Continuación del capítulo 8.2
- Jonn All
- 19 jun
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Llamas.
Agua.
Arena.
Todo al mismo tiempo.
Detrás de ella comenzaron a desplegarse estructuras semejantes a plumas gigantescas.
Plumas compuestas de agua cristalina, nieve y diminutos fragmentos luminosos que brillaban como estrellas atrapadas en hielo.
Aquellas formas descendieron alrededor de Eru y de la niña.
Protegiéndolas.
Cubriéndolas.
Creando un refugio imposible en medio del desastre.
Los hilos dorados aparecieron entonces.
Miles de ellos.
Surgieron del aire inmóvil.
Del lago.
De la nieve.
Del propio cielo.
Danzando alrededor de ambas como una suave brisa luminosa.
Y allí donde pasaban, el miedo retrocedía.
La desesperación disminuía.
La tibieza ocupaba el lugar del terror.
La seguridad reemplazaba a la angustia.
La niña dejó de temblar.
Pero el mundo no había terminado de cambiar.
Porque algo se alzó entre las llamas.
Algo inmenso.
Una sombra.
Una masa negra tan gigantesca que resultaba imposible comprender su tamaño.
Emergió desde el bosque consumido por el fuego como una ola oscura nacida del fin de los tiempos.
Y cuando se movió, el paisaje desapareció bajo su presencia.
El miedo regresó.
Más intenso que antes.
Más profundo.
La niebla se extendió.
Las cenizas se mezclaron con ella.
El bosque carbonizado se convirtió en una silueta deformada.
Un recuerdo roto.
Una pesadilla sin forma.
Ya no existían árboles.
Ya no existía el lago.
Solo viento.
Agua.
Oscuridad.
Y la inmensa sensación de estar contemplando algo que jamás debió existir.
La pequeña volvió a aferrarse a Eru.
Las hadas se ocultaron tras ellas.
Incluso la Arconte dejó de sonreír.
La criatura observó la aparición con los ojos abiertos de par en par.
Incrédula.
Confundida.
Como si estuviera viendo algo que escapaba por completo a su entendimiento.
—Pero... ¿cómo...? —susurró.
Y entonces ocurrió algo aún más imposible.
Entre las cenizas.
La niebla.
Y la desesperación.
Una figura apareció.
Nítida.
Clara.
Inalterada por el caos que la rodeaba.
Eru levantó la vista.
La Arconte guardó silencio.
Las hadas dejaron de moverse.
Incluso la inmensa sombra pareció perder importancia por un instante.
Porque allí.
Frente a ellas.
Más allá de la oscuridad que amenazaba con devorarlo todo.
Se encontraba Ar.
De pie.
Esperándo.
Al instante giré la cabeza hacia la Arconte.
Demasiadas preguntas golpeaban mi mente al mismo tiempo.
—¿Por qué...? ¿Cómo...?
Pero las palabras murieron antes de terminar de salir.
Porque ella tampoco parecía tener respuestas.
La Arconte observaba la escena con los ojos abiertos de par en par.
Atónita.
Desconcertada.
Nunca la había visto así.
Y frente a nosotras...
Ar avanzaba.
Paso a paso.
A través de la niebla.
A través de las cenizas.
A través de aquel mundo suspendido entre el desastre y el recuerdo.
Su casco era inconfundible.
La armadura.
La extraña capa que parecía estar hecha de sombras y fuego al mismo tiempo.
Era él.
O alguien idéntico a él.
Pero aquello no tenía sentido.
No debía estar allí.
No podía estar allí.
Las llamas oscuras se agitaban sobre su espalda como criaturas vivas.
Y con cada paso que daba, la inmensa sombra que dominaba el horizonte parecía responder a su presencia.
La Arconte reaccionó de golpe.
Su mano se cerró sobre mi hombro.
Con fuerza.
Más fuerza de la que jamás le había sentido.
Y cuando habló, toda alegría había desaparecido de su voz.
—Creo que es hora de irnos.
No era una sugerencia.
Era una advertencia.
Una súplica.
Quizá incluso una orden.
Pero ya era tarde.
La pequeña se soltó de mis brazos.
Sus lágrimas seguían cayendo sin control.
Resbalaban por sus mejillas para congelarse casi de inmediato bajo el frío imposible de aquel lugar.
El estruendo del lago resquebrajándose se volvió ensordecedor.
El hielo crujía.
Gemía.
Moría.
Y aun así la niña permanecía inmóvil.
Mirando.
Observando aquella figura que avanzaba desde las sombras.
La luz de los incendios dibujaba una silueta oscura a su alrededor.
Como si caminara envuelto por la propia noche.
Y entonces comprendí algo.
Fue una sensación.
La misma sensación que había conocido durante la guerra.
Ese instante en el que el miedo deja de ser una emoción.
Y se convierte en certeza.
Mi corazón se encogió.
Y entendí el rostro de la pequeña.
Entendí por qué lloraba.
Entendí por qué temblaba.
Porque ella también lo sentía.
Entonces aparté la mano de la Arconte de un movimiento brusco.
—¡Eru!
