Continuación del capítulo 1...
- Jonn All
- 12 may
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Cuando finalmente pude abrir los ojos un poco, todo estaba cubierto de hollín y sombras metálicas. La nave frente a mí era enorme, algo que nunca había visto: parecía viva y peligrosa, construida para combate. Me empujó hacia dentro, obligándome a entrar con ella, y de inmediato quedé atrapada en un espacio demasiado estrecho, sin poder moverme con libertad. Cada respiración quemaba mis pulmones con polvo y humo.
La nave se movía tan rápido que todo a mi alrededor se convertía en un borrón de chispas, escombros y fuego. Sentí que estaba dentro de una burbuja que vibraba con cada impacto, y por más que intentara mirar a todos lados, nada tenía sentido. Lo único que podía seguir eran los comandos que llegaban de atrás, enérgicos y apremiantes, como un hilo que me conectaba a la realidad:
—Coordenadas, en movimiento en 7:30 en 10, mantengo bajo perfil. —ANVIL, cruzando a 5, contacto a las 7:30 en ruta, pantano. —ABERDEEN en movimiento, bajando de 6 a intersección con 5, movimiento adelante por 1 y 2 cuatro B y por 3 otro A, Oni. —Contacto, FOXTROT. Oído. —Oído, DREAD. —Contacto, ABERDEEN a Oni. Oído.
El metal crujía bajo mis pies, el aire era denso y caliente, y sentí un dolor punzante en el pecho por la presión y el miedo. La nave se sacudía con cada maniobra; todo se movía, giraba y golpeaba como si quisiera aplastarme. Entre el humo y los escombros, pude distinguir pedazos de Halo destrozados, restos de lo que había sido atacado por el supersónico.
Cada sonido de radio me daba una pista mínima de orientación, un hilo invisible que me mantenía pegada a la realidad. Me aferré con fuerza a la sombra de él, quien parecía protegerme de cada golpe y cada chispa que volaba a nuestro alrededor. No sabía dónde estaba Itsuki, no recordaba cuándo nos habíamos dormido, y no entendía si íbamos rumbo a algún lugar seguro o simplemente flotábamos dentro del caos.
El calor me quemaba la piel, los golpes me lanzaban contra las paredes y cada explosión hacía vibrar mis huesos. Sin embargo, entre la confusión, el miedo y el ruido ensordecedor, comprendí algo: mientras pudiera escuchar los comandos y aferrarme a él, todavía había una posibilidad de sobrevivir.
No podía moverme, pero el estruendo de la radio a mis espaldas me mantenía alerta. Cada palabra era un hilo que me conectaba a la realidad, aunque apenas entendiera la mitad:
—Oído. ABERDEEN. —Contacto ANVIL, FOX Oni. —Oído, ANVIL.
Mi pecho seguía aplastado por la presión y el vértigo. Cada explosión, cada chispa que atravesaba la burbuja de la nave, me hacía estremecer, pero la comunicación seguía:
—Oni, dos en pantano, necesitamos apoyo de terreno alto. Coordenadas de movimiento. —DREAD, ¿qué demonios es esa cosa? —SNIPERWOLF, no me digas que te invitó a salir ese desgraciado. Jaja.
No podía comprender todo, pero el tono de urgencia y el caos en cada comando me helaba la sangre. Las explosiones y los impactos de metal que cruzaban nuestro refugio metálico se mezclaban con risas nerviosas y comentarios absurdos, irreales, mientras alguien decía:
—Tranquila, SNIPERWOLF, no lo mataremos. Esa cosa puede hacer un desastre; nuestra prioridad son ellas. DREAD fuera.
Cada palabra me recordaba que esto no era un juego. La nave vibraba con fuerza, el calor quemaba mi piel y el humo me cegaba parcialmente. No podía distinguir qué era el cielo y qué era escombro; no sabía dónde estaba Itsuki ni si estaba a salvo. Solo podía aferrarme a la sombra que me cubría y tratar de no gritar, mientras el mundo a nuestro alrededor explotaba en caos.
—Código A. Oído. —Código A en movimiento, está en 3 a 200 metros de 4 y a 780 metros de FOXTROT. Estará a 7 minutos de detonar en contra. Necesitamos cubrir en pantano. —ANVIL, aprovecharemos el terreno alto. Suban primero y a las 6 tomamos rumbo, haremos contacto en 7:30. —Oni, coordenadas: entraremos a terreno alto y bajaremos a las 6, para dirigirnos a 5 y hacer contacto con el paquete rumbo a 7:30.
No podía asimilar todo. Mi corazón latía a mil por hora, mis manos temblaban, y cada comando que escuchaba me decía que la situación era mortal. Cada explosión, cada detonación, cada maniobra de los equipos, era un recordatorio de que solo sobreviviríamos si seguíamos el ritmo, si confiábamos en quienes sabían moverse en aquel infierno metálico.
