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Continuación del capítulo 9.2

La expresión de los demás cambió.

Todos miraron en la misma dirección.

Entonces sentí el agua moverse.

Una corriente comenzó a recorrer la ciudad.

Al principio fue apenas un movimiento bajo mis pies, pero poco a poco se hizo más evidente.

El agua avanzaba.

Como si algo desde las profundidades la estuviera llamando.

Seguí la dirección de Ar.

El filo del Crepúsculo se levantó.

La hoja reflejó la luz del amanecer, las llamas lejanas y los destellos de la magia que todavía llenaban el aire.

Apuntaba hacia un lugar concreto.

Hacia la niebla.

Hacia las ruinas.

Hacia una estructura antigua que se alzaba entre el agua.

La puerta de Leim.

La puerta que todos creían cerrada.

La puerta que había permanecido así durante años.

Y al verla…

Comprendí por qué todos estaban tan tensos.

Porque aquello no parecía una entrada abandonada.

Parecía algo que acababa de despertar.

Esil.

La ciudad debajo del mundo.

La ciudad antigua.

La ciudad llena de fantasmas, magia y sombras… donde se decía que un antiguo mal había comenzado a despertar.

Lo que conocíamos era muy poco.

Muchos se habían aventurado por diferentes pasajes, siguiendo mapas incompletos, rumores y relatos que sobrevivieron al paso del tiempo.

Pero nadie había cruzado por la puerta.

Esa puerta.

Forjada por los enanos en una era antigua.

Una obra de los mejores herreros que existieron, creadores de armas, joyas y materiales que incluso ahora parecían imposibles de replicar.

Para muchos de nosotros, eso significaba Esil.

Una ciudad de riquezas perdidas.

De secretos.

De historias que se negaban a desaparecer.

La ciudad que decidió cerrarse al mundo después de perder a su hermosa heredera.

Miré sus rostros.

Todos estaban desconcertados.

Incluso aquellos que intentaban mantener la calma.

No necesitaba escuchar para saberlo.

Sus expresiones lo decían.

Algo no estaba bien.

Y la única diferencia…

Era yo.

Yo había regresado.

Así que no quedaba más que aceptar que tendría que ir con ellos.

Pero antes necesitaba más información.

Volteé hacia la Arconte.

Seguía siendo extraña para mí.

Su apariencia, su manera de actuar, la forma en que todos reaccionaban a ella… todo parecía esconder algo.

Me acerqué.

Y con respeto hice una pequeña inclinación.

—Por favor… dime algo más.

No lo que todos conocen.

No las historias que se cuentan.

Quiero saber qué es realmente Esil.

La Arconte se quedó inmóvil.

Sus ojos cambiaron.

Parecía sorprendida por mi gesto.

Por un momento pensé que había hecho algo incorrecto.

Entonces comenzó a mover sus manos rápidamente.

Intenté seguirla con la mirada.

Pero sus movimientos eran demasiado rápidos.

Demasiado diferentes a cualquier señal que conociera.

El Alter reaccionó.

No.

Por favor.

No hagas eso.

La Arconte negó varias veces con la cabeza.

Sus manos fueron hacia ella misma, como intentando explicar que no era necesario que yo mostrara ese respeto.

Incluso limpió sus manos con nerviosismo y volvió a hacer el gesto.

No.

Por favor.

No.

Me quedé mirándola.

Porque no parecía ofendida.

No parecía molesta.

Era algo distinto.

Parecía incómoda.

Casi avergonzada.

Detrás de ella, Youni y Adam observaban la escena con expresiones difíciles de leer.

Ar seguía completamente quieto.

Como si estuviera acostumbrado a todo esto - estoico.

Y entonces miré a Itsuki.

Ella tenía una pequeña sonrisa.

No necesitaba escucharla para entender qué le parecía gracioso.

La escena era extraña.

En medio de una ciudad perdida.

Frente a una puerta que nadie había abierto durante años.

La Arconte de Esil estaba preocupada porque yo había mostrado demasiado respeto.

Y por un momento…

La tensión desapareció un poco.

Cada paso sobre el agua parecía detener el tiempo.

