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Continuación del capítulo 8.3

El aire cambió.

El frío se volvió tangible.

El viento golpeó nuestros rostros.

El hielo bajo nuestros pies dejó de ser una imagen y comenzó a quebrarse con fuerza bajo nuestro peso.

En el instante exacto en que todo ocurrió.

Las llamas del bosque se extendieron por el horizonte.

Y desde el lago oscuro comenzaron a levantarse figuras.

Sombras.

Pero no eran simples sombras.

Eran los restos de aquellos que habían quedado atrapados en la destrucción.

Los ecos de los muertos.

Criaturas formadas de fuego oscuro y ceniza que emergían entre el hielo roto como un ejército nacido de la tragedia.

El viento aulló.

La ventisca arrastró nieve y cenizas mezcladas.

Las grietas del lago crecieron rápidamente.

La Arconte reaccionó.

Su expresión cambió de inmediato.

—Tenemos que movernos.

Me tomó del brazo.

—Ahora.

Su tono no dejaba espacio para discutir.

Mientras corríamos, intentaba explicarme entre el estruendo de la destrucción.

—Eru, aquello que ustedes llaman estrellas fugaces...

Señaló el cielo.

Allá arriba, luces atravesaban la oscuridad.

Cientos de fragmentos ardientes descendían sobre el mundo.

—No son estrellas.

El cielo rugió.

Aquellas luces no eran hermosas.

Eran desastres cayendo.

—Cuando Sol llegó al planeta, su nave chocó contra el Halo.

La Arconte hablaba rápido.

Como si cada segundo perdido pudiera cambiar la historia.

—El Coloso... la nave donde viajaban.

Las imágenes comenzaron a formarse alrededor.

Una gigantesca estructura atravesando el espacio.

Una máquina imposible.

Una ciudad flotante perdida entre mundos.

Su voz se volvió más oscura.

—Intentaron atravesar el Halo del planeta.

Pero no sobrevivieron.

La nave se deshizo.

Fragmento tras fragmento.

Y cayó envuelta en fuego.

Los cielos se llenaron de restos ardientes.

Los océanos se agitaron.

El mundo entero comenzó a romperse.

—La gente solo intentaba sobrevivir...

La Arconte bajó la mirada.

—Y cuando la desesperación aparece, incluso las criaturas más nobles olvidan quiénes son.

El fuego iluminó los rostros aterrados alrededor.

—Muchos dejaron de respetar a los demás.

—Muchos hicieron cosas terribles solo para seguir existiendo.

Entonces me miró.

Seria.

Completamente seria.

—Pero hay algo que jamás debió ocurrir.

Señaló a la niña.

El lago se rompió.

No como un cristal.

Como si una estructura invisible debajo de nosotros hubiera dejado de sostener la realidad.

El hielo se abrió con una violencia brutal.

Las placas enteras se separaron unas de otras, elevándose y cayendo mientras el fuego del bosque se reflejaba en las grietas.

La niña gritó.

Las criaturas alrededor de ella intentaron sujetarla.

Las hadas agitaban sus alas desesperadas, tirando de sus ropas, buscando llevarla lejos.

Pero no había dónde correr.

El lago entero se estaba abriendo.

Era ser arrastradas hacia algo que había estado oculto bajo la superficie.

El agua nos envolvió.

Fría.

Oscura.

Profunda.

Durante unos segundos solo existió el miedo.

La sensación de estar desapareciendo.

De haber perdido el cielo.

De haber perdido la tierra.

Pero entonces...

El agua cambió.

La oscuridad dejó de ser oscuridad.

Y alrededor de nosotras apareció algo imposible de describir.

No era un lago.

No era un océano.

Era como estar dentro de un espacio extendido en todas direcciones.

Un lugar donde las profundidades no iban solamente hacia abajo, sino hacia todos los lados.

Como si el agua hubiera construido un cristal.

Una figura que la mente intentaba comprender, pero que los sentidos apenas podían seguir.

El agua parecía formar paredes invisibles.

Caminos que se doblaban sobre sí mismos.

Distancias que cambiaban cuando intentabas mirarlas.

Era como si estuviéramos dentro de una estructura hecha de luces.

Las caústicas del agua se extendieron por aquel espacio imposible.

Miles de reflejos atravesaron las dimensiones líquidas.

Colores que no parecían pertenecer a ningún cielo.

Azules profundos.

Dorados vivos.

Fragmentos de luz que parecían pequeñas galaxias atrapadas dentro de gotas.

Y cada brillo mostraba algo.

Un momento.

Una posibilidad.

Un recuerdo.

La vida de la niña.

La vi correr.

La vi llorar.

La vi esconderse del fuego que caía desde su propio cielo.

Vi sus primeros pasos.

Sus miedos.

Sus sonrisas.

Sus días junto a aquellas criaturas.

Todo estaba allí.

No detrás.

