Continuación del capítulo 11.5
No pude evitar sonreír.
Y alguien comenzó otra historia.
Después otra.
En una, yo había llegado sobre una estrella.
En otra, había atravesado las puertas de Valgrant.
Otra decía que había sido encontrada en medio de una tormenta de fuego.
Otra aseguraba que había hablado con los Primigenios.
Otra decía que había venido para abrir el camino hacia mundos que todavía no conocíamos.
Algunas historias eran hermosas.
Otras eran completamente absurdas.
Y unas cuantas...
me daban miedo.
Pero todas tenían algo en común.
Esperanza.
La gente no sabía quién era yo.
Yo tampoco.
Ellos habían llenado ese vacío con historias.
Con leyendas.
Con fe.
Con recuerdos que quizá nunca habían ocurrido.
Pero mientras los escuchaba reír, compartir bebidas y contar aquellas historias alrededor de un altar construido para mí...
comprendí algo.
Quizá no importaba cuál de ellas fuera verdadera.
Porque todas hablaban de lo mismo.
De alguien que llegó cuando el mundo había dejado de mirar hacia adelante.
De alguien que apareció después de la oscuridad.
De alguien que representaba la posibilidad de que todavía existiera algo más allá.
Levanté la mirada.
Por encima de las estructuras industriales de Leim podía ver una pequeña parte del cielo nocturno.
Las estrellas brillaban entre los enormes edificios.
Las observé durante unos segundos.
Y recordé a aquella criatura.
Aquella inmensidad que había despertado al sentirme.
Entonces una pregunta apareció en mi mente.
Si ellos realmente esperaban que yo les mostrara lo que había más allá de las estrellas...
¿qué ocurriría cuando descubrieran que yo tampoco sabía qué había allí?
Y, peor aún...
¿qué ocurriría cuando descubrieran que quizá aquello que se encontraba más allá...
ya sabía que yo existía?
La celebración terminó poco a poco.
Los aventureros comenzaron a retirarse.
Algunos se despidieron de mí con una sonrisa.
Otros simplemente inclinaron la cabeza.
Y antes de marcharse, muchos dejaron algo sobre aquel altar.
Una pequeña ofrenda.
Un objeto.
Una flor.
Una bebida.
Un trozo de metal.
Un recuerdo de sus viajes.
Incluso alguien dejó un pedazo de tela.
El Alter registró algunos de aquellos objetos, pero después de pasar tantas horas rodeada de historias, risas y conversaciones que apenas podía escuchar con claridad, ya no intenté comprenderlo todo.
Solo recuerdo lo que quedó allí.
Aquellas pequeñas cosas que habían dejado detrás.
Las luces apagándose lentamente.
Las voces alejándose.
Las historias continuaban repitiéndose en mi cabeza.
Y el extraño sentimiento de haber compartido una noche con personas que apenas conocía.
Después...
me dormí.
Apenas recuerdo haberme acomodado junto a Itsuki.
Estaba agotada.
Por primera vez desde que había despertado, sentí que podía cerrar los ojos sin miedo.
Y así llegó la mañana.
La luz comenzó a entrar lentamente.
Abrí los ojos.
Itsuki seguía a mi lado.
Me incorporé.
Y entonces me di cuenta de algo.
La Arconte ya estaba despierta.
Y había preparado todo.
No entendía cuándo lo había hecho.
La noche anterior aquel lugar había sido una estructura industrial, abierta al cielo y rodeada de metal.
Ahora parecía otra cosa.
Sobre nosotras habían colocado telas.
Muchas.
Formaban una especie de techo improvisado que cubría el espacio donde habíamos dormido.
No recordaba haber visto nada de aquello antes.
Las telas se movían suavemente con el viento.
Algunas tenían símbolos.
Otras estaban llenas de escritura.
Y algunas parecían haber sido colocadas específicamente para cubrirnos durante la noche.
Me quedé mirándolas.
—¿Cuándo hicieron todo esto?
Itsuki se incorporó detrás de mí.
Sonrió.
—Mientras dormíamos, supongo.
La Arconte apareció con ropa limpia.
No tuve tiempo siquiera de protestar.
Todo estaba preparado.
Ropa nueva.
Limpia.
Cómoda.
Una pequeña bolsa con cosas personales.
Incluso mi cabello.
Itsuki se encargó de él.
Se sentó detrás de mí y comenzó a cepillarlo.
—Tienes demasiados enredos.
La miré de reojo.
—No es mi culpa.
—Claro que no.
Sonrió.
—Tu cabello decidió declararnos la guerra.
Solté una pequeña risa.
Por un momento todo parecía normal.
Después llegó el olor.
Comida.
Y era un olor maravilloso.
Me levanté rápidamente.
Al asomarme fuera de aquel refugio improvisado, me quedé completamente quieta.
Había un desayuno preparado.
Una mesa enorme.
Frutas.
Pan.
Bebidas.
Dulces.
Comida caliente.
Y alrededor...
personas.
Muchas personas.
Estaban allí.
Esperándonos.
Todos se encontraban formados.
Cuando salí, el ruido desapareció.
Miles de ojos se dirigieron hacia mí.
Y entonces ocurrió.
Todos inclinaron la cabeza.
Una reverencia.
Al mismo tiempo.
Me quedé inmóvil.
No sabía qué hacer.
Miré a Itsuki.
Ella tampoco parecía saber cómo reaccionar.
Entonces observé las telas.
Ahora podía verlas mejor.
Había mensajes escritos en ellas.
En diferentes idiomas.
Algunos eran pequeños.
Otros enormes.
Algunos estaban escritos con tinta.
Otros con magia.
Había palabras que podía reconocer.
