Continuación del capítulo 2.4
- Jonn All
- 12 may
- 11 min de lectura
No sabía por qué lo hacía, ni qué significaba. Nunca nadie había tenido ese gesto conmigo. Pero… me agradó. Sin poder evitarlo, cerré un poco los ojos, como si el viento se hubiese vuelto amable solo en ese punto.
Él lo notó. Y entonces sonrió—apenas, lo justo para que yo lo viera.
Tomó la capa con piel, la desplegó y la colocó sobre mí, cubriendo mis hombros, mi cabello… y mis orejas, como si fueran algo que debía protegerse del frío, de la mirada del mundo o de algún daño invisible. Sus dedos acomodaron mi cabello con un cuidado sorprendente, lento, casi torpe, como si temiera lastimarme.
Yo no sabía cómo reaccionar. No entendía el gesto. No conocía esa clase de consideración. Pero algo en mí se quedó quieto, cautivado.
Luego me cargó con decisión, y sin remedio me desvanecí entre sus brazos. Cerré los ojos, sintiéndome extrañamente tranquila. El movimiento entre los árboles, el crujido de los ríos helados y la escarcha bajando por mis pies me arrullaron mientras avanzábamos.
Cuando los abrí, ya no estábamos lejos de asentamientos o aldeas. Un nudo helado me atrapó el pecho. Me puse nerviosa. Él lo sintió al instante. Se detuvo.
Me senté sobre una roca al borde del camino y, con toda la desesperación, le supliqué que regresáramos. Intenté jalarlo hacia el río, hacia el bosque. Pero no sé si me entendió. Su respiración era pesada, sus pasos inseguros.
A mitad del camino, las flechas golpearon su espalda.
El sonido cortó el aire como hielo quebrándose. Él reaccionó en un instante: dejó caer la capa sobre mí, cubriéndome por completo, y se lanzó contra los cazadores. Los enfrentó sin su espada, a manos desnudas, como si el dolor no lo alcanzara.
Yo no comprendía nada. No sabía si debía correr, si me perseguirían, si debía defenderme. Solo escuchaba gritos. Piedras. Golpes.
Me escondí bajo la capa, temblando, haciéndome pequeña. Pero el miedo me desgarró. Y corrí hacia el bosque.
Fue un error.
Las piedras y lanzas me alcanzaron. Caí sobre la nieve helada, la respiración rota, el pecho tenso… y entonces las vi. Varias miradas. Oscuras, duras, cargadas de un desprecio tan filoso como cualquier arma. Me observaban como si yo fuera algo impuro, una mancha en su mundo hecho de hielo y furia. Cada grito que lanzaban sonaba seguro, decidido, como si no hubiera duda alguna de que su odio era para mí.
Me encogí, temblando, sin saber si debía huir o quedarme quieta. No entendía qué había hecho para merecer esas voces que me nombraban sin decir mi nombre.
Un destello rompió la tormenta.
Lo vi. Él. No un reflejo… no un arma caída… era su espada, desenvainada con una velocidad que mis ojos apenas pudieron seguir. El filo brilló como un rayo y cortó en dos lo que me lanzaban, partiéndolo en el aire con un estruendo que sacudió la nieve a mis pies. Fragmentos del arma enemiga volaron hacia atrás como si hubieran chocado contra una pared invisible.
De pronto, una detonación retumbó junto al tronco más cercano. La vibración me atravesó el pecho y me tiró un poco de nieve sobre el cabello. Un olor fuerte, acre… olor a quemado… llenó el aire, quemándome la garganta. No entendía qué era. No era fuego. No era flecha. No era nada que yo conociera.
Entonces algo impactó la nieve junto a mi pierna, levantando un pequeño estallido blanco. Luego otro. Y otro. Como golpes invisibles, veloces, que no podía ver venir. Me cubrí la cabeza con los brazos, llorando, segura de que algo me estaba cazando.
Pero no me alcanzaban. Ninguno.
Fue entonces cuando levanté la vista apenas… y lo vi a él. Su espada moviéndose a una velocidad imposible, desviando esos impactos invisibles que silbaban hacia mí. Golpeaba el aire, y el aire mismo parecía partirse con cada giro del acero. Entendí—con el terror apretándome el pecho—que él me estaba protegiendo.
Corrí. Corrí con el corazón golpeando como si quisiera escapar antes que yo. Las lágrimas me nublaban la vista, y mis pasos se hundían en la nieve mientras me internaba más y más en el bosque. El olor a quemado seguía en mi garganta, y cada detonación a lo lejos me hacía encogeme, segura de que los golpes invisibles aún me buscaban.
