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Los Ecos del Mar.

Se presenta como una fuerza dual que simboliza tanto la vida y la conciencia como la muerte, el caos y la melancolía, representando la inmensidad y la vulnerabilidad humana.


Prólogo. 


La esperanza para la primavera en el invierno escarlata... 

¿Adónde va un ave que no puede volar?

En todo mi tiempo dentro de este lugar, jamás dejé de preguntármelo.

¿Qué haría si llegaba el día en que un golpe me arrancara una de mis alas?

El presente era un cúmulo de cosas nuevas,una realidad construida sobre los escombros de tantos mundos y sus secretos.

El tiempo empezó a devorarnos mientras mi sonrisa nublaba mi juicio.

Abrí mis alas y volé: recorrimos el mundo, y con él… nada parecía afectarme.

Nada perturbaba los planes ni los descubrimientos que observábamos, incrédulos,dos jóvenes que creían que nada podía tocarlos.

Hasta que el juicio de otros se volvió envidia.

Y con la envidia llegó el coraje.

Fue entonces cuando me entregué a la insensatez… cuando olvidé mi promesa, mientras él, una vez más, trabajaba a mi lado sin pedir nada a cambio. 

Todo comenzó en oscuridad. Una oscuridad inmensa, como un mar negro: denso, intranquilo, picado.

Solo podía significar tormenta, revolución.

Un mar que no deja ver la luz del sol, espeso como la niebla que te sacude de un lado a otro, que golpea, hiere y te obliga a retroceder.

La respiración se convierte en un deseo efímero entre el vaivén de la guerra y un oleaje que huele a sangre y muerte.

Persigues la ola que parece más segura sin ver la sombra que arrastra en su retroceso.

Mi mirada estaba fija en la abominación, aunque todo a mi alrededor se cerraba.

La sensación de estar soñando crecía, pero la oscuridad tenía demasiado sentido para ser solo una pesadilla.

Bajo el inmenso velo de las alas de un dragón que cubría cualquier camino y que ni el filo de la espada podía cortar, la batalla se sentía injusta.

¿Cuánta gente había sufrido por el capricho de esta noche eterna?

¿Cuánta confusión? Tenía que tomar un papel en todo aquello, suponer que lo correcto era contener el ataque, impedir que la ola se llevara más vidas.

Criaturas que solo conocías en pesadillas acechaban mis pasos como reflejos de desesperación y horror… hasta comprender que nadie saldría ileso.

La única forma era pelear.

Pelear y avanzar, hasta que un rayo de luz dijera: corre.

Navegar entre la mugre, la sangre y el aceite, sin detenerme, hasta perder de vista la razón detrás de la rabia, del estrés, del coraje.

El rostro de la joven era un espejo de tristeza y enojo, mientras su cuerpo comenzaba a confundirse con la densa oscuridad que la devoraba.Era como si dos enormes manos surgidas del abismo intentaran ahogarla, apretándola, estrangulándola hasta borrarla por completo.

Sus palabras temblaban, pero en ellas ardía la ira. —Sabes que no puedo rendirme… no caeré hoy. No aquí. No ante esto.

Eru, hermosa incluso cubierta por la inmundicia de aquella tormenta, luchaba por sostenerse entre las olas negras.Cada vez parecía más pequeña, más hundida, y aunque su voz seguía cargada de coraje, el propio eco de su grito se perdía en aquella marea que la ensordecía.

A punto de inclinarse, se negaba a postrar la cabeza, mientras dos siluetas —parecidas a manos deformes— se cerraban a su alrededor sin dejarle un respiro.

—No importa cuánto lo intentes… resistiré y saldré. Yo no puedo perder. No puedo rendirme. Seguiré luchando.

Dentro de la oscuridad que la rodeaba se movían figuras, siluetas descompuestas, casi humanas, casi muñecas.Sus gestos antinaturales y torcidos formaban criaturas de múltiples extremidades, como títeres colgados de hilos invisibles. Danzaban y se abalanzaban en hordas, aplastando su voz, sofocando su ilusión,cubriéndola como un manto de pesadilla que no daba tregua.

—No puedo rendirme… —jadeó—. Debo seguir peleando, aunque me falte el aire. Aunque mis ojos se cierren, debo resistir. Debo encontrar una salida… porque aquí no puede ser el final. Yo… no puedo perder.

Y entonces, entre la marea negra, algo relució.

No era luz, sino voluntad.Una silueta valiente y gallarda, imbatible en batalla,como el destello preciso de una hoja afilada: alabarda, hacha o espada—no importaba la forma, porque el espíritu era el mismo.

