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Continuación del capítulo 8.1

Vi a aquella pequeña niña jugar sobre un lago congelado.

Hermosa.

Frágil.

Rodeada de hadas que revoloteaban entre destellos suaves y pequeños entes voladores que solo podría describir como criaturas mágicas y fantásticas, seres imposibles que parecían hechos de luz, escarcha y sueños.

Todo era tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Como si aquel recuerdo perteneciera al fragmento de un pensamiento perfecto lleno de ligereza y alegría, mirando a la niña reir mientras buscaba las flores de escarcha entre el lago helado.

La voz de la Arconte irrumpió de pronto.

Por primera vez desde que la historia había comenzado, su tono se quebró por la sorpresa.

—Fue entonces… cuando todo cambió.

Y el mundo respondió a sus palabras.

Las sombras que nos rodeaban se deformaron violentamente mientras la escena entera se transforma frente a nosotros.

El lago.

El hermoso lago congelado.

Se cuarteó.

Un sonido profundo y desgarrador atravesó el aire, como si el propio invierno acabara de romperse desde sus entrañas.

La pequeña niña se detuvo en seco.

Sus ojos se abrieron llenos de miedo.

Y lentamente llevó ambas manos hacia su pecho, como si algo invisible acabara de atravesarla.

Las criaturas que la acompañaban reaccionaron de inmediato.

Las hadas comenzaron a revolotear desesperadas a su alrededor mientras aquellos pequeños seres de luz tiraban de sus ropas con toda la fuerza que sus diminutos cuerpos podían reunir.

Intentaban arrastrarla.

Alejarla del lago.

Hacerla correr.

La niña tropezó entre la nieve, asustada, mirando una y otra vez detrás de ella mientras el hielo continuaba resquebrajándose bajo sus pies.

El viento ya no danzaba con dulzura.

Ahora gritaba.

Y por primera vez desde que aquella historia había comenzado…

El invierno dejó de sentirse como un refugio.

Cuando vi lo que se dibujó en el rostro de la pequeña, la Arconte me interrumpió de golpe.

—¿Lo ves?

Su voz ya no contenía aquella ligereza juguetona.

Ni una pizca.

Era seria.

Tan seria que por un instante podría haber jurado que estaba molesta.

Sus ojos permanecieron fijos en la escena mientras señalaba a la niña.

—Observa con atención.

Las proyecciones continuaron su curso de manera casi natural, como si la propia historia se negara a detenerse.

La pequeña corría.

Lágrimas silenciosas descendían por sus mejillas mientras las hadas revoloteaban agitadas a su alrededor, emitiendo destellos frenéticos y desesperados.

El hielo seguía crujiendo bajo sus pies.

Cada paso era acompañado por el gemido profundo del lago que se resquebrajaba.

La niña corría de un lado a otro buscando una salida.

Un refugio.

Cualquier lugar seguro.

Pero no existía ninguno.

Más allá de la niebla que limitaba su visión solo se extendía el mismo lago interminable.

El mismo hielo.

La misma condena.

No había orilla.

No había camino.

Solo una inmensa extensión blanca que parecía prolongarse hasta el infinito.

Y entonces el horror se hizo aún mayor.

Más allá de la niebla, el bosque comenzó a arder.

Llamas inmensas devoraban los árboles antiguos mientras columnas de humo se elevaban hacia el firmamento.

El fuego rugía.

El hielo se rompía.

Y entre ambos, la pequeña criatura corría aterrorizada.

Sin mirar atrás.

Sin atreverse siquiera a volver la cabeza.

Los gritos llenaban el aire.

Gritos lejanos.

Dolor.

Desesperación.

Voces que parecían provenir de todas partes y de ninguna al mismo tiempo.

Las cenizas comenzaron a elevarse arrastradas por el viento.

Miles de fragmentos negros cubrieron el cielo como una tormenta oscura.

Poco a poco borraron las estrellas.

Después ocultaron la luz.

Y finalmente oscurecieron el propio tiempo, como si el mundo entero estuviera siendo devorado por una noche prematura.

