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CAPÍTULO 10.La ciudad dorada.

Desde donde estaba, inmóvil sobre el agua que apenas comenzaba a recuperar la calma, respiré con lentitud.

Mi transformación seguía ahí.

Podía sentir el tenue calor en las puntas de mi cabello, las pequeñas chispas que escapaban de él y la escarcha que aún abrazaba parte de mi cuerpo como una segunda piel. Todo era distinto... y, sin embargo, comenzaba a sentirse extrañamente natural.

Ar permanecía a mi lado.

Tan inmóvil como siempre.

Su casco ocultaba cualquier expresión, y su enorme espada descansaba nuevamente junto a él, como si aquella demostración de poder hubiera sido un gesto cotidiano.

Entonces una sombra cruzó mi vista.

Luna.

Apareció casi corriendo y, sin pensarlo dos veces, se lanzó hacia él. Se sujetó de su brazo y terminó recargando la cabeza sobre su hombro con absoluta confianza, como si necesitara comprobar por sí misma que seguía ahí.

Por un instante la observé.

Después dejé de hacerlo.

Había demasiadas preguntas ocupando mi mente como para detenerme en aquello.

Más atrás distinguí a Itsuki acercándose junto a Adam.

Adam ya estaba trabajando.

Su mirada recorría cada rincón de la ciudad mientras hablaba por el pequeño comunicador que llevaba junto al rostro. No podía escucharlo, pero la velocidad con la que daba instrucciones y la forma en que varias personas comenzaban a moverse bastaban para entender que intentaba devolver el orden al caos.

El Alter no reaccionó.

No lo necesitaba.

Comprendí la escena por mí misma.

Alrededor, los aventureros caminaban lentamente entre los escombros con la misma expresión de incredulidad que seguramente tenía yo.

El mercado había quedado completamente trastornado.

Puestos volcados.

Mercancías esparcidas entre el agua y el barro.

Libros abiertos empapados.

Herramientas.

Cajas.

Telas.

Armas.

Todo mezclado entre aquella ciudad que acababa de surgir desde las profundidades.

Levanté la vista.

Solo entonces comprendí realmente dónde nos encontrábamos.

Debajo del gigantesco puente que sostenía el antiguo bazar se extendía otra ciudad.

Una ciudad completa.

Esil.

No era una ruina.

No era un recuerdo.

Era un lugar vivo.

La piedra antigua convivía con enormes estructuras metálicas recién liberadas del agua, mientras la niebla comenzaba a retirarse lentamente, dejando que la luz de la mañana recorriera callejones que habían permanecido ocultos durante siglos.

Y frente a ella...

Las enormes puertas.

Las mismas que, según todas las historias que conocía, jamás debían abrirse.

Ahora permanecían completamente abiertas.

De par en par.

No entendía cómo.

Ni quién lo había hecho.

Solo sabía que aquello cambiaba todo.

Fue entonces cuando la Arconte caminó directamente hacia mí.

Su paso era tranquilo, pero decidido.

Se detuvo a mi lado sin apartar la vista de mi rostro.

Después levantó una mano.

Con delicadeza tocó la placa de mi cuello.

Sus dedos permanecieron allí apenas un instante.

Esperé.

Ella comenzó a mover las manos.

El Alter respondió de inmediato, proyectando las palabras frente a mí.

«Está incompleto.»

Fruncí ligeramente el ceño.

Incompleto...

Llevé la mano hasta mi cuello casi por instinto.

—¿Qué... está incompleto? —pregunté, sintiendo cómo la duda comenzaba a crecer otra vez.

La Arconte no respondió de inmediato.

En ese momento vi acercarse al resto.

Itsuki fue la primera en llegar.

Después Adam.

Y finalmente Youni.

Los tres se dirigieron primero hacia Ar y Luna. Cruzaron algunas señas y gestos rápidos, mientras Adam continuaba dando instrucciones sin dejar de observar el movimiento de la ciudad.

Yo avancé despacio hacia ellos, acompañada por la Arconte.

Mientras caminaba, mis ojos no podían dejar de recorrer Esil.

Cada aventurero parecía descubrir un rincón diferente.

Algunos observaban los edificios.

Otros las antiguas máquinas que emergían del subsuelo.

Había quienes simplemente permanecían inmóviles, incapaces de aceptar que aquella ciudad perdida hubiera despertado frente a ellos.

Era como si todos estuviéramos contemplando el mismo milagro...

Pero ninguno supiera todavía cuál sería el precio de haberlo presenciado.

Volvió a aparecer.

Sin previo aviso.

El Alter proyectó nuevamente las mismas palabras frente a mí.

«Está incompleto.»

La frase permaneció suspendida unos segundos antes de desvanecerse.

Confundida bajé la cabeza y me perdí entre los pensamientos de ocio.

Levanté la vista.

La Arconte ya no estaba frente a mí. Caminaba hacia Adam con paso decidido, como si hubiera encontrado algo que necesitaba confirmar de inmediato.

