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Continuación del capítulo 11.2

1 sept
7 min de lectura

Entonces el espacio comenzó a cambiar.

No sé cómo describirlo.

No fue un movimiento.

No fue que algo se acercara.

Fue como si la propia inmensidad estuviera siendo comprimida.

Las distancias comenzaron a desaparecer.

Las estrellas se desplazaron unas sobre otras mientras el vacío se plegaba lentamente.

Y detrás de ellas apareció una luz.

Primero fue apenas un resplandor.

Después una claridad.

Luego una intensidad que comenzó a devorar la oscuridad.

Me quedé inmóvil.

Aquella luz no parecía provenir de las estrellas.

Parecía venir de algo que se encontraba mucho más allá de ellas.

La oscuridad continuó retrocediendo.

Y entonces comprendí algo que hizo que todo mi cuerpo se estremeciera.

Las estrellas no estaban iluminando el vacío.

El vacío estaba siendo iluminado por algo que se encontraba detrás de ellas.

La luz aumentó.

Blanca.

Pura.

Violenta.

Una energía tan intensa que dejó de parecer luz y comenzó a parecer una fuerza capaz de consumir todo cuanto existía.

Y entonces apareció.

No pude comprenderlo de inmediato.

Mi mente buscó una forma conocida para describirlo.

Una montaña.

Un mundo.

Una esfera.

Una tormenta.

Nada servía.

Era una criatura.

Una criatura tan inmensa que mi mente no podía abarcarla completa.

Su cuerpo permanecía recogido sobre sí mismo, perdido entre las estrellas, como si hubiera encontrado descanso en una extensión del vacío demasiado grande para pertenecer a cualquier mundo.

Sus escamas parecían continentes.

Sus extremidades se extendían más allá de lo que podía distinguir.

Y alrededor de todo su cuerpo ardían llamas.

No eran llamas como las que conocía.

Eran océanos de fuego.

Corrientes de energía que se elevaban desde su cuerpo y se perdían en la oscuridad.

Cada respiración parecía alimentar aquel resplandor.

Cada movimiento alteraba la luz alrededor de las estrellas.

Su cuerpo entero brillaba como un Sol.

Aquello hacía que las estrellas parecieran pequeñas.

Su luz no iluminaba solamente su cuerpo.

Hacía que el universo a su alrededor pareciera existir dentro de su resplandor.

Sentí miedo.

Y, sin embargo, estaba allí.

Mirándolo.

Contemplando algo cuya existencia parecía pertenecer a una realidad mucho más antigua que cualquier mundo que hubiera conocido.

Entonces una de sus enormes alas comenzó a moverse.

Muy lentamente.

Las llamas se elevaron.

El vacío entero pareció estremecerse.

El movimiento reveló poco a poco la verdadera magnitud de su cuerpo.

Aquello que había creído ser una pequeña parte de la criatura resultó ser apenas una fracción de su forma.

Su cuerpo continuaba.

Y continuaba.

Y continuaba.

Más allá de las estrellas.

Más allá de lo que mis ojos podían alcanzar.

Y entonces...

abrió los ojos.

Dos abismos de luz aparecieron entre las llamas.

La intensidad fue insoportable.

Por un instante sentí que estaba mirando directamente al nacimiento de una estrella.

La criatura me observó.

Y en ese preciso instante comprendí la verdadera naturaleza de mi miedo.

No era que aquella criatura pudiera destruirme.

Era que, si alguna vez decidía hacerlo...

probablemente ni siquiera tendría que intentarlo.

Su existencia ya era suficiente.

Entonces las llamas aumentaron.

La luz lo cubrió todo.

Y antes de que pudiera apartar la mirada...

quedé cegada.

Desperté agitada.

El aire regresó violentamente a mis pulmones y tuve que llevarme una mano al pecho mientras intentaba recuperar el aliento.

Habían sido apenas unos segundos.

Quizá menos.

Pero mi cuerpo reaccionaba como si hubiese permanecido horas al borde de la muerte.

Seguía viendo aquellos ojos.

Aquella criatura.

Aquella presencia.