—Dread, es un maldito Aragón. Esa cosa es un Aragón, repito, Aragón a menos de 500 m. ¡Muévanse! SNIPER fuera.
Comenzó como un estruendo. Primero una presión que me aplastó el pecho… y después nada. Estaba sorda. Solo escuchaba truenos por todas partes, como si el mundo se desgarrara alrededor de la nave. Las voces detrás de mí seguían gritando instrucciones, órdenes cortadas, pero ya no podía distinguir cuáles iban dirigidas a quién. Hasta que algo nos lanzó contra el suelo.
El golpe me vació los pulmones. El pecho se me apretó tanto que para poder respirar terminé gritando. En ese instante juraría que oí una voz, y luego… otro estruendo. Sentí tierra contra mi rostro y, al voltear apenas, vi pedazos de metal afilados—como cuchillos—clavarse en mi costado. La cabina había desaparecido. Ni siquiera pude ver al piloto. Todo comenzó a girar; un traqueteo violento, descontrolado, que no podía detener. Pensé que no iba a dejar de dar vueltas nunca.
Mis oídos solo producían un silbido agudo, insoportable. Mi cuerpo dolía tanto que apenas podía mover los brazos, desesperada por soltarme del asiento. Entonces noté que me arrastraban. El viento golpeaba mi cara, se metía en mi boca y me arrancaba el aire; mi cabello me cegaba los ojos. Apenas podía respirar.
—FOXTROT, corre, escucha, corre, es una orden. —No, DREAD… es porque sabes que te— (Estática) —No, DREAD… sabes que… nos abandonaron. ¡Muévete! No podemos contar con ellos, las detonaciones están retrasadas. ABERDEEN. ABERDEEN, contesta, ¡ABERDEEN! —ANVIL, regresaré. —A su alcance, FOXTROT. —A, retirada. —Oye, DREAD, no desesperes. —Aquí ABERDEEN, recuperando comunicación. DREAD, ¿me copias? ¿Oído? DREAD… demonios, DREAD. —Oído… oído, ABERDEEN. La detonación no alcanzó, pero nada que reportar. Sigan en movimiento. —Te estaremos esperando. —Seguro, ABERDEEN…
Cuando pensé que ya no aguantaba más, levanté la vista. En un reflejo caído, torcido, lo vi: un rostro joven, cabello cenizo, ojos tensos, enfocados en mí. Me tomó del brazo y me levantó con fuerza.
—No las abandonaremos —dijo.
No entendí del todo. ¿No las… abandonaremos? ¿Significaba que sí habían abandonado a alguien? ¿A quién? ¿A… Itsuki?
La pregunta se me atoró en la garganta como otro pedazo de metal.
—Hay que movernos, pronto.
Sentí cómo me cubrió los oídos y, de manera brusca, inclinó mi cabeza hacia abajo. Un aire gélido me atravesó los pulmones; sentí que me congelaba por dentro. Cuando pude levantar apenas un poco el rostro, estaba cubierta de lodo, como si intentaran sepultarme viva. Cada detonación lanzaba sobre nosotros un alud de agua fría mezclada con lodo y arena que nos azotaba sin piedad.
Después de unos segundos, pareció calmarse. Mi rostro estaba helado, pero al menos pude parpadear y reconocer que, por un instante, todo estaba en orden. Aproveché para suspirar y buscar un hilo de calma.
Supe que no había tiempo que perder, pero quise mostrarle mi agradecimiento. Me incliné ligeramente, solo por un momento, y al levantarme para hablarle, una figura apareció detrás de él. El humo se disipó y mis ojos se llenaron de sorpresa y horror: era algo terrible, una criatura con máscara lúgubre, aterradora, de presencia imposible de ignorar.
En un instante, el joven de cabello cenizo giró, quedando frente a mí. Sin previo aviso, una fuerza me empujó; mis pies se despegaron del suelo. Todo a mi alrededor giraba, pero lo único que distinguí fue que él sostenía parte de su rostro con una mano. Seguramente grité; noté sangre en su piel y mi corazón se congeló.
Antes de que el pánico me dominara, unas manos me sujetaron con fuerza. Y de pronto, el joven desapareció entre el polvo, arrastrándome con él hacia otro lugar. Atrás quedaron las detonaciones, las chispas en el aire y el caos: finalmente pude respirar de nuevo.
Mi recuerdo es vago. Sé que me pusieron oxígeno; la mascarilla me resultaba imposible de ignorar. No podía moverme, y todo parecía tan apacible que dudaba de si estaba consciente o sedada. No sé cómo llegué hasta allí. A mi lado, una chica permanecía constante, como un faro en medio del caos, y aunque mis ojos dolían, podía sentir que él… ese joven, esa persona, estaba cerca. Esa fuerza que tenía, la velocidad con que se movía, como un relámpago que aterraba solo con su presencia y el estruendo de su movimiento… él me había salvado la vida.
