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Continuación del capítulo 11.4

1 sept
7 min de lectura

No sabía dónde mirar.

Todo aquello era para mí.

—No tienen que hacer esto...

Mi voz salió mucho más débil de lo que esperaba.

Una mujer sonrió.

—Queremos hacerlo.

El Alter tradujo sus palabras.

«Es un honor.»

Sentí un nudo en la garganta.

No sabía cómo reaccionar.

Entonces alguien comenzó a reír.

Otro levantó una bebida.

Y poco a poco el lugar cambió.

La solemnidad desapareció.

Las personas comenzaron a sentarse alrededor del altar.

Algunos aventureros comenzaron a contar historias.

Otros discutían sobre viajes.

Alguien habló de una expedición que casi terminó en desastre.

Un enano comenzó a exagerar una historia sobre una criatura que, según él, había sido tres veces más grande de lo que realmente era.

Todos rieron.

Yo también, no sentí que estuviera intentando comprender algo.

Simplemente estaba allí.

Con ellos.

Comiendo.

Escuchando.

Sonriendo.

Y aquello me emocionó mucho más de lo que quería admitir.

No eran dioses.

No eran grandes héroes.

No eran personajes de alguna historia antigua.

Eran personas.

Personas que habían decidido compartir conmigo una noche.

Y mientras las luces de Leim brillaban sobre nosotros, sentí algo cálido en el pecho.

Entonces comenzaron las historias.

Una de ellas vino de Velmar.

Un aventurero levantó su bebida.

—En Velmar dicen que tú caíste del cielo.

Todos guardaron silencio.

Lo miré.

—¿Yo?

Asintió.

—Envuelta en las llamas de Alastor.

El Alter comenzó a traducir para quienes no entendían la lengua.

El hombre continuó.

—Dicen que cuando apareciste, el cielo se abrió.

Otro aventurero intervino.

—Y que no eras una humana.

La gente comenzó a murmurar.

—Dicen que eras una de los Primigenios.

Sentí un pequeño escalofrío.

Miré mis manos.

El hombre continuó.

—Que Sol no era simplemente alguien que viajaba contigo.

Hizo una pausa.

—Era tu mensajero.

La historia comenzó a crecer.

Según aquella versión, después de Valgrant, el mundo había quedado mirando hacia una oscuridad que parecía no tener final.

Las rutas se habían cerrado.

Los reinos habían perdido contacto.

Las enfermedades habían comenzado a extenderse.

La gente había dejado de mirar hacia las estrellas.

Hasta que apareció una señal.

Sol.

Y después...

yo.

—Dicen que te trajo hasta aquí porque más allá de la oscuridad había una posibilidad.

El aventurero levantó su bebida.

—Una esperanza.

Nadie habló.

—La esperanza de que pudiéramos expandirnos.

—De encontrar otros mundos.

—De salvar nuestro propio mundo.

Las palabras comenzaron a mezclarse entre las personas.

Cada una parecía tener una versión diferente.

Otra historia.

Otra interpretación.

Alguien desde el fondo gritó:

—¡En Kalinov dicen algo diferente!

Todos voltearon.

Era una mujer mayor.

Sonrió.

—Dicen que Eru fue enviada desde las estrellas.

Me quedé mirándola.

—No como una diosa.

La mujer levantó un dedo.

—Como una mensajera.

Otra persona negó con la cabeza.

—Eso no tiene sentido.

—¿Y qué historia tiene sentido?

Algunas personas rieron.

La mujer continuó.

—Dicen que después de Valgrant, cuando todos creían que no quedaba nada más allá de las puertas...

Me miró.

—Tú llegaste para decirnos que todavía había algo.

El silencio volvió.

—Que las estrellas no estaban vacías.

Sentí que algo dentro de mí se estremecía.

No sabía qué era verdad.

No sabía quién había sido.

Pero escuchar aquellas historias...

escuchar a todas esas personas hablar de mí como si mi existencia hubiera significado algo para generaciones enteras…

Una de las historias consiguió llamar especialmente mi atención.

No porque fuera la más grandiosa.

