce? ¿La espada estelar?
—Claro que la conozco.
El niño bajó la mirada.
—Yo… quiero creer que algún día podré conocer a Sol.
El anciano guardó silencio.
Luego se puso de pie lentamente.
—Perdón si te hice pensar que me burlaba. Solo quería saber más de ti.
El niño parpadeó.
—¿De mí?
—Por supuesto.
La voz del hombre se volvió firme.
—Quería conocer al joven que se plantó frente a un Aragón. Quería saber… a quién debo agradecer.
—Yo… no pude hacer nada…
—Dime tu nombre, chico.
El niño vaciló.
—No tengo ninguno.
Entonces el anciano se quitó la capucha.
La luz del cielo cayó sobre su rostro.
Desenfundó su espada y la apoyó frente a él.
La armadura bajo su capa brilló como una estrella.
El chico se quedó sin aliento.
—Tú eres…
—Yo soy Soleil.
Clavó la espada en la tierra y la sostuvo con ambas manos.
—Y quisiera llamarte Ar. La estrella fugaz del oeste.
El niño comenzó a llorar.
—Perdón… aún no estoy listo… solo me congelé…
Soleil negó suavemente.
—No te disculpes.
Se arrodilló frente a él.
—Eres muy valiente.
El niño sacudió la cabeza.
—No… solo no quería correr otra vez… no quería quedarme solo.
Comentarios