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Continuación del capítulo 3.2

—El plan iba a fallar —dijo, con una tristeza tranquila—. Lo sabían. Pero no podían abandonar la esperanza.

La estrella fugaz desapareció, tragada por el cielo blanco.

—Y entonces —Unm levantó los ojos hacia mí, como si pronunciara el final de una profecía olvidada— fue cuando ellos… te encontraron.

Mi mano tembló dentro de la de la niña. El chocolate terminó de derretirse en mi boca.

Y el eco de aquella palabra —encontraron— resonó dentro de mí como un despertar lento, inevitable. Mi respiración se volvió inestable. No sabía si quería escuchar lo que seguía… o si mi cuerpo simplemente no sabía cómo reaccionar. “Me encontraron.” Encontraron qué, ¿a mí? ¿A Eru? ¿Y por qué esa palabra me hacía doler el pecho?

Unm continuó, despacio, como si temiera romper algo dentro de mí.

—No sabían lo que buscaban —murmuró—. Solo seguían un brillo. Un rastro. Una frecuencia imposible de clasificar.

Mi visión volvió a nublarse. No por miedo esta vez… sino por algo parecido a un recuerdo que trataba de abrirse paso.

Una voz. Una luz. Un nombre pronunciado sin sonido.

Eru.

Y de pronto lo sentí: como cuando recuerdas un sueño que no querías olvidar.

El recuerdo no llegó como una imagen. Llegó como un golpe.

Un latigazo de luz que me atravesó el pecho. Me quedé sin aire. Un segundo, dos… Y de pronto estaba allí.

No era Mei. Era Eru, y mi pecho ardía con una desesperación que no tenía nombre.

El cielo se abría sobre mí en colores imposibles: rosados vivos, azules líquidos, filamentos dorados que caían como cabellos de estrellas. Era un mundo hermoso, perfecto… y yo lo cruzaba volando desesperada.

Mi respiración era un sollozo agudo. Cada exhalación dolía como si mi alma crujiera entre mis costillas.

Y en mis brazos— El.

Aquel joven, pálido, sangrando, su cuerpo quieto como si ya no recordara cómo respirar.

—No, no, no… —mi voz se quebraba—. Quédate… por favor… quédate…

Sentí su sangre tibia correr entre mis dedos. Sentí el temblor de mis propias manos, incapaces de sostenerlo y a la vez aferrándose a él como si al soltarlo fuera a morir yo también.

El viento cortaba mi rostro mientras descendía. No sabía a dónde. Solo sabía que debía llegar. Ya. Ahora. Antes de perderlo por completo.

Y entonces lo vi.

Una extensión infinita de luz líquida, blanca y dorada, respirando como un corazón gigante. Cada ola parecía una palabra, cada destello un latido del mundo.

Me lancé hacia él.

El impacto del agua fue suave, cálido, casi maternal. El mar me envolvió los tobillos, luego las rodillas, luego la cintura, mientras yo seguía sosteniendo el cuerpo de Él como si fuera lo único real en ese universo.

—Por favor… por favor… —susurré, con la voz hecha trizas—. No te vayas… no me dejes sola…

Mis manos temblorosas comenzaron a limpiarle la sangre. Retiré su ropa rasgada, los trozos de tela chamuscados, cada pedazo pegado a la piel lacerada. El agua luminosa lo bañaba, pero no lo despertaba.

La herida en su costado… La quemadura en su clavícula… El golpe en su sien…

Todo eran marcas de que había protegido algo. De que había protegido a alguien. A mí.

—No debiste… —murmuré—. No debiste hacerlo…

Mis lágrimas cayeron sobre su pecho. Gotas calientes sobre un cuerpo que se estaba enfriando demasiado rápido.

El mar respiraba. El mundo respiraba. Yo no.

Me lanzo hacia su pecho, pegando mi oído a su piel fría. Escucho. Escucho todo lo que puedo. Busco ese latido, incluso en la oscuridad del bosque, incluso entre el ruido del mundo.

Ahí está.

Débil. Irregular. Alejándose.

—Por favor… resiste —no sé si lo digo ahora o si lo dije entonces, pero mi voz tiembla igual.

El latido vacila… se apaga… desaparece.