No la escuché.
Ya estaba corriendo.
El hielo se quebraba bajo mis pies.
Las cenizas giraban a mi alrededor.
La niebla golpeaba mi rostro.
Pero seguí avanzando.
No iba a permitir que nadie dañara a aquella niña.
No después de haber sentido su miedo.
No después de haber escuchado su llanto.
No después de haber descubierto quién era.
Corrí directamente hacia Ar.
Y mientras lo hacía, giré apenas la cabeza.
La pequeña seguía allí.
Su rostro estaba cubierto de lágrimas.
Su piel mostraba pequeñas grietas provocadas por el frío extremo.
Sus pestañas estaban cubiertas de escarcha.
Parecía tan frágil.
Tan sola.
Que algo dentro de mí se negó a sentir miedo.
Y entonces hice lo único que se me ocurrió.
Lo único que quería que aquella niña recordara.
Le sonreí.
Una sonrisa sencilla.
Pequeña.
Tranquila.
Como si intentara decirle que todo estaría bien incluso cuando el mundo se estuviera derrumbando.
Como si quisiera regalarle un instante de paz en medio de aquella pesadilla.
Y durante unos breves segundos...
Entre las llamas.
Entre el hielo roto.
Entre la sombra inmensa que amenazaba con tragarse el horizonte.
Y entonces...
Algo apareció entre el desastre.
Al principio pensé que era una ilusión más creada por aquel extraño recuerdo.
Pero no.
Era una figura pequeña.
Un niño.
Salió de entre el humo y las cenizas.
Su rostro estaba cubierto de polvo oscuro.
Sus ropas estaban desgastadas.
Y en sus manos sostenía algo que parecía una espada.
Pero no era una espada real.
Era un pedazo de madera tallado con cuidado.
Llena de cortes imperfectos y astillas.
Tan afiladas que le habían abierto pequeñas heridas en las manos.
La sangre bajaba lentamente por sus dedos.
Pero no la soltaba.
No le importaba el dolor.
Solo miraba hacia adelante.
Hacia la niña.
Y corrió.
Sus pequeños pasos atravesaban el hielo roto.
Sus lágrimas caían mezclándose con la ceniza de su rostro.
Y por alguna razón...
Sentí que lo conocía.
No sé cómo se conoce a alguien que acabas de ver.
Era una sensación mucho más profunda.
Como recordar una canción sin saber cuándo la aprendiste.
Como reconocer una voz antes de escucharla.
La Arconte también lo vio.
Y su expresión cambió.
Ella dejó de moverse.
Dejó incluso de respirar por un instante.
—No...
Susurró.
El mundo pareció ralentizarse.
No porque el tiempo se detuviera.
Sino porque todos quedamos atrapados observando aquella pequeña figura avanzar.
El niño llegó hasta la niña.
Y se colocó frente a ella.
Entre ella y Ar.
Entre el miedo y aquello que caminaba hacia ellos.
Ar se detuvo.
Su paso quedó suspendido sobre el hielo.
La sombra detrás de él continuaba moviéndose.
Las llamas oscuras seguían agitándose.
Pero él ya no avanzó.
Miró al pequeño.
Al niño que apenas podía sostenerse.
Al niño con las manos heridas.
Al niño que aun así levantaba aquella espada de madera como si pudiera detener al mundo entero con ella.
La escena me atravesó.
Y entonces lo entendí.
O mejor dicho...
Lo recordé.
Porque yo había visto esto antes.
Era un fragmento enterrado dentro de mí.
Una imagen perdida.
El niño de cabello cenizo estaba ahí.
De pie.
Temblando.
Llorando.
Pero sin retroceder.
Protegiendo a la pequeña.
Protegiendo algo que para él parecía valer más que su propio miedo.
Me detuve en seco.
No podía moverme.
No podía apartar la mirada.
Porque frente a mí estaba una parte de la historia que jamás había entendido.
Una parte que había olvidado.
Y mientras el lago seguía quebrándose bajo nuestros pies...
Mientras el fuego devoraba el mundo alrededor...
Solo podía mirar al niño.
Al pequeño guerrero con una espada de madera rota entre sus manos.
Y preguntarme...
¿Por qué sentía que aquella escena también me pertenecía?
La niña me devolvió la mirada.
Y sus ojos dejaron de parecer los de alguien abandonado.
Porque, en medio del caos y la destrucción, algo comenzó a cambiar.
La soledad que cargaba en silencio empezó a resquebrajarse.
Y aunque el mundo continuaba derrumbándose a su alrededor...
Ya no parecía estar enfrentándolo completamente sola.
Fue entonces que la Arconte se hizo notar, exclamando con voz titilante.
—Esto no debería ser posible...
Miró a Ar nuevamente.
—Ese don... se supone que solo lo tenía Eru.
Sus palabras quedaron suspendidas.
Y lentamente una expresión de comprensión apareció en su rostro.
Una mezcla de temor y fascinación.
—Entonces es cierto...
Susurró.
—Realmente eres el ser Celeste del que hablan.
El caos a nuestro alrededor no disminuye.
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