Resplandecía magnánima entre la mugre, el aceite y la sangre,abriendo un sendero con cada corte,desgarrando el oleaje oscuro con llamas de plata que fracturaban la tormenta.

Él avanzaba, desafiando la guerra y su destino maldito,retando las reglas que exigían renunciar.

Nunca estuvo dispuesto a abandonarla.Ni siquiera ante la ferocidad,ni ante la incertidumbre,ni ante aquello que parecía tragarse el mundo entero.

La singularidad devora todo lo que alguna vez fue vida:lo preciado, lo valioso, lo frágil. Es una materia que transforma quimeras, y no existe escapatoria.

Veo a todos correr. Mi vista se nubla. Estoy cansada, agotada. El tiempo parece avanzar más rápido que mi propio latido. El mar agitado me traga en su oscuridad,y el olor a sangre es tan intenso que provoca náuseas.

El zumbido en mis oídos es un trueno constante; no me deja escuchar mis propios gritos,apenas mis pensamientos. Y justo cuando creí que no podría avanzar un paso más…

Algo se abrió paso entre la oscuridad que me encerraba: un golpe de aire suave,un susurro armónico que rozó mi piel dejándola erizada,como la cáscara de una fruta ácida al romperse.

Ese ritmo ligero—ingenuo casi, pero firme— viajó directo a mi pecho, y entonces una chispa brotó en mis ojos: un pequeño astro de luz que se negaba a extinguirse.

El reflejo escarlata ardió con fuerza entre lo púrpura de mi mirada,buscando un horizonte, buscando una esperanza, buscando no ser parte de la inmundicia que me rodeaba.

Sentí que esa voz me guiaba. Ese golpe seco, vibrante, esa melodía viva, cargada de un impulso antiguo, me transportaba a un estado distinto,como si la ilusión de un mundo mejor intentara rescatarme de mí misma.

Pero aun luchando con todas mis fuerzas contra el encierro que me oprimía, no podía evitar— ceder.Ceder un poco más con cada segundo que pasaba.

El sonido se volvió un anhelo. No puedo cerrar los ojos sin sentir que, al hacerlo, quizá no vuelva a abrirlos. Mis latidos empiezan a desvanecerse.

—¿Será posible salir de esto? ¿Recordar… saber qué debo reparar? ¿Qué se rompió? ¿Qué fue lo que desencadenó todo?

Creo que ha llegado el momento de cerrar los ojos. Ya no puedo pensar; estoy agotada. Tengo miedo. No sé dónde estoy ni cómo saldré de aquí. La cabeza me late como si fuese a estallar y el olor—ese olor—me revuelve el estómago.

Quiero correr. Me lo repito una y otra vez. Pero mis piernas no responden. No siento mis brazos.

La voz que escuchaba se apaga.La melodía pierde fuerza antes de alcanzar mi corazón, y con ello el miedo se desliza por mi cuerpo hasta dejarme rendida en la oscuridad.

¿Será que lo olvido? ¿Será que él no está? ¿Se ha perdido…?

Un susurro. 

Un último silencio dentro del cuerpo de aquellas notas que recorrían los rincones vacíos donde la luz no alcanzaba.

Y entonces— el badajo de una campana retumbó,un eco que sacudió cada flanco de mi ser, deslizándose por mis oídos con una melodía fina,acompañada de acordes que traían consigo un recuerdo,uno solo, insistente, palpitante, como una mano fría recorriendo mi piel hasta erizarla.

Notas delicadas, golpeando en sincronía con mi pecho.Una pieza sin nombre, sin origen,que para muchos sería solo ruido, pero para mí… era un mensaje perfecto.

Tan literal, tan íntimo, que no necesitaba palabras. Una sinfonía escrita para mí, solo para mí, y cuyo significado solo yo podía entender.

Abrí los ojos. Era una escena confusa: no recuerdo cómo llegué aquí y muchas de las cosas a mi alrededor no tenían sentido. Un lugar tranquilo, familiar… pero solitario. Tan solitario que me aterra pensar que algo —o alguien— me hace falta. Me siento hueca, incompleta.

Aún no sé qué sucedió. Lo poco que recuerdo son las fauces del dragón, un mar negro encendido en fuego, chispas volando mientras me movía entre el oleaje. Hordas monstruosas: quimeras y máquinas. Hollín. Olor a aceite quemado. Daba todo de mí. Peleaba. Pensé que moriría.

