Continuación del capítulo 5.1
- Jonn All
- 12 may
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En la superficie del hielo, entre grietas irregulares y reflejos rotos, apareció mi imagen. Mi cabello había perdido su tono por completo; era claro, casi plateado, como si la luz se hubiera quedado atrapada en cada hebra. En las puntas, algo vivo se movía.
No eran simples destellos.
Las puntas ardían.
Mi cabello terminaba en llamas que se ondulaban con intención propia, alargándose y encogiéndose como si respiraran. De ellas se desprendían brasas diminutas que flotaban a mi alrededor antes de caer y apagarse sobre el hielo con chasquidos breves.
Las vi.
Giraban a mi alrededor como restos de un incendio suspendido en el aire.
Tragué saliva, incapaz de apartar la mirada del reflejo.
Y entonces vi mis ojos.
No eran los míos.
Su color había desaparecido, devorado por un violeta profundo que parecía absorber la luz. En el centro, alrededor de la pupila, ardía un carmín vivo, denso, violento, como una herida abierta que latía. No parpadeaban igual. No miraban igual.
Me miraban de vuelta.
El hielo bajo mis pies crujió.
La distracción me costó el mundo.
La sombra cayó sobre mí sin aviso. El reflejo se rompió cuando una masa enorme se abalanzó desde un costado. Carne inflada y húmeda, cubierta de protuberancias brillantes, se arrastró sobre el hielo dejando un rastro viscoso. La boca se abrió demasiado, revelando filas irregulares de dientes incrustados en encías negruzcas. La baba cayó en hilos espesos que humeaban al tocar el suelo helado.
Estaba demasiado cerca.
Sentí el aire desplazarse antes de entenderlo.
Un destello cortó el espacio.
La espada apareció entre la criatura y yo con una violencia que partió el instante en dos. El filo se hundió sin resistencia y continuó su trayectoria, abriendo el cuerpo grotesco desde el hombro hasta el vientre. La presión interna estalló: sangre oscura, vísceras calientes y fragmentos de hueso salieron despedidos, manchando el hielo mientras el cuerpo se separaba en dos mitades.
El impacto sacudió el suelo.
La parte superior aún se estremeció un segundo antes de colapsar; la inferior quedó abierta, derramándose hasta quedar inmóvil. El hedor fue inmediato, espeso, insoportable.
Él estaba ahí.
A pocos metros de mí.
La espada goteaba lentamente. El vapor se alzaba a su alrededor, mezclándose con el polvo y la bruma de la guerra. El casco antiguo giró hacia mí, y en el metal opaco se reflejaron mis brasas flotando, las puntas de mi cabello ardiendo, mis ojos violeta y carmín.
Sentí su mirada fijarse en mí.
No fue sorpresa. No fue temor.
Fue una certeza amarga.
Ar no estaba contento.
No lo supe por su voz. Lo supe por su cuerpo.
La tensión rígida en sus hombros, la forma en que sostenía la espada aún manchada, el modo en que no dio un solo paso hacia mí. El Alter tardó en reaccionar, saturado por interferencias y picos de magia, pero cuando lo hizo, proyectó palabras fragmentadas, duras, flotando frente a mi visión como restos de metralla:
NO TE NECESITO. VETE. NO PUEDO TENERTE AQUÍ. ERES UN LASTRE.
Las frases no tenían sonido. No lo necesitaban.
Me atravesaron igual.
El frío bajo mis pies vaciló. El hielo que brotaba sin que yo lo pensara se resquebrajó. Las brasas que danzaban en las puntas de mi cabello se dispersaron de forma errática, como si también dudaran. No supe qué hacer con mis manos, ni con la mirada. El aire se volvió denso, irrespirable, y algo dentro de mi pecho se partió con una violencia muda.
Estuve a punto de llorar.
Entonces Itsuki apareció.
No la oí llegar. Sentí el impacto de su presencia cuando pasó frente a mí y empujó a Ar con ambas manos. No lo movió ni un centímetro. Él permaneció inmóvil, como si el gesto no mereciera existir. Itsuki volvió a empujarlo, más desesperada. Sus puños golpearon su pecho una y otra vez.
Ar no respondió.
Itsuki gritó. No lo oí, pero lo vi en su garganta tensa, en su rostro deformado por la angustia, en las lágrimas que le temblaban sin caer. Dio un paso más, como si fuera a atacarlo, y entonces el suelo vibró.
