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Continuación del capítulo 11.1

1 sept
6 min de lectura

Millones.

Estrellas.

Y entre ellas, una silueta.

No.

Una criatura.

Me quedé quieta.

La explicación continuó.

Esil había abierto las puertas hacia aquello que se encontraba fuera de nuestras fronteras.

Y allí encontraron a los Aragon.

Al principio pensé que se trataba de otra raza.

Otra especie.

Otra forma de vida.

Hasta que el Alter comenzó a proyectar la descripción del primero.

Y entonces dejé de pensar en ellos como criaturas.

Era demasiado grande para eso.

La imagen que intentaba construir mi mente no cabía dentro de ella.

Un Aragon descansaba en los confines de la oscuridad.

Su cuerpo era tan inmenso que podía extenderse a través de un continente.

Quizá más.

Su piel era blanca.

Blanca como una superficie que nunca hubiera conocido la tierra.

Y estaba cubierta por fuego.

No era una criatura que llevara llamas.

Era una criatura que era las llamas.

Dormía.

Y mientras dormía, respiraba.

Cada exhalación expulsaba una cantidad monstruosa de fuego hacia el vacío.

El Alter proyectó entonces una esfera ardiente.

Nuestro Sol.

Me quedé mirándolo.

La siguiente imagen hizo que mi respiración se detuviera.

El Aragon estaba alrededor de aquella esfera.

Su cuerpo rodeaba el fuego.

Sus alas enormes se extendían sobre él mientras dormía, cubriendo parte de aquella inmensidad como si fueran un manto.

Y su cola...

Su cola se curvaba alrededor del astro.

Formando un círculo.

El mismo círculo que, desde millones y millones de lunas de distancia, nosotros habíamos aprendido a reconocer simplemente como nuestro Sol.

No era una estrella.

No exactamente.

Era el fuego producido por una criatura que dormía.

Sentí un escalofrío.

El Alter continuó.

Aquel ser debía haber permanecido dormido.

Inmóvil.

Inperturbable.

Hasta que nosotros llegamos.

Hasta que el Halo atravesó aquella frontera.

Hasta que lo despertamos.

La imagen cambió.

El Aragon abrió los ojos.

Después movió una de sus alas.

Y el universo alrededor comenzó a deformarse.

Estrellas desapareciendo.

Planetas quebrándose.

Luz atravesando la oscuridad.

El movimiento de aquella criatura había provocado un disturbio tan enorme que mundos enteros habían desaparecido.

No porque quisiera destruirlos.

Simplemente porque se había movido.

Su lugar de descanso cambió.

Y con él cambió todo lo que existía a su alrededor.

Aquello fue lo que comenzó a relacionarse con la enfermedad.

Con la caída.

Con el principio de algo que todavía no comprendemos.

Pero entonces apareció otra imagen.

Otro Aragon.

Esta vez no había fuego.

No había luz.

Solo una criatura inmensa, caída en medio de la oscuridad.

El Alter mostró algunas palabras.

«Sin las llamas de Aras-Tor...»

O algo parecido.

No estaba segura de haberlo leído correctamente.

La criatura había perdido el fuego que la mantenía.

Y se había congelado.

Después cayó.

No sabía de dónde.

No sabía hacia dónde.

Solo pude ver aquella masa gigantesca descendiendo entre estrellas, mientras a su alrededor todo parecía cambiar.

El Alter intentó ordenar nuevamente la información.

Nuevos conceptos.

Nuevas palabras.

Nuevas explicaciones.

Yo apenas podía seguirlas.

Miré a quienes tenía enfrente.

Nadie parecía estar contando una leyenda.

Lo decían con la seriedad de quien habla de una guerra ocurrida hace mucho tiempo.

Y eso era lo que más me inquietaba.

Porque yo podía aceptar muchas cosas después de todo lo que había visto.

Magia.

Ciudades enterradas.

Criaturas.

Puertas imposibles.

Pero aquello...

Aquello era diferente.