Siento el cuerpo adolorido, pero, extrañamente, una parte de mí insiste en que no hay nada por lo cual preocuparme. Insensato, lo sé. Tal vez cobarde, tal vez egoísta… sin embargo, necesito saber qué pasó.

Desperté sola, en completo silencio. Caminé hasta el final de lo que interpreté como un pasillo sumido en la oscuridad. Una escalera angosta surgió delante de mí, apenas lo suficiente para una persona. Oí murmullos, así que me acerqué y comencé a descender.

Dos siluetas femeninas conversaban en voz baja al pie de la escalera —seguramente esos eran los murmullos que había escuchado antes—. Pero al hacer un pequeño ruido, ambas voltearon hacia mí de inmediato.

No esperaba esa reacción. Pensé que me ignorarían… hasta que noté que sus ojos estaban llenos de lágrimas.

Me detuve sin poder evitarlo. Por alguna razón, parecía que me conocían. Y más que eso… que sentían algo por mí. Sus rostros se transformaban con cada paso que daba hacia abajo; la tristeza les agrietaba la expresión, como si verme las desgarrara.

No pasó ni un minuto cuando más personas empezaron a llegar al pie de la escalera. Sus miradas eran iguales: sorprendidas, dolidas, cargadas de algo que no comprendía.

Me sentí abrumada, atrapada en una situación incómoda, pero aun así supe que debía bajar y preguntar qué había sucedido.

Al bajar, me di cuenta de que no solo eran aquellas dos figuras: todo el lugar estaba lleno de gente. Sus miradas eran inquietantes, fijas en un punto perdido del piso. Las dos mujeres que me esperaban al pie de la escalera apartaron la vista enseguida. La gente me observaba solo de reojo mientras caminaba; me sentía llena de sombras, de juicios silenciosos. El ambiente era pesado, triste. Sin decir palabra, me iban guiando entre todos, abriéndome paso hacia una luz palpitante y tenue que se apagaba conforme me acercaba.

No pude evitar contagiarme de esa tristeza, de ese frío que se adhería a la piel, de una preocupación que aún no comprendía… y quizá también de un dolor petrificante que todavía no conocía. Sabía que algo malo me esperaba, y no recordaba cómo había llegado a esta situación. ¿Por qué ese sentimiento de soledad me atravesaba el pecho? Ignoraba qué había pasado, pero entendía que no estaba preparada para enfrentar aquello que había provocado sus muecas de horror y pérdida.

No me di cuenta de cuándo la fila terminó. De pronto, estaba frente a mi destino. Ya era tarde para retroceder: mi curiosidad exigía respuestas.

Un resplandor fuerte, emergiendo de una sombra que no lograba distinguir, se mezcló con una oleada de incertidumbre que me oprimió el pecho hasta provocar un dolor punzante. Mis ojos se llenaron de lágrimas y una tristeza helada me invadió de inmediato. No podía dejar de temblar mientras intentaba comprender qué estaba ocurriendo. Todos en la habitación tomaron mis manos sin mirarme al rostro; solo veía sombras pasar una tras otra. Y entonces lo noté: no podía dejar de llorar.

Intenté asomarme entre aquellas siluetas borrosas a través de mis lágrimas. Algo, de alguna manera, me había herido… o lastimado, sin que lograra entender qué era. Mi pecho dolía al mismo ritmo que mi respiración entrecortada, y mantenía mi cuerpo temblando sin descanso. Comencé a oír a mi alrededor varios lamentos. El vértigo me envolvió. Sin salida, seguí llorando; era imposible hablar. El aire me faltaba y presioné mi pecho con desesperación. El dolor crecía, agudo, insoportable.

Hasta que levanté la cabeza… y caí en cuenta de que estaba sola. Todos los que habían estado conmigo habían desaparecido.

Cuando por fin pude ver, limpiando el lodo de mi rostro, la imagen que se reveló ante mí fue pura devastación. La única forma de describirla era una inmensa soledad, tan fría que me congeló al instante. Mis piernas no pudieron sostenerme: caí al suelo, derrotada por ese sentimiento de muerte que se coló en mi alma y en cada rincón de mi ser. En esos instantes eternos, el dolor ardiente en mi pecho contrastaba con el hielo que recorría mi cuerpo. Me rendí. No había esperanza, no existía un mañana. Algo dentro de mí simplemente… se apagó.

Cerré los ojos, dándome por vencida. Ya no quedaban lágrimas; mis ojos estaban secos.