Sino porque quienes comenzaron a contarla parecían conocer demasiados detalles.

Todo comenzó con una joven maga.

Era peculiar.

Tenía ciertos rasgos que recordaban a los de una bestia: pequeñas características en el rostro y en la forma de sus orejas que hacían difícil decidir si era completamente humana.

Llevaba un sombrero enorme.

Demasiado grande para su cabeza.

Su ropa estaba compuesta por varias capas de tela, adornos y accesorios que cubrían buena parte de su cuerpo, aunque el conjunto estaba diseñado de una manera que resaltaba claramente su figura.

Parecía feliz.

Demasiado feliz.

Hablaba con entusiasmo mientras sostenía su bebida y contaba la historia.

—En Miku se cuenta que ella inclinó la balanza hacia el lado que el Conquistador jamás pudo ver.

Algunas personas comenzaron a prestar atención.

Otros viajeros que parecían conocerla se acercaron.

Entonces pude observarlos mejor.

Era un grupo bastante peculiar.

Una mujer llevaba varias armas.

No eran simples espadas.

Parecían cañones.

Grandes armas metálicas descansaban sobre su espalda, plateadas, perfectamente cuidadas.

Su sombrero parecía más un adorno que una prenda necesaria.

Tenía el cabello largo.

Muy largo.

Y un vestido cubierto de rosas.

Muchas rosas.

Quizá demasiadas para mi gusto.

Pero, de alguna manera, le quedaban bien.

En su cabeza llevaba algo parecido a un tocado.

No parecía realmente un sombrero.

Era más bien una pieza ornamental que acompañaba toda su apariencia.

Su cabello estaba trenzado y adornado con pequeños accesorios.

Su rostro tenía una expresión casi de muñeca.

Hermosa.

Extraña.

Casi demasiado perfecta.

Definitivamente era alguien difícil de olvidar.

Junto a ellas había otras personas igualmente particulares.

Un grupo digno de llamar la atención incluso en un lugar como aquel.

La joven maga continuó hablando.

—El Conquistador era el hijo del rey.

Algunas personas murmuraron.

Yo levanté la mirada.

Conocía algo de aquella historia.

Pero no de esa manera.

—Antes de Eden —continuó—, el príncipe era conocido por ser implacable.

Su voz perdió un poco de aquella alegría.

—Cuando la guerra alcanzó su punto más alto, consiguió detenerla.

Según aquella versión, el príncipe había logrado algo que parecía imposible.

Detener una guerra.

No mediante una última batalla.

No mediante una victoria.

Sino buscando la paz.

Durante un tiempo, su reino prosperó.

Las ciudades crecieron.

La gente tuvo alimento.

La magia floreció.

Y su gobierno llegó a ser considerado prácticamente perfecto.

Pero entonces escuchó una historia.

Una leyenda.

Más allá de las puertas existía algo.

Alguien.

Una figura conocida como la Celestial.

Decían que poseía una belleza imposible de describir.

Pero no era su belleza lo que realmente importaba.

Eran sus respuestas.

Los antiguos relatos aseguraban que ella conocía secretos capaces de llevar a la humanidad hacia una nueva era.

Una era de paz.

De prosperidad.

Una era que podía extenderse incluso más allá de las estrellas.

El príncipe quedó fascinado.

Y comenzó a buscarla.

—El problema —intervino uno de sus compañeros— fue que encontró algo antes de encontrarla a ella.

La joven maga asintió.

Encontró pueblos llenos de personas con una afinidad extraordinaria para la magia.

Personas capaces de hacer cosas que en otros lugares parecían imposibles.

Pero muchos de ellos estaban esclavizados.

Vivían en condiciones terribles.

Hambrientos.

Enfermos.

Débiles.

El príncipe vio su magia.

Vio su potencial.

Y quiso llevárselos.

Lo que no vio...

fue a las personas.

Su reino seguía prosperando.

Sus ciudades seguían creciendo.

La guerra había terminado.

El pueblo vivía mejor que nunca.

Pero mientras él perseguía aquella leyenda, comenzó a olvidar algo fundamental.