Tropecé, caí, me levanté… y al fin encontré un árbol enorme, con raíces levantadas como brazos abiertos. Me acurruqué entre ellas, tiritando, escondida de un mundo que no entendía. Abracé mis piernas contra el pecho, cerré los ojos con fuerza y recé porque el ruido se detuviera… porque él siguiera vivo… porque ese odio que me perseguía no me encontrara entre aquellas sombras heladas.
El frío me rodeaba mientras me hacía pequeña entre las raíces del árbol. Mi respiración temblaba y cada inhalación dolía, como si tragara aire astillado. No sabía cuánto tiempo había pasado. Tal vez segundos. Tal vez mucho más.
Entonces escuché pasos.
No suaves. No apresurados. Determinados.
Se acercaban.
Mi corazón golpeaba tan fuerte que sentí que el árbol podía oírlo. No sabía quién era. No sabía si venía a atraparme, a arrastrarme, a devolverme a aquellas miradas que me atravesaban como cuchillas.
No tenía a dónde huir. No tenía nada.
Nada… excepto lo que reaccionaba dentro de mí.
Y cuando la sombra se acercó demasiado, cuando sentí su presencia encima de la mía, mi cuerpo actuó antes que mi mente. Antes que el miedo pudiera volverse palabra.
El aire se volvió helado. No helado como la nieve. Helado como un golpe seco en el alma.
Mi piel se cubrió de escarcha, primero como un brillo frágil, luego más gruesa, endureciéndose sobre mis brazos y hombros. No sabía si dolía o si solo era el miedo cambiando de forma.
Mis manos se levantaron por sí solas.
De mis dedos surgieron filos, puntas de hielo crudo formadas con la arena congelada que se compactaba en silencio.
Los lancé. Sin pensar. Sin mirar. Solo queriendo vivir.
Frente a mí, el bosque se fracturó.
Troncos que se helaron al instante. Ramas que se hicieron añicos como vidrio. El suelo abriéndose en líneas heladas que corrían sin control.
Intenté correr, pero otro sonido estalló cerca.
Gritos.
No sabía de dónde venían. No sabía cuántos eran. Solo sabía que me buscaban. Que sus voces me aplastaban, duras y dolidas, como si mi presencia fuera una ofensa.
Sentí miradas sobre mí. Miradas llenas de desprecio. Miradas que me hacían encogerme, que me arrancaban el aire.
La presión creció. La confusión me nubló. No podía entender. Era demasiado.
Y entonces exploté.
Un estallido brotó de mí, empujándome hacia atrás. La nieve se levantó en un torbellino violento. Una niebla fría, densa y ciega cubrió todo. Tragó los árboles. Tragó las voces. Tragó mi sentido del mundo.
No veía nada. No escuchaba más que mi propio llanto temblando en mis manos.
Hasta que una figura emergió entre la niebla. Respiraba con dificultad. Su hombro estaba manchado de rojo. Pero aun así… sonreía.
La misma sonrisa cálida que había visto antes. Una chispa pequeña en medio de la tormenta.
Era él.
Mis lágrimas deformaban su silueta, pero lo reconocí.
Quise retroceder. Quise cubrirme otra vez de escarcha… pero entonces lo vi:
Un destello. Un trazo de luz abriendo la niebla.
Su espada.
La hoja apuntaba directo hacia mí. Pude sentir el peso del acero en mi respiración, tensando el mundo.
Mi pecho se apretó. Mis ojos temblaron. Todo se redujo al filo frente a mí.
Pero antes de que me alcanzara, él giró la espada. Un movimiento suave, casi imposible. El filo se desvió lejos de mi cuerpo, y lo que quedó frente a mi corazón fue el mango.
La empuñadura ofrecida. No una amenaza.
Él bajó la cabeza despacio.
Sin palabras. Sin exigencias. Sin juicio.
Luego abrió su capa, mostrando su pecho marcado por el frío y el cansancio, el mismo que había dejado descubierto bajo aquel árbol. Y con esa calma imposible, aun herido, depositó la espada en mis manos.
Sus dedos tocaron los míos por un instante. Solo uno. Suficiente para que respirara.
Yo no entendía. No sabía qué significaba ese gesto. No sabía por qué lo hacía. No sabía por qué, aun sangrando, sonreía. Ni por qué su presencia no me lastimaba.
Pero sí comprendí una cosa:
Él no venía a herirme.
Ni en la niebla. Ni en ese bosque partido. Ni mientras yo temblaba, perdida entre mis propios miedos.
