Continuación del capítulo 11.3
Después Itsuki señaló detrás de mí.
Me giré.
Ar venía caminando hacia nosotras.
El Alter captó sus palabras.
«Mañana bajaremos a Esil.»
Hizo una pausa.
«Eru, por ahora descansen.»
Miró hacia Itsuki y Youni.
«Coman algo.»
Y entonces se marchó.
Adam terminó siguiéndolo poco después.
Youni ocupó su lugar junto a nosotras.
Su sonrisa era tranquila.
—Eru...
La miré.
—Creemos que Ar conoce Esil.
Fruncí el ceño.
—¿Conoce Esil?
Youni asintió.
—No sabemos cómo.
Su mirada se dirigió hacia las enormes puertas.
—Pero hay algo extraño.
—¿Qué?
—Ar no quería venir.
Itsuki intervino.
—Nos habían dicho que no le gustaba venir aquí.
Youni continuó:
—Pero cuando llegamos, ya lo conocían.
Hizo una pequeña pausa.
—Y bastante bien.
Miré hacia donde Ar había desaparecido.
Entonces Itsuki tomó mis manos.
—Y Luna tampoco es ajena a esto.
No pude responder.
Youni perdió lentamente su sonrisa.
—Cuando nosotros conocimos a Ar...
Su voz cambió.
—Aquí lo repudiaban.
—¿Por qué?
—Le llamaban traidor.
La palabra me hizo mirar nuevamente hacia las puertas de Esil.
—Decían que había traicionado a la ciudad.
Youni respiró lentamente.
—Y Luna siempre parecía estar con él.
La miré.
—¿Siempre?
Asintió.
—Por eso nos preguntamos algo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Por qué decidió venir contigo?
No tuve respuesta.
Antes de que pudiera decir algo, Itsuki intervino.
—Bueno...
Sonrió.
—Con todo lo que ha pasado, creo que esto deberíamos hablarlo durante la cena, ¿no crees?
Youni recuperó su sonrisa.
—Claro.
La Arconte levantó inmediatamente una mano.
—Yo me encargo.
Y comenzó a caminar.
Nosotras la seguimos.
Y fue entonces cuando pude observar Leim con verdadera atención.
La ciudad parecía existir entre dos épocas.
Las construcciones antiguas estaban hechas de enormes bloques de piedra, cubiertos por vegetación que trepaba por muros, balcones y tejados.
Las tejas se superponían unas sobre otras, formando techos irregulares que parecían pertenecer a una ciudad antigua.
Pero entre ellas aparecían estructuras metálicas.
Tubos.
Conductos.
Puentes.
Tuberías que atraviesan edificios enteros.
Grandes piezas de metal se encontraban incrustadas en las construcciones de piedra como si ambas hubieran sido creadas para coexistir desde el principio.
Algunas fachadas estaban cubiertas de pequeñas placas luminosas.
Los cables recorrían las paredes.
Los tubos expulsaban vapor.
Y sobre nuestras cabezas se extendían anuncios y símbolos hechos de luz.
Neón.
Morado.
Azul.
Amarillo.
Los colores se reflejaban sobre la piedra húmeda y la vegetación.
Pero aquella tecnología no funcionaba como la que yo conocía.
La magia estaba en todas partes.
Podía verla recorrer ciertos tubos como si fueran venas.
Pequeñas corrientes de luz morada viajaban por conductos transparentes.
Cristales incrustados en las paredes emitían destellos azules.
Lámparas amarillas flotaban sin ningún soporte visible.
La energía mágica se mezclaba con el metal y el vapor.
Era extraño.
Era hermoso.
Y, de alguna manera, parecía completamente natural para Leim.
El Bazar de Heim continuaba extendiéndose por las calles.
Mercaderes.
Aventureros.
Artesanos.
Criaturas que no sabía nombrar.
Puestos iluminados con lámparas mágicas.
Pantallas metálicas.
Pequeños artefactos mecánicos.
Runas brillando sobre paredes de piedra.
Todo coexistía.
La ciudad no parecía haber elegido entre lo antiguo y lo moderno.
Había decidido convertirse en ambas cosas.
Mientras caminábamos, empecé a notar nuevamente las miradas.
Esta vez las comprendí un poco mejor.
No era simplemente curiosidad.
Algunas personas bajaban la cabeza.
Otras se detenían.
Algunas llevaban pequeñas ofrendas.
Una mujer dejó un objeto frente a una pequeña estructura de piedra.
Una llama morada apareció.
El objeto comenzó a consumirse.
Después la mujer levantó la mirada hacia mí.
Y bajó la cabeza.
Seguimos avanzando.
Otro grupo hizo algo parecido.
Después otro.
Pequeñas llamas.
Cenizas.
Deseos.
Oraciones.
No sabía exactamente cómo llamarlo.
Pero ya no podía fingir que no entendía lo que significaba.
Me estaban rindiendo culto.
La idea seguía resultándome extraña.
Yo no me sentía una diosa.
No tenía respuestas.
No sabía por qué estaba allí.
No sabía qué había sido antes de despertar.
Ni por qué aquellas personas habían decidido colocarme en un lugar tan elevado dentro de sus creencias.
Pero después de lo que había visto detrás de las estrellas...
la palabra deidad ya no me parecía tan absurda.
Quizá eso era lo que ellos veían cuando me miraban.
Algo que yo todavía no podía ver en mí misma.
Una figura que pertenecía a sus historias.
A sus deseos.
A sus creencias.
Y quizá también a algo mucho más antiguo.
Miré a las personas que inclinaban la cabeza a mi paso.
No supe qué debía hacer.
Así que hice lo único que me salió naturalmente.
Sonreí.