No todos vivían igual.

Las personas que había encontrado quedaron abandonadas.

Las prisioneras continuaron sufriendo.

Muchas murieron.

Y mientras tanto...

él siguió buscando.

Buscando a la Celestial.

Buscando las respuestas.

Buscando aquello que creía que salvaría al mundo.

Entonces ocurrió algo que hizo que la historia cambiara.

Una de las jóvenes que había cuidado del príncipe desde que dependía de su madre pertenecía precisamente al pueblo mágico que él había estado buscando.

Ella había crecido a su lado.

Lo había cuidado.

Lo había acompañado.

Lo había querido.

Y, según aquella historia...

era ella quien realmente podía haberlo salvado.

Pero el príncipe ya no podía verlo.

Había enfermado de poder.

De orgullo.

De grandeza.

Había comenzado intentando salvar un reino.

Después quiso salvar a todos los reinos.

Después quiso alcanzar las estrellas.

Y en ese camino dejó de mirar a quienes estaban frente a él.

A los que sufrían.

A los que dependían de él.

A quienes lo habían amado.

Hasta que llegó el final de sus días.

Entonces comprendió que iba a morir.

Y tuvo miedo.

No de la muerte.

Sino de no haber alcanzado aquello que había perseguido durante toda su vida.

La Celestial.

La salvación.

La respuesta.

Fue entonces cuando cometió su último error.

Esclavizó a la única persona que realmente lo amaba.

La obligó a salir en busca de Eru.

La Celestial.

La mujer que, según él, podía devolverle la vida.

Salvar su reino.

Salvar el mundo.

Salvar el universo.

Pero la historia decía algo diferente.

El Conquistador había pasado toda su vida buscando una manera de salvarlo todo.

Y nunca había aprendido a salvarse a sí mismo.

Murió sin encontrarla.

Y ella quedó atrás.

Con aquel deseo clavado en el corazón.

Que los dioses concedieran una oportunidad a todos aquellos que habían sufrido bajo su ira.

A los esclavizados.

A los abandonados.

A quienes habían perdido sus familias.

A quienes habían enfermado.

A quienes habían muerto mientras él perseguía su grandeza.

Y entonces comenzó a vagar por Miku.

Durante años.

Quizá décadas.

Pidiendo a las deidades una sola cosa.

Que aquellas personas pudieran conocer a Eru.

La Celestial.

No para pedirle riquezas.

No para pedirle poder.

Ni siquiera para pedirle que salvara al universo.

Sino para que les mostrara algo que el Conquistador nunca había comprendido.

Que antes de salvar el mundo...

había que salvar nuestras almas.

La joven maga terminó de hablar.

Nadie dijo nada durante unos segundos.

Yo tampoco.

Miré el caramelo que todavía sostenía entre mis dedos.

Después miré a las personas reunidas alrededor del altar.

Y por alguna razón aquella historia me golpeó más profundamente que las anteriores.

Quizá porque no hablaba realmente de un rey.

Ni de una guerra.

Ni de las estrellas.

Hablaba de alguien que había querido salvarlo todo...

y que terminó perdiendo de vista a las personas que tenía delante.

Levanté lentamente la mirada.

La joven maga me estaba observando.

Sonrió.

—Quizá por eso estamos aquí.

No supe qué decir.

Ella levantó su vaso.

—Porque si realmente eres la Celestial...

Miró hacia las luces de Leim.

—Entonces quizá todavía exista una oportunidad.

Algunas personas levantaron sus bebidas.

Otras sonrieron.

Yo permanecí en silencio.

No sabía si era la Celestial.

No sabía si había caído de las estrellas.

No sabía si conocía las respuestas que todos parecían esperar de mí.

Pero había algo que sí sabía.

Aquella noche, por primera vez, no quería que me vieran como una diosa.

Quería conocer sus historias.

Quería saber sus nombres.

Quería saber qué habían perdido.

Y por qué, después de tanto tiempo...

todavía esperaban algo de mí.

era demasiado.

Me llevé una mano al pecho.

La emoción me ganó.


 
 
 

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