El cuerpo de Ar, flotando apenas, se inclinó con una suavidad que no parecía real. Y entonces mis dedos… mis dedos lo soltaron.

No porque quisiera. Sino porque mis fuerzas se rindieron.

—No… no… —intenté sujetarlo otra vez, pero mis manos pasaron torpes entre el agua y la luz—. ¡No!

Sus dedos resbalaron.

La sangre, caliente, le empapó las manos.

Él sonrió como quien ya se está yendo.

Ar comenzó a hundirse poco a poco, como si el mar lo recogiera. Primero sus manos. Luego su pecho. Luego su rostro… pero yo… yo estaba llorando demasiado como para verlo por última vez.

Mi visión era un borrón. Mis sollozos eran una cadena alrededor de mi cuello. Mi corazón… mi corazón crujió. Literalmente. Sentí un dolor que no parecía físico. Un ruido interno, como porcelana rompiéndose.

—No… no… —el aire se le quebró en el pecho.

«¡A—AA—AAAH!»

El grito crujió el mundo…

—¡No te vayas! —grité, pero mi voz se ahogó entre las olas—. ¡No me dejes! ¡No me dejes…!

El mar se cerró sobre él. Como si lo recibiera. Como si lo reclamara.

Y yo… yo me quedé allí, de rodillas, con el agua luminosa golpeándome las caderas, las manos vacías, la respiración rota.

Todo mi cuerpo temblaba. Mi luz se encogía hacia adentro, reduciéndose, como si quisiera extinguirse.

Era la primera vez que Eru lloraba. La primera vez que entendía lo que era perder. Lo que era amar y no poder devolver la vida.

Y esa desesperación… ese grito silencioso que dejé caer sobre el Mar Primigenio…

Fue la grieta. La primera. La que partió el mundo. La que me partió a mí.

Al verlo desaparecer bajo la superficie, algo dentro de mí se rompe con un sonido que no es físico, pero que siento como si me desgarrara por la mitad. No puedo moverme. No puedo respirar. El mar sigue agitándose bajo mis manos, pero ya no me sostiene; me empuja, me rechaza, como si también supiera que lo he perdido.

Mi garganta busca un grito, pero no sale nada. Solo un temblor seco, un intento inútil de expulsar la angustia que se encharca dentro de mí. Mis alas se pliegan sin que yo lo ordene, pesadas, inútiles. Trato de volar… y no puedo.

Las lágrimas me ciegan. No estoy llorando: estoy colapsando.

Me hundo de rodillas sobre la superficie, como si el mar todavía estuviera dispuesto a sostenerme a mí. Mis manos se aferran al agua, intentando agarrarlo, como si pudiera traerlo de vuelta si solo aprieto suficiente. Pero mis dedos cortan solo espuma.

Algo cálido y terrible se expande en mi pecho.

—No… —la palabra se rompe dentro de mí, apenas un susurro.

Empiezo a hipar, a temblar, a respirar de forma entrecortada. No puedo detenerlo. No puedo detener nada. El recuerdo me asfixia, me arrastra hacia sí misma.

Me llevo las manos al corazón, como si pudiera mantenerlo armado, pero ya está agrietado, ya está cediendo, ya está fallando igual que él lo hizo en mis brazos.

Y entonces lo siento: ese vacío. Ese silencio que no debería existir. Ese hueco donde antes estaba él.

Una luz comienza a parpadear a mi alrededor, la luz antigua del mar primigenio, y aun así la siento fría. Yo misma empiezo a resquebrajarme, como si el mundo que conocía se estuviera desmoronando desde adentro.

No miro el mar otra vez. No puedo. Porque si lo hago, sé que no volveré jamás.

Solo me abrazo a mí misma, balanceándome, intentando contener un dolor que no cabe en mi cuerpo.

Mientras sigo temblando sobre la superficie, una idea —o quizá un instinto— atraviesa mi desesperación como un rayo. No estoy dispuesta a dejar que una criatura como él muera. No después de lo que hizo. No después de lo que entregó por mí. No después de sentir ese último latido apagarse bajo mis manos.

Mis dedos rozan el mar. Apenas un toque.

Y entonces algo cambia.

El agua reacciona. Vibra. Se contrae. Se estremece como si despertara de un sueño profundo. El frío nace en mis palmas, suave al principio, casi tímido… luego más firme, más confiado. Veo cómo una película de escarcha se dibuja debajo de mí, expandiéndose como una flor que abre sus pétalos hacia el horizonte.

