CAPÍTULO 8.
- Jonn All
- 19 jun
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Avernyu.
El aire entra de golpe en mis pulmones.
Frío.
Pesado.
Lluvioso.
Y cuando alzo la mirada… sé que ya no estoy en la habitación.
Ni en Leim.
Ni frente a la ventana.
Estoy en otro lugar.
O quizá…
En otro tiempo.
La ciudad sigue siendo la misma, y sin embargo no lo es.
Todo está cubierto por una niebla espesa que arrastra la lluvia como un velo interminable. Los charcos reflejan torres distorsionadas, ventanales inmensos y calles de piedra antigua donde el agua corre formando pequeños ríos entre las grietas.
Cada paso parece resonar el tintineo en mis oídos lo hace tan bello que se me olvida que esto es un sueño..
El eco rebota contra muros que parecen infinitos.
Y entonces—
La siento.
Una presencia.
Quieta.
Esperando.
Surge entre la bruma. Se arrodilló frente a mí.
No con sumisión.
Con solemnidad.
La escucho antes de comprenderla.
Su voz es clara, elegante, extrañamente cercana.
—Te estaba esperando.
El sonido corta la lluvia. Y una ligera sonrisa se escucha entre el fondo y el eco finito.
—Desde que me dijeron que Ar llegaría.
Hace una breve pausa.
—Y desde que comenzaron los rumores de la guerra en la frontera.
Mi cuerpo se tensa.
Intento verla mejor.
Pero su rostro permanece oculto.
Cubierto por un enorme sombrero oscuro de dos picos que se alzan hacia los lados como cuernos estilizados. De cada extremo cuelgan esferas de cristal translúcido que tintineaban suavemente con la lluvia. Joyas y cadenas finísimas caen desde la capucha adherida al sombrero, reflejando destellos pálidos cada vez que una gota las alcanza. Su rostro debajo revela de manera coqueta una heteromonocromía, brillante y suspen ciba.
Su vestimenta parece tejida entre capas de tela oscura, cuero trabajado y cuerdas ornamentales que cruzan su cuerpo como sellos antiguos.
Su largo cabello cae hasta más abajo de la cintura, pesado, brillante bajo el agua, sostenido por más joyería que lo mantiene ordenado.
Sus manos…
Cubiertas por guantes negros.
De ellos emergen garras visibles, elegantes y afiladas, como si la oscuridad misma hubiese tomado forma en sus dedos.
Y aun así…
Lo que más inquieta es que no puedo verle el rostro.
Solo sombra bajo aquel sombrero imposible.
La figura inclina apenas la cabeza.
—Soy el Arconte que reside en esta ciudad.
Quiero preguntar algo.
Pero ella continúa.
—Esto que ves…
Hace un pequeño gesto a nuestro alrededor. Mientras un sonido metálico similar a un alambre delgado. Habla con el sonido a través del eco.
La niebla.
La lluvia.
Los charcos.
La ciudad antigua latiendo entre ecos.
—Es un sueño compartido.
Mi pecho se oprime.
—No estás sola aquí.
Entonces entiendo.
Esto no es una visión cualquiera.
Alguien más está viendo esto conmigo.
La Arconte si incorpora lentamente.
Y aunque sigue sin mostrarme el rostro, siento que me observa directamente.
Como si atravesara todo lo que soy.
—Necesito hablarte sobre la historia que existe entre tú… Avernyu… y Ar.
Mi respiración se detiene por un instante.
Avernyu.
Escuchar ese nombre aquí…
En este lugar…
Hace que algo dentro de mí tiemble.
La lluvia arrecia.
El sonido golpea piedra y cristal.
Y entonces ella alza una de sus manos enguantadas.
Las garras negras reflejan un tenue brillo.
—Esta historia comienza en los inicios de todo.
Su voz se vuelve más profunda.
—Cuando una tormenta amenazó con devorar toda forma de vida sobre el planeta.
A mi alrededor, la ciudad parece reaccionar.
Los reflejos en los charcos cambian.
Las luces se apagan.
Las torres se deforman.
Como si el recuerdo estuviera cobrando vida.
—Y cuando esta ciudad…
Hace una pausa.
Lenta.
—El mismo lugar donde ahora te encuentras…
La niebla gira a nuestro alrededor.