La nieve dejó de parecer nieve.

Ahora era una mezcla de hielo, ceniza y muerte.

La niña tropezó.

Se levantó.

Volvió a correr.

Sus pequeños pulmones luchaban por respirar mientras las lágrimas seguían cayendo por su rostro.

Las hadas gritaban a su alrededor.

Las criaturas de luz tiraban de sus ropas intentando guiarla.

Intentando salvarla.

Pero ni siquiera ellas parecían saber hacia dónde debían huir.

Porque el incendio avanzaba.

Porque el lago moría bajo sus pies.

Al verla correr de aquella manera, tan pequeña, tan aterrorizada, algo dentro de mí se quebró.

No podía seguir observando.

No podía permanecer inmóvil mientras aquella niña huía de un mundo que parecía derrumbarse a su alrededor.

Me lancé hacia ella.

Sin pensarlo.

Sin importar que aquello fuera una historia.

Sin importar que solo fueran recuerdos.

O quizá precisamente por eso.

Pero apenas di el primer paso, la Arconte apareció frente a mí.

De inmediato.

Como si hubiera estado esperando que hiciera exactamente eso.

Su mano se cerró sobre mi brazo y me obligó a detenerme.

Por primera vez desde que la conocía, no había rastro de humor en su expresión.

Ni calidez.

Ni travesura.

Solo seriedad.

Una seriedad tan absoluta que incluso el incendio y los gritos parecieron apagarse por un instante.

—¿Estás segura de esto?

Su voz fue baja.

Firme.

—Serás responsable de meterte donde no te llaman.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Si cruzas esa línea, dejarás de ser una espectadora.

El lago volvió a crujir.

Las llamas rugieron a lo lejos.

Y la niña gritó.

Un sonido desgarrador.

Pequeño.

Asustado.

Eso fue suficiente.

Aparté mi brazo.

No respondí.

Ni siquiera escuché el resto de sus advertencias.

Toda mi atención estaba puesta en aquella pequeña figura que corría entre el humo, las cenizas y el hielo que se rompía bajo sus pies.

Y entonces corrí.

Corrí a través del lago congelado mientras las grietas se extendían a mi alrededor.

Las hadas me vieron acercarme.

Sus diminutos rostros reflejaron sorpresa.

Confusión.

Incluso miedo.

Como si no comprendieran qué era yo ni cómo había aparecido allí.

La niña tampoco me vio hasta el último momento.

Tropezó.

El hielo cedió bajo uno de sus pies.

Su cuerpo se inclinó hacia adelante.

Y durante un instante pareció inevitable que desapareciera bajo las aguas negras que comenzaban a abrirse bajo la superficie.

Pero llegué a tiempo.

Me lancé hacia ella.

Y logré sostenerla.

La abracé antes de que pudiera caer.

Sus pequeñas manos se aferraron a mi ropa de manera desesperada.

Temblaba.

Todo su cuerpo temblaba.

El frío, que hasta entonces había sido parte de la historia, se volvió real.

Dolorosamente real.

Sentí el hielo morder mi piel.

Sentí el viento cortarme el rostro.

Y sentí las lágrimas de la niña empapar mis ropas mientras se aferraba a mí como si yo fuera la última cosa firme que quedaba en aquel mundo.

A nuestro alrededor, las hadas revoloteaban agitadas.

Algunas parecían sorprendidas.

Otras observaban con una mezcla extraña de esperanza y desconcierto.

Como si jamás hubieran contemplado algo semejante.

Como si alguien hubiera entrado en un recuerdo que nunca debió ser tocado.

Levanté la vista.

La Arconte seguía allí.

De pie sobre el hielo.

Observándonos.

No dijo nada.

No intentó detenerme otra vez.

Simplemente miraba.

Con una expresión imposible de descifrar.

Detrás de ella, el bosque ardía.

Las llamas devoraban los árboles mientras columnas de humo ennegrecían el cielo.

Los gritos seguían resonando en la distancia.