La superficie helada apenas cedía bajo mis pies, dibujando círculos perfectos que se alejaban lentamente hasta perderse entre la niebla. Bajé la mirada y ahí estaba ella… o al menos eso intentaba creer.

Mi reflejo.

No reconocía del todo a la mujer que caminaba frente a mí bajo el cristal del agua.

Sus ojos ya no eran los míos.

El carmín que los habitaba parecía contener fuego, tan profundo que por momentos daba la impresión de iluminar el agua desde abajo. Mis orejas terminaban en una delicada punta, casi ocultas entre una cabellera tan blanca como la nieve recién caída.

Era larga.

Demasiado larga.

Las puntas no descansaban.

Ardían.

No con la violencia del fuego que consume, sino con la calma de una llama que jamás se extingue. Pequeñas chispas escapaban de ellas y descendían lentamente hasta besar el agua, donde desaparecían convertidas en diminutos destellos.

Mis facciones también habían cambiado.

Todo parecía más fino.

Más sereno.

Más delicado.

Mi cuerpo era esbelto, ligero, como si hubiera sido moldeado para pertenecer a aquel lugar y no al mundo del que provenía.

No me sentía otra persona.

Seguía siendo yo.

Pero aquella imagen... ya no pertenecía a la joven que recordaba.

El silencio envolvía cada uno de mis pasos.

No escuchar hacía que el mundo adquiriera otra forma.

Miraba cómo el agua respondía a mi presencia, cómo cada eco viajaba bajo la superficie congelada, deformando mi reflejo durante un instante para después devolverme aquella mujer desconocida que caminaba con una tranquilidad que no sabía que poseía.

Seguí avanzando.

Lenta.

Observándome.

Como si intentara memorizar aquel rostro antes de aceptar que ahora era el mío.

Entonces levanté la vista.

Y el mundo volvió de golpe.

Aunque mis oídos permanecían en silencio, la guerra estalló frente a mis ojos.

El agua vibraba.

Las ondas rompían la calma desde todas direcciones.

Columnas de fuego atravesaban la niebla.

La magia teñía el aire con destellos imposibles.

Sombras corrían entre los edificios inundados mientras los aventureros levantaban sus armas para contener aquello que avanzaba desde las profundidades.

Y comprendí que aquella paz solo había existido en el reflejo.

Porque el mundo nunca había dejado de arder.

¡Cubran el flanco!

El Alter comenzó a proyectar fragmentos de información cuando ya no fui capaz de seguir con la vista todo lo que ocurría. No eran conversaciones completas, solo palabras sueltas, órdenes, advertencias y nombres que aparecían conforme los necesitaba.

¡La puerta!

Lo comprendí mientras observaba a mi alrededor.

¡No dejen que crucen!

La ciudad seguía inundada.

El agua cubría las antiguas calles de piedra mientras la batalla crecía en todas direcciones. Aventureros de cada rincón de Leim salían de callejones, balcones y puentes, ocupando posiciones con una coordinación que solo podía nacer de quienes habían defendido aquel lugar muchas veces.

Los vi combatir de formas imposibles.

Espadas envueltas en fuego.

Lanzas hechas de cristal.

Arcos cuya flecha parecía desaparecer para reaparecer atravesando a las criaturas.

Los magos levantaban círculos luminosos sobre el agua; bastones y grimorios dibujaban figuras suspendidas en el aire mientras columnas de luz y viento atravesaban la niebla.

Las criaturas respondían igual de feroces.

Los cuerpos infectados seguían avanzando como si el dolor hubiera dejado de existir para ellos. Algunos caminaban, otros se arrastraban, otros parecían levantarse una y otra vez después de caer, guiados únicamente por aquella masa negra que cubría sus cuerpos.

No entendía quién estaba ganando.

Solo veía una ciudad negándose a caer.

La Arconte dio un paso al frente.

Su pequeña figura contrastaba con el caos que la rodeaba.

Le bastó levantar una mano.

Los aventureros comenzaron a reorganizarse.

No escuchaba sus órdenes, pero no hacía falta.

Las veía.

Las comprendía en sus movimientos.