No porque creyera ser una diosa.
Sino porque aquellas personas estaban depositando algo muy valioso en mí.
Su esperanza.
Y mientras avanzaba por las calles de Leim, entre piedra y vegetación, entre tuberías y metal, entre tejas antiguas y luces de neón, comprendí que aquella ciudad no solo había construido una civilización alrededor de la magia.
Había construido una historia alrededor de nosotros.
Y yo apenas comenzaba a descubrir qué lugar ocupaba en ella.
La noche comenzó a caer sobre Leim.
No ocurrió de golpe.
Primero desapareció el último resplandor del cielo entre los tejados de piedra y las estructuras metálicas. Después, las sombras comenzaron a extenderse por las calles, mezclándose con la luz de los cristales mágicos y las enormes lámparas suspendidas sobre los edificios.
El morado reemplazó poco a poco al dorado.
Después apareció el azul.
Y finalmente, pequeñas luces amarillas comenzaron a encenderse por toda la ciudad.
Leim adquiría una apariencia completamente diferente durante la noche.
Los tubos metálicos que atravesaban los edificios comenzaron a iluminarse desde adentro. La energía mágica recorría algunos conductos como ríos de luz, mientras el vapor escapaba de las uniones de las enormes estructuras industriales.
La vegetación que cubría las paredes parecía más oscura.
Las piedras húmedas reflejaban el neón.
Y las sombras entre los edificios eran tan profundas que daban la impresión de esconder calles que no existían durante el día.
La Arconte caminaba delante de nosotras.
Parecía saber exactamente hacia dónde iba.
No pregunté.
Después de todo lo que había ocurrido, comenzaba a sospechar que seguir a la Arconte sin preguntar era probablemente la opción más segura.
Atravesamos una calle estrecha.
Después otra.
El ruido del Bazar de Heim comenzó a desaparecer detrás de nosotras.
Los comerciantes quedaron atrás.
Las voces se volvieron más distantes.
La iluminación comenzó a disminuir.
Y entonces apareció.
Me detuve.
No sabía qué esperaba encontrar.
Pero definitivamente no era aquello.
Era una estructura gigantesca.
Parte de ella parecía construida sobre los restos de una antigua instalación industrial.
Torres metálicas se elevaban entre enormes paredes de piedra.
Puentes suspendidos conectaban edificios.
Tuberías enormes atravesaban el lugar.
Algunas estaban rotas.
Otras todavía emitían vapor.
Había cables colgando desde las alturas y estructuras que parecían haber sido abandonadas durante décadas.
Sin embargo, algunas luces seguían encendidas.
Luces azules.
Moradas.
Blancas.
Pequeños puntos luminosos aparecían entre la oscuridad como estrellas artificiales.
Todo parecía antiguo y nuevo al mismo tiempo.
Como si una ciudad extremadamente avanzada hubiera sido abandonada sobre las ruinas de otra civilización.
La Arconte se volvió hacia nosotras.
Sonrió.
Y continuó caminando.
Seguimos.
Mientras avanzábamos, comenzaron a aparecer personas.
Primero unas cuantas.
Después grupos enteros.
Aventureros.
Habitantes de Leim.
Comerciantes.
Enanos.
Personas que reconocía del Bazar de Heim.
Todos parecían estar esperando.
Y entonces comprendí que aquel lugar no estaba abandonado.
Sólo parecía estarlo.
Habían preparado algo.
En el centro de aquella enorme estructura había una plataforma circular.
Sobre ella habían colocado telas.
Cristales.
Velas.
Pequeños objetos metálicos.
Flores.
Alimentos.
Bebidas.
Todo estaba dispuesto alrededor de una estructura de piedra que parecía un altar.
Me quedé completamente quieta.
—¿Todo esto...?
La Arconte sonrió.
No respondió.
La gente comenzó a acercarse.
Una mujer colocó una bandeja frente a mí.
Después un hombre dejó una jarra.
Un enano llevó una enorme fuente de comida.
Alguien más colocó frutas.
Otro dejó dulces.
Había comida por todas partes.
Frutas.
Pan.
Carne.
Bebidas.
Pequeños platos con diferentes preparaciones que no sabía nombrar.
Pero entonces vi algo.
Un pequeño recipiente de cristal.
Dentro había caramelos.
Me quedé mirándolos.
No eran particularmente especiales.
Algunos tenían envolturas brillantes.
Otros parecían pequeños cristales de colores.
Había dulces morados, amarillos, azules y algunos completamente transparentes.
Tomé uno entre mis dedos, un chocolate.
Y entonces ocurrió.
Un recuerdo.
No de aquellos enormes seres.
No de las estrellas.
No de Esil.
Un recuerdo mucho más pequeño.
Una niña.
Sentada frente a nosotros.
Sonriendo.
Recuerdo que hablaba de los caramelos como si fueran algo extraordinario.
Como si fueran un banquete.
Como si tener uno significa que, por un momento, el mundo podría dejar de ser terrible.
Me quedé quieta.
Itsuki lo notó.
—¿Qué pasa?
La miré.
No respondí inmediatamente.
Solo sostenía el caramelo.
—¿Te acuerdas?
Itsuki observó y tomó lo que tenía en la mano.
Y su expresión cambió.
No necesitaba decir el nombre.
Las dos sabíamos de quién hablaba.
Aquella niña.
La pequeña que habíamos conocido.
La que nos había contado su historia.
La que, a pesar de todo lo que había vivido, todavía podía emocionarse por algo tan sencillo como recibir un caramelo.
La recuerdo sonriendo.
Algunos habían traído objetos pequeños.
Amuletos.
Flores.
Fragmentos de cristal.
Pequeñas figuras talladas.
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