Los cuernos que revestían su rostro parecían formar parte de una corona natural, antigua, perfecta. Su cabeza era la de una bestia, pero su tamaño hacía que cualquier comparación resultara absurda.

No podía dejar de pensar en ella.

En su inmensidad.

En la intensidad de sus llamas.

En la forma en que permanecía acurrucada en aquel espacio imposible, como si incluso el vacío hubiese sido creado para servirle de refugio.

Había algo épico en su apariencia.

Y, al mismo tiempo, algo profundamente aterrador.

No porque hubiera intentado atacarme.

No porque hubiese mostrado hostilidad.

Sino precisamente porque no había hecho nada.

Solo despertó.

Solo abrió los ojos.

Y eso había sido suficiente para hacerme comprender que existían cosas cuya presencia estaba fuera de toda razón.

Cosas que no debíamos molestar.

Levanté la mirada.

Ar estaba frente a mí.

Seguía sosteniendo Anduril.

Me observó durante unos segundos y después señaló las puertas de Esil.

Las enormes puertas talladas.

Ahora que sabía qué había visto, ya no podía mirarlas de la misma manera.

Me acerqué lentamente.

Mis ojos recorrieron las figuras grabadas sobre el metal.

Entonces lo vi.

Entre todos aquellos símbolos había una figura que antes no había podido comprender.

Una criatura de rostro cubierto por enormes cuernos.

Su cabeza estaba rodeada por una ornamentación que se extendía hacia ambos lados.

Y detrás de ella...

un círculo.

Un Sol.

No era una representación exacta de lo que había visto.

Era mucho más simple.

Mucho más antigua.

Pero era ella.

Sentí un escalofrío.

Las manos talladas en las puertas parecían extenderse hacia aquella figura.

Miles de manos.

Pequeñas.

Grandes.

Humanas.

No humanas.

Todas intentando alcanzar el mismo punto.

La criatura.

El Sol.

Esil.

Todo parecía estar relacionado.

—Creo que ahora entiendo un poco más...

Mi voz salió baja.

Ar no respondió.

Solo mantuvo la mirada sobre la puerta.

Entonces Gemlok comenzó a hablar.

Su voz había perdido la emoción que tenía minutos atrás.

Ahora sonaba mucho más seria.

El Alter apareció inmediatamente.

«Gemlok: aquello que viste fue descubierto dentro de Esil.»

Levanté la mirada.

—¿Dentro?

Gemlok señaló las puertas.

Después señaló el interior de la ciudad.

La Arconte continuó.

«Esil no fue construida alrededor de la criatura.»

Una pausa.

«Fue construida para ocultar el descubrimiento.»

Sentí que mi estómago se cerraba.

Luna tomó la palabra.

—Al principio nadie entendía lo que habían encontrado.

«No sabían si era una criatura, un dios o una fuente de energía.»

Gemlok soltó una especie de gruñido.

—Pero descubrieron algo.

Señaló Anduril.

Después las puertas.

—Su existencia cambió Esil.

El Alter proyectó las palabras.

«Poder.»

Después:

«Conocimiento.»

Y finalmente:

«Riqueza.»

Gemlok asintió.

La Arconte añadió algo.

Esta vez el Alter tardó unos segundos más en procesarlo.

«Recursos que no existían en ninguno de los doce reinos.»

Doce reinos.

Volví a mirar las puertas.

—¿Los doce?

Luna asintió.

—Los doce reinos conocidos.

La palabra quedó suspendida en mi cabeza.

Conocidos.

No pude evitarlo.

—¿Conocidos?

Todos guardaron silencio.

Miré a Luna.

Después a Gemlok.

A la Arconte.

Finalmente a Ar.

—¿Qué significa eso?

El Alter comenzó a escribir.

«Los doce reinos forman el universo conocido.»

Mi corazón volvió a acelerarse.

—¿El universo conocido?

El Alter continuó.

«Maquia estableció rutas entre ellos.»

Aparecieron más palabras.

«Los Halo permitieron conectar los doce reinos.»

Ahora comenzaba a comprender.

Los Halo.

Las rutas.

Las ciudades.

Las civilizaciones.

Todo aquello que había creído que formaba la totalidad de nuestro mundo.

Todo había sido conectado gracias a Esil.