El viento ruge.
—Aún no sabía que sería recordada como el lugar donde comenzó la caída.
La Arconte da un paso hacia mí.
Las pequeñas esferas de cristal de su sombrero tintinean.
Mientras la lluvia seguía golpeando las calles antiguas y la niebla se retorcía entre los edificios imposibles de aquella ciudad, la Arconte permaneció frente a mí.
Quieta.
Elegante.
Las pequeñas esferas de cristal que colgaban de su extraño sombrero tintineaban suavemente cada vez que el viento las movía.
Y entonces…
Su voz cambió.
Ya no sonaba solemne.
Ni distante.
Sonaba… amable.
Cálida.
—Debo admitir que estoy emocionada de conocerte.
Parpadeé.
Mi mente tardó un segundo en reaccionar.
—¿…a mí? —pregunté casi sin pensar.
La Arconte inclinó apenas la cabeza, como en tono burlesque parecía que se divertía.
Y yo no supe qué hacer con eso.
Porque todo en ella era extraño.
Imponente.
Antiguo.
Pero al mismo tiempo… hablaba conmigo como si realmente quisiera hacerlo.
Como si me hubiera estado esperando de verdad.
Sentí mis manos tensarse ligeramente.
No sabía cómo reaccionar.
No sabía si debía desconfiar… o escuchar.
Y ella pareció notarlo.
Porque soltó una pequeña risa suave antes de continuar.
—Me alegra que Ar haya decidido venir.
La lluvia siguió cayendo alrededor.
—Siempre me evita.
Eso me tomó desprevenida.
La Arconte levantó apenas una de sus manos negras y señaló hacia mí con cierta ligereza.
—Y esta vez… te trajo.
No entendía por qué, pero la forma en que lo dijo hizo que mi pecho se sintiera extraño.
Como si esa simple frase tuviera un peso detrás.
La niebla comenzó a abrirse lentamente a nuestro alrededor.
Como cortinas apartándose.
La ciudad empezó a revelarse más allá de la lluvia.
Calles iluminadas.
Torres inmensas.
Puentes.
Luces reflejadas sobre el agua.
Y sombras moviéndose entre todo ello.
La Arconte observó el paisaje junto conmigo.
Luego habló otra vez.
—Mírate.
Su voz llevaba una suavidad casi cariñosa.
—Ustedes aquí… son adorables.
Fruncí apenas el ceño, confundida.
Pero antes de que pudiera preguntar a qué se refería…
La niebla terminó de abrirse.
Y frente a mí…
Algo comenzó a mostrarse.
Un recuerdo.
La Arconte dio un paso a mi lado, las joyas de su capucha brillando tenuemente bajo la lluvia.
Y finalmente dijo:
—Mira tu historia.
El viento recorrió las calles antiguas.
Las luces temblaron.
Y entonces, con una tranquilidad inquietante, la Arconte finalizó:
—Yo te la contaré…
Entre los árboles y las praderas heladas que crecieron frente a mis ojos… la vi.
Una niña.
Pequeña.
Clara entre la nieve y el viento.
La acompañaba una brisa extraña, casi viva, como si danzara a su alrededor cuidándola, siguiéndola con cariño entre cada paso.
Entonces la voz de la Arconte cambió.
No era exactamente seriedad lo que transmitía.
Era algo distinto.
Más profundo.
La calidez y la tibieza con la que hablaba me recordaban a una madre contándole a su hijo una historia de cuna… una de esas historias antiguas que parecen hechas para abrazarte incluso cuando hablan de tristeza.
Y entonces…
Algo cambió en la propia Arconte.
La figura envuelta en sombras pareció estremecerse.
Y, de pronto, aquella presencia casi mítica se deshizo como una ilusión.
Donde antes había una entidad majestuosa, ahora saltaba una pequeña criatura juguetona.
Un duende.
O algo parecido.
Era difícil describirla.
Rebosaba vida.
Su extraño atuendo parecía cambiar de forma con cada movimiento; su hermoso cabello danzaba libremente mientras su rostro mutaba entre expresiones imposibles. Incluso su gorro se transformaba constantemente, como si estuviera vivo o formara parte de ella.
Era menos una persona y más un concepto.
