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Continuación del capítulo 8.4

Y mientras sus destellos iluminaban el agua, sentí la escarcha sobre mi piel.

Pero no dolía.

No era frío.

Era una sensación extraña.

Como una protección.

Como si aquel mundo me estuviera reconociendo.

Di un paso.

El agua reflejó mi movimiento.

Y entonces vi mi rostro.

Me quedé inmóvil.

Porque algo había cambiado.

No era solamente mi apariencia.

Era la forma en que miraba.

La forma en que sostenía mi propio miedo.

Mis facciones seguían siendo las mías.

Pero había algo nuevo.

Mis orejas.

Mi mirada distinta.

Me toqué el rostro con cuidado.

No por sorpresa.

Sino intentando aceptar aquello que ya sabía.

El lago no me había devuelto igual.

La niña que había corrido desesperada intentando salvar a otra niña ya no estaba allí.

Seguía siendo yo.

Pero algo dentro de mí había crecido.

La niebla se movió.

Y desde las calles inundadas comenzaron a aparecer luces.

Voces.

Criaturas caminando entre las sombras.

Leim seguía viva.

Solo que ahora era una Leim que había sobrevivido a algo que yo todavía no comprendía.

Miré hacia Ar.

Él permanecía observándome.

Esperando.

Como si supiera que tarde o temprano tendría que enfrentar esa pregunta.

No "qué era aquel lugar".

No "por qué había cambiado".

Sino algo mucho más difícil:

¿Quién era yo ahora?

El viento recorrió la ciudad.

La niebla se abrió un instante.

Y pude ver el reflejo del cielo sobre el agua.

Un cielo que parecía infinito.

Un mundo que había perdido y encontrado al mismo tiempo.

Tal vez la realidad no siempre cambiaba para engañarnos.

A veces cambiaba...

Porque nosotros también cambiábamos con ella.

El mundo volvió a quedarse en silencio.

No de golpe.

Fue más extraño que eso.

Primero desaparecieron los ecos.

Después las voces lejanas.

Después el sonido del agua.

Hasta que solo quedó ese vacío conocido.

Mi vacío.

Mi realidad.

Parpadeé lentamente.

Y entonces comprendí.

Había vuelto.

Mi mano fue hacia mi oído por instinto.

El miedo no llegó como antes.

Ya no era aquella niña que no entendía lo que ocurría a su alrededor.

Pero la sensación seguía ahí.

Ese pequeño golpe en el pecho al recordar que el mundo podía volverse completamente silencioso en cualquier momento.

Vi a Ar frente a mí.

Estaba diciendo algo.

Lo sabía.

Podía verlo.

Pero no podía escucharlo.

Me quedé mirándolo, intentando leer sus gestos, intentando encontrar alguna señal.

—¿Itsuki...?

Mi voz salió baja.

Débil.

Pero firme.

Busqué a mi alrededor.

Entre el agua.

Entre la niebla.

Entre las ruinas de aquella ciudad inundada.

No estaba.

El pensamiento me atravesó.

No podía perderlo también.

Así que miré nuevamente a Ar.

Intenté preguntar.

No sabía si me entendía.

No sabía si mis palabras tenían sentido.

Pero aun así lo intenté.

—Itsuki... ¿dónde está?

Ar no respondió.

O quizá sí.

Pero yo no podía saberlo.

Entonces levantó lentamente la cabeza.

Su figura avanzó entre el agua.

Cada paso provocaba pequeñas ondas alrededor.

Su armadura seguía pareciendo algo salido de una pesadilla antigua.

Su espada descansaba en su mano.

Y por un instante...

Mi cuerpo recordó.

Recordó al niño con la espada de madera.

Recordó el miedo.

Recordó el fuego.

Recordó la sensación de estar frente a algo demasiado grande para comprenderlo.

Mi respiración se detuvo.

Pero esta vez no retrocedí.

Porque ahora podía verlo.

No como una amenaza.

Sino como alguien intentando acercarse.

Ar llegó hasta mí.

Se detuvo.

Después bajó su espada.