Cada señal cambiaba el curso del combate.

Los escudos avanzaban.

Los magos retrocedían.

Los arqueros ocupaban los techos.

Las calles se convertían en embudos donde las criaturas eran contenidas una tras otra.

No era una improvisación.

Era alguien que conocía aquella ciudad como si cada piedra le perteneciera.

Entonces comprendí algo más.

Todo aquello...

Era para nosotros.

Los grupos comenzaban a abrir un camino.

Nos estaban cubriendo.

Protegían nuestra retirada.

Miré a Itsuki.

Su rostro estaba tenso.

No dejaba de mirar hacia atrás.

Había preocupación en sus ojos.

Una preocupación que nunca le había visto.

La Arconte también la observó.

Solo una vez.

Giró ligeramente el rostro hacia ella.

Cerró los ojos.

E hizo una pequeña inclinación.

Un gesto casi imperceptible.

Sereno.

Respetuoso.

Una aceptación silenciosa en medio del campo de batalla.

Después volvió a levantar la mano.

Continuó organizando la defensa sin detenerse un instante.

Ar pasó frente a todas ellas.

Como siempre.

Sin mirar atrás.

Sin pronunciar una sola palabra.

Su armadura oscura parecía abrirse paso entre la guerra con la misma firmeza con la que una montaña enfrenta una tormenta.

Nosotros lo seguimos.

Atravesamos la inmensa Puerta de Leim.

Y dejé atrás el bazar.

El Alter proyectó un nombre sobre mi visión.

Bazar de Heim.

En ese instante un recuerdo cruzó mi mente.

No era mío.

Era de Mei.

El recuerdo de un niño apareció entre mis memorias.

"—Bueno, aspirante a héroe —dijo el hombre—. Déjame ver tu placa.

El chico se acercó.

—Joven Lobo… —leyó el anciano—. Pensé que Heim era tu familia.

—No… soy huérfano. Heim solo… se tomaba el tiempo para enseñarme algunas cosas. Hasta que nos llevaron al hogar temporal por Sol.

Sus ojos brillaron un poco.

—El héroe que viene de las estrellas.

El anciano asintió lentamente.

—Entonces eres un refugiado muy valiente.

El niño negó con tristeza.

—No… solo quisiera ser tan bueno como Heim. Él sí era querido… él no era motivo de burlas."

"Él si era querido..."

"soy huérfano."

Las palabras se mezclaron con el presente.

Solo duraron un instante.

Un parpadeo.

Cuando abrí los ojos nuevamente...

Todo había cambiado.

La ciudad quedó detrás.

Frente a nosotros solo había agua antigua, muros ciclópeos cubiertos por siglos de humedad y unas puertas cuya altura hacía que cualquiera pareciera insignificante.

Las piedras estaban desgastadas por el tiempo.

Runas olvidadas recorrían sus columnas.

La niebla descendía lentamente desde lo alto como si la propia ciudad respirara.

Más allá de aquellas puertas...

Estaba Esil.

La ciudad que ningún reino había logrado recuperar.

La ciudad que decidió encerrarse cuando perdió a su heredera.

La ciudad donde nacieron las leyendas, la magia más antigua... y las peores pesadillas.

Nadie dijo nada.

No hacía falta.

Bastaba mirar los rostros de quienes me acompañaban para entenderlo.

Aquella batalla que acabábamos de dejar atrás...

Solo había sido la entrada.

Lo que nos esperaba al otro lado de esas puertas...

Las puertas de Esil estaban frente a nosotros.

Solo unos pasos más.

Y todo cambiaría.

Sin embargo...

Me detuve.

No porque dudara.

Porque comprendí.

Aunque el silencio seguía siendo absoluto para mí, el agua nunca dejaba de hablar. Cada destello reflejado sobre su superficie, cada vibración, cada sombra deformándose entre las ondas, me decía que la batalla continuaba detrás de nosotros.

No hacía falta escucharla.

Podía verla.

Podía sentirla.

Entonces mis ojos encontraron algo.

Dos figuras.

Avanzaban lentamente entre el agua, casi con el cuello sumergido.


 
 
 

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