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CAPÍTULO 11.Dolor, pasión, deseo y desesperación.

1 sept
9 min de lectura

Bajé las escaleras detrás de Gemlok y la Arconte con la cabeza llena de preguntas.

No sabía cuál debía hacer primero.

La ciudad había comenzado a cambiar mientras descendíamos. La luz del día desaparecía poco a poco y, con ella, las placas metálicas de los edificios empezaban a devolver los colores de la noche. Las lámparas se encendían una tras otra, algunas alimentadas por pequeños cristales, otras por mecanismos que no lograba comprender. El brillo recorría los cables, se deslizaba por las tuberías y terminaba reflejándose sobre las paredes de piedra y metal hasta convertir las calles en un entramado de luces.

Era hermoso.

Y extraño.

Abajo, la ciudad parecía haber decidido celebrar que seguía viva.

Las mesas comenzaron a aparecer frente a los locales. Jarras levantándose en alto. Fogatas pequeñas. Magia flotando sobre las calles como pequeñas estrellas. Aventureros cubiertos de barro y heridas compartían comida con desconocidos como si acabaran de regresar de una guerra que ya conocían de memoria.

Había de todo.

Humanos, criaturas con orejas, cuernos o colas; mujeres y hombres con rasgos que hasta hacía poco habría considerado imposibles. Brujos cubiertos con túnicas, mendigos descansando bajo los arcos, guerreros con espadas enormes y cazadores con arcos adornados con mecanismos que parecían demasiado avanzados para convivir con aquellas calles.

Hachas.

Armaduras.

Armas que no reconocía.

Magia.

Metalurgia.

Tecnología.

Todo coexistía sin pedir permiso.

Y mientras caminaba entre ellos, comprendí que aquello era precisamente lo que hacía tan difícil entender aquel lugar.

No parecía pertenecer a una sola época.

Parecía haber sobrevivido a demasiadas.

Gemlok caminaba unos pasos delante de mí, todavía mirándome de vez en cuando con una fascinación que no terminaba de comprender. La Arconte hacía lo mismo. Podía verlo en sus gestos, en la manera en que ambos parecían querer decirme algo y detenerse antes de hacerlo.

Y luego estaba Ar.

Caminaba delante de nosotros.

Como siempre.

Su casco no dejaba ver absolutamente nada de su rostro.

Ni una expresión.

Ni una mirada.

Nada.

A su lado iba Luna.

Y, sinceramente, aquello no ayudaba demasiado a que pudiera concentrarme.

Había cambiado su ropa. No sabía si era más adecuada para caminar por la ciudad o simplemente tenía la intención de hacerme sentir incómoda. La manera en que se movía, la seguridad con la que llevaba cada prenda y esa forma suya de acercarse a Ar como si el espacio entre ambos le perteneciera...

Me ponía nerviosa.

No porque quisiera admitirlo.

Mucho menos porque quisiera darle importancia.

Simplemente lo hacía.

Aparté la mirada y continué bajando.

El silencio de mis oídos hacía que todo aquello resultara todavía más extraño. No podía escuchar las celebraciones, las conversaciones ni los instrumentos que seguramente acompañaban aquella noche. Solo veía el movimiento de las personas, sus risas, sus bocas abriéndose, las jarras chocando y las luces agitándose sobre sus rostros.

Mi mundo seguía siendo silencioso.

Pero nunca había parecido tan vivo.

Entonces miré hacia adelante.

Ar seguía caminando.

Lo observé durante unos segundos.

Esil.

Valgrant.

La princesa.

Soleil.

El recuerdo.

La criatura.

Demasiadas piezas de una historia que parecía haber comenzado mucho antes de que yo siquiera supiera quién era.

Apreté ligeramente las manos.

Ya no quería esperar a que alguien decidiera cuándo estaba preparada para conocer la verdad.

Me acerqué.

Ar se detuvo.

Giró ligeramente el casco hacia mí.

El Alter reaccionó ante mi intención y proyectó unas palabras frente a mis ojos.

