top of page
Buscar

Continuación del capítulo 7.1

Algo más profundo.

—Eru —tradujo el Alter—.

Hizo una pausa.

—Creo que el titán no solo te reconoce.

Sus ojos se levantaron hacia mí.

Mis manos comenzaron a temblar otra vez.

Adam me miró por última vez.

—Este es el punto —dijo el Alter—. —Si decides quedarte atrás, nadie te juzgará.

Miré el campo una vez más.

La llanura. Las flores. Las razas. El fuego que no quemaba.

Eso había sido una bienvenida.

Pero no era un hogar.

Mi pecho dolió.

Una vibración suave recorrió la estructura y subió por mis piernas hasta el corazón.

Mi cabello volvió a chispear, pero esta vez no fue celebración.

El Alter se activó solo.

El Alter tradujo:

—¿No estarías incómoda… —…estando en una sola cabina con ellos?

Lo sentí sin necesidad de verlo del todo. Como si algo en el aire se hubiera tensado entre nosotros. Un hilo invisible, estirado al límite.

Tragué saliva.

La incomodidad subió por mi pecho, torpe, caliente.

—E-es que… —intenté decir.

Mi voz salió baja.

Insegura.

El Alter no proyectó nada. No estaba hablando con nadie en específico.

—Me sale… —continué, buscando las palabras—. 

Itsuki apretó mi mano.

No veía bien lo que pasaba, pero sentía la tensión igual que yo. Su rostro borroso se inclinó hacia mí.

Sus labios se movieron.

El Alter tradujo:

—Ve con Adam. —Él puede explicarte. —Luego hablaremos con Ar.

Youni asintió.

—Es mejor así. —Ahora mismo.

Miré a Ar una última vez.

Seguía quieto.

Esperando.

Eso hizo que el nudo en mi pecho se apretara más.

Adam me ofreció el brazo.

No me jaló.

Esperó a que yo decidiera.

Lo tomé.

Su contacto fue firme, tranquilizador.

Mientras caminábamos, Kerberos se movió.

No avanzó.

Se reacomodó.

Entonces Adam habló de nuevo, señalando hacia arriba, hacia la estructura colosal que nos envolvía.

El Alter tradujo mientras caminábamos:

—Kerberos no es un solo núcleo. —Es un can de tres cabezas. —Cada cabeza es una cabina distinta. —Conectadas… pero separadas.

Miré hacia las enormes placas que se desplazaban lentamente.

—No es que no queramos convivir con Ar —continuó—. —Es que ahora mismo no podemos. —Y tú necesitas descansar.

Hizo una pausa breve.

—Dejemos que nos lleve a los hangares. —Ahí te explico, ¿sí?

Lo miré.

Vi amabilidad.

No prisa. No engaño.

Solo… cuidado.

No tenía fuerzas para oponerme.

Asentí.

Nos detuvimos frente a otra abertura del titán.

Esta no era igual a la de Ar y Luna.

Era distinta.

Más sobria. Más profunda.

Como si no estuviera hecha para combatir, sino para resguardar.

Esperamos.

Sentí el movimiento interno de Kerberos ajustándose otra vez. Una vibración recorrió el suelo y subió por mis piernas.

Entonces, lentamente, la segunda cabeza del titán abrió su entrada.

No con ruido.

Con aceptación.

Di un último vistazo hacia donde Ar había desaparecido.

No lo vi.

Pero lo sentí ahí.

Esperando.

Y con ese peso en el pecho, crucé el umbral, sin saber todavía qué significaba ser CLAVE, pero entendiendo algo con dolorosa claridad:

Nada de esto era casual. Entré.

La cápsula se cerró detrás de mí y, por un instante, todo quedó suspendido. La luz azul que antes parecía suave comenzó a intensificarse, recorriendo las paredes como si algo dentro del titán hubiera despertado por completo.

El interior cambió.

