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Continuación del capítulo 6.2

—¿Por eso la protegiste?

El niño asintió.

—Ella me hace sentir… que no estoy solo.

Soleil guardó silencio.

Luego dijo con voz serena:

—Entonces yo también soy un cobarde, joven Ar.

—¿Usted? ¡Pero si usted es Sol!

Soleil sonrió.

—En todas esas historias… siempre tuve miedo.

El niño lo miró con asombro.

—¿En serio?

—Siempre.

Apoyó una mano sobre el hombro del chico.

—El miedo no es malo.

Señaló la tierra bajo sus pies.

—El secreto de un guerrero no es una espada mágica ni una armadura legendaria.

Hizo una pausa.

—El secreto es mantenerse de pie.

El niño miró sus manos.

—Estoy… de pie.

Soleil asintió.

—Exactamente.

Luego habló con voz más grave.

—Pero hay algo que no sabes de la historia.

El niño levantó la mirada.

—La espada estelar… no existe.

—¿Cómo?

Soleil levantó su espada.

—Está la recogí del pecho del heredero del duque de Adembaram… cuando ya caminaba como una bestia poseída por un demonio.

El viento sopló entre las espadas del campo.

Soleil respiró profundo.

—Ni siquiera ese día tuve tanto miedo como hoy.

—¿Por qué?

El guerrero miró al niño.

—Porque la damita que protegiste…

su voz se suavizó

—es mi hija.

Señaló el pedazo de madera entre las flores.

—Y ni esta espada… ni mi capa… ni mi altura sirvieron de nada.

Luego miró la espada de madera.

—Como esa. La espada de madera que levantaste.

El mundo se desdibujó.

El recuerdo se deshizo como humo.

Eru despertó jadeando.

No escuchaba nada.

No entendía nada.

Solo sabía una cosa, con una certeza que me partía el pecho:

Habíamos ganado la batalla. Y estaba a punto de perderlo todo

Como si despertara de un sueño profundo, volví a estar frente a Itsuki. Sus ojos seguían perdidos, pero esta vez sonrió. No dijo nada. Solo pude leer el movimiento de sus labios:

—¿Ahora lo ves?

No las entendí de inmediato.

Fruncí el ceño y levanté la mirada hacia Itsuki. Su figura era un contorno suave, impreciso; sus rasgos se desdibujaban como siempre, pero su postura era clara. Su cuerpo hablaba mejor que su rostro. Sonrió. Lo supe por la curva leve de su boca, por la tensión dulce en sus mejillas. Una lágrima descendía lenta, y aunque sus ojos no podían enfocarme bien, su expresión era firme, segura.

Con un gesto pequeño, casi tímido, señaló a mi alrededor.

Bajé la mirada primero.

Las flores.

Las sentí bajo mis pies antes de verlas del todo: la textura blanda, viva, reemplazando el hielo. Luego el Alter ajustó la proyección y comprendí. El hielo se había rendido al agua, una lámina tibia cubriendo el campo de flores y arena blanca. Todo contrastaba con las armas dispersas: espadas, lanzas, restos de la frontera marcando que ahí hubo guerra.

Alcé los ojos despacio.

La mayoría de las personas me observaban en silencio. No podía oír nada, pero el Alter me mostró lo que importaba: luces de bengala encendidas, destellos de magia suspendida en el aire—llamas pequeñas, esferas, runas flotando. Guerreros con la espada apoyada en el suelo, otros con lanzas envueltas en energía.

Nadie avanzaba.

Nadie atacaba.

No existia amenaza.

Entonces lo vi.

Ar.

Estaba sentado a unos pasos de mí, con la cabeza inclinada hacia adelante. El Alter marcó su respiración: estable, profunda. No había sangre. No había heridas visibles.

A su lado, apoyada con cuidado, descansaba una espada distinta. No era la que recordaba. Más sobria. Más antigua. Como si no hubiera nacido en la batalla, sino que hubiera estado esperando.

Giré lentamente sobre mí misma.

El campo.

Era el mismo que había visto en el recuerdo.

Donde antes hubo cadáveres y ruinas, ahora solo había flores extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. El mar sombrío ya no se agitaba. El Alter no registraba vibraciones hostiles. No quedaba rastro del horror.

Todo estaba… quieto.

Uno a uno, las personas inclinaron la cabeza. Algunos bajaron las armas. Otros cerraron el puño contra el pecho.

Una reverencia.

El Alter no necesitó traducir eso.

No pensé.

Busqué a Itsuki.

