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Continuación del capítulo 9.4

Y de inmediato comenzó a mover las manos.

Rápido.

Con decisión.

Desde uno de los tejados.

Otros respondieron.

Aventureros.

Magos.

Exploradores.

Las señales viajaban de techo en techo mientras la ciudad entera parecía reaccionar al mismo tiempo.

Y entonces...

La tierra comenzó a levantarse.

No era un terremoto.

Era la ciudad.

Grandes placas de piedra emergieron desde el fondo del agua.

Pero debajo de ellas aparecía otra cosa.

Metal.

Enormes tuberías recorrían las calles como arterias enterradas durante siglos.

Conductos gigantescos se entrelazaban bajo los edificios, acompañados por engranes colosales, compuertas de hierro ennegrecido, válvulas antiguas y gruesos haces de cables protegidos por aleaciones que jamás había visto.

El agua comenzó a desaparecer de las avenidas.

No porque se evaporara.

La ciudad la absorbía.

Los desagües despertaban uno tras otro, arrastrando corrientes enteras hacia un mecanismo oculto bajo el paso de Leim.

Las calles ascendían.

Los edificios se acomodaban lentamente.

Muros completos cambiaban de posición.

Puentes emergían entre la niebla.

Torres antiguas recuperaban su altura mientras enormes contrapesos de metal crujían en las profundidades.

La piedra húmeda convivía con estructuras mecánicas imposibles.

Columnas cubiertas de musgo abrazaban inmensos cilindros de acero.

Raíces crecían entre engranes.

Enredaderas florecían sobre tuberías negras.

Runas antiguas recorrían placas metálicas del tamaño de murallas.

Cristales suspendidos flotaban entre chimeneas industriales.

La magia alimentaba la maquinaria.

Y la maquinaria respondía como si tuviera vida propia.

No parecía una ciudad construida.

Parecía un organismo despertando después de siglos de sueño.

Las pesadillas eran aplastadas.

Muros enteros surgían bajo ellas.

Compuertas cerraban calles.

Columnas ascendían atravesando a las criaturas mientras los aventureros aprovechaban cada cambio para avanzar.

Toda la ciudad combatía.

No sus habitantes.

La ciudad misma.

Me quedé inmóvil.

Ya no caminaba.

Solo observaba.

El barro desaparecía bajo nuevos caminos.

El agua encontraba su cauce.

La niebla se iluminaba con miles de luces doradas mientras Esil abandonaba lentamente el aspecto de una ruina para revelar aquello que siempre había sido.

Una maravilla imposible.

Un reino donde la magia y la ingeniería no competían entre sí.

Se necesitaban.

Como dos corazones latiendo dentro del mismo gigante.

Y mientras aquella inmensa ciudad despertaba frente a mis ojos...

Comprendí que no había sido testigo de un simple ataque.

Me quedé inmóvil.

No sabía cómo debía sentirme.

Mis ojos seguían recorriendo aquella línea perfecta que había atravesado el campo de batalla.

Aquello...

Había sido Ar.

No podía ser nadie más.

Y comprendí algo que me estremeció mucho más que el propio ataque.

Hasta ahora...

Se había contenido.

Todo lo que había visto de él.

Todo lo que había imaginado sobre su fuerza.

No era más que una pequeña parte de lo que realmente era.

Aquella demostración de poder no parecía humana.

Ni siquiera parecía magia.

Era una fuerza tan absoluta que el propio mundo había cedido ante el filo de su espada.

Respiré profundamente.

Y entonces comprendí algo más.

Seguía escondiéndome.

Mis manos subieron lentamente hasta la capucha que cubría mi cabeza.

La misma que había llevado durante todo el viaje.

La misma que ocultaba mi rostro del mundo.

Mis dedos la sujetaron con delicadeza.

Y tiré de ella.

El tejido cayó lentamente sobre mis hombros.

Al mismo tiempo, las pequeñas flores que la adornaban comenzaron a cambiar.

Sus pétalos se cristalizaron.

Las ramas crecieron siguiendo la forma de mi cabeza, entrelazándose unas con otras hasta formar una delicada corona.

Ya no parecía hecha de flores.

Parecía el nacimiento de unos finos cuernos de cristal, esculpidos por la escarcha y el viento.

Duró apenas un instante.

Después...

La corona se deshizo.

Cada pétalo se convirtió en diminutos granos de arena luminosa.

La brisa los levantó con una suavidad imposible y los dejó caer sobre el agua, donde desaparecieron sin dejar rastro.

Entonces mi rostro quedó completamente descubierto.

Sentí el aire rozar mi piel.

La humedad.

La llovizna tibia.

Las pequeñas chispas que seguían escapando de las puntas de mi cabello blanco.

No pude verme.

Pero vi sus ojos.