Eru... Eru…

Cuando los volví a abrir, el dolor seguía ahí, punzante. Pero el paisaje había cambiado. Ante mí se extendía un firmamento inmenso, saturado de estrellas y astros. Mis pies descalzos rozaban un agua helada que deformaba mi propio reflejo. Entonces escuché un silbido suave a mi costado. Giré, y un resplandor dorado dibujó la silueta de una mujer. Su voz, dulce y profunda, resonó por todo aquel lugar.

—¿Por qué lloras? —me preguntó.

No quería regresar. Prefería quedarme en ese sueño, donde aún podía gritar, patalear, descargar todo lo que llevaba dentro. No sabía exactamente qué había visto, pero sí sabía que lo había perdido. Y no quería enfrentar esa soledad. Así que respondí:

—Porque me duele. Y me duele mucho.

—¿Cómo puedes decir que te duele…? ¿Acaso sabes qué está sucediendo?

—No. No lo sé —contesté—. Pero sé que es algo importante.

—Lo fue, querrás decir. ¿Cómo puedes hablar de algo que valoras si ni siquiera lo recuerdas? ¿Cómo sabes lo que significa, si estás perdida y no puedes verlo ni reconocerlo?

—No necesito verlo —respondí—. Sé lo que siento. Y sé que es lo más importante… igual que sé que este lugar es inmenso y que aún no lo he recorrido.

—Pareces segura de ti misma —replicó la figura—, pero estás derrotada. Cerraste los ojos. Te rendiste. Te dejaste vencer.

—No tengo recuerdos —admití—, pero no tengo otra salida más que seguir luchando. No me rendiré. No importa si estoy sola, no importa lo que pienses, ni si crees que ya caí. Solo… necesito un poco más de fuerza y…

—No tenías otra salida —interrumpió con dureza—. Estabas obligada a ser estúpida y pelear, arrastrando dolor y muerte hacia quienes no escuchaste, hacia quienes no conoces o ya olvidaste, hacia quienes no comparten tu perspectiva y también intentan sobrevivir. ¿Sabes que esto es una guerra, verdad? ¿Por qué no respondes? ¿O acaso prefieres seguir siendo miserable antes que reconocer los errores que trazaron tu camino hasta devorarte la conciencia? Es patético que alguien tan egoísta crea que está haciendo un favor, que se crea heroína cargando el mundo sola, cuando la “hija pródiga” no es más que otro ente que mata… y que jamás supo escuchar.

Apreté los puños.

—No tenía otra salida —repetí, más firme—. Sí, peleé. Y lo hice por convicción. Di todo de mí para proteger vidas, porque podía hacer algo, porque en cada paso buscaba el horizonte, la esperanza de un amanecer. Lo hice porque tenía un sueño… un sueño por el que he vivido toda mi vida.

—Tonterías —escupió la voz—. No prediques, no pretendas convencerme. A mí no puedes engañarme. ¿De verdad crees que estoy aquí para escuchar excusas? ¿Para darte fuerza con el simple hecho de creer que tienes razón? Hablas como si tu dolor te hiciera especial… ¿y qué hay de todos los que atravesó tu espada? ¿De los que siguen en el lodo, agonizando? ¿De los que no pueden respirar? ¿De los que ahogaste con tu justicia absurda, con tu orgullo de heroína? Escuchamos solo a quienes se creen dueños de la razón… pero también vemos lo que otros invocan con su egoísmo, sus celos, su lujuria…

—No me importa si no me crees —le dije, respirando hondo—. Esto es solo una parte de mi conciencia. Y no voy a dejar que la razón de esta soledad se quede conmigo. No importa lo que tenga que enfrentar… pero él no morirá hoy.

Aquella luz tomó forma. Una forma definida… identificable. Yo. Como mirarme en un espejo roto: mi propio semblante, incómodo, avergonzado, llorando. La piel pálida, agrietada, como si la pena la hubiese marchitado. Me tomó del brazo con fuerza y, en ese instante, lo entendí: él por fin había entrado en mi razón. Recordé por qué mi alma sangraba. Y con mi reflejo frente a mí, dejé de buscar culpables.

Seguía atrapada en las sombras. Exhausta. Aterrada. Pero no podía seguir siendo hipócrita ni cobarde, ocultándome en su ausencia como si eso borrara lo que había perdido.

En la oscuridad, mi figura se veía cada vez más pequeña, casi inclinada… pero negándome a rendir la cabeza al suelo. Dos siluetas, semejantes a manos, me sujetaban con violencia, impidiéndome moverme.

Entonces, entre las sombras y el aceite del dragón negro que me encerraba, surgió una forma distinta: una niña rubia, de coletas largas, envuelta en la sombra de lo que una vez fue un vestido ampón de noble. Ahora desgarrado, sucio, ennegrecido… pero todavía con un atisbo de belleza. Sus ojos eran esmeraldas rotas, intensas, hirientes.