Un espíritu travieso contando una historia.
Saltaba de un lado a otro mientras hablaba, moviéndose entre caminar, flotar y volar sin decidirse jamás por una sola forma de desplazarse.
Las imágenes continuaban desarrollándose a nuestro alrededor mientras ella revoloteaba entre los recuerdos.
—¡El mundo estaba patas arriba! —exclamó con una sonrisa enorme mientras giraba en el aire—. La magia era el propio universo, y tú, mi querida y hermosa doncella, pertenecías a ese mundo tan místico que todos adorábamos.
Señaló a la pequeña figura que aparecía en la historia.
—Eras apenas una pequeñuela... casi como ahora, aunque mucho más joven.
La criatura soltó una carcajada.
—Sí, sí, aunque te cueste creerlo.
Volvió a reír antes de dar una voltereta imposible en el aire.
—Y tu existencia llamó muchísimo la atención porque, siendo sinceros... creo que rompimos algo.
La Arconte señaló las escenas que se desarrollaban frente a nosotros.
—Mira, la historia va más o menos así.
Las imágenes cambiaron.
Ahora mostraban enormes estructuras metálicas viajando entre las estrellas.
Naves.
Colonias.
Ciudades enteras suspendidas en la oscuridad del espacio.
—Sol pertenecía a una compañía minera que operaba fuera del planeta. Su raza era terrana. Ellos se llamaban a sí mismos "humanos", un término que trajeron consigo desde su mundo natal.
Las escenas mostraban trabajadores, complejos industriales y laboratorios iluminados por luces artificiales.
—Aquella compañía se había aliado con una, una — “farmacéutica”, era una serie de investigaciones similares a las que aquí tenemos, ajam, pero ellos tenían sus propias cosas - sonrió ligeramente — creó, bueno el punto es que era algo … y ese algo era muy poderoso. Ambos estaban convencidos de que la catástrofe que nosotros conocemos como las Colonias era una enfermedad. Para ellos, era una plaga que consumía su mundo de forma lenta pero inevitable.
Observaba las imágenes con atención.
Era como si estuviera viendo un sueño ajeno.
—Entonces diseñaron un plan —continuó la Arconte.
le frunci el ceño.
—¿Y qué les faltaba?
La criatura se quedó inmóvil durante un instante.
Después sonrió.
Una sonrisa demasiado divertida para el tema que estaba tratando.
—Solo les faltaba una cosa.
—¿Cuál?
La Arconte estalló en carcajadas.
—¡Extinguirse!
—¡¿Cómo que extinguirse?! —
—Perdón, perdón —respondió la pequeña criatura mientras intentaba contener la risa—. Pero es la verdad.
Volvió a señalar las imágenes.
Y esta vez su tono perdió parte de su alegría.
—Verás, ellos enfermaron al planeta.
Las escenas mostraron ecosistemas marchitándose.
Océanos oscurecidos.
Bosques alterados.
La sonrisa de la Arconte desapareció poco a poco.
—Y también nos enfermaron a nosotros.
Eru apartó la vista de las imágenes.
—¿Pero cómo pudieron hacerlo?
La criatura guardó silencio unos segundos.
Luego respondió con una seriedad extraña.
—Porque cuando Sol llegó aquí... ya era demasiado tarde.
Las imágenes cambiaron una vez más.
Una cápsula descendía desde el cielo envuelta en llamas.
—Su móvil ya no funcionaba. Despertó de la criogenia después de permanecer congelado durante muchísimos años.
La Arconte observó la escena con nostalgia.
—Miwa estaba con él.
La cápsula atravesó la atmósfera.
—Creo que colisionaron con estrellas. O tal vez con algo peor. Después cayeron aquí.
El impacto sacudió las imágenes.
El mundo entero pareció temblar.
La voz de la Arconte se volvió apenas un susurro.
—Con nosotros.
Las sombras mostraron a dos figuras emergiendo de los restos de la nave.
Y por primera vez desde que había comenzado el relato, la pequeña criatura no sonrió.
—Y fue entonces cuando trajeron la enfermedad.”
El entorno reaccionó.
Todo a nuestro alrededor se transformó en sombras proyectadas por la propia historia, figuras vivas moviéndose entre la nieve y la luz mientras la narración avanzaba.
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