Y lentamente la clavó en el suelo inundado.

El metal atravesó el agua tranquila hasta encontrar la piedra debajo.

El sonido no llegó a mí.

Pero pude sentir la vibración.

Entonces se arrodilló.

Frente a mí.

La misma figura que había causado tanto temor...

Ahora estaba intentando hacerse más pequeña.

Más cercana.

Sus manos comenzaron a moverse.

Al principio no entendí.

Parecía buscar una forma.

Una manera.

Como alguien intentando hablar un idioma que nunca había usado.

No quería desesperarme.

No quería volver a sentirme indefensa.

Había cambiado.

Había visto demasiado.

Pero aun así...

Había recuerdos que no desaparecían.

La niña en el hielo.

El fuego cayendo del cielo.

El lago quebrándose.

Todo regresaba como una sombra.

Ar lo notó.

Y entonces hizo algo inesperado.

Tomó mi mano.

Con cuidado.

Sin fuerza.

Sin obligarme.

La llevó hacia él.

Hacia su pecho.

Sentí el movimiento.

La vibración.

La presencia.

No necesitaba escuchar.

No necesitaba palabras.

Porque entendí.

Su corazón estaba ahí.

Su vida.

Su intención.

No era una amenaza.

Mis ojos hablaron sin preguntarme, y las lágrimas comenzaron a recorrer mi rostro.

Porque recordé.

El sueño.

La niña.

El niño.

La espada.

La promesa.

Todo.

Aquello que había visto no era una historia perdida.

Era algo que había estado esperando que yo pudiera entender.

Miré a Ar.

No intenté descifrarlo.

No intenté temerle.

Simplemente lo reconocí.

Así que cerré los ojos con fuerza.

No para escapar.

No para desaparecer.

Esta vez no quería huir de aquello que había visto.

Quería volver a entrar.

Quería hundirme otra vez en aquellos recuerdos.

Atravesar las capas del tiempo.

Dejar que aquel extraño océano me envolviera sin miedo.

Porque ahora sabía que no todo lo que se encuentra en la oscuridad está ahí para destruirnos.

A veces hay cosas esperando ser comprendidas.

Me dejé caer dentro de mi propia conciencia.

Y entonces lo escuché.

Claro.

Más claro que cualquier sonido que hubiera escuchado antes.

Una voz.

Una voz que pertenecía a un recuerdo que había permanecido escondido.

—El secreto de un guerrero...

La voz de Soleil.

Suave.

Firme.

Como si hablara desde un lugar más allá del tiempo.

—No es una espada mágica.

—Ni una armadura legendaria.

Hubo un silencio.

—El secreto...

—Es mantenerse de pie.

Abrí los ojos.

Y el mundo seguía allí.

La niebla.

El agua.

La ciudad hundida.

Pero algo dentro de mí ya no era igual.

Frente a mí estaba Ar.

De pie.

No como una sombra.

No como una amenaza.

No como la figura que había perseguido mis pesadillas.

Sino como lo que siempre había sido.

El guerrero que permaneció cuando todo lo demás cayó.

El que cargó con el peso de mundos que no podía salvar.

El que siguió avanzando incluso cuando nadie lo veía.

Mi mirada recorrió su armadura.

Sus heridas.

Su silencio.

Y entonces entendí. No era que nunca hubiera estado perdido.

Era que nunca había dejado de buscar el camino.

Y yo tampoco.

Habíamos atravesado fuego.

Recuerdos que no sabíamos si eran nuestros.

Pero al final...

Nos habíamos encontrado.

Ar seguía frente a mí.

Y esta vez no sentí miedo.

Solo una certeza. Una certeza tranquila.

Algunas personas no permanecen porque sean invencibles.

Permanecen...

Porque incluso después de caer...

Eligen levantarse.

Y allí estaba él.

El mismo Ar.

El que nunca me abandonó.

El que siguió ahí.

Esperando.

Hasta que finalmente pude volver a verlo

Porque algunas cosas no necesitan sonido para ser escuchadas.


 
 
 

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