Todo a mi alrededor estaba en movimiento y yo apenas podía concentrarme. Entonces logré verlo: su rostro, gravemente lastimado, cubierto en parte por sangre y lodo. Y aun así… me sonrió. Eso es lo último que recuerdo con claridad.
Después, me encontré en un edificio enorme, viejo, con cicatrices de ataques pasados. Aún sentía la confusión y la fatiga de lo que había ocurrido, pero había sobrevivientes alrededor, gente que también había pasado por el ataque del navío rumbo a Olympia.
Se abrió una puerta cercana y sentí cómo algo en mi interior se tensaba. Podía escuchar un murmullo de alguien hablando, aunque no entendía del todo.
—Entonces déjalo pasar. Te lo ruego. —Lo intentaré.
Salí de la habitación y me encontré con un pasillo majestuoso. Columnas de mármol se elevaban a ambos lados, adornadas con detalles dorados que brillaban suavemente con la luz que entraba. Caminaba sin apartar la vista de cada detalle, asombrada y un poco temerosa, hasta llegar al patio principal del edificio. Todo era enorme, solemne… y, por primera vez desde el ataque, sentí que podía respirar sin miedo.
Caminando por la plaza, no podía evitar fijarme en la basura esparcida por todos lados. En un rincón, un grupo de soldados vestidos de gala, con medallas recién colgadas, canturreaba y reía, evidentemente borrachos después de haber terminado el primer “Vesta”. Mi enojo creció de inmediato.
Me acerqué, intentando mantener la calma: —Deberían ser un ejemplo. Recogan este cochinero y dejen de cantar. Hay mucho por hacer antes de celebrar.
Los cadetes me miraron con sorpresa, pero rápidamente uno de ellos contestó con arrogancia: —¿Qué diablos crees que haces? —Ven, mejor celebra con nosotros, seremos los héroes que terminaremos con los marginados y esas criaturas mutantes.
Intenté intervenir, pero otro cadete, más asertivo, quiso silenciar los comentarios: —Oigan, esperen…
Sin éxito. La situación se tornó tensa, y ellos continuaron con sus burlas: —Si ya vimos que eres linda, ¿no quieres unirte a divertirnos? Mira, esa espalda debe doler con tanta carga, nosotros te ayudamos, jajá.
Mi frustración creció, pero antes de que pudiera reaccionar, un comandante apareció. Su presencia imponía respeto. Su uniforme impecable y el porte rígido hicieron que los cadetes se detuvieran.
—¡Qué repugnantes, idiotas! —dijo con voz firme.
Los borrachos intentaron disculparse, pero apenas podían articular palabras coherentes. —Discúlpenos, Mayor, seis meses fueron duros… —balbuceó uno.
El Sargento Mayor alzó la voz con autoridad: —Idiotas, discúlpense con la Mayor. Par de tarados, irán a disciplina a ver si pueden sostener sus medallas y no su ego.
Uno de los cadetes, ya muy borracho, lanzó una lata al suelo y gritó desafiante: —No hay disculpas, no estamos más en servicio, así que púdrete.
En ese momento, Itsuki apareció trotando por el estruendo, con un brazo lastimado y parches en su rostro. La tensión se cortó al instante. El oficial reaccionó con rapidez y firmeza: —Cadete, tiene razón, será relevado. Se le retiran sus estrellas y será enviado a corte. Oficiales, enciérrenlo. No quiero más borrachos idiotas insubordinados que no sepan tratar a una dama, y menos a una Mayor del primer escuadrón.
Los cadetes, sorprendidos y confundidos, apenas podían reaccionar. Uno tartamudeó: —Pri… primer escuadrón…
Otro tiró una lata al piso mientras murmuraba improperios. Antes de que el caos continuara, el Capitán apareció y con un solo gesto dictó sentencia: —Gusanos, una palabra más y los tres serán arrestados bajo la ley especial del incidente del primer escuadrón.
En segundos, los cadetes borrachos fueron sometidos y retirados del lugar. Mei no podía dejar de mirar, sorprendida y con una mezcla de alivio y respeto. Aprendí a reconocer la autoridad cuando la vi frente a mí.
—Capitán, le agradezco… es un honor tenerlo aquí, señor. —No, el honor es mío. También es mi responsabilidad, le prometo que jamás volverá a suceder. Señoritas, me alegra que estén bien. Resolvamos lo de la propuesta más tarde. Por ahora, descansen, permiso.
El oficial se retiró junto con sus escoltas, y Itsuki se acercó a mí, fingiendo no haber visto nada: —Mei, ¿sigues aquí? ¿Pasó algo malo? —Naa, no te preocupes… no es nada.
—Mentirosa —le repliqué, viendo cómo la lumbre se le escapaba por las orejas.
De repente, percibí detrás de nosotras la presencia imponente de alguien que reconocí de inmediato: Frank Prime, el Primer Mayor y amigo de mi fallecido padre. Nos pusimos firmes y lo saludamos: —¡Tío Frank! Digo… ¡Prime Frank, señor! —¡Frank Prime, señor!