El impacto me llegó primero por los pies.
Los mechas emergieron entre el humo y el polvo. Antiguos, pesados, cubiertos de placas gastadas y símbolos borrados por el tiempo. Avanzaban como bestias mecánicas despertadas a la fuerza. Dos figuras descendieron de uno de ellos y se acercaron rápido. Sujetaron a Itsuki de los brazos con firmeza, pero sin violencia.
Ar no se movió.
Ambos recién llegados giraron hacia mí.
Vi la sorpresa antes de que el Alter la tradujera. Uno de ellos, una mujer, abrió la boca. El sistema apenas alcanzó a registrar el inicio de la frase:
Ar… es una—
La frase se cortó.
El Alter volvió a proyectar palabras. Secas. Definitivas.
SÍ. ES UNA DE ESAS. ALÉJENLAS. ESTORBAN. NO DEJARÉ QUE NADIE MUERA. NO PUEDO.
No capté todo. El ruido visual del campo de batalla interfería. Explosiones, destellos, cuerpos en movimiento. Pero el sentido era claro.
Ar se fue.
No caminó. No retrocedió.
Se lanzó de nuevo al frente con una violencia inhumana, saltando entre detonaciones, perdiéndose entre cuerpos y criaturas, como si huir de mí fuera tan urgente como seguir matando.
El hombre que sostenía a Itsuki retiró su casco. Su rostro estaba marcado por cicatrices profundas. Dijo algo inclinado hacia ella. El Alter no alcanzó a traducirlo. Itsuki se soltó y corrió hacia mí.
Me abrazó con fuerza.
Yo resistí.
No quería llorar. No ahí. No frente a todos. Pero el pecho me dolía, y no podía entender qué estaba pasando. ¿Por qué Ar no me quería cerca? ¿Por qué, si se suponía que él tenía las respuestas?
Itsuki me soltó.
Miré alrededor.
Entre humo, polvo y destellos, lo vi. A varios metros, junto al río desbordado, seguía luchando. La espada trazaba líneas imposibles. El agua se teñía de oscuro. La tierra se abría bajo cada impacto.
Solté la mano de Itsuki.
Vi advertencias en los gestos de los demás. Brazos extendidos. Bocas abiertas llamándome.
No importó.
Corrí.
Corrí entre cuerpos retorcidos, criaturas deformadas, restos que aún se movían. El hielo brotaba bajo mis pasos sin que yo lo ordenara. Las brasas me seguían como un rastro traidor.
Sabía que intentaban detenerme. Sabía que estaba mal.
Pero vine para detener esto. Y necesitaba respuestas.
Llegué hasta él.
Ar se giró. Apenas un instante.
El Alter tradujo, sin emoción:
VETE. NO NECESITO TU PODER.
Y aun así…
Su mirada no se apartó de mí.
Alguien más llegó.
No lo oí. Lo supe porque la niebla se abrió de golpe, empujada por una silueta que avanzó con urgencia. Una chica surgió entre el polvo y la bruma, moviéndose con la seguridad de quien ya ha cruzado demasiados frentes de batalla. Se detuvo en seco al verme.
Me miró.
Sus piernas temblaron. Apenas un instante, pero lo noté. Sus ojos recorrieron mi cabello, las brasas suspendidas en el aire, el hielo que aún no terminaba de derretirse bajo mis pies. Tragó saliva y giró bruscamente hacia Ar.
El Alter reaccionó tarde, saturado, pero aun así proyectó fragmentos incompletos frente a mí:
¿ESTÁS… COMPLETAMENTE SEG—?
No terminó.
Ar respondió de inmediato. No necesitó acercarse.
Su cuerpo ya estaba girando, como si la decisión estuviera tomada desde antes.
SÍ. ES UNA DE ELLAS. VÁMONOS. ESTAMOS EN SERIOS PROBLEMAS.
La chica abrió la boca para protestar. Dio un paso hacia él, cortándole el paso.
El Alter volvió a escribir, más rápido ahora, aunque con errores por la interferencia:
ES TARDE. KALINOV ENVIÓ TROPAS DESDE AYER. ALGUIEN YA SABE DE ELLA.
Ar se tensó.
Giró el rostro apenas hacia ella, lo suficiente para que yo pudiera leer la violencia contenida en su postura.