Fue entonces cuando sentí otra mirada.

Volteé.

Itsuki.

Estaba observándome, o eso parecia.

Sus ojos brillaban de una manera distinta.

Por un instante creí que sonreía.

Después comprendí que una lágrima recorría lentamente su mejilla.

No parecía triste.

Al contrario.

Era la expresión de alguien que, después de mucho tiempo, por fin podía contemplar algo que siempre había esperado.

No entendía por qué me miraba así.

Youni se acercó a ella y comenzó a mover las manos con rapidez.

No alcancé a comprender la conversación.

Pero sí vi el resultado.

Itsuki sonrió.

Una sonrisa amplia.

Sincera.

Tan cálida que, sin darme cuenta, respondí de la misma manera.

Comencé a caminar hacia ellas.

Entonces mi vista se desvió.

Luna seguía apoyada sobre Ar, aferrada a uno de sus brazos con absoluta naturalidad.

Sentí una pequeña molestia.

Breve.

Ridículamente breve.

La dejé ir antes siquiera de comprender por qué había aparecido.

En ese instante una mano se apoyó con suavidad sobre mi hombro.

Adam.

Su gesto era el mismo de siempre.

Sereno.

Amable.

No necesitó decir demasiado.

Movió lentamente las manos.

El Alter respondió por él.

«Ven. Acompáñame.»

Después apareció otra frase.

«Perdón... no lo sabía.»

Levanté la mirada hacia él.

No hizo falta preguntar a qué se refería.

Su expresión bastaba.

Sonreí apenas un poco y asentí con la cabeza.

Adam tomó mi mano con la misma delicadeza con la que un hermano mayor guía a alguien que aún intenta comprender el camino.

Comenzamos a avanzar.

El bullicio de la ciudad seguía siendo un silencio absoluto para mí.

Pero podía verlo.

Las calles comenzaban a llenarse.

Los aventureros salían de cada rincón.

Magos.

Mercaderes.

Exploradores.

Habitantes que apenas despertaban del caos.

Todos detenían lo que estaban haciendo para mirarme.

Había incredulidad.

Había curiosidad.

Había esperanza.

Y también miedo.

Nadie apartaba la vista.

Entonces, desde uno de los balcones, un joven mago levantó su bastón.

Una pequeña esfera violeta ascendió lentamente hacia el cielo.

Después otra.

Y otra más.

Como si aquella hubiera sido una señal.

Decenas de manos comenzaron a elevarse.

Luces azules.

Violetas.

Plateadas.

Pequeñas llamas mágicas abandonaron las calles y comenzaron a flotar sobre nosotros.

No eran fuegos de guerra.

Parecían estrellas nacidas entre las manos de la ciudad.

Algunas describían espirales.

Otras explotaban suavemente en diminutos destellos que permanecían suspendidos sobre los tejados.

La niebla, todavía herida por la batalla, comenzó a abrirse para dejar paso a un amanecer de tonos dorados.

El cielo respondió con una claridad que hacía apenas unos minutos parecía imposible.

Las luces mágicas ascendían una tras otra, dibujando un sendero luminoso sobre Esil.

Por un instante...

No parecía una ciudad que acababa de sobrevivir a una batalla.

Sin darme cuenta, mis pasos comenzaron a desviarse.

Ya no seguía únicamente a Adam.

Era la propia ciudad la que parecía atraerme.

Cada calle.

Cada rincón.

Cada pequeño pasaje escondido entre los edificios despertaba una curiosidad imposible de contener.

Leim era distinta a cualquier lugar que hubiera conocido.

No solo por su belleza.

Sino porque era una belleza extraña.

Una que no intentaba ser perfecta.

Los vestigios de un pasado imposible convivían con un presente lleno de vida.

Bajo los edificios de piedra y los antiguos cimientos aparecían gruesos conductos metálicos, enormes tuberías recorrían las calles como raíces de acero, mientras placas remachadas y viejos mecanismos emergían entre el musgo y la humedad, abrazados por enredaderas que parecían haber decidido crecer sobre el metal.

Las tejas de barro teñían los techos con tonos rojizos y ocres.

Los balcones rebosaban flores.

Los puentes unían construcciones que desafiaban toda lógica.

Era una ciudad donde la magia y la ingeniería no competían.

Se necesitaban.

Las razas caminaban unas junto a otras con absoluta naturalidad.

El aroma del pan recién horneado se mezclaba con especias desconocidas, madera húmeda, flores silvestres y el tenue olor del metal caliente.

Los escaparates rebosaban colores.

Cristales.

Libros.

Frutas imposibles.

Pequeñas criaturas corrían entre los puestos mientras la luz dorada del amanecer comenzaba a filtrarse entre la niebla que aún abrazaba la ciudad.

Ni siquiera las estelas mágicas que continuaban elevándose hacia el cielo consiguieron distraerme.

Era el constante movimiento de Leim.

Su ritmo.

Su forma de respirar.

Lo que terminaba por envolverme.