Mis manos temblaban. El frío no era el culpable. Era… otra cosa. Algo que me apretaba el pecho y me dejaba sin aire.
Él dio un paso hacia mí.
Un paso torpe, cansado, dolido.
No levantó las manos, ni la voz, ni la mirada. Solo avanzó, respirando con dificultad, hasta quedar frente a mí.
Yo retrocedí un poco, confundida, pero él no me siguió. En cambio, se apoyó en la espada que yo aún sostenía.
Su peso cayó de golpe. La hoja se hundió en la nieve y el lodo con un sonido sordo, como si la tierra lo abrazara.
Me quedé inmóvil. No sabía si debía soltarla, sostenerlo, correr o gritar.
Él tembló. Apenas un instante. Luego tosió, y ese sonido me partió algo dentro.
Manchas rojas salpicaron la nieve.
Mi garganta se cerró. Mis dedos se apretaron solos en la empuñadura. No quería verlo así. No quería que se desvaneciera como la niebla.
Busqué alrededor. Nada. Solo bruma. Sombras. Figuras que no eran figuras.
Y entonces…
Un silencio ensordecedor me golpeó.
Todo sonido desapareció, incluso mi respiración. Fue tan intenso que me dolieron los oídos.
Y en ese silencio, lo escuché.
Un latido.
Uno solo.
El suyo. Ese mismo latido frágil que antes había sentido bajo mi mano, cálido y firme… Ahora era débil, lento… como si el frío lo estuviera apagando.
Otro latido llegó después, más suave. Y luego otro, aún más lejano. Como si la música dentro de su pecho se fuera perdiendo entre la nieve.
Mi corazón dio un salto. El aire se me escapó. Las lágrimas me nublaron la vista.
No podía permitir que ese sonido desapareciera. No ese latido. No así.
Mi desesperación creció de golpe. Volteé en todas direcciones buscando ayuda, una salida, una señal, cualquier cosa. Mis movimientos hicieron que a mi alrededor empezaran a formarse pequeños cristales, como si el frío respondiera a mi angustia. Pero eran inútiles. No podían salvarlo.
Él, mientras tanto, se inclinó un poco más sobre la espada. Su respiración se cortaba. Su sangre teñía la nieve de un rojo que me hacía temblar todavía más.
Cuando levantó la cabeza para verme, lo hizo con una sonrisa herida… y yo sentí que algo dentro de mí se rompía.
No quería que cerrara los ojos. No quería perder el sonido de su corazón. No quería que ese último latido se deshiciera en el silencio.
Quise hablar, decir algo, pedirle que no dejara que el frío se lo llevara… pero mi voz no salía. Nada salía. Solo un sollozo que me dolió hasta los huesos.
Busqué otra vez entre la bruma, desesperada, moviendome como un animal acorralado. Pero no había nadie. No había nada.
Solo su cuerpo tembloroso… su sonrisa cansada… y ese latido que se apagaba poco a poco.
Yo no entendía nada. No sabía qué hacer. No sabía cómo detenerlo.
Solo sabía una cosa:
No quería que su corazón dejara de sonar.
Entonces mi tristeza me empujó hacia él. Me dejé caer de rodillas en la nieve, temblando, y lo tomé entre mis brazos. Sentí cómo su cuerpo perdía fuerza, cómo se rendía, y lo acerqué a mi pecho para que escuchara el latido de mi vida. Quería que ese sonido lo llamara otra vez… que no se hundiera en ese silencio helado.
Un latido débil. Inseguro. Como si fuera una nota frágil que se quiebra antes de nacer. Y ese sonido se iba apagando… perdiéndose en un silencio tan profundo que me hirió más que cualquier herida.
Me incliné sobre él, desesperada, cuando algo tibio cayó en mi mano. Una gota. Roja. Su sangre… deslizándose desde su boca hasta mis dedos.
En ese instante todo dentro de mí se rompió.
El aire alrededor vibró. La nieve bajo mis piernas se agrietó como si no pudiera sostenernos. Un quejido profundo recorrió el suelo, estallando en líneas de escarcha que se alejaban en todas direcciones.
Entonces los escuché llegar desde la niebla: bufidos furiosos, pasos violentos, sombras que se tensaban como criaturas dispuestas a terminar lo que habían empezado. El sonido seco, cortante, volvió a rasgar el viento: esas detonaciones que perseguían cada respiro mío.
Pero esta vez no me encogí. No lloré para esconderme. Solo pensé en él. Solo pensé en que no podía permitir que muriera.