Las superficies rígidas se replegaron apenas, como si respiraran. El asiento no era un asiento común: emergía desde el fondo, moldeándose con lentitud, adaptándose a mi espalda, a mis hombros, a la forma exacta de mi cuerpo. No tenía correas visibles, pero al sentarme sentí cómo algo me sostenía, firme, sin oprimirme.

Orgánico.

Demasiado orgánico.

Tragué saliva.

—Adam… —intenté decir.

No hubo respuesta.

No porque no quisiera responder.

Sino porque ya no podía verlo.

El interior de la cápsula se selló por completo, y entonces lo sentí.

Primero fue una vibración.

Luego, un cambio en el aire.

Miré alrededor.

El líquido comenzó a entrar.

No desde una sola dirección.

Desde todas.

Filtrándose por las uniones, emergiendo desde las paredes mismas, subiendo con una velocidad imposible de ignorar. Era claro, ligeramente luminoso, con destellos suaves que se encendían y apagaban como si tuviera pulso propio.

—No… —intenté decir, pero mi voz salió rota.

El nivel subió hasta mis piernas.

Mi cintura.

Mi pecho.

Entré en pánico.

Me tensé, intentando levantarme, pero el asiento me sostuvo. No me atrapaba. No me forzaba. Pero no me dejaba escapar.

El líquido siguió subiendo.

Mi respiración se volvió rápida, desordenada. Mi pecho se cerró.

No entendía.

No entendía nada.

—No puedo respirar —pensé.

El Alter no tradujo.

No había nadie hablándome.

El líquido alcanzó mi cuello.

Cerré los ojos con fuerza.

—No puedo correr. No puedo correr.

El recuerdo cruzó mi mente como un golpe.

Y entonces—

El líquido cubrió mi rostro.

Todo desapareció.

No hubo sonido.

No hubo aire.

El instinto gritó dentro de mí. Mi cuerpo se contrajo, buscando una bocanada que no llegó. El pecho se cerró aún más. El pánico se convirtió en algo más primitivo.

Ahogo.

Llevé la mano a mi garganta.

Luego al pecho.

Como si pudiera sostener algo que se rompía por dentro.

Y entonces…

Algo cambió.

No en el exterior.

En mí.

La desesperación no desapareció… pero dejó de ser solo mía.

Se mezcló.

Con otra cosa.

Una presencia.

No era una voz.

No eran palabras.

Eran recuerdos.

Imágenes fragmentadas que no eran mías comenzaron a filtrarse en mi mente, suaves al inicio, luego más claras. Sensaciones que no entendía: peso, espera, siglos inmóviles, vigilancia constante.

Soledad.

Una soledad tan profunda que dolía.

Mis dedos se tensaron contra mi pecho.

El pánico seguía ahí… pero ahora estaba acompañado.

Como si algo enorme me estuviera sintiendo de vuelta.

Como si el titán…

me estuviera recordando.

Y entonces lo vi.

No frente a mí.

Dentro.

Un destello pequeño en medio de todo ese peso.

Un recuerdo ajeno… pero cercano.

Un caramelo.

Una pequeña colita de chocolate, envuelta de forma sencilla, intacta en medio de ese espacio imposible.

Parpadeé.

No tenía sentido.

No pertenecía ahí.

Y aun así…

Extendí la mano.

Mis dedos lo tocaron.

Sólido.

Real.

Sin pensarlo, lo llevé a mi boca.

Dulce.

Simple.

Familiar.

El sabor se expandió de inmediato, rompiendo la tensión en mi pecho, suavizando el nudo en mi garganta. Mi cuerpo dejó de luchar contra el líquido. La sensación de ahogo… cambió.

No desapareció.

Se transformó.

Respiré.

Y esta vez…

el líquido no me lo impidió.

Entró.

No como agua.

Como algo que mi cuerpo aceptó.

Abrí los ojos.

La cabina ya no estaba.

O tal vez seguía ahí… pero yo ya no la veía.

Flotaba.