¿Qué necesitas?

Lo miré directamente.

—Quiero saber sobre Esil.

Hice una pequeña pausa.

—Y sobre Valgrant.

Ar permaneció inmóvil.

Luna dejó de caminar.

Gemlok y la Arconte también se detuvieron unos metros más atrás.

La ciudad continuaba celebrando a nuestro alrededor.

Yo, en cambio, solo podía mirar aquel casco.

Mi mirada no se apartó de él.

—Quiero saber qué es Esil.

Y después, más despacio:

—Quiero saber qué ocurrió realmente en Valgrant.

Ar no respondió de inmediato.

Solo permaneció frente a mí, bajo las luces doradas de la ciudad recién despertada.

—No sé que decir.

La respuesta de Ar apareció en mi Alter casi de inmediato.

Me detuve un instante.

No porque hubiera escuchado su voz. No podía hacerlo. Era el Alter quien había convertido sus palabras en algo que pudiera recibir.

No sé.

La frase permaneció frente a mis ojos unos segundos antes de desaparecer.

Hemlock seguía envuelto en su propia actividad, completamente concentrado en lo que hacía. La Arconte, en cambio, se acercó junto a nosotros. Luna también se mantuvo al lado de Ar, aunque esta vez incluso ella parecía haber comprendido que la conversación había tomado otro rumbo.

Comenzamos a caminar.

Las calles continuaban llenas de vida. Luces suspendidas, humo de las pequeñas fogatas, mesas ocupadas por aventureros, comerciantes recogiendo mercancías y criaturas de todas las formas cruzándose entre nosotros.

Pero mientras avanzábamos, el bullicio comenzó a quedarse atrás.

Las construcciones fueron haciéndose más grandes.

Las calles se estrecharon hasta desembocar en una enorme explanada de piedra.

Y entonces las vi.

Las puertas.

Me quedé quieta.

No había manera de describirlas como simplemente grandes.

Eran enormes.

Dos inmensas hojas de metal oscuro se levantaban frente a nosotros, perdiéndose mucho más arriba de lo que podía abarcar con la mirada. Su superficie estaba cubierta por capas de desgaste, arañazos, golpes y marcas que parecían pertenecer a épocas distintas.

Era como contemplar una historia escrita sobre metal.

Había relieves antiguos, algunos casi borrados por el tiempo. Figuras de guerreros cuyos rostros habían desaparecido bajo la corrosión. Criaturas aladas. Reyes. Bestias. Símbolos que no reconocía. Escenas de batallas. Ciudades. Estrellas.

Y debajo de todo aquello podían verse otras marcas.

Más recientes.

Como si generaciones enteras hubieran llegado después para añadir sus propios recuerdos sobre los de quienes estuvieron allí antes.

El metal había sido reparado una y otra vez.

Placas sobre placas.

Remaches enormes.

Fragmentos de diferentes aleaciones unidas como si varias civilizaciones hubieran intentado mantener aquella puerta viva.

En algunos lugares, el metal parecía haberse fundido.

En otros, estaba hundido hacia dentro.

Había cortes tan profundos que parecían haber sido hechos por algo demasiado grande para pertenecer a una persona.

Y entre aquellos relieves había pequeñas inscripciones.

Cientos.

Quizá miles.

Algunas eran elegantes y precisas.

Otras parecían haber sido grabadas con desesperación.

Nombres.

Fechas.

Advertencias.

Oraciones.

No podía leerlas todas.

Pero no necesitaba hacerlo.

Aquella puerta tenía memoria.

Y cuanto más la observaba, menos parecía una entrada y más una frontera.

Una frontera construida para mantener algo al otro lado.

La oscuridad comenzaba justo después del umbral.

No era simplemente ausencia de luz.

Parecía tragársela.

Las lámparas cercanas iluminaban la piedra frente a nosotros, pero al acercarse al espacio detrás de las puertas, su brillo desaparecía lentamente, como si la oscuridad tuviera profundidad.

Como si hubiera algo allí abajo que simplemente estuviera esperando.