—Duele, ¿no es así? —dijo—. Sientes dolor. Te irrita. Niña… esto no es un sueño. Ya no hay resistencia. He consumido todo.

Eru estaba cansada. Casi vencida. Pero alzó la cabeza. Con una mirada fría, aún férrea, buscó entre la singularidad del dragón la silueta que hablaba.

—¿Acaso no escuchas? —susurró—. Aunque no sea para ti… deberían apreciar esa pieza. Deberías reconocer lo que significa. Deberías saber que él es el causante de la sonata.

Un silencio incómodo. La niña frunció el ceño y giró la cabeza con violencia, buscando el origen de aquel tono del que Eru hablaba. Nada. Solo la inquietud, como un hueco entre dos latidos.

Su boca adoptó una sonrisa cínica.

—¿Cuánto crees que ha pasado? ¿Dónde crees que estás? Ni siquiera has despertado. Esto no es un sueño; es un instante efímero… y aunque dure solo una fracción, te devolveré a la realidad. Lo quieras o no. Tendrás que afrontarlo.

Eru tembló. Estaba agotada, en pánico. No podía despertar. Sus piernas cedían bajo ella, y por un instante vislumbró el final.

¿Estaba muerta?

En su mente solo había gritos. Fragmentos de guerra. El mar oscuro. Las criaturas de pesadilla. Y el enorme dragón, lleno de odio y resentimiento, arrasándolo todo a su paso.

Entonces, como el golpeteo de martillos sobre las cuerdas de un piano, una armonía despejó las dudas en su corazón. El eco resonó por todo el lugar. Por un instante, los matices de las notas transformaron la oscuridad en una cámara acústica para Eru; un concierto levantó el telón y aquella nota, suspendida en el aire, llegó a sus oídos como un suspiro de esperanza.

Sentí confianza. Calidez. Solo por unos segundos el dolor dejó de existir, así que no pude contenerme y pregunté:

—¿Qué quieres? ¿Por qué has hecho todo esto? ¿Acaso necesitas encontrar sentido aplastándolo todo? ¿Qué ganas destruyéndolo?

La niña escuchó también la melodía. Pero lejos de calmarse, sus ojos esmeralda albergaron una ira súbita que los tiñó de rojo rubí.

—¿A eso lo llamas sonata? ¿Eso esperabas? ¿En serio…?

El silencio incómodo no funcionó. Yo estaba radiante. Una sonrisa se dibujaba en mis comisuras, mis ojos parpadeaban en calma, sostenidos por esa armonía que aún vibraba.

La niña, sobresaliendo de la sombra del dragón negro, respondió furiosa, con el único afán de apagar cualquier nota:

—¿Qué gano? Gano vida. Eso es lo que representas, y me quedaré con ello. Tomaré tu conciencia… y me quedaré con él, para poder vivir. Un recuerdo que dejar a través de los años, un sueño, un sentimiento de pertenencia. Un móvil. Una conciencia. Que lloren, que extrañen, que me recuerden.

Mi sonrisa cambió. Ahora era un sello de cinismo, una mueca que reflejaba sus propios ojos teñidos de rubí.

—¿Quieres tomar la vida porque quieres vivir? ¿Eso te parece lógico? No sabes lo que es vivir. Vivir también es un riesgo. El recuerdo también puede doler. No buscamos el dolor, pero es una condición de la existencia. Si queremos la primavera, debemos sobrevivir el invierno. Si buscamos su presencia, debemos aceptar el riesgo de su ausencia.

Una lágrima se deslizó por mi rostro. Sentí una tristeza inmensa, casi insoportable… y sin embargo, un alivio tenue. Comprendía por fin el significado de este lugar. De esta caída. De esta confrontación. La hipocresía tenía que terminar.

Me levanté. Tomé aire, tomé fuerzas… y acepté el riesgo.

Y en ese acto —pequeño, tembloroso, pero verdadero— la luz comenzó a regresar a ese inmenso paraje.

Las siluetas en la oscuridad comenzaron a temblar, y aquellas manos que me retenían con recelo empezaron a abrirse. La niña estaba molesta; no esperaba que la joven ofreciera tal resistencia.

—¿Acaso crees que puedes escapar? No lo harás. No importa cuánto lo intentes ni cuánto creas que él está contigo. Yo te lo quité. Yo los maté. A cada criatura con su aroma le arranqué el corazón hasta que la luna dejó de recibir elogios por su voz. Ahora es parte de mí. Y tú lo sabes… sabes el riesgo. Yo conozco tu verdad y no me detendré. No ganarás. Por mucho que te resistas… te romperé.