Me estaban diciendo que uno de nuestros soles podía haber sido el fuego de una criatura.

Que una criatura podía ser tan grande como una estrella.

Que su sueño podía iluminar un mundo.

Y que cuando se movía...

el universo entero podía sentirlo.

Bajé lentamente la mirada.

Por un momento pensé en las estrellas que había contemplado tantas veces sin preguntarme qué eran realmente.

Ahora ya no podía mirarlas de la misma manera.

Porque una pregunta comenzó a crecer dentro de mí.

Si aquello era verdad...

¿qué tan pequeño era realmente nuestro mundo?

Y, peor todavía...

¿qué otras cosas estaban dormidas allá afuera?

Justo cuando creí que por fin comenzaba a tener algo en la cabeza, Ar volvió a sacarme de mis pensamientos.

La espada.

Anduril.

La reconocí antes incluso de que terminara de desenvainarla.

La hoja apareció lentamente bajo la luz de Leim, recogiendo el dorado del amanecer y devolviéndolo convertido en un brillo mucho más frío. Era hermosa, pero había algo en ella que me hacía imposible olvidar lo que había visto.

Ar levantó la espada.

Después hizo una señal hacia mí.

El Alter reaccionó.

«¿Quieres verla?»

Fruncí ligeramente el ceño.

Ar señaló la hoja.

Después a mí.

«Si eres capaz de verla... puedo enseñarte cómo.»

No entendí del todo.

Lo miré unos segundos.

—¿Verla?

Ar asintió.

Se acercó a las puertas abiertas de Esil y levantó Anduril frente a las inscripciones.

Entonces hizo una última señal.

«Tócala.»

Miré la espada.

Después las puertas.

Después a él.

—¿Y entonces... lo voy a ver?

Ar asintió nuevamente.

La Arconte comenzó a hablar.

El Alter tomó sus palabras y las convirtió en texto.

«No intentes comprenderlo todo. Solo mira.»

Gemlok intervino casi inmediatamente.

El viejo enano señaló una de las inscripciones de la puerta y comenzó a explicar algo con una energía que parecía impropia de alguien que acababa de presenciar una batalla.

El Alter tradujo.

«Los relatos sobre los Aragons son anteriores a los reinos.»

Otro enano agregó algo desde atrás.

«Mucho antes del Halo.»

La Arconte corrigió con una señal.

«Incluso antes de nuestras primeras rutas entre las estrellas.»

Gemlok asintió.

—Eso.

Señaló nuevamente la puerta.

—Ellos estaban aquí antes de que nosotros supiéramos siquiera qué era el cielo.

El Alter convirtió sus palabras.

Yo seguía mirando las figuras talladas.

Había criaturas.

Algunas pequeñas.

Otras enormes.

Algunas parecían dragones.

Otras tenían cuerpos imposibles.

Alas.

Cuernos.

Múltiples extremidades.

Serpientes rodeando astros.

Bestias cargando montañas.

Y entre todas ellas aparecía repetidamente un símbolo parecido a una estrella.

Luna se acercó a Ar y se apoyó sobre su hombro con aquella naturalidad suya que parecía no tener ningún tipo de vergüenza.

Señaló una de las figuras.

—Esos son los primeros.

El Alter lo tradujo.

«Los Primigenios.»

Luna continuó.

—Los que llegaron antes que nosotros.

Después sonrió ligeramente.

—O eso dicen.

La Arconte la miró de reojo.

Luna levantó ambas manos, como aceptando la corrección.

—Está bien. Lo que creemos que dicen.

Gemlok soltó una expresión de molestia.

La Arconte continuó.

«Celestes. Primigenios. Aragons.»

Las palabras aparecieron frente a mí.

Aragons.

Las observé.

—¿Aragons?

El Alter mostró una segunda interpretación.

«Primeros Agon.»

Me quedé mirando aquella traducción.

No estaba segura de cómo debía pronunciarlo.

—¿Agon?