El Alter proyectó algunos datos sobre mi campo de visión.

ESIL.

Después apareció otra palabra.

ACCESO PRINCIPAL.

Y debajo:

ADVERTENCIA: INFORMACIÓN INCOMPLETA.

Tragué saliva.

Ar permanecía frente a las puertas.

Luna guardaba silencio.

La Arconte levantó lentamente la mirada hacia aquella inmensidad.

Y entonces comprendí algo.

No importaba cuántas historias se contarán.

No importaba cuántos recuerdos pudiera recuperar.

Aquella puerta había estado allí mucho antes que nosotros.

Había visto nacer reinos.

Había visto morir ciudades.

Había visto entrar héroes.

Y, probablemente, había visto regresar muy pocos.

Ar dio un paso hacia adelante.

Su silueta quedó recortada contra el metal oscuro.

Yo lo seguí con la mirada.

Sentí que la puerta me estaba mirando de vuelta.

Y detrás de ella, algo parecía esperar que yo recordara por qué había regresado.

—Antes de ir hacia allá... necesito saber.

Las palabras salieron más rápido de lo que quería.

Lo noté por las expresiones que comenzaron a aparecer frente a mí.

El Alter intentó leerlas una por una, proyectando pequeñas interpretaciones sobre los rostros de quienes estaban alrededor, pero incluso él parecía tener dificultades para decidir qué significaba cada gesto.

¿Confusión?

¿Sorpresa?

¿Incomodidad?

No lo sabía.

Y aquello me hizo sentir todavía más torpe.

Intenté continuar.

—Yo... necesito saber qué hay detrás de esas puertas. Qué es Esil. Qué es Valgrant. No puedo simplemente entrar sin...

Me detuve.

Había vuelto a hablar demasiado rápido.

Bajé ligeramente la mirada, avergonzada.

El silencio para mí era absoluto, pero podía ver que los demás esperaban algo. Ar, en cambio, permanecía inmóvil.

No había ninguna señal de molestia.

Ningún gesto que indicara que no me entendía.

Ni siquiera una duda.

Su casco no revelaba absolutamente nada.

Por un momento pensé que quizá estaba hablando de una manera que no correspondía con lo que quería decir. Quizá mis palabras estaban llegando mal.

Entonces Ar extendió una mano hacia mí.

Me quedé quieta.

Entre sus dedos había un pequeño envoltorio.

Parecía un chocolate.

Lo miré sin entender.

Después miré su mano.

Después a él.

El Alter comenzó a registrar las expresiones a nuestro alrededor.

Sorpresa.

La palabra apareció frente a mis ojos.

Luego otra.

Inesperado.

Y entonces comprendí que aquello no era algo que Ar acostumbrara hacer.

Miré hacia abajo.

Más allá de las escaleras, cerca de la entrada que conducía hacia las puertas, estaba Itsuki.

Sonreía.

Su mirada estaba perdida, como si estuviera contemplando algo que yo no podía ver.

Pero aquella sonrisa...

Era como si supiera exactamente lo que estaba sucediendo.

Volví la mirada hacia Ar.

Seguía con la mano extendida.

Y entonces entendí el gesto.

No estaba intentando callarme.

No estaba evitando responderme.

Estaba buscando otra manera de comunicarse conmigo.

Una que no dependiera de que yo escuchara.

Una que no necesitara palabras.

Sentí que algo dentro de mí se relajaba.

Sonreí.

Esta vez no intenté esconder mi expresión ni mi vergüenza.

Extendí la mano y tomé el pequeño chocolate de entre sus dedos.

—Gracias.

No sabía si había pronunciado bien la palabra.

Pero esta vez no me importó.

Le regalé una sonrisa amplia, sincera.

Y durante unos segundos nadie dijo nada.

Podía verlo en sus rostros.

La sorpresa de la Arconte.

La mirada de Gemlok.

La expresión de Luna.

Incluso Itsuki parecía sonreír un poco más desde abajo.

