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Continuación del capítulo 9.3

Un Rem.

Su armadura apenas conservaba la forma de lo que alguna vez fue un caballero. El metal estaba roto, cubierto por cicatrices y sal cristalizada. Cada paso parecía pesarle siglos enteros.

A su lado caminaba otra Rem.

Una mujer.

Pequeña.

Delicada.

Sostenía el peso del caballero sobre sus hombros sin apartarse ni un instante. No importaba cuánto se hundieran sus piernas, cuánto temblara el agua o cuántas sombras se movieran alrededor.

Ella seguía caminando.

Como si sostener una vida fuera suficiente razón para desafiar al mundo.

Y el agua...

El agua parecía abrirse para ellos.

Como si comprendiera su cansancio.

Como si aquella ciudad, por un instante, sintiera compasión.

No vi héroes.

No vi soldados.

Vi dos almas que habían decidido no abandonarse.

Dos pequeñas luces caminando sobre un océano que hacía mucho había olvidado la esperanza.

Y bastó ese instante para entender cuánto había cambiado yo.

Levanté la mirada.

Recorrí lentamente todo a mi alrededor.

Los aventureros.

Los magos.

La Arconte.

Adam.

Youni.

Itsuki.

Hasta detenerme en él.

Ar.

Seguía caminando al frente.

Recto.

Inmutable.

Aquel casco imposible ocultaba cualquier emoción.

Y aun así...

Sabía que me estaba observando.

No necesitaba verle el rostro.

Lo sentía.

Siempre lo sentía.

Entonces todo cobró sentido.

Todos seguían protegiéndome.

Seguían formando un muro entre el peligro y yo.

Seguían decidiendo por mí.

Respiré lentamente.

No.

Eso tenía que terminar.

Si seguía huyendo...

Si cada batalla terminaba con alguien arriesgando la vida para salvar la mía...

Entonces jamás entendería quién era.

Ni por qué había vuelto.

Mis manos se cerraron lentamente.

Sentí el frío recorrer mis dedos.

Después levanté la vista.

Busqué nuevamente a Ar.

Esta vez no había duda.

Mi mirada dejó de ser tranquila.

Había decisión.

No necesitaba convencerlo.

Necesitaba convencerme a mí.

Giré sobre mis pasos.

Y eché a correr.

Todo ocurrió en un instante.

Detrás de mí pude ver el sobresalto en los rostros de todos.

Manos levantándose.

Pasos apresurados.

Sabía que intentarían detenerme.

Lo sabía incluso sin escucharlos.

Pero esta vez...

No iba a detenerme.

Corrí hacia el agua que recién se formó en la ciudad.

Hacia la guerra.

Hacia el lugar del que todos intentaban alejarme.

Y el mundo respondió.

El agua comenzó a elevarse alrededor de mis piernas.

La escarcha cubrió lentamente mis botas.

Subió por mis piernas como si estuviera viva.

No era hielo.

No exactamente.

Parecía arena transparente endureciéndose sobre mi piel.

Cristales diminutos comenzaron a unirse unos con otros, formando placas delicadas que abrazaban mi cuerpo sin ocultarlo. La armadura nacía siguiendo cada movimiento, combinándose con mi ropa como si ambas hubieran sido creadas para existir juntas.

Protegía mis hombros.

Mi pecho.

Mis brazos.

Mi cintura.

Las partes más vulnerables quedaban cubiertas por aquella cristalización helada que reflejaba el amanecer como si estuviera hecha de diamante líquido.

La niebla también despertó.

Primero rozó mis pies.

Después comenzó a rodearme.

Giraba lentamente.

Como una criatura obedeciendo una voluntad antigua.

Hasta envolverme casi por completo.

Solo podía distinguirse mi silueta.

Y dos ojos.

Dos llamas color carmín suspendidas entre la bruma.

Mi cabello volvió a cambiar.

Las puntas ardieron.

No como fuego.

Como el carbón que aún conserva el calor de una hoguera en extinción.

Un rojo profundo recorría cada mechón mientras pequeñas chispas escapaban hacia el cielo.

Entonces levanté una mano.

Los dedos también comenzaron a encenderse.

No quemaban.

Brillaban.

Como si en su interior despertara algo que llevaba siglos esperando respirar.

Y mientras la niebla ocultaba mi figura...

Mi reflejo apareció sobre el agua.

Después otro.

Y otro más.

Decenas de Eru caminaban sobre el lago al mismo tiempo.

Cada una envuelta en escarcha, fuego y silencio.

La ciudad entera pareció contener el aliento.

Porque ya no era una joven huyendo de una guerra.

Era alguien que acababa de decidir caminar directamente hacia ella.

Entonces...

La niebla tomó el control.

Se cerró sobre mí con una lentitud inquietante hasta borrar el mundo entero.

Solo existían el agua...

Y mi reflejo.

Bajé la mirada.