Apreté su cuerpo contra el mío. Sentí la tibieza de su sangre en mis manos. Y algo dentro de mí… algo incontenible, inmenso, se abrió de golpe.
Fue como si el mundo respirara hacia adentro.
La nieve, la niebla, la tierra, el aire entero tembló alrededor de mí, y una presión gigantesca me recorrió desde el pecho hasta la espalda. Un rugido sordo creció bajo mis pies, volviéndose una fuerza que no sabía contener. La luz se curvó, la bruma se arremolinó, y un torbellino gigantesco se levantó a nuestro alrededor sin que yo lo llamara, sin que lo buscara.
Solo porque no quería perderlo.
Las sombras que nos atacaban fueron atrapadas al instante, arrastradas como hojas dentro de una corriente imposible. La nieve se alzó en columnas brillantes; el suelo se abrió, deshaciéndose bajo un latido que no era el mío ni el suyo, sino de algo que se despertaba sin que yo lo entendiera.
Yo no miré atrás. No podía.
Me aferré a él cuando su respiración se quebró. Vi sus labios temblar. Vi otra gota roja caer… y allí mi corazón se detuvo.
Y en ese mismo latido, salí disparando hacia el cielo.
El mundo estalló bajo mis pies. La explosión levantó montañas de nieve y arrancó los árboles como si fueran hilos. La bruma se rasgó en un corredor de luz, y yo ascendí. Todo lo que intentaba acercarse quedó atrás, atrapado, despedazado o perdido por la corriente.. No pensé.
Solo lloré y volé.
El horizonte se dobló ante mí. El viento se abrió como si tuviera miedo de tocarme. Y con él en mis brazos, con su sangre tibia en mi cuello, crucé el cielo en un solo aliento.
Mi mirada buscaba solo una cosa. Un solo refugio. Un lugar donde pudiera salvarlo.
El mar.
Y aunque mis alas —fueran lo que fueran— ardían, aunque el frío me desgarraba la piel, aunque el peso del mundo tiraba de mí para que cayera…
Seguí. Seguí con todo lo que quedaba de mí. Rompí el horizonte en un destello blanco y fui más allá, más lejos, hasta encontrar el sonido del agua que pudiera sostenerlo, protegerlo, mantenerlo vivo.
Recuerdo el frío cortándome la piel, la presión en el pecho, y el peso de él entre mis brazos. Cada vez que bajaba la mirada, veía una gota oscura resbalar por su cuello, perderse en la escarcha que se formaba alrededor de mi cuerpo… y esa sola gota me hacía avanzar más rápido. No pensaba. No podía. Solo quería que siguiera respirando.
El horizonte apareció de golpe.
El mar… inmenso, pálido, respirando lento bajo un cielo teñido de gris. Las olas parecían llamarme, no con palabras, sino con movimientos suaves, como si conocieran mi desesperación. Cuando mis pies tocaron la arena húmeda, la tierra tembló bajo nosotros. No sé si fue por la velocidad con la que descendí o por lo que había dejado atrás, pero un eco se expandió sobre la costa como un lamento.
Me arrodillé con él aún entre mis brazos.
La brisa salada chocó con mi rostro, mezclándose con mis lágrimas, y la espuma del mar tocó mis manos como si quisiera apartar la sangre de su piel. No sabía qué hacer. No sabía cómo hacer que dejara de toser, cómo detener el latido que escuchaba debilitándose en su pecho.
—No… no te vayas… —susurré, aunque no sabía si él podía oírme.
El mar respondió con un rugido suave, como si tratara de aliviar lo que yo no podía.
Lo acerqué más a mí, dejando que su cabeza descansara en mi regazo. Mis dedos temblaron al apartar su cabello cenizo de su frente. Allí, bajo la orilla fría, el mundo parecía detenerse… como si incluso la marea contuviera el aliento esperando que él siguiera con vida.
Por un instante, creí que lo había perdido.
Pero entonces su pecho subió, apenas, como una brasa que se niega a extinguirse.
Y supe que había llegado al lugar correcto.
Desperté como si emergiera del fondo del mar. Mi pecho buscó aire con un espasmo violento y mis manos se aferraron a lo primero que encontraron: sábanas frías, rígidas… o quizá era mi propia piel cubierta de escarcha. Por un instante creí que seguía bajo la tormenta, cargándolo entre mis brazos, huyendo de sombras que no lograba comprender. Sentí el agua en mis pulmones, el viento en mi rostro, el peso del miedo apretándome las costillas.
Comentarios