Nuestros cuerpos se encontraron primero que nuestras miradas. Su figura borrosa se inclinó un poco hacia mí. Sonreía. Lo supe por la forma en que su rostro se suavizó. Quiso acercarse más. Quiso abrazarme.

Pero yo ya me estaba moviendo.

Me levanté como pude y corrí.

No hacia la gente. No hacia lo que significaba todo aquello.

Hacia Ar.

Me lancé a abrazarlo con fuerza, como si soltarlo fuera permitir que el mundo volviera a romperse. Apoyé el rostro contra su hombro, contra la armadura aún tibia. Mi cuerpo temblaba. Reía sin sonido. Lloraba sin voz.

No había palabras que el Alter pudiera mostrarme.

Solo la sensación.

Una sonrisa abierta, torpe, casi infantil. Lágrimas de felicidad. De alivio.

Y aun así…

Aunque mis oídos seguían llenos de silencio, por primera vez desde que todo comenzó, mi pecho no estaba huyendo.

El miedo seguía ahí.

Pero ya no me dominaba.

El temblor volvió.

No fue violento, pero fue profundo. Lo sentí subir desde el suelo, como un pulso lento que me recorrió las piernas y se me quedó vibrando en el pecho.

El Alter proyectó una silueta enorme al fondo del campo.

Un mecha.

Colossal.

Su forma era extraña incluso para la guerra, La gente se hizo a un lado.

Sentí que Ar se movía.

Me levantó con cuidado. Sus manos eran suaves, medidas, como si yo fuera algo frágil. No pude ver su rostro. El casco seguía puesto. Esta vez no dijo nada.

Aun así, lo entendí.

Las flores comenzaron a erguirse.

No una o dos. Todas.

Se alzaron en hileras, marcando pasos invisibles. Los sentí bajo mis pies, como si la tierra me hablara directamente, como si supiera por dónde debía pasar alguien importante.

Eso no borra mi sonrisa.

Entonces ocurrió.

Una mujer rompió la formación y corrió hacia nosotros.

Me empujó sin mirarme y se lanzó directo a Ar. Su cuerpo estaba tenso, agitado. El rostro encendido, los ojos abiertos de más. Se notaba desesperada.

Mi Alter comenzó a traducir, las palabras apareciendo una tras otra, rápidas, superpuestas:

¿Estas bien? ¿Te duele algo? Tenemos que irnos. Necesitas descansar. Ven, vamos, por favor.

Era un torrente. Nervioso. Urgente.

Me quedé inmóvil.

Fría.

La forma en que lo tocaba. La manera en que su cuerpo se inclinaba hacia él. Cómo buscaba su rostro aunque el casco siguiera ahí.

Por un segundo pensé…

¿Es su pareja?

No supe qué hacer.

Sentí entonces la mano de Itsuki.

Me rodeó con los brazos, firme, protectora. No veía bien lo que pasaba, lo sabía, pero su cuerpo reaccionó igual. Me sostuvo mientras, casi sin darnos cuenta, abríamos espacio. La gente entendió y se hizo a un lado, dejando libre el camino por donde había entrado la mujer.

Cabello color chocolate.

Y entonces lo vi.

Orejas.

No humanas.

Se alzaban entre su cabello, móviles, tensas.

Mi pecho dio un salto.

¿Orejas…?

El Alter tardó una fracción de segundo en ajustar la lectura.

Hibrida. Mitad bestia.

La sorpresa me atravesó de golpe.

No miedo. No rechazo.

Asombro.

El mundo seguía abriéndose… y yo apenas comenzaba a entenderlo.

No sabía por qué me sentía así.

Solo sentía el pecho apretado.

Las flores del suelo se alzaron suavemente a su paso. No lo vi con los ojos: lo sentí en los pies, como un pulso que marcaba cada pisada. La tierra hablaba… o tal vez solo me estaba volviendo más consciente de ella.

Apreté los labios.

Noté que mis mejillas se inflaban sin que yo lo decidiera.

Alguien más se acercó.

Un hombre alto, de expresión amable, se colocó frente a nosotras y se inclinó un poco para que pudiera verlo bien.

Movió los labios despacio.

El Alter tradujo.

—Tranquila.

No fue cruel. No fue brusco.

Pero fue claro.

Asentí, aunque mis cachetes seguían inflados.

Otra figura se acercó: una chica de complexión delgada, ojos atentos, que ayudaba a Itsuki a mantenerse de pie. Me miró y sonrió con suavidad.

Habló despacio, pronunciando bien.