Uno tras otro.

El mundo pareció detenerse.

No había palabras.

No hacían falta.

La ciudad entera quedó suspendida en un instante de absoluto asombro.

Era como si el agua misma hubiera olvidado moverse.

Como si la niebla se negara a cubrirme.

Como si la luz hubiera encontrado, por fin, un lugar donde descansar.

No era una belleza nacida del orgullo.

Era la serenidad de un invierno iluminado por el primer amanecer.

La delicadeza de la nieve cuando aún nadie la ha tocado.

La calidez de una llama diminuta ardiendo en medio del hielo.

Mis ojos color carmín brillaban con una intensidad tranquila.

El blanco de mi cabello parecía confundirse con la niebla, mientras las pequeñas brasas que nacían en sus puntas flotaban lentamente alrededor de mí como luciérnagas perdidas.

Por un instante sentí que ya no caminaba sobre el agua.

Era el agua la que sostenía mi reflejo.

Entonces levanté la mirada.

Itsuki fue la primera.

Sus ojos se humedecieron.

Una lágrima descendió lentamente por su mejilla antes de regalarme una sonrisa que no necesitaba traducción.

Youni permanecía inmóvil.

Adam tampoco apartaba la vista.

La Arconte descendió lentamente hasta quedar junto a ellos.

Incluso ella parecía incapaz de ocultar el asombro.

A mi alrededor comenzaron a reunirse los magos de la ciudad.

Llegaban desde balcones, puentes y tejados.

Las pequeñas luces blancas seguían flotando entre ellos, mientras las antorchas encendían nuevamente las antiguas calles de Esil.

No podía escuchar sus voces.

Pero veía sus rostros.

Algunos sonreían.

Otros parecían contener las lágrimas.

Muchos simplemente me observaban.

Como si contemplaran una historia que solo existía en las leyendas.

Entonces sentí un movimiento frente a mí.

Ar.

Seguía exactamente igual.

Su casco.

Su armadura.

Su capa.

Jamás reveló su rostro.

Ni parecía necesitar hacerlo.

Solo dio un paso hacia mí.

Su mano se levantó lentamente.

Rozó mi mejilla.

Aquel guante seguía siendo frío.

Pero el gesto...

No.

Había una calidez imposible de explicar.

No era protección.

No era compasión.

Era una tranquilidad tan profunda que, por un instante, el peso de todo cuanto había vivido dejó de importar.

Y no entendía por qué.

Solo sabía que, cuando estaba frente a él...

El mundo dejaba de parecer un lugar tan hostil

Fue entonces cuando una figura apareció entre los presentes.

Luna.

Hasta ese momento no había reparado en dónde se encontraba.

Emergió entre los magos y aventureros con la misma elegancia silenciosa que parecía acompañarla siempre. Su cabello color chocolate caía sobre sus hombros, las largas orejas de bestia sobresalían entre algunos mechones y aquellos ojos color rosa caramelo permanecían fijos en mí.

No caminó hacia mí.

Caminó hacia Ar.

Con absoluta naturalidad se apoyó sobre uno de sus hombros, sujetándose de su brazo como si aquel fuera el lugar al que pertenecía.

Sin embargo, no apartó la vista de mi rostro.

Había algo diferente en ella.

No era miedo.

Ni siquiera sorpresa.

Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas y, por primera vez desde que la conocía, parecía incómoda.

Como si las respuestas que esperaba encontrar hubieran tomado un rumbo distinto.

No pude evitar sonreír.

Fue un pensamiento pequeño.

Casi vergonzoso.

"Esta vez... gané."

La idea apareció y desapareció tan rápido como había llegado.

Negué para mí misma.

Aquello ya no importaba.

Volví la mirada hacia el frente.

Las enormes puertas de Leim se alzaban majestuosas sobre nosotros mientras cientos de antorchas y llamas mágicas iluminaban la piedra antigua con un resplandor dorado.

Las luces flotantes recorrían los puentes y balcones de la ciudad recién despertada.

La vieja Esil emergía entre maquinaria, magia, agua y roca, abrazándose con la ciudad superior hasta formar un paisaje imposible.

Los reflejos dorados danzaban sobre los canales.

El vapor ascendía entre las estructuras metálicas y las antiguas construcciones de piedra.

Las enredaderas volvían a cubrir muros centenarios mientras los cristales suspendidos devolvían la luz como si el propio cielo hubiera descendido para habitar aquellas calles.

Respiré profundamente.

Por primera vez desde que desperté en este mundo...

No sentí que estuviera huyendo.

Solo permanecí allí.

Observando.

Aceptando la belleza de una ciudad que acababa de renacer ante mis ojos.

Y, por un instante, dejé de pensar en quién era.

Simplemente me permití estar presente.


 
 
 

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