COMUNÍCATE CON EL PATROCINADOR. QUIERO SABER QUÉ CARAJOS ESTÁ PASANDO.
Luego, más brusco aún:
AHORA. Y DEJA DE MIRARLA.
La chica obedeció.
Llevó ambas manos a distintas partes de su traje y armadura. Tocó placas, sellos, cables ocultos. Algo vibró en el aire. No lo oí, pero lo sentí como una presión incómoda en la cabeza, como si algo rozara el interior del cráneo.
El Alter tradujo a trompicones lo que ella transmitía:
HAY UNA DIOSA. SÍ. UNA DIOSA. NO— NO ES MI CULPA. …OÍDO ONI…
La frase quedó inconclusa.
Esa palabra —Oni— quedó suspendida frente a mis ojos. No sabía qué significaba, pero algo en mí se tensó al verla. Como si el frío bajo mi piel reaccionara antes que mi mente.
Por primera vez desde que todo comenzó, sentí que debía seguirlos.
Acepté mi reflejo sin mirarlo. Acepté el fuego en mi cabello sin entenderlo. Di un paso hacia Ar.
Él se movió al mismo tiempo.
No me miró.
El Alter escribió con frialdad:
NO TENGO TIEMPO PARA ESTO.
Entonces apareció una palabra que el sistema no pudo procesar.
El texto parpadeó.
ERROR — LENGUAJE NO REGISTRADO “Skheilme”
No supe qué significaba.
Ar alzó el brazo.
El aire se partió.
Una ventisca brutal explotó desde su posición, empujándome hacia atrás sin tocarme directamente, como si el mundo mismo decidiera apartarme de su camino. Perdí el equilibrio y caí frente a Itsuki.
Ella estaba ahí.
Sus vendas, húmedas. Lágrimas escapando por debajo, silenciosas.
Detrás de mí, las dos personas comenzaron a correr para alcanzarnos. La chica gritó algo —no lo oí—, pero lo vi en la forma desesperada de su boca.
El Alter apenas alcanzó a mostrar una frase rota:
¿Y AHORA…?
La chica, aún dolorida, gritó algo hacia Ar —no lo escuché—, pero lo entendí por la desesperación en su boca y en sus manos abiertas.
El Alter apenas logró fijar una frase incompleta:
¿Y AHORA QUÉ…?
Ella volvió a llevarse la mano al oído, respiró hondo y luego bajó el brazo lentamente.
Entonces me miró.
La pregunta se quedó flotando dentro de mí.
¿Ahora qué?
No quería ser una carga. El cansancio me pesaba en los huesos, denso, sucio. Por un instante quise mandar a todos al demonio y desaparecer.
Pero giré el rostro.
El Alter me obligó a ver.
El río estaba detenido bajo capas de hielo sucio, y dentro de él la sangre se extendía como venas oscuras atrapadas en cristal. El campo exhalaba muerte: hierro, podredumbre, humedad vieja. Los árboles estaban enfermos, torcidos, cubiertos de una infección que los hacía parecer cadáveres aún de pie. El puente de piedra, carcomido y fracturado, se sostenía apenas entre ruinas, lodo y restos humanos.
Había fragmentos por todas partes.
Piernas. Brazos. Cuerpos que ya no eran cuerpos.
Entre la marea que corría sin orden, los Rems se asomaban como pequeñas sombras irreales, moviéndose sin entender, como si fueran los únicos testigos de un horror que no podía olvidarse. No gritaban. No lloraban. Solo miraban.
Sentí el pecho cerrarse.
No puedo, pensé. No puedo dejar que esto continúe.
El Alter me mostró a Itsuki.
Estaba de rodillas, el cuerpo doblado hacia el suelo, temblando. No escuché nada, pero no lo necesitaba. Su dolor era evidente. Parecía una plegaria muda, una rendición.
El recuerdo me golpeó sin permiso.
Aquel día. La palabra Oni formándose entre nosotros. El miedo. La confusión. El Dread.
Y aun así, la decisión de avanzar cuando todo indicaba que no debía hacerlo.
El mundo se ralentizó.
Observé a quienes aún permanecían de pie. Una de ellas me miraba con desprecio abierto. El Alter no tradujo palabras, pero el gesto bastó.
Bajé la vista.
El hielo bajo mis pies me devolvió mi reflejo.