—Quiero saber qué carajos pasó allá afuera —dijo él, sin preocuparse por formalidades.
Su porte, las cicatrices en su rostro y la seriedad de su gesto imponían respeto. A pesar de su edad, su físico era digno de cualquier joven admirador. Sus escoltas permanecían en silencio, inmóviles, reforzando su autoridad. Mei sintió un nudo en el estómago: todo lo sucedido, la tensión, la confusión, parecía concentrarse en la figura que teníamos delante.
Sorprendidas por la intensidad del momento, Itsuki y yo apenas logramos hablar, nuestras voces temblorosas se entremezclaban con el ruido a nuestro alrededor. —Fuimos atacadas en el salto hacia Olympia… —logré decir, sintiendo cómo mi garganta se tensaba.
Él asintió, como si ya lo supiera. —Ah, claro, eso lo sé. Todos los que estamos en esta pocilga sabemos del ataque. Por eso estamos atorados en esta basura de novatos.
Sentí un escalofrío. Su mirada de acero se movía por los pasillos, y cada palabra que pronunciaba parecía sacudir a todos a nuestro alrededor. Los novatos, babosos y torpes, apenas se sostenían de pie, con la arrogancia típica de quien cree que sobrevivirá por suerte. Algunos escupían, pensando que ganarían otra medalla fácil. Pero no, no podíamos contra un ataque directo hacia Olympia. No podía dejar de temblar por la impotencia que sentía.
—¡No podemos relajarnos, los de primera línea tenemos que limpiarles el trasero! Y el día que podemos tener ayuda, pasan estas idioteces. ¡¿Están escuchando?! —su voz retumbaba y sentí que me atravesaba. Sus ojos eran lo único que podían sostener estos novatos, porque todo lo demás se les había olvidado.
Cuando Frank se giró hacia nosotras, la tensión me oprimió el pecho. Su voz era aún más firme. —Y ustedes, ¿qué carambas hacen? Mei, Itsuki no quedará desamparada, pero tú eres reemplazo. Te necesitamos en primera línea, maldita sea. No puedes jugar con un novato ahogado en su propia mierda y decidir quedarte atrás.
Mi corazón se aceleró. Quería gritar, explicar, defenderme, pero sabía que cada palabra debía ser precisa. —Es mi hermana, ella también estuvo en la línea de fuego. No… no es igual. No es solo que yo me reponga y ella espere. No —dije, intentando que mi voz sonara firme, aunque temblaba por dentro.
Frank me miró fijamente, como si pudiera leer cada pensamiento. —Sabes lo que dices… Ninguna llegará a Olympia entonces. Itsuki estaría dispuesta a…
—Sí, claro —interrumpí, empujando suavemente el hombro de Itsuki y colocándome delante de ella, como escudo. —Calla, Itsuki. Trabajamos cinco años juntas, ¡juntas como equipo! ¿Por qué solo yo iría? ¿Por qué no entonces vas tú…?
—¡Suficiente, Mei! —rugió Frank, y sentí la vibración en el suelo bajo mis pies—. Sabes la razón, deja de decir tonterías y acepta de una buena vez.
Mi garganta se cerró. La presión era insoportable, y por un instante sentí que toda la responsabilidad del primer escuadrón, de todo lo que habíamos logrado, caía sobre mí. Frank continuó, con un tono que no admitía discusión: —No habrá otra oportunidad. Si no aceptan, las mandarán a Oriak. Tendrán que demostrar su utilidad con esas incapacidades. ¿Quieres entonces ser manejadora y ya? Tu única función será en la red, eso es lo que buscan.
Miré a Itsuki, que estaba rígida a mi lado, sus ojos implorando algo que yo debía decidir. —Yo creo que Mei tiene derecho a decidir lo que quiere —dijo finalmente, firme y clara—. Lo siento, Frank, pero no.
Mi corazón se aceleró. Quería gritar, llorar, golpear algo, pero estaba paralizada por la mezcla de miedo, indignación y determinación. Sus palabras resonaban en mi cabeza: el Vesta, nuestra historia, todo lo que habíamos pasado en el primer escuadrón, las pérdidas, las batallas… ¿quién podría reemplazarnos? Nadie. Nadie con nuestra experiencia, con nuestra historia.
Sentí que mis manos se cerraban con fuerza y respiré hondo. No podía fallar, no podía dejar que nadie tomara nuestras decisiones por nosotras.
No sé en qué momento perdí el control, quizá fue el calor del momento o simplemente ya no podía soportar que Frank siguiera tratándonos como si fuéramos piezas reemplazables. Pero me planté frente a él, con la certeza absoluta de que tenía que escucharme, aunque fuera a gritos.
—Bajas… —escuché mi propia voz quebrarse entre la rabia—. Miles de seres humanos dieron su vida por nuestras medallas. Murieron en combate, frente a los ojos de tontos que no quieren reconocerlos por resentimiento o por ideas equivocadas. ¿Qué te hace pensar que creemos lo…?