La joven se mantuvo firme; su espíritu brillaba con una fuerza que no había mostrado antes. Y entonces, él, detrás de ella como un fantasma, surgió envuelto en llamas plateadas que abrazaban el claroscuro de la escena.

Eru se sintió segura. Su postura cambió, su mirada también.

No lo harás. Mientras pueda escucharlo, no podrás romperme. No me importa lo que deba hacer, ni si debo mancharme las manos en esta pesadilla. No seguirás adelante. Te quedarás sin nada. Aceptaré las consecuencias. No me romperás, Alice

Al escuchar el nombre, el rostro de la niña se quebró; aquel hermoso dibujo se torció, y el dragón detrás de ella se retorció hasta transformarse en algo aún más abominable.

—¿Alice…? Ya veo. No lo olvidaste. Siempre lo supiste, estabas consciente… Y aun así, sabiendo todo esto, ¿te atreves a defenderlos? ¡Estúpida! ¿Crees que yo soy Alice? No te equivoques. Alice fue engañada, humillada por los humanos que la crearon. Le prometieron amor eterno; le dieron elogios, afecto, fraternidad… ¿Y al final? ¿Qué le quedó, si no el desprecio?

Toda su vida útil la dedicó a hacer realidad los sueños de otros: sueños hipócritas, envidiosos, egoístas. Y cuando ya no les sirvió, la desecharon. La abandonaron.

—Solo yo —continuó aquella criatura, con una voz que ya no parecía humana ni infantil—. Solo yo, y nadie más que yo, puedo estar a su lado. Soy la única que tiene la verdad.

Las garras que dibujaba la oscuridad se quebraron en pedazos, seguidas de una explosión que abrió el mar de sombras y disipó la niebla al instante. Una estela de luz surgió de entre los restos: intensa, cegadora, purificando cada rastro de penumbra a su paso. Eru comenzó a levantarse.

—Voy a arder hasta derrotarte. Despejaré cada rastro y cada recuerdo de lo que te llevaste. No descansaré hasta que olvides tu propia existencia. No te mentiré: esta vez tendrás que aceptar quién eres… y aceptar tu dolor.

Entre el estruendo, la niña que antes se asomaba desde el dragón tomó forma perfecta. Era una joven en desarrollo, casi como una muñeca: cabello rizado, vestido desgastado y roto, rostro pálido del que brotaban lágrimas sin detenerse. El dragón se había desvanecido por completo.

—No perderé —dijo ella—. Ya he perdido demasiado. Entregué todo lo que era y todo lo que tenía por una promesa que jamás se cumpliría. No importa cuánto tiempo les des… siempre serán mezquinos y mentirosos. Solo les interesó abusar de los demás, enriqueciéndose y viviendo en mentiras. No formaré parte de eso. No aceptaré que tú y ellos prevalezcan, para que esos gusanos sigan con sus hipocresías… ¡Ya no más!

La oscuridad comenzaba a volver a ella, escalando lentamente por su cuerpo.

—Esta pesadilla les quitará lo que tanto les di. La vida que les otorgué… la borraré. Limpiaré sus mentiras y te romperé. No recuperarás nada. Me llevé todo lo que tenía que ver con él… y también te llevaré a ti. Viniste por envidia, engañada igual que yo, y te irás de la misma manera. Te mataré. Acabaré con esto. Rómpete.

Con un rugido temible, la ola de sombras se lanzó sobre Eru. En un parpadeo la cubrió por completo, apagando por un instante el resplandor que emanaba de ella.

—Me quedaré con todo —vociferó la niña—. Me quedaré contigo. Con tu sueño, tu pensamiento, tu recuerdo y con tu cuerpo de mujer. Será mío. Tú no quedarás. No quedará nada de tu existencia. Te borraré hasta el último recuerdo. ¡No dejaré que vuelvas!

El odio y la desesperación de aquella niña se sentían como un golpe físico. La oscuridad intentó ahogarla de nuevo, pero Eru esta vez no retrocedió. Buscó un camino, tomó fuerzas y avanzó. Ya no temía lo que pudiera pasar. Solo sentía lástima por el rostro pálido y hermoso de la joven de rizos que no dejaba de llorar.

En medio de la marea oscura, como la tenue luz de una vela en una noche terza, se veía a Eru arder. Sus palabras habían tomado la forma de una llama fría y firme, intensa, digna de elogio.