Hasta que Adam se detuvo.

Habíamos llegado.

Frente a nosotros se alzaba un pequeño establecimiento construido sobre una terraza natural.

Desde allí la vista era sobrecogedora.

Más allá del balcón, el enorme acantilado descendía hacia la antigua Esil.

La ciudad perdida parecía flotar entre la niebla, bañada por la luz del sol naciente.

Las gigantescas puertas abiertas permanecían inmóviles al fondo del valle, mientras una inmensa cascada nacía del enorme vacío que había dejado el despertar de la ciudad.

El agua descendía entre roca, maquinaria y vegetación formando un espectáculo imposible.

Árboles centenarios crecían abrazando enormes tuberías de acero.

Raíces atravesaban antiguos muros.

Flores colgaban de estructuras metálicas suspendidas en el aire.

Los gruesos cables brillaban bajo la humedad del amanecer como si transportaran luz en lugar de energía.

Todo era hermoso.

Y al mismo tiempo...

Extrañamente imposible.

La Arconte se adelantó unos pasos.

Junto a ella esperaba un enano.

Era bajo y robusto.

Su enorme barba gris descendía hasta el pecho, donde se confundía con un espeso bigote que casi ocultaba su boca.

Las cejas eran tan largas que parecían dos pequeñas cascadas blancas sobre unos ojos profundamente atentos.

Un peculiar gorro de cuero coronaba su cabeza, adornado con pequeñas piezas de metal y diminutos cristales.

Al verme, sonrió.

Después extendió lentamente una mano.

Sobre ella descansaba un pequeño artefacto blanco.

Su superficie recordaba a la nieve recién caída.

Una fina línea dorada recorría toda la pieza, mientras en su interior latía una luz multicolor que cambiaba suavemente de tonalidad.

Lo observé unos segundos.

Después acepté el objeto.

Nuestros dedos apenas se tocaron.

El enano comenzó a mover las manos.

No entendí.

Miré a la Arconte.

Ella respondió con las mismas señas.

Adam dio un paso al frente y señaló la placa de mi cuello.

Quise preguntar.

Pero antes de hacerlo, la Arconte tomó mi mano con delicadeza.

La condujo lentamente hasta mi oreja izquierda.

Después colocó allí el pequeño artefacto.

Esperé algún dolor.

No llegó.

Solo sentí un frío tenue.

Una corriente delicada recorrió mi cuello, descendió por mi espalda y continuó hasta la planta de mis pies, haciéndome estremecer.

Entonces...

Todo cambió.

Delante de mis ojos comenzaron a aparecer finísimos hilos de luz.

Miles de ellos.

Se extendían por toda la ciudad como si siempre hubieran estado allí.

Pequeños puntos luminosos se encendían sobre edificios, personas y calles.

Después aparecieron símbolos.

Letras.

Indicadores.

Líneas de dirección.

Distancias.

Nombres.

Expresiones faciales.

El mundo entero parecía recubierto por una delicada red de información.

Era como volver a sentarme frente a la mesa de operaciones.

Solo que ahora...

La ciudad completa era el panel.

El Alter respiró conmigo.

Sentí cómo la placa de mi cuello establecía una conexión distinta.

Más estable.

Podía interpretar gestos con mayor precisión.

Reconocer voces mediante patrones visuales.

Marcar rutas.

Identificar estructuras.

Traducir expresiones.

Ordenar información.

El mundo dejó de parecer silencioso.

No porque pudiera escucharlo.

Sino porque, por primera vez, tenía una forma de comprenderlo todo al mismo tiempo.

Y entonces, sobre uno de aquellos delicados hilos de luz, apareció un único mensaje.

«Sincronización completada.»

Sonreí.

Ahora sí...

El Alter se sentía completo.

Fue entonces cuando comprendí cuánto habían cambiado las cosas.

Hasta ese momento había aprendido a vivir sin escuchar.

Había aceptado que muchas conversaciones se perderían antes de llegar a mí, que algunos gestos pasarían desapercibidos y que siempre existirían detalles imposibles de comprender.

Ahora era diferente.

El Alter no me devolvía el oído.

Me devolvía el contexto.

Comencé a descubrir pequeños detalles que antes jamás habría notado. Miradas, expresiones, movimientos, direcciones... incluso la forma en que las personas reaccionaban al mencionar ciertos nombres. Era como si el mundo hubiera dejado de estar incompleto.

Y fue precisamente así como entendí la gravedad de lo que acababa de suceder.

Las enormes puertas abiertas no eran únicamente una mala señal.

Nunca...

Jamás debieron abrirse.

La ciudad que tenía frente a mis ojos era hermosa. Tan hermosa que costaba creer que hubiera permanecido oculta durante siglos. Sus calles, su arquitectura, la maquinaria antigua mezclándose con la magia, la vegetación abrazando el metal y la piedra... todo parecía desafiar cuanto conocíamos sobre el mundo.

Pero aquella belleza no debía existir.

Al menos no de esa manera.


 
 
 

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