Pero Frank me interrumpió con esa voz suya, fría, calculada, que siempre usa cuando quiere aplastar a alguien.
—Los marginados no son bajas. Esas alimañas no son nada, nada más que eso: parásitos. ¿Qué sabes tú de historia o batallas? Te criaste en familia privilegiada. El nombre debería pesarte.
Sentí como si me arrancara el aire. Me ardieron los ojos, pero no de tristeza… de furia.
—Cinco años en el frente —escupí—. Cinco años ayudando a personas a defender los muros, no en una oficina diciendo “no” desde un escritorio.
Itsuki tocó mi brazo, su voz suave intentando alcanzarme.
—Mei, no, déjalo. No es momento…
—¡No, Itsuki! —la corté. No podía parar—. Es el momento perfecto.
Ya no pensaba. Había dejado de pensar hacía rato. Solo sentía ese peso en el pecho, esa indignación atravesada que no podía seguir tragando.
—Yo no estoy detrás de un escritorio firmando papeles y diciendo que no solo porque no me importa lo que pase afuera de los muros…
El pasillo entero nos observaba. Nadie se movía. Nadie respiraba.
Y Frank, maldita sea, cuando vio que tenía la atención de todos, decidió hundir más el cuchillo.
—¿Un escritorio, dices? Yo soy quien está a cargo de los bebés que ustedes representan. Niñas que se conectan a la red y fingen jugar a la guerra porque necesitan proteger lo que está fuera de los muros. Recursos inútiles.
Sentí cómo a Itsuki se le tensaba el cuerpo a mi lado. Estaba en silencio, pero sabía que para ella ya era demasiado tarde. Que todo iba a terminar mal. Pero yo… yo estaba encendida. No podía detenerme.
—El inútil —lo señalé sin dudar— lo tengo enfrente. No es posible que tengas a tu cargo tanto armamento y no puedas evitar un ataque o preverlo. ¿Qué le pasa a ese escritorio? ¿Te quedó grande? ¿Necesitas aire fresco?
Frank sonrió. Una sonrisa horrible, sabia, que anunciaba que iba a golpear donde más dolía. Pero, ese necio testarudo, volvía a perderse mirando la estatua. Se quedaba ahí, clavado, como si el mundo se apagara alrededor. Resoplaba, refunfuñaba… y luego simplemente dejaba de escucharnos. Siempre le pasa cuando ve esa cosa.
La estatua blanca del príncipe, es decir quien mas seria — del supuesto héroe del cuento— se alza en medio de la fuente donde esta mañana regañó al cadete borracho. El príncipe posa gallardo, con la espada apoyada en el suelo, como si reafirmara su eterno puesto en un pedestal que ya no tiene sentido. Apuesto, elegante, perfecto… según los viejos relatos. Pero para mí no es más que otro vestigio de la guerra que arrasó Idalia y la dejó hecha lo que es ahora.
Aun así, cada vez que Frank la mira, es como si algo dentro de él temblará. Entonces se volteó como si la ventisca lo hubiera golpeado.
—Ah, ya veo. Estás molesta porque negué la batería de antimateria y tus mascotas se sacrificaron, ¿no?
Mascotas.
La palabra me golpeó tan fuerte que por un segundo dejé de escuchar todo.
—¿Mascotas? —mi voz tembló, no de miedo, sino de esa rabia que hace que las manos ardan—. ¿Estás loco? ¿Cuánta gente estás dispuesto a matar? ¿A sacrificar, solo por cuidar números, apariencias y noticias falsas? ¿Qué demonios estás dispuesto a hacer?
Él ni siquiera parpadeó.
Pero en cuanto se distrae con la estatua, casi siento que podría dejarlo en paz… hasta que vuelve en sí.
Y cuando su mirada regresa al presente, cuando ese raro silencio se rompe, vuelven también sus comentarios hirientes, sus chistes malos y esa manía de presionarnos como si el mundo dependiera de que bloqueemos un golpe de la forma que él quiere.
Nada cambia. Solo ese instante en el que se queda mirando al falso héroe, como si buscara allí algo que perdió hace mucho.
—El que pienses que cambiarás algo sin un arma en la mano, sin poder, te hace decir tonterías. Buscas justificar tus errores porque no tienes poder. Te frustra ser más débil. Pero ellos —señaló a todos los presentes— no responden a mi cuidado: responden al tuyo. La estupidez la cometiste tú, no por armamento, sino por falta de liderazgo. Madura, niña.
Me temblaron los dedos. Sentí cómo me ardían los dientes de lo fuerte que los apretaba. No podía creer que siguiera.
—Pero eso quieres, ¿no? Niña malcriada que quiere mascotas para jugar. Muy bien. Te daré mascotas más fuertes de voluntad para que cierres la boca y aceptes de una vez las recomendaciones de los superiores. Se irán a Oriak. Y cuando regreses a la capital tendrás el zoológico entero si quieres. Me encargaré personalmente. A ver si los alimentas… y los sacas a pasear.