No era Mei. Ya no.
Mi piel era demasiado blanca. Extraña. El cabello, casi plateado, se transformaba en fuego al llegar a las puntas. No ardía: existía. Las llamas se movían como si tuvieran intención, y de ellas se desprendían brasas que flotaban a mi alrededor. Las vi con claridad.
Mis ojos.
Violeta. Carmesí.
No reconocí a la persona que me devolvía la mirada.
Levanté el rostro hacia el lugar por donde Ar había desaparecido.
Una palabra se dibujó en el Alter sin explicación:
Skheilme.
No entendí.
El mundo respondió por mí.
El aire se rompió. El suelo se congeló en un instante. Una tormenta helada me envolvió sin aviso, arrancándome del lugar, desgarrando el espacio como si fuera frágil.
Y de pronto…
Estaba frente a él.
Ar.
Muy cerca.
Se giró.
Su postura cambió de inmediato. La armadura estaba cubierta de carne viva, como si algo debajo hirviera, pulsara, empujara contra el metal. El Alter captó el movimiento, la tensión, la sorpresa.
Se quedó inmóvil.
Yo pensé, con una claridad aterradora:
Llegué.
No escuché mi voz. Pero mi cuerpo habló.
El Alter proyectó mi intención, cruda, directa, imposible de ignorar:
NO VINE AQUÍ A SER RECHAZADA. NO PUEDO PERDER OTRA VEZ.
El hielo crujía. El fuego danzaba en mi cabello. La guerra seguía respirando a nuestro alrededor.
Y esta vez, no quiero retroceder.
Ar siguió combatiendo de forma brutal.
No escuché el estruendo, pero el Alter me lo tradujo en impactos: vibraciones en el suelo, picos de energía, rupturas violentas en el aire. Desde el río comenzaron a surgir más criaturas, atravesando el bosque enfermo, desgarrando raíces y troncos podridos a su paso.
Cuando intenté gritar, el Alter proyectó mi impulso como una onda muda.
Entonces ocurrió.
Más allá de la niebla, una sombra se alzó.
La tierra crujió. El suelo tembló con una violencia lenta y pesada. El olor a putrefacción se volvió insoportable, tan denso que casi podía verse.
Aquella presencia avanzó, y algo cambió.
Las criaturas comenzaron a atacarse entre ellas, de manera frenética, sin control, como si la mera existencia de esa sombra las hubiera vuelto locas. Se despedazaban, se abalanzaban unas contra otras, chillando en gestos que el Alter apenas lograba registrar.
Ar se detuvo.
Giró el cuerpo hacia el horizonte. Su rechazo fue inmediato, absoluto.
El Alter escribió sobre mi visión, seco, cortante, como una orden grabada a cuchillo:
VETE. LOS CELESTES SOLO TRAERÁN MUERTE. VETE…
Las palabras dolieron. Pero no más que la ignorancia. No más que no entender nada. No más que aceptar la existencia de los Rems, verlos correr entre cadáveres, ver morir a más personas en ese campo sin sentido alguno.
Mis ojos se llenaron de lágrimas antes de que pudiera detenerme.
Di un paso al frente.
Mis manos temblaron. El Alter captó mis gestos torpes, urgentes, y intente hablar con claridad:
¿POR QUÉ…? YO… SOLO QUIERO AYUD—
No terminé.
Ar se volvió de golpe. La violencia de su movimiento fue peor que cualquier grito. Su figura estaba cubierta de restos de carne viva, su armadura parecía hervirle encima, y aun así, lo que más pesó fue su mirada fija sobre mí.
El Alter volvió a activarse, ahora más agresivo, casi hostil, como si sus palabras fueran lanzadas para herir:
NO TE NECESITO. LOS DIOSES SON UN LASTRE. TODO LO QUE TOCAN SE PUDRE.
Sentí el golpe en el pecho.
No fue solo rechazo. Fue desprecio. Fue miedo disfrazado de odio.
Mis labios se abrieron sin sonido alguno. El Alter no encontró palabras esta vez. Solo registró mi respiración rota, mis manos cayendo lentamente, mi mirada quebrándose mientras el campo seguía ardiendo detrás de él.
Y aun así, incluso ahí, frente a su odio, supe algo con una claridad dolorosa:
No me iba a ir.
Entonces el cielo se rasgó.
Un Aragón se levantó.
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