La superficie seguía devolviéndome aquella mujer de cabellos blancos, de ojos color carmín y llamas apagadas ardiendo en las puntas de su cabello.

Pero algo era diferente.

No estaba sola.

Detrás de mi reflejo...

Había otra silueta.

Enorme.

No necesité volverme para sentir cómo su presencia envolvía el lago entero.

Aquella bestia.

La misma que había visto junto a Ar.

La misma que me hacía estremecer cada vez que intentaba comprenderla.

Solo podía pensar, solo podía recordar, aquella memoria —Joven Lobo… —leyó el anciano—.   un lobo.

O al menos eso era lo más cercano que mi mente podía imaginar.

Era proyectar una sensación.

Era demasiado...

Demasiado antiguo.

Demasiado vivo.

Sus ojos parecían abrirse detrás de mí mientras la sombra deformaba el agua hasta perder toda lógica.

Y entonces...

La niebla desapareció.

No se abrió.

No se apartó.

Simplemente explotó.

Miles.

No.

Millones de diminutos cristales salieron despedidos en todas direcciones.

Parecían agujas de hielo suspendidas en el aire.

Cada una reflejaba la luz del amanecer.

Cada una atravesaba la oscuridad.

Durante un instante el mundo entero brilló.

Después...

La tormenta cayó.

Las agujas atravesaron a las pesadillas.

Las criaturas comenzaron a romperse.

No explotaban.

Se deshacían.

La escarcha cubría sus cuerpos mientras una arena luminosa recorría cada grieta, consumiendo aquella materia negra que las mantenía en pie.

Y cuando el último cristal tocó el agua…

Entonces ocurrió.

Sin aviso.

La tierra tembló bajo mis pies.

No fue un movimiento lento.

Fue un estremecimiento brutal que recorrió el agua, las piedras y mi propio cuerpo al mismo tiempo.

Sentí un hormigueo subir por mis piernas.

Por mi espalda.

Hasta erizar cada parte de mi piel.

Instintivamente levanté la vista.

Y el cielo se partió.

Un rayo.

No azul.

No dorado.

Plata.

Un destello tan puro que durante un instante el mundo perdió el color.

Atravesó las nubes con una violencia imposible, descendiendo como si hubiera nacido para juzgar la tierra.

No alcancé a seguirlo.

Solo vi la brisa abrirse.

Entonces apareció.

Una figura completamente blanca.

Su velocidad no podía describirse.

No corría.

No volaba.

Era como si el espacio dejara de existir delante de ella.

En un instante estaba ahí.

Al siguiente...

Ya había atravesado el campo de batalla.

Vi el filo.

Nada más.

Una hoja tan perfecta que el aire parecía apartarse para no tocarla.

Cuando aquella espada cortó el vacío...

El mundo se dividió.

Por un brevísimo instante tuve la absurda sensación de que el día y la noche existían al mismo tiempo, separados únicamente por el filo de aquella arma.

La luz quedó a un lado.

La sombra al otro.

Y entre ambas...

Nada.

Ni siquiera el aire.

Lo sentí.

No lo escuché.

Lo sentí.

La presión desapareció de golpe.

Como si alguien hubiera arrancado el aliento del mundo.

Mi pecho se comprimió.

El agua bajo mis pies descendió unos centímetros.

La niebla fue expulsada en todas direcciones.

Hasta la luz pareció doblarse.

Mis ojos apenas alcanzaron a seguir un destello plateado recorriendo el horizonte.

Después...

Vacío.

Todo quedó inmóvil.

Durante un instante imposible.

Un instante tan breve que ni siquiera fui capaz de comprenderlo.

Y entonces...

La realidad volvió.

El aire regresó de golpe.

Las ondas explotaron sobre el agua.

Las piedras se fracturaron.

Los edificios vibraron.

Y donde un momento antes existía un ejército de pesadillas...

Ya no había nada.

Solo una línea perfecta atravesando el campo de batalla.

Tan limpia.

Tan absoluta.

Que parecía imposible creer que alguien hubiera sido capaz de dibujarla.

Sentí un escalofrío recorrerme por completo.

No de miedo.

De comprensión.

Aquello...

No había sido un ataque.

Había sido una sentencia.

Todo el campo de batalla quedó cubierto por una lluvia suave.

No era fría.

Era cálida.

Ligera.

Como si el invierno hubiera aprendido a acariciar.

La arena brillante descendía lentamente mezclándose con la escarcha, cubriendo las calles, las armaduras y los restos de las criaturas.

Levanté la vista.

La ciudad vibraba.

No podía escucharla.

Pero podía verla.

El agua temblaba bajo mis pies.

Las piedras respondían.

Los muros...

Respiraban.

La Arconte permanecía inmóvil.

Su expresión había desaparecido por completo.

No era miedo.

No era sorpresa.

Era algo mucho más profundo.

Como quien acaba de presenciar una historia que creyó perdida para siempre.

Entonces...

Sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Honesta.


 
 
 

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