El mar inmenso, eterno, inmutable… se congela.

Centímetro a centímetro. Pulso a pulso. El hielo se forma con la forma de mi dolor.

Mientras la superficie se solidifica, la luz atrapada en el agua cambia. Primero es un brillo irregular… luego imágenes. Sombras. Fragmentos.

Recuerdos.

Recuerdos que no son míos.

Los veo como reflejos atrapados en el hielo: pequeñas escenas suspendidas en la profundidad. Su risa. Su miedo. El primer momento en que me vio. Su duda. Su decisión de protegerme aunque sabía que no sobreviviría. Siento cada una de esas memorias atravesarme como si fueran agujas de luz.

El mar me los está mostrando. Me está diciendo quién era. Me está diciendo por qué no debo dejarlo ir.

¿Cuánto de esto puedo soportar? No lo sé. El dolor se mezcla con algo más cálido, más suave. Una especie de ternura antigua que creí extinguida.

—Vale la pena… —susurro, con la voz quebrada—. Vale la pena conocerlo.

Mi mano se cierra sobre el hielo como si apretara su vida junto con él.

—No voy a dejar que mueras… no a ti.

La escarcha ascendiendo me rodea como una tormenta silenciosa. Cada cristal brilla con la luz de mis lágrimas, y en su ascenso siento cómo algo dentro de mí se desgarra… y se reconstruye al mismo tiempo.

El mar congelado vibra bajo mis rodillas. Mi respiración se mezcla con el frío y, en cada exhalación, el aire frente a mí se ilumina como si fuera un pequeño firmamento. Mis alas laten con un resplandor que no recordaba. O quizá… que había olvidado por demasiado tiempo.

La transformación no es física. Es un recordarme. Un retorno. Una fuerza antigua despertando bajo mi piel.

La escarcha, obediente y suavemente rabiosa, continúa elevándose hacia el cielo, desordenando la gravedad, volviendo imposible lo que debería ser simple hielo. Y entonces lo percibo, lo siento.

No es solo escarcha. Es una abertura.

Un umbral.

La superficie del mar helado se expande y se curva hacia arriba como una cúpula invertida, dejando escapar destellos que parecen fragmentos de memorias ajenas suspendidas en luz. Y de esa luz comienzan a surgir formas.

No hablan. No respiran. No pesan. Pero existen.

 Ecos.

Presencias moldeadas por energía antigua, hechas de bruma coloreada que se mueve con intenciones que no alcanzo a comprender. Unos llevan lo que parecen máscaras de criaturas talladas en un tiempo sin historia. Otros se entrelazan con patrones luminosos que se arremolinan en sus cuerpos vaporosos. Algunas figuras se estiran como columnas vivas envueltas en telas que imitan el movimiento del agua. Otras destellan en pequeñas espirales juguetonas, casi como si rieran sin sonido.

Y todas ellas, sin excepción, me miran.

La mezcla estética del Yue del mundo se despliega ante mis ojos: formas que se sienten como oraciones tejidas en tela vieja, como espíritus de montes que alguna vez fueron sagrados, como guardianes de raíces y de viento. Un equilibrio entre lo solemne y lo travieso, entre lo ancestral y lo joven, entre lo luminoso y lo velado.

El cielo se abre más.

La escarcha se eleva como una lluvia invertida que cae hacia arriba, formando un arco de hielo luminoso que parece latir. 

Una puerta.

Mi cuerpo responde sin que yo lo mande. Mi piel emite un brillo suave, casi plateado. Mis alas se expanden con una energía que no es del presente, sino de un pasado profundo. El aire a mi alrededor canta sin sonido. Es el mundo recordándome quién soy.

Siento el peso de mi decisión en el pecho, como si mi dolor hubiera llamado a todo este lugar, como si el mar, la luz y los ecos se hubieran reunido porque no puedo—no quiero—aceptar que él desaparezca bajo el agua.

Mis manos tiemblan. Mi corazón duele. Pero no retrocedo.

No puedo dejar morir a alguien así. A alguien que entregó tanto. A alguien cuya memoria ya se mezcla con la mía.