—Yo soy Youni. —Él es Adam.

Señaló con la cabeza hacia la mujer de orejas.

—Ella se llama luna. —Siempre va con Ar.

Miré de nuevo hacia ellos.

Luna ya estaba ayudándolo a caminar, colocándose a su lado sin pedir permiso, como alguien que sabe exactamente dónde ir.

Mis mejillas finalmente se desinflaron.

Sentí un poco de vergüenza.

No era nada especial. No para él.

Apenas lo había conocido entre fuego, metal y miedo.

Itsuki apretó mi mano, y yo le devolví el gesto.

Respiré hondo.

El campo seguía en calma. Las flores seguían creciendo. El campo de batalla ya no era un campo.

Era algo más grande.

Donde antes hubo ceniza, ahora se extendía una llanura imposible, basta, ondulante, cubierta por flores de formas y colores que jamás había visto crecer juntas. Algunas parecían cristalinas, otras suaves como plumas, otras emitían una luz tenue desde sus pétalos, como si la tierra respirara despacio.

La arena bajo mis pies era blanca, finísima, casi luminosa. Sentía, aunque no podía verlo, que debajo descansaba todo aquello que había sido destruido: espadas rotas, lanzas dobladas, armaduras abiertas por la violencia. Todo estaba ahí… pero la vida había decidido cubrirlo.

No ocultarlo.

Transformarlo.

Desde todos los rincones comenzaron a surgir personas.

No caminaban desde un solo punto; aparecían entre las flores, detrás de las colinas, desde grietas del terreno, desde senderos que no estaban antes. Eran muchos. Demasiados para contarlos.

Humanos. Bestias. Seres altos y delgados. Otros pequeños, casi ocultos bajo capas. Pieles de piedra. Ojos que brillaban. Cuernos. Alas plegadas. Marcas antiguas grabadas en el cuerpo.

Todos portaban fuego.

No era un solo tipo de fuego.

Había llamas tranquilas sostenidas en recipientes de metal. Chispas flotando alrededor de instrumentos arcanos. Luces danzantes que subían al cielo como señales. Pequeñas brasas que no quemaban, solo iluminaban.

Todo eso era para mí.

Lo supe sin que nadie me lo dijera.

Caminaban a mi alrededor, abriendo un sendero suave, claro. No había gritos ni órdenes, solo miradas cálidas, sonrisas sinceras, gestos que mi Alter no lograba traducir del todo.

Y entonces empezó.

Mi Alter se saturó.

No con palabras sueltas, sino con intención.

—Gracias— —Aqui— —Camina— —No estas sola— —Mira— —Sigue— —Ilumina—

No eran frases completas. Eran sentimientos convertidos en lenguaje.

No me pedían nada. No me exigían nada.

Me estaban recibiendo.

Mi pecho se llenó de algo que no reconocí al principio. No era orgullo. No era miedo. Era… calor. Un calor suave, envolvente, que no quemaba.

Mi cabello reaccionó antes que yo.

Las puntas comenzaron a brillar con más intensidad, pequeñas chispas recorriéndolo como si celebrara por su cuenta. Sentí cosquilleos recorrerme el cuero cabelludo, los brazos, la espalda. Mi cuerpo respondía a ellos.

A su alegría.

Yo también sonreí, sin darme cuenta.

Por primera vez, nadie me miraba como un problema. Ni como un arma. Ni como algo frágil.

Me miraban como si mi sola presencia hiciera el camino más claro.

Entonces lo vi de nuevo.

El mecha.

Era imposible ignorarlo. Se alzaba más allá de la multitud, gigantesco, con sus tres apéndices delanteros anclados al suelo y su cola extendida como una sombra viva. No parecía una máquina inmóvil, sino algo que esperaba.

Busqué a Ar.

Lo encontré caminando.

No estaba solo.

A su lado avanzaba Luna.

La mujer bestia caminaba junto a él con naturalidad, como si ese lugar también le perteneciera. Sus orejas se movían con atención, su postura era firme. No había duda ni urgencia: ambos se dirigían hacia el mecha.

Juntos.

Ar giró el rostro.

Me miró.

No fue una mirada rápida ni pérdida. Fue clara. Directa. Entre toda esa inmensidad, su atención encontró la mía.

Su capa se agitó con el viento, y los pétalos de las flores se elevaron alrededor de él, marcando su silueta como si el mundo mismo quisiera que no lo perdiera de vista.

Él había cambiado.

Y yo lo sabía.

Mi sonrisa se apagó un poco.


 
 
 

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