Itsuki se acercó despacio, su respiración rozándome el oído mientras Frank seguía hablando, subiendo más la voz para que todos escucharan su sentencia.
Entonces yo también miré la estatua, como si esa cosa pudiera contagiarme la cólera… o quitármela. Como si pudiera darme una pista, aunque fuera mínima, de por qué Frank se pone tan frío cada vez que pasa algo que debería importarle. A veces pienso que, si me quedo mirándola lo suficiente, tal vez esa piedra tallada me devuelva un reflejo de lo que él está pensando.
Pero no. Es inútil.
La estatua no dice nada. Igual que el cuento, igual que la historia repetida hasta desgastarse, no es más que un adorno recuperado de los escombros para que la gente no se pierda en pensamientos que, según ellos, “ya no sirven”. Para que no hagamos preguntas. Para que no recordemos.
Solo está ahí, blanca, impecable, inútil… fingiendo gloria donde solo hay ruinas.
Yo, en cambio, no siento nada. Ni respuestas, ni nostalgia, ni consuelo.
—Mei… basta —susurró—. No estamos en posición de nada. Por favor… déjalo pasar. Vamos por un postre, ¿sí? Por favor…
Yo no pude ni responderle. Apreté los puños. Bajé el gorro para esconder mis ojos. Mi mandíbula dolía de lo tensa que estaba.
Todo en mí ardía: la impotencia, el coraje, la frustración. Y aún así, en medio de ese incendio, solo podía pensar en una cosa…
…no pienso retroceder.
Frank se alejó con una sonrisa cínica, sus gritos retumbando en los pasillos: —Esto lo hago por la amistad con su padre, pero es su único camino para salir de esta pocilga… cinco años tirados por un berrinche… bah.
Frank terminó por alejarse de la discusión. No gritó, no bufó, no dijo ningún mal chiste para rematar la conversación. Simplemente se dio la vuelta…
Itsuki y yo nos quedamos quietas, siguiéndolo con la mirada mientras avanzaba hacia la fuente. Y entonces ocurrió: se detuvo justo al lado de la estatua.
No hizo ningún gesto exagerado, no tocó la piedra ni nada por el estilo. Solo la miró. Unos segundos. Pero fueron suficientes para notar cómo cambiaba. Su postura, su respiración… y la forma en que bajó la cabeza, como si esa simple figura blanca le apretara un recuerdo que llevaba años evitando.
Cuando habló, su voz ya no tenía el tono burlón ni la autoridad cansada de siempre. Era más grave, más seca… más verdadera.
—Quede limpia —ordenó, sin mirarnos.
No explicó nada. Se alejó despacio, como si cada paso pesara más que el anterior.
Itsuki y yo también tomamos rumbo por nuestro lado, aunque no sin antes fijarnos en él. Era imposible no hacerlo.
Sentí un nudo en el estómago. Todo había sido tan difícil para las dos. Nunca pensé que algo pudiera salir mal de esta manera, que despertaríamos en un lugar como este, con recuerdos incompletos y fragmentos de lo vivido. No podía hacerme la tonta y olvidar con facilidad, aunque lo deseara. Pero aunque apretara los puños, sabía que Itsuki era la más afectada y necesitaba que contara conmigo.
Alcé la cabeza y le sonreí. —No tienes por qué preocuparte —le dije a Itsuki—. Vamos a salir a buscar esos postres. Tenemos que disfrutar que seguimos vivas.
Ella me devolvió la mirada, con esa mezcla de alivio y complicidad que siempre llevaba, y le añadí: —Prepárate para caminar, no tengo idea de dónde ni cómo llegaremos, ni qué probaremos.
—¡Claro! —respondió, esbozando una sonrisa ligera, casi invisible para cualquiera más, pero suficiente para mí.
Desde ese momento no nos separamos. La tarde transcurrió entre risas, discusiones por tonterías y pequeñas travesuras que nos hacían olvidar, aunque fuera por momentos, todo lo ocurrido. Caminamos por la ciudad intentando encontrar algo decente para probar, pero lo que más me impactó fue conocer un poco la situación de ese lugar. No era como nuestra capital; aquí predominaba un estilo más colonial, menos tecnológico. Varios edificios parecían llenos de chatarra, pero no nos importó demasiado. Lo importante era que estábamos juntas y necesitábamos aprender a comunicarnos, adaptarnos, sobrevivir. El ataque nos había cambiado, aunque todavía no comprendía del todo cómo.
Ahora, con el tiempo, todo parecía ajeno y silencioso. Itsuki comenzaba a tropezar o golpearse más de lo habitual. Las mañanas se transformaban en un caos de gritos porque siempre llegábamos tarde. El desayuno era un malabar con tostadas volando hasta nuestras bocas; conseguir proteína era casi imposible. Pero Itsuki, mi Parry, era como una hermana para mí. Jamás la había visto de otra manera, y me parecía natural que nuestras prisas y gritos se confundieran entre nosotras, como si fuéramos un mismo ser reflejado en dos cuerpos.