No adelante.

Alrededor.

Una inmensa estructura donde cada instante ocupaba un lugar.

La Arconte permanecía inmóvil.

Sin palabras.

Incluso ella parecía pequeña dentro de todo aquello.

Estábamos viendo la forma en que una vida completa podía existir.

Entonces la niña comenzó a cambiar.

Su pequeño cuerpo flotaba dentro de aquel espacio líquido.

Su cabello se movía lentamente como hilos de plata bajo el agua.

Sus manos crecieron.

Su rostro cambió.

Su mirada maduró.

El tiempo pasó sobre ella con una delicadeza imposible.

No como una tormenta.

Como una caricia.

La vi convertirse en una joven.

Una joven hermosa.

Y algo en ella hizo que mi respiración se detuviera.

Porque no solo había cambiado.

Se había revelado.

Era como mirarme a mí misma en un reflejo que venía de otro momento.

Sus ojos.

Su expresión.

La forma en que observaba aquel mundo.

Había algo familiar.

Algo profundamente mío.

Como si el universo hubiera repetido una misma melodía en dos vidas diferentes.

La joven abrió los ojos.

Y me miró.

Sorprendida.

Confundida.

Como si ella también pudiera sentir que algo imposible estaba ocurriendo.

A nuestro alrededor, las criaturas siguieron cambiando con ella.

El agua las transforma.

Las luces las acompañaban.

El  líquido comenzó a colapsar lentamente.

Las formas imposibles se cerraron.

Y antes de que todo desapareciera...

Una mano atravesó aquella realidad líquida.

Nos encontró.

Nos tomó.

Y nos arrastró hacia la superficie.

No recuerdo cuándo dejé de caer.

No recuerdo el instante exacto en que abandoné aquel océano imposible de luz.

Solo recuerdo la sensación de una mano.

Una fuerza que atravesó aquella profundidad imposible y me tomó.

No con violencia.

No con desesperación.

Como si hubiera sabido exactamente dónde encontrarme.

El agua se abrió.

La presión desapareció.

Y volví a respirar.

Pero cuando abrí los ojos...

No regresé al mismo mundo que había dejado.

La niebla cubría todo.

No era una simple bruma.

Una capa espesa que envolvía la ciudad como si intentara ocultar sus heridas.

El cielo estaba allí...

Pero apenas podía verlo.

Las antiguas luces que alguna vez habían decorado Leim brillaban con dificultad entre la neblina, como estrellas atrapadas detrás de un velo.

Era extraño.

Porque sabía dónde estaba.

Pero al mismo tiempo parecía que estaba viendo una versión de la ciudad que nunca había conocido.

Leim.

La ciudad de magia.

La ciudad donde cada calle parecía guardar una historia.

Donde los caminos de piedra estaban llenos de voces, mercados y criaturas imposibles.

Ahora estaba inundada.

Los antiguos senderos habían desaparecido bajo aguas tranquilas.

Los puentes se elevaban como restos de una era olvidada.

Los edificios más hermosos apenas emergían entre corrientes silenciosas.

El agua recorría las calles como si siempre hubiera pertenecido allí.

Y la joven salió del agua. Mire mi propio reflejo con el asombro de una infante que se mira por primera vez en el agua calma.

El vapor se elevó alrededor de ella.

Las gotas brillaban sobre su piel.

El lago estaba tranquilo.

Las criaturas jugaban cerca.

Y frente a nosotras...

Ar esperaba.

Observando a la joven.

Como si también estuviera contemplando la respuesta a una pregunta que nadie se había atrevido a formular.

Y aunque mi corazón aceleraba...

No sentí el mismo miedo que antes.

Después de todo lo que había visto, ya no podía fingir que el mundo era sencillo.

Algo había ocurrido.

Algo que iba más allá de un sueño.

Más allá de un recuerdo.

Más allá de mí.

Respiré lentamente.

Intentando ordenar mis pensamientos.

Entonces sentí movimiento frente a mí.

Ar.

Como si el caos, el tiempo y las profundidades no hubieran logrado separarlo de nosotros.

Su armadura seguía siendo intimidante.

Oscura.

Antigua.

Casi como una reliquia de una guerra que nadie recordaba.

Su casco ocultaba su rostro.

Pero esta vez...

No sentí que estuviera frente a una amenaza.

Había algo diferente.

Una quietud.

Una calidez escondida detrás de aquella figura imposible.

Y eso era lo que más me inquietaba.

Porque ya no sabía qué cosas debían darme miedo.

Las sombras.

El fuego.

Los recuerdos.

¿O aquello que parecía imposible y aun así me resultaba familiar?

Las pequeñas criaturas aparecieron alrededor.

Las mismas que había visto en aquel lago.

Sus luces flotaban entre la niebla.

No como fantasmas.

Como guardianes.

Me rodearon lentamente.


 
 
 

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