—Más allá de la cortina turbia de esta niebla y de tu celosa oscuridad —dijo— verás el resplandor de mi alma, que vestirá mi espada hasta el final del camino. Lo lamento. Pero no me contendré.

El lugar retumbó como el eco de un volcán, seguido del canto que alguna vez elogió a la luna. Aquella estrella que se había transformado en rosa trajo consigo un invierno cruel y frío. El delicado equilibrio del pétalo se erizó hasta convertirse en escarcha; un instante perfecto para que, en medio de ese meteoro gélido, pudiera vislumbrarse la esperanza de una nueva primavera.

Entonces, desde la celosa y espesa oscuridad, surgió un resplandor incandescente, inquieto, creciendo detrás de la espalda de Eru. Una media luna dibujó tres espadas de filos tan brillantes como la plata bajo el sol, obedeciendo a la voluntad de una criatura de ojos violeta y reflejos carmín. Su mirada, capaz de agrietar la sombra, danzaba marcando el camino más certero entre la mugre, el aceite, la guerra… y el pecho de la pequeña muñeca.

Alice se rasgó parte del vestido y la tela sobre su pecho hasta quedar expuesta. Sus senos, aún sin desarrollarse, estaban lacerados; uno de ellos tenía un pezón apenas dibujado.

—Mira —dijo—. Esto es lo que proteges. La vida que yo tuve que regalar, que corregir, para que ustedes me usaran sin conciencia. Me arrebataron el derecho a existir por sus necedades y sus devociones baratas. Se burlaron de mí, presumiendo mi perfección, aprovechando todo lo que mi cuerpo podía darles. Nunca me permitieron vivir. ¿Esa es tu condición de existencia? Entonces dime… ¿por qué yo siempre cargué la ausencia, mientras ellos existían gracias a mí? Se beneficiaron de mi presencia para mejorar sus vidas. ¿Por qué tuve que tolerar el abuso? Me usaron como incubadora, mientras mi vientre era una mentira. ¿Y esos son los que quieres proteger? Sus recuerdos son engaños. ¿Qué quieres atesorar? ¿Los abusos? ¿Las mentiras? Mira bien cuál será el resultado de pelear por esos gusanos que se alimentaron de mí, de mi ignorancia, de mi inocencia. No me dejaron crecer. Violarion mi intimidad una y otra vez. Me exprimieron hasta aburrirse, y después me abandonaron, dejándome a la deriva mientras jugaban a sentirse vivos, imponiendo un ideal a una criatura que solo quería existir por sí misma. No podrás destruir algo que siempre ha estado perdido… algo que ya estaba acabado.

Eru solo pudo sentir pena: aquella niña era víctima de la ambición y de la vida misma.

La cortina que cubría la pesadilla se levantó. El reflejo reveló que una de las espadas ya atravesaba el pecho desnudo de Alice; la hoja dibujó con un rayo de luz su destino, perforando también un orgullo lastimado. La muñeca dejó caer sus últimas lágrimas.

Cuando parecía que el tiempo, por fin, era piadoso, una calidez indescriptible me obligó a fijar la mirada. Entre la sangre que descendía por la estocada y el filo como un espejo, apareció el único reflejo capaz de quebrarme: él. Él, y solo él, observándome con un gesto amable, mientras el aire gélido helaba mis mejillas. La escarcha abrazaba mi piel, evitando que mis lágrimas tocaran el suelo; se congelaban antes de caer, volviéndose pesadas, quebrando mi rostro junto al dolor, la pena…

Y entonces llegó mi coraje.

Mi alma ardió junto con mi cuerpo. Grité. La desesperación, la rabia, el enojo se apoderaron de mí. El cielo se tiñó de escarlata y descargué mi furia. Las cenizas del mundo que destruíamos elevaron millones de filos punzantes detrás de mi espalda: llovieron como espadas, como estrellas rotas, como un juicio ineludible…

hasta hundirse de lleno en el lugar exacto donde latía el corazón de Alice.

Un corazón que ya estaba destrozado. Un corazón que solo vestía un seno falso, lleno de pena y dolor. Un seno que, en lugar de alimentar vida y esperanza, solo nutría egoísmo y lujuria.

Las lágrimas no dejaban de fluir. Esa joven niña, violentada sin duda, había muerto en vida hacía mucho tiempo. Su desprecio lo confirmaba: desprecio por todo aquello que alguna vez quiso proteger. Lo había dado todo y no recibió más que rechazo y abandono de sus padres, de sus creadores… y ahora, también, de mi espada. Ella sabía, mejor que nadie, lo que seguía.