La sombra bajo la tormenta espera. Los ecos siguen inmóviles, atentos. El mar helado respira bajo mis pies… y yo también.

Y en ese silencio absoluto, sé que mi siguiente paso quebrará algo en el mundo. O lo sanará. Pero no habrá vuelta atrás.

Las luces aparecen primero como destellos pequeños, apenas visibles entre la neblina helada. Al principio creo que son reflejos, fragmentos del mismo hielo que asciende, pero no: vienen de lejos, avanzan hacia mí.

Yo permanezco quieta sobre el hielo, respirando con dificultad, con el pecho aún apretado por la imagen del cuerpo hundiéndose. La puerta luminosa detrás de mí tiembla como si presintiera el peligro. El aire se vuelve más denso. La neblina se oscurece.

Las luces crecen. Ahora puedo distinguirlas: estrellas llameantes. Voces apagadas. Pasos.

Alguien… muchos… se aproximan.

No quiero que encuentren el cuerpo. No quiero que se acerquen. No quiero que se lo lleven. No quiero que lo lastimen más.

Me arrodillo cerca del borde donde él se encuentra, extiendo una mano hacia el agua helada —como si pudiera atraparlo todavía— y mi voz se quiebra en un sollozo que no reconozco.

Las luces se acercan más.

La neblina se abre como un manto desgarrado. Una silueta aparece, alta, oscura, moviéndose con firmeza entre el hielo. Otra detrás. Otra más.

Humanos.

No— Presencias. Figuras. Gente.

Mi corazón estalla en terror puro.

El mismo miedo de la primera vez. El mismo instinto de huir, de proteger, de atacar, de desaparecer. Una mezcla salvaje que sube desde mi estómago hacia mi garganta.

La silueta más cercana alza la antorcha.

La luz cae sobre mí.

Y mi mente se rompe.

Me levanto de golpe, temblando, sin aire, con un grito ahogado clavado en mi pecho.

El mundo cambia. El hielo desaparece. El mar se hunde en sombras. Las luces se evaporan como cenizas.

Mis ojos se abren al presente.



Despierto violentamente, impulsada por un terror tan crudo que mis manos reaccionan antes que mi consciencia. Me aparto, casi caigo, golpeo la manta, la luz, lo que sea que esté cerca. Mi respiración es un jadeo quebrado. Mis dedos buscan desesperadamente sangre que no está. Buscan hielo. Buscan agua. Buscan un cuerpo.

Pero no hay nada.

Solo la sala. La cúpula rota. El eco de la luz suspendida.

Y la vieja.

Unm me observa con su expresión seca, imperturbable, como si hubiese visto este tipo de despertares demasiadas veces.

—Hasta ahí llegaste esta vez —murmura, sin emoción, como quien toma nota de un registro.

Su voz me atraviesa como si fuera demasiado real, demasiado inmediata, demasiado cerca del borde que acabo de cruzar.

Mi pecho sube y baja en espasmos. Mi mirada salta de un lado a otro buscando algo que no existe en este mundo: el mar helado. La escarcha flotando. Las luces que me perseguían.

Siento las manos de la niña envolviendo las mías. Cálidas. Demasiado cálidas.

Ella no dice nada, pero su presencia es un ancla que me obliga a volver. Itsuki — se acerca por el otro lado, su toque más firme, más contenido, como quien sabe que si me suelta el mundo se partirá otra vez.

Mi respiración sigue siendo un desastre. Mis manos tiemblan. Mi garganta arde.

—Fue un sueño —susurra la niña, aunque su voz tiembla un poco—. Un recuerdo. No estás allá. Estás aquí.

Intento hablar, pero las palabras se atascan. Solo alcanzó a balbucear:

—Las luces… el mar… el hielo… yo… yo lo vi… yo…

Unm levanta un dedo, interrumpiéndome con un gesto mínimo.

—Viste más de lo que habías visto antes —dice con una calma que me irrita—. Llegaste hasta el borde.

Mi corazón late con un golpe doloroso.

—Lo que viste cuando el mar se abrió —agrega— significa que te acercaste a la frontera. A él.

La palabra “él” hace que toda la escena se rompa detrás de mis párpados.

—Y sí —continúa Unm, sin suavidad—. Alcanzaste a ver a Soleil.

Me quedo inmóvil.


 
 
 

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