Luna hizo un gesto afirmativo.

—Algo parecido.

La Arconte negó suavemente con la cabeza y señaló la inscripción.

«No existe una traducción exacta.»

Aquello me hizo sentir un poco menos torpe.

Al menos no era yo.

Era una palabra que ni siquiera ellos podían traducir completamente.

Gemlok retomó la explicación.

Según los registros de Eden, aquellas criaturas habían sido relacionadas con los primeros habitantes del cielo.

Seres descendientes del primer Sol.

Los antiguos humanoides habían llamado a algunos de ellos deidades.

Otros pueblos los habían llamado dioses.

Y con el paso de los siglos, cada reino había deformado aquellas palabras hasta convertirlas en sus propias historias.

Dragones.

Quimeras.

Dioses.

Bestias celestiales.

Seres que aparecían en los sueños.

Seres que algunos aseguraban haber visto entre las estrellas.

La historia comenzaba a crecer alrededor de mí mientras todos aportaban pequeñas partes.

Un aventurero señaló una figura.

Otro corrigió su interpretación.

Un enano habló de los metales utilizados para construir la puerta.

La Arconte agregó algo sobre las antiguas expediciones.

Luna, todavía junto a Ar, intervino de vez en cuando para explicar lo que los demás complicaban demasiado.

Itsuki permanecía cerca.

No decía nada.

Pero la veía seguir las conversaciones con atención, haciendo pequeñas expresiones cuando algo parecía sorprenderla.

El Alter continuaba proyectando fragmentos.

«Aragon: criatura cuya descendencia procede de fuera del universo conocido.»

Después:

«No todos poseen el mismo tamaño.»

Luego:

«Algunos son considerados antiguos habitantes de mundos desaparecidos.»

Y finalmente:

«Aras-Tor.»

Me quedé mirando aquel nombre.

El recuerdo de la criatura que me habían descrito volvió a mi mente.

Una bestia tan enorme que su cuerpo podía confundirse con un continente.

Un ser capaz de formar un Sol mientras dormía.

No podía imaginarlo.

Por más que el Alter intentara mostrarme representaciones, mi mente no encontraba una escala adecuada para comprenderlo.

Ar permanecía frente a mí.

Anduril seguía en su mano.

Entonces volvió a levantarla.

La hoja quedó suspendida frente a mis ojos.

Todos parecieron comprender lo que estaba a punto de suceder.

La Arconte dejó de hablar.

Gemlok también.

Incluso Luna se separó ligeramente de Ar.

El bullicio de los aventureros continuaba alrededor de nosotros, pero por primera vez sentí que todos estaban esperando.

Ar hizo una señal.

«Dame tu mano.»

Respiré profundamente.

Miré las enormes puertas.

Las inscripciones.

La oscuridad al otro lado.

Después miré la espada.

Y asentí.

—Sí.

Ar acercó Anduril.

Extendí lentamente la mano.

Mis dedos estaban a pocos centímetros de la hoja.

El Alter comenzó a proyectar una advertencia.

«Material desconocido.»

No retiré la mano.

Había llegado hasta allí buscando respuestas.

Y quizá, una respuesta estaba esperando literalmente bajo mis dedos.

Toqué Anduril.

Y durante un instante no ocurrió nada.

Después, todo desapareció.

No hubo suelo.

No hubo puertas.

No hubo voces.

Ni siquiera pude sentir mi propio cuerpo.

Solo oscuridad.

Un vacío absoluto, interminable, sin arriba ni abajo, sin distancia ni horizonte. Era una oscuridad tan profunda que por un instante tuve la impresión de que incluso mis pensamientos se perdían dentro de ella.

Entonces aparecieron las estrellas.


Extensión infinita de oscuridad salpicada por luces lejanas.

Pequeños puntos de luz suspendidos en aquella inmensidad, tan distantes que parecían apenas diminutas grietas abiertas en la oscuridad.

Las observé.

Y por un momento pensé que aquello era el universo.


 
 
 

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