Ar permaneció frente a mí, completamente inmóvil.

Pero yo ya había entendido su gesto.

Quizá todavía no sabía qué escondían aquellas puertas.

Quizá tampoco sabía por qué todos parecían tener tanto miedo de ellas.

Pero al menos había algo que comenzaba a comprender.

No estaba intentando protegerme porque creyera que yo era incapaz.

Estaba intentando encontrar una forma de caminar conmigo.

Ar levantó una mano y llevó los dedos hasta su mentón. Bajó ligeramente la cabeza, inmóvil durante unos segundos, como si estuviera tratando de ordenar alguna idea.

Después se colocó frente a mí.

Hizo un gesto hacia atrás.

Seguí la dirección de su mano y vi que Adam comenzaba a moverse.

Mi atención se quedó en él.

No intenté disimularlo.

Adam giró ligeramente el rostro y me miró de reojo. Esta vez no apartó la mirada ni trató de esconderse detrás de nadie.

Y entonces lo vi.

Su rostro.

No sabía por qué había tardado tanto en fijarme realmente en él.

Había algo familiar en sus facciones. En la forma de sus ojos. En aquella expresión tranquila que parecía esconder mucho más de lo que mostraba.

Sentí una presión extraña en el pecho.

Es muy parecido.

La idea apareció sin que pudiera detenerla.

Pero no.

No podía ser él.

¿Entonces cómo?

¿Cómo podía siquiera existir esa posibilidad?

Intenté encontrar una explicación, cualquier cosa que hiciera desaparecer aquella sensación, pero cuanto más observaba a Adam, más difícil era ignorarla.

Fue entonces cuando Ar se acercó.

Una mano se posó sobre mi hombro.

La Arconte hizo lo mismo del otro lado.

Volví la mirada hacia ellos.

El instante con Adam se deshizo.

El Alter reaccionó ante mi necesidad de entender y comenzó a proyectar las palabras que ambos intentaban comunicarme.

Las frases aparecieron frente a mis ojos mientras yo permanecía quieta, tratando de seguir cada gesto.

Pero una parte de mí todavía seguía atrás.

Con Adam.

Con aquel rostro.

Con esa familiaridad imposible que acababa de reconocer.

Y aunque el Alter continuaba traduciendo, una pregunta permaneció suspendida en mi cabeza.

¿Quién eres realmente, Adam?

La conversación terminó por devolverme al mismo punto.

No sabía nada.

O, al menos, no lo suficiente.

Me sentía perdida, aunque hice todo lo posible por mantener la atención. Miraba las manos de la Arconte, las expresiones de Gemlok, los movimientos de Adam y las reacciones de los demás. El Alter iba recogiendo fragmentos, ordenándolos y proyectándolos frente a mí hasta construir una historia que, conforme avanzaba, parecía menos una explicación y más algo que pertenecía a una época imposible.

La Arconte comenzó a hablar.

El Alter tomó sus palabras.

«Esto es lo que sabemos hasta ahora.»

Esil había sido una ciudad extraordinariamente poderosa.

Más allá incluso de lo que conocíamos como el Halo.

El Alter proyectó una representación.

Una esfera.

Después otra.

Una nave atravesándola.

Comprendí que el Halo era la tecnología que utilizábamos para viajar entre las estrellas. Una especie de burbuja capaz de alterar la gravedad alrededor de quien viajaba dentro de ella, reduciendo el peso, estabilizando el cuerpo y permitiendo recorrer distancias enormes.

Atravesar las nubes.

Dejar atrás los cielos.

Cruzar el vacío.

Llegar hasta los astros.

Era algo tan normal para nosotros que jamás me había detenido a pensar qué había más allá.

Esil sí lo hizo.

Y cuando desarrollaron su propia versión del Halo, comenzaron a llegar más lejos que cualquiera de los reinos conocidos.

Mucho más lejos.

Hasta encontrar cosas que no debían haber encontrado.

El Alter cambió la imagen.

Oscuridad.

Después aparecieron puntos de luz.


 
 
 

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