Esperanza.
Bienvenida.
Llévanos contigo.
Nunca olvidaremos esto.
Gracias.
Es un honor.
Y muchas más.
Miles de palabras.
Miles de personas.
Miles de formas diferentes de decir lo mismo.
Sentí un nudo en la garganta.
No podía escuchar claramente lo que decían.
Pero no necesitaba hacerlo.
Podía verlo.
Podía sentirlo.
Aquella quietud.
Aquel silencio.
La forma en que todos me miraban.
La manera en que habían preparado todo.
Era imposible no entenderlo.
Era hermoso.
Y me conmovió.
Después comenzaron a levantarse.
La tensión desapareció.
Las conversaciones regresaron.
Y desayunamos juntos.
La Arconte parecía especialmente satisfecha.
Itsuki se sentó conmigo.
Luna apareció poco después, acompañando a Ar como de costumbre.
No pude evitar sonreír al verlos.
Aunque noté algo curioso.
A los caballeros los habían mandado un poco más lejos.
No parecían demasiado felices con la decisión.
Algunos incluso observaban desde lejos.
Pero en cuanto a Luna y a mí...
parecía que nadie podía dejar de mirarnos.
No sabía por qué.
Quizá por las historias.
Quizá por Luna.
Quizá por mí.
O quizá por ambas.
Yo, en cambio, estaba demasiado impresionada por todo lo que habían hecho.
No sabía cómo agradecerlo.
Habían pasado una sola noche conmigo.
Una noche entre historias, comida y bebidas.
Y aun así habían convertido aquella despedida en algo que probablemente nunca olvidaría.
Pensé en Leim.
En sus calles.
En sus piedras cubiertas de vegetación.
En las enormes estructuras metálicas.
En sus tubos llenos de magia.
En las luces moradas, azules y amarillas que habían iluminado la noche.
En el Bazar de Heim.
En los aventureros.
En las historias.
Y ahora me preguntaba...
¿Cómo sería Esil?
Si Leim podía ser así...
¿Qué clase de ciudad encontraríamos detrás de aquellas puertas?
La pregunta no dejaba de rondarme la cabeza.
Finalmente terminamos de comer.
Y llegó el momento de marcharnos.
Las despedidas fueron todavía más impresionantes.
Los habitantes comenzaron a formar una larga fila.
Uno por uno se acercaban.
Me entregaban algo.
Una pequeña bolsa.
Un recuerdo.
Una cinta.
Una flor.
Pero había algo que se repetía.
Llaves.
Había llaves por todas partes.
Grandes.
Pequeñas.
Largas.
Cortas.
De metal oscuro.
De metal brillante.
Algunas parecían antiguas y estaban cubiertas de óxido.
Otras eran completamente nuevas.
Había llaves diminutas que podían caber entre dos dedos y otras tan grandes que necesitaban ambas manos para levantarlas.
Algunas tenían diseños sencillos.
Otras estaban cubiertas de símbolos.
Había llaves con formas que jamás había visto.
Y cuanto más observaba el altar, más encontraba.
Una sobre otra.
Decenas.
Después cientos.
Llaves de todo tipo.
Me quedé mirándolas durante varios segundos.
—¿Por qué tantas llaves?
Nadie respondió inmediatamente.
La Arconte solo sonrió.
Aquella sonrisa suya que parecía decir que sabía algo que yo todavía no.
El Alter intentó analizar algunas.
«Objetos de acceso.»
Después de unos segundos añadió:
«Función desconocida.»
Eso no ayudó demasiado.
Toqué una de ellas.
Era fría.
Pesada.
Y tenía grabado un símbolo que no reconocía.
No sabía por qué las personas habían decidido entregarme llaves.
Mi equipaje ya estaba preparado.
Todo listo.
Todo organizado.
No sabía cuándo habían hecho todo aquello.
Pero lo habían hecho.
Entonces comenzamos a caminar.
Y nuevamente ocurrió.
A nuestro paso comenzaron a encenderse pequeñas llamas.
Personas que esperaban en las calles quemaban pequeños objetos.
El fuego era tenue.
Algunas llamas eran moradas.
Otras amarillas.
Otras casi blancas.
No eran incendios.
Parecían pequeñas luces que marcaban nuestro camino.
Una especie de despedida.
Una última bendición.
Youni caminaba cerca de nosotras.
Sonreía.
Pero esta vez no vendrá con nosotros.
Adam tampoco.
Nos acompañaron sólo hasta cierto punto.
Después se detuvieron.
Luna caminaba junto a Ar.
Como siempre.
Itsuki permanecía a mi lado.
Y Ar iba al frente.
Yo caminé detrás de ellos.
Paso firme.
Sin saber realmente qué nos esperaba.
Las puertas de Esil aparecían cada vez más cerca.
Miré una última vez hacia atrás.
Leim seguía brillando bajo la luz de la mañana.
La ciudad mágica.
Industrial.
Extraña.
Hermosa.
Una ciudad llena de contrastes.
La esperanza.
La posibilidad de algo más allá de las estrellas.
Y quizá...
la persona a la que algún día confiaron una llave.
No sabía qué puerta esperaban que abriera.
Pero llevaba conmigo el recuerdo de cientos de ellas.
La ciudad que había conseguido hacerme sentir bienvenida cuando ni siquiera sabía quién era.
Bajé la mirada hacia las pequeñas llamas que seguían encendiéndose a nuestro paso.
Y sonreí.
No sabía qué encontraríamos en Esil.
No sabía qué secretos escondía.
No sabía qué significaba realmente aquella criatura que había visto.
Ni qué había ocurrido conmigo antes de despertar.
Comentarios