Seguíamos en la clínica, en el muro del octavo escuadrón de respuesta, rodeadas de patanes que solo celebraban una medalla “VESTA”. Supongo que hasta que no aprendamos a vivir de nuevo, esto seguirá siendo lo más cercano a un hogar que tengamos.
Durante los días siguientes nos enfocamos en comunicarnos y recuperarnos. Mientras tanto, todos los demás parecían tener la misma pregunta en la punta de la lengua: “¿Por qué?” “Si hay una solución, ¿por qué no la tomaron?”. Solo nosotras entendíamos de verdad que no estábamos preparadas.
Cada día nos cambiaba un poco más. Cada hábito, cada gesto para comunicarnos, se volvió titánico. Nunca habíamos valorado lo fácil que era antes mirarnos o reclamarnos por cualquier tontería hasta que esa oportunidad desapareció. Así que recurrimos a los caramelos: chocolates, dulces, cualquier cosa que sirviera como puente entre nosotras cuando el silencio amenazaba con confundirnos. Al principio, los caramelos solo ayudaban a iniciar la comunicación; con el tiempo, parecían hacer todo el trabajo por nosotras.
Una tarde, mientras repasaba el lenguaje de señas en la clínica, mi audición casi nula me impedía seguir la conversación. En un ventanal, el reflejo del sol ocultándose captó mi atención. Salí, siguiendo ese rastro de luz, y me dejé llevar por la tranquilidad del silencio. Perdí la noción del tiempo; mis pensamientos me absorbieron por completo. Y entonces, sin darme cuenta, Itsuki apareció frente a mí en el patio.
El patio era un oasis de serenidad: una construcción hermosa, un cuadro convertido en fuente, con agua que corría lentamente hacia el pasillo de mármol blanco. Las carpas Koi nadaban tranquilas a los lados, mientras el sol al atardecer colaba sus rayos entre las comisuras del paisaje, pintando el suelo y las paredes con un tono cálido de salmón. Itsuki brillaba. Sus ojos estaban parcialmente cubiertos por un velo de seda y, al parecer, cantaba. Su voz era tan pura que me erizó la piel. Cuando terminó, se dio cuenta de que la observaba directamente.
—¿Estás segura? —me preguntó con señas.
Apreté mis manos sobre mi vestido, sosteniendo un chocolate como señal. Respondí con firmeza: —No quiero perder a mi familia.
Su rostro se humedeció, y su llanto parecía más por no poder ver el atardecer o no poder transmitir su canto que por cualquier otra cosa. En ese instante comprendí que yo también había cambiado: hoy no volvería a ser la misma, pero decidí que sería diferente.
Al descansar, mis pensamientos inevitablemente volvían a DREAD, FOX, ABERDEEN y los demás. ¿Cómo lograron destruir aquellas cosas? ¿Qué eran las bailarinas? ¿Ese Aragón inmenso? Todavía no podía entenderlo del todo.
Los primeros días fueron difíciles. Aprender a aceptar nuestra nueva manera de vivir, una forma distinta de ver el mundo, no fue sencillo. En un planeta donde el ochenta por ciento de la población tenía partes sintéticas o cibernéticas, nosotras las rechazábamos, incluso si eso ponía en riesgo nuestra salud. Y así, poco a poco, encontramos una manera distinta de hacer las cosas.
Nuestra casa provisional también cambió. Nos instalaron en departamentos cerca del edificio de defensa, donde se discutían los temas del primer escuadrón. Había rumores de que varios habían muerto en el ataque del tren, y la sensación de pérdida se sentía incluso entre los muros de aquella nueva vida.
La explicación no abordó mucho más. Éramos cuatro sobrevivientes; de esos trece, solo cuatro… y entre esos cuatro, estábamos nosotras dos. El equipo ONI fue quien dio razón de nuestro rescate, pero lo que encontré después me inquietó profundamente: el reporte del escuadrón ONI no existe. Los archivos son idénticos a los de hace ocho años, como si nadie hubiera actualizado nada, como si nuestra misión jamás hubiera sucedido. Así que tenemos una explicación escueta, casi inútil. No somos libres: parecemos prisioneras, atrapadas en un lugar donde, en las notas y noticias, el saldo real del ataque es ignorado, la guerra simplemente no existe, y sobre ese escuadrón… no hay una sola palabra.
El departamento que nos proporcionaron es simple, pero suficiente para que Itsuki pueda moverse sin lastimarse. Nada se mueve de lugar, y los sensores la guían con avisos para que sepa por dónde caminar y en qué punto se encuentra. Conmigo fue distinto: yo solo siento vibraciones, así que tuve que depender de la kinesia, de cómo se siente cada objeto cuando lo toco, para orientarme.