Gracias a aquello que habían encontrado detrás de aquellas puertas.

Gemlok continuó explicando.

Esil no solo había obtenido una ventaja política.

Había obtenido acceso a recursos que ningún reino había imaginado.

Materiales.

Energía.

Tecnologías.

Conocimientos.

Cosas que parecían proceder de lugares que no pertenecían a ninguno de los doce reinos.

Y cuando Maquia consiguió estudiar aquellos descubrimientos...

los Halo comenzaron a desarrollarse.

Primero como experimentos.

Después como rutas.

Finalmente como la red que conectó nuestro mundo.

Doce reinos.

Una sola red.

Un universo que, hasta ese momento, yo había creído completo.

Pero entonces recordé aquella criatura.

Recordé las estrellas detrás de ella.

Y algo dentro de mí comenzó a incomodarse.

—Entonces...

Todos me miraron.

—Si esos son los doce reinos conocidos...

Tragué saliva.

—¿Significa que existen otros?

Nadie respondió inmediatamente.

El silencio fue peor que cualquier respuesta.

El Alter intentó formar una frase.

Las palabras aparecieron.

«Posiblemente.»

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

«No confirmado.»

Después:

«No existe información suficiente.»

Fruncí el ceño.

—Pero ustedes encontraron algo fuera de los doce.

Gemlok bajó lentamente la mirada.

La Arconte permaneció inmóvil.

Luna dejó de sonreír.

Y Ar...

Ar simplemente miró hacia las puertas.

Entonces comprendí que mi pregunta no era nueva.

Ellos también se la habían hecho.

Quizá durante siglos.

Quizá desde el momento en que alguien descubrió a aquella criatura.

—¿Qué hay más allá?

Nadie respondió.

Miré nuevamente la figura tallada.

La criatura de los cuernos.

El Sol detrás de su rostro.

Las innumerables manos intentando alcanzarla.

Y por primera vez entendí que quizá aquellas manos no estaban adorándola.

Quizá estaban intentando tocar algo que se encontraba detrás de ella.

Algo que nosotros todavía no podíamos ver.

El Alter comenzó a proyectar una última frase.

«Los doce reinos son el límite de nuestro conocimiento.»

La frase permaneció unos segundos frente a mí.

Después apareció otra.

«No necesariamente el límite de la existencia.»

Sentí un frío recorrerme la espalda.

Porque ahora sabía que las estrellas no eran el final.

Eran simplemente aquello que podíamos ver desde aquí.

Luna volvió a recargarse sobre Ar, como de costumbre.

Se acomodó contra él con aquella naturalidad suya, como si aquel espacio le perteneciera.

Yo seguía intentando ordenar mis pensamientos.

Esil.

Los doce reinos.

Los Halo.

Aquella criatura.

Y la posibilidad de que, detrás de las estrellas que conocíamos, existiera algo mucho más grande.

Mi cabeza estaba saturada.

Y comenzaba a desesperarme.

Luna dijo algo a Ar.

Él respondió brevemente.

Después ella se separó y comenzó a caminar.

No hizo nada extraordinario.

Simplemente se alejó con aquel andar suyo, tranquilo y despreocupado.

Aun así, Gemlok terminó girando la cabeza para seguirla con la mirada.

Incluso él perdió por un momento la concentración.

La Arconte pareció divertirse con aquello.

Se acercó a mí con su peculiar manera de caminar y señaló hacia el otro extremo de la plaza.

El Alter tradujo.

«Ve con tu hermana. Te está esperando.»

Busqué entre la multitud.

Itsuki estaba al fondo, hablando con Adam.

Cuando nuestras miradas se encontraron, me hizo una señal.

Comencé a caminar hacia ellos.

Pero entonces advertí algo.

Los aventureros seguían mirándonos.

No era hostilidad.

Era atención.

Algunos hablaban en voz baja.

Otros simplemente se apartaban cuando pasábamos.

Itsuki volvió a hacerme una señal.

Esta vez señaló hacia una esquina.

Allí había varias barras metálicas instaladas sobre una estructura antigua.

Algunas emitían pequeñas vibraciones.

El sistema de sonido de la ciudad estaba activo.


 
 
 

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