El lago continuaba partiéndose bajo nuestros pies.

Y aun así...

Por un breve instante.

Solo por un instante.

Toda aquella tragedia pareció reducirse a una única escena.

Una niña llorando entre mis brazos.

Las hadas revoloteando a su alrededor.

Y una Arconte silenciosa contemplando algo que quizá no esperaba ver.

Porque entre el llanto, la desesperación y la tristeza...

Eru bajó la mirada hacia la pequeña que temblaba entre sus brazos.

Y entonces la reconoció.

No por su rostro.

No por sus ojos.

Sino por aquella sensación imposible de ignorar..

Mucho tiempo atrás.

Tan pequeña.

Tan indefensa.

Tan sola.

El descubrimiento le golpeó el pecho con una fuerza devastadora.

La niña se aferraba a ella con desesperación, ocultando el rostro contra su cuerpo mientras los sollozos sacudían sus hombros.

No había orgullo.

No había fortaleza.

No existía la imagen heroica que uno construye de sí mismo con el paso de los años.

Solo una criatura aterrorizada.

Un alma desnuda.

Expuesta.

Herida.

Abandonada ante un mundo que se derrumbaba a su alrededor.

Eru sintió cómo algo dentro de ella se rompía.

Porque aquella niña no necesitaba una salvadora.

No necesitaba una heroína.

Necesitaba un abrazo.

Necesitaba que alguien le dijera que podía llorar.

Que podía tener miedo.

Que no tenía que enfrentar sola el fin de su mundo.

Y por eso no la soltó.

Ni siquiera cuando el lago volvió a crujir bajo ellas.

Ni siquiera cuando enormes grietas comenzaron a extenderse por el hielo.

Ni siquiera cuando el agua oscura emergió desde las profundidades.

Simplemente la sostuvo con más fuerza.

Como si estuviera intentando proteger una parte olvidada de sí misma.

A pocos metros de distancia, la Arconte observaba la escena.

Y para sorpresa de Eru, aquella extraña criatura revoloteaba de un lado a otro con una sonrisa que oscilaba entre la fascinación y el asombro.

Miraba las grietas.

Miraba a las hadas.

Miraba el incendio.

Miraba a Eru.

Como si estuviera contemplando algo que jamás había ocurrido.

Algo que ni siquiera ella esperaba.

—Imposible... —susurró para sí misma.

Entonces ocurrió.

El mundo permitió aquello.

El tiempo se detuvo.

No de forma abrupta.

Sino como si alguien hubiera suspendido el latido mismo de la realidad.

Las llamas dejaron de moverse.

Las cenizas quedaron inmóviles en el aire.

Las olas bajo el hielo dejaron de agitarse.

Incluso los gritos se desvanecieron hasta convertirse en un eco lejano.

Solo existía el silencio.

Y Eru.

La transformación comenzó dentro de su propia conciencia.

Primero sintió el calor.

Una calidez extraña naciendo desde el centro de su pecho.

Después, sus cabellos comenzaron a elevarse lentamente.

Las puntas se encendieron como fuego fatuo.

No ardían.

Brillaban.

Pequeñas chispas escapaban de ellas cada vez que rozaban el aire, como si una brasa eterna caminara junto a cada hebra.

Su reflejo apareció sobre el hielo roto.

Y lo que vio no era ella.

Sus ojos adquirieron un profundo tono carmesí.

Pero no era únicamente el color.

Era la mirada.

Antigua.

Inhumana.

Hermosa.

Y, aun así, profundamente amable.

Las pestañas se volvieron más largas.

Su cabello adquirió matices cenicientos y blancos, semejantes a la nieve recién caída.

Sus orejas se afilaron.

Su piel palideció hasta alcanzar una perfección casi imposible.

Sus facciones se volvieron más delicadas.

Más elegantes.

Más maduras.

El cuerpo de una mujer adulta emergió donde antes se encontraba una joven.

No era una transformación nacida del poder.

Parecía una revelación.

Entonces algo la envolvió.

Escarcha.


 
 
 

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