No en un espacio vacío, sino en algo más amplio, más profundo. Las líneas de luz se extendían en todas direcciones como raíces o constelaciones, conectando puntos que no podía comprender.

Y entre ellas…

las memorias.

No como imágenes claras.

Como sueños.

Fragmentos que se desplegaban lentamente, invitándome a mirar:

Un campo que no era el mismo, pero sí lo era. Una frontera antigua. Sombras que avanzaban… y eran detenidas. Una presencia inmensa que no se movía… pero lo vigilaba todo.

Esperando.

Siempre esperando.

Sentí que algo dentro de mí se alineaba.

No entendía lo que veía.

Pero lo sentía.

Como cuando el Alter traduce palabras que no conozco… pero sé lo que significan.

Kerberos no me estaba mostrando datos.

Me estaba mostrando recuerdos.

Y yo…

los estaba viviendo como si fueran un sueño que siempre había estado ahí, esperando a que finalmente…

pudiera verlo.

No alcanzo a reaccionar.

El mundo simplemente cambia.

Un instante antes estoy… y al siguiente, mis pies tocan una calle húmeda, de piedra desgastada, pulida por siglos de pasos que ya no existen. El frío se me mete por los huesos. Respiro, y el aire es denso, pesado.

Alzo la mirada.

Los edificios se levantan a mi alrededor con una elegancia antigua, cargados de detalles que no termino de comprender. Balcones de hierro retorcido como raíces endurecidas, arcos amplios, muros que parecen sostener el tiempo mismo. Todo crece no solo hacia el horizonte… sino hacia arriba. Capas sobre capas, niveles que se superponen de forma imposible.

Las ventanas…

Son demasiadas.

Altas, alargadas, encendidas desde dentro con una luz cálida que no logra tranquilizarme. Brillan como ojos. Como si algo me estuviera mirando desde cada una de ellas.

Pero no hay nadie.

No realmente.

Lo que se mueve en las calles… no son personas.

Son sombras.

Las veo pasar a mi lado. Figuras que se deshacen en los bordes, como niebla intentando sostener una forma. Algunas caminan con prisa, otras se detienen, otras parecen hablar… pero no escucho nada. Se cruzan entre sí sin tocarse.

Y lo entiendo.

Son recuerdos.

No sé cómo lo sé… pero lo sé.

El suelo respira un vapor frío que roza mi piel. Enredaderas trepan por los muros, abrazan columnas, invaden ventanas. El musgo cubre las grietas de la piedra. En los rincones… algo se mueve.

Pequeñas criaturas.

Ojos diminutos que brillan por un instante antes de desaparecer cuando intento mirarlos directamente.

La ciudad está viva.

Pero no de la forma correcta.

Entonces lo siento.

Un golpe.

Sordo.

Lejano…

Y aun así, dentro de mí.

Me detengo.

Y la palabra llega.

—Majyo…

No la escucho con los oídos.

La siento.

—Majyo…

Otra vez.

Giro. Camino. Intento encontrar de dónde viene. Avanzo entre las sombras, entre los arcos, entre calles que comienzan a parecerse demasiado entre sí.

Pero no importa cuánto camine…

No cambio de lugar.


 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Continuación del capítulo 7.7

Otra cosa que… voy a tener que aprender rápido. Aprieto un poco más la almohada contra mí. Y por un momento… Quiero pretender que escuchó el leve sonido de la ciudad allá afuera. Y el eco de todo lo q

 
 
 
Continuación del capítulo 7.6

Y yo… Solo seguía intentando entender qué estaba pasando. Porque cuanto más avanzábamos entre aquella ciudad de luz amarilla, magia y belleza… Más sentía que nosotros no pertenecíamos ahí. O peor. Que

 
 
 
Continuación del capítulo 7.5

Según los registros, Leim era el nombre de la deidad madre… la que dio origen a todo: tierra, ríos, mares… Y ese punto exacto— La puerta frente a nosotros— Era donde, supuestamente, todo comenzó. Ahor

 
 
 

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
bottom of page