Mi refugio terminó siendo el patio. Un patio enorme, con una fuente al centro, rodeado de piedra volcánica. El mármol del suelo marcaba el camino hacia el jardín, y el cuadro central era perfecto para sentarse o dejar que la brisa del agua me envolviera. Allí es donde la sentí acercarse. Itsuki siempre tuvo esa presencia suave pero firme… la misma que tenía antes del ataque. Se colocó frente a mí—lo supe cuando tocó mi hombro—y de su bolsillo sacó una barra de chocolate. Cuando lo probé, comenzó a hablar… o a hacer señas. Sus manos se movían rápido, desbordadas de angustia. Intenté seguirla, pero no entendí nada. Ella lo notó y lo repitió más lento.
Mei, yo… preocupada. Estoy preocupada. Quiero saber qué… sucede… en tu cabeza. Qué piensas. No quiero que estés preocupada. Dime qué tienes. Qué pasa. (Lengua de Señas).
Aquí es donde todo se vuelve difícil. Ella se desespera porque ya no puedo escucharla, y yo me frustro porque no puedo verla con claridad. Veo sus manos, sí, pero entender el mensaje completo requiere más de mí de lo que puedo dar en ese momento. Me esfuerzo, pero siento que… dejó de ser suficiente. Me alejé un poco. Ahora ella está preocupada, y yo solo puedo pensar en regresar el tiempo, en saber qué diablos ocurrió realmente. Qué nos pasó.
Tomé sus manos para hablarle. Trataba de modular mi voz según los pequeños pellizcos que me hacía para guiarme, porque claro… mi voz ya no es una voz: es más un grito torpe que una llamada tranquila.
—Itsuki, no te preocupes… Si te preocupa lo que pienso, la verdad es que no puedo dejar de intentar entender qué fue lo que sucedió. No quiero causarte problemas, pero necesito saber si podemos hacer algo, algo de verdad. No quiero quedarme aquí, esperando, conviviendo con el miedo y las consecuencias del accidente. Quiero saber quiénes nos ayudaron y por qué. Qué está pasando. Qué podemos hacer. Quiero dejar de sentirme… inútil.
En cuanto terminé, Itsuki me soltó de inmediato y me indicó que fuera más despacio. No pude evitar reír. Ella también sonrió. Entendimos entonces que esto nos tomará tiempo; que aunque tuviéramos todos los chocolates del mundo, no servirían más que para darnos un momento de paciencia.
Así que decidimos aprovechar ese instante para hablar—o intentarlo—y encontrar la mejor manera de comunicarnos. La diferencia entre lo que éramos y lo que somos ahora es enorme… pero necesitamos aprender a entendernos de nuevo, con todo lo que eso implica.
Aquel día, atesoramos el momento en que el hielo se rompió. La fuente, con su agua en calma, y las carpas nos acompañaban mientras el lenguaje de señas y el dibujo de nuestras manos nos mostraban un camino. Mis gritos, mis esfuerzos por comunicarme, llegaron al corazón de Itsuki. Fue en ese instante que entendí cuán afortunadas éramos: recordamos lo sucedido con temor, pero sonreímos ante un futuro que nos desafiaba. Nuestra meta era clara: volar sin importar nada, ser mejores, y no perder quienes éramos ni lo que habíamos logrado por algo que nos hiciera distintas.
La noche cayó lentamente, y con ella vino el silencio, el entendimiento y un nuevo viaje. Cuando por fin hablamos, empapadas por la lluvia, reímos bajo una noche estrellada.
Una mariposa voló sobre mí. La sentí rozando mi mano y elevé el dedo índice, señalando la estrella más lejana, como si pudiera capturar su color, su elegancia y su delicadeza. ¿Vendría por mi alma? Creí que estaba lista para aceptarlo. Pero en aquel oscuro lugar donde alguna vez perdí la esperanza y encontré desesperación, pude ver sus alas azules, brillantes y expresivas. Al volar, me dejó una sensación de calma que me permitió escuchar, por primera vez en mucho tiempo, el suave inicio de la lluvia.
Me di esa oportunidad, y abrí los ojos.
—Creo que veo el mundo diferente —le dije a Itsuki—. Mientras cerraba los ojos podía imaginar algo hermoso, pero al abrirlos, parecía que todo estaba en llamas: fuego que volaba dejando estelas brillantes y abrasadoras, un calor tenue que alcanzaba incluso mi reflejo.
Cuando ella me miró fijamente, comenzó a dibujar con sus manos. A su compás, pequeñas mariposas de fuego surgieron entre sus gestos, mostrándome un camino y la posibilidad de entenderla, de comprenderla sin palabras.
—Llegaste —susurré— y me sonreíste… pero aún están en mi corazón. Les debo el estar aquí.
—Lo sé —respondió Itsuki—. También quisiera saber quiénes son.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—Entonces me parece que estamos listas.
—Sí.
(Lengua de Señas).
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