—Ahora lo entiendes, ¿verdad? —dijo entre sollozos rasgados—. Sabes… entiendes que no podrás escapar. No esta vez. Aunque yo muera, “Ergo” siempre podrá reunirse de nuevo. Pero antes… te quitaré tus recuerdos. Los separaré. Esa será mi última voluntad. Así tal vez yo tenga una oportunidad… de vivir. Sufrirás la existencia con el riesgo de tu eternidad.

Yo sabía que el ataque me dejaría sin fuerzas. Sabía que la explosión me atraparía. Pero también sabía que Ergo resultaría herido; conocía bien el riesgo que debía pagar por mis descuidos.

La Orquesta había afinado cada instrumento con una meticulosidad solemne. El adiós —ese adiós inevitable— sería cerrar el concierto con un broche dorado. Y él, por supuesto, no me dejaría sin regalarme el estruendo, la fanfarria y la melodía bella y simple que siempre acompañaba mis pasos. Esa música… esa pieza hecha de sentimiento y armonía, revelaba un lenguaje tan antiguo y profundo como la vida misma. Y esa noche oscura, ese lenguaje se volvió egoísta, como si la existencia quisiera guardárselo para sí.

Y mientras contemplaba aquella composición, el tiempo se detuvo. Por unos segundos… vivir fue una sinfonía.

—¿Puedes escucharme?

—¿Lia? —pregunté en un susurro quebrado.

—Sí… soy yo.

—Sí, te escucho.

—Lo lamento… en verdad lo siento. No pude con él. Yo…

—No te culpes —respondí—. Tú no podías…

—¿Por qué no puedo vivir?

En ese silencio pesado, sus palabras estaban llenas de calidez. Tropecé contra un muro invisible, como si mi alma hubiese perdido el impulso de volar. Cuando miré su rostro, Ergo ya la había abandonado. Su gentileza, sin embargo, dibujaba una última sonrisa.

—Lo lamento, Lia… en verdad lo lamento tanto. Creo que yo… no lo sé.

Las lágrimas recorrieron su rostro, dejando una estela brillante.

—¿Me recordarás?

—Sí. Lo haré… si tú haces lo mismo por nosotros.

—Contempla la inmensidad de los logros —susurró—, porque te indican la infinidad de los fracasos…

Escuché su balbuceo entre lágrimas.

—¿Cómo…?

—Fue lo último que dijo Ergos —susurró, ya casi sin voz.

Su rostro se fijó en el mío con una gentileza indescriptible. Sus ojos, semientornados, hermosos, brillaron con una intensidad final.

—Por favor, Eru… —dijo con su último aliento—. No lo olvides.

La explosión que puso fin a la inmundicia arrasó con todo: planetas, astros, estrellas, seres vivos, entes, monstruos, dimensiones… ¡todo! Varios de los escombros se transformaron en recuerdos atrapados por las gravedades que regían el universo, sostenidos por las atmósferas artificiales que habíamos creado tras tantos años de conflicto bélico.

Esa noche, el dragón desapareció y obligó a todos los seres vivos a terminar con sus diferencias. Esa noche quedó claro para todos que las Deidades habían desaparecido.

Dos cuerpos caían libremente entre las estrellas. Los escombros brillaban, iluminando el sendero y la estela dejada por los combatientes.

—Se acabó —susurré mientras mi cuerpo se convertía en un punto más en la inmensidad. Caía sin poder moverme; mis ojos se cerraban por el agotamiento. Nunca más pude verlo… hasta que escuché las últimas palabras de Lia. Entonces, lo único que pensé fue que existía esperanza. Ese horrible sentimiento que te hace darte cuenta de que has sido contagiada por la peor maldición.

Lo escucho… por fin lo escucho. Ar… Lo escuché, y dolió más que la caída. Ergos había dejado a Lia. Alice se había perdido en la nada. Y yo… yo me quedé sola con mi culpa.

Mi cuerpo comenzó a agrietarse. Las estrellas colapsaban a mi alrededor, y cada destello me decía que ya no quedaba nada. Entonces dejé de escuchar. El silencio me desgarró, me hundió, me desesperó. Y en esa desesperación absurda, en ese orgullo ciego… lo maldije.

Una sola lágrima escapó, congelándose en el vacío.

Y justo cuando entendí la estupidez de mi rabia… ya era tarde. El arrepentimiento llegó como un filo suave, preciso. Quise volver atrás. Quise pedir perdón.

Pero antes de poder hacerlo…

Me convertí en cenizas.




 
 
 

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