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Continuación del capítulo 5.4

El aire se vuelve espeso. Cuesta respirar. Incluso el Alter parece dudar antes de proyectar la siguiente traducción.

Su compañero insiste, ahora más bajo, más firme:

SI ELLA ES ERU…

Ar no se mueve.

Pero todo en él cambia.

Su postura. La tensión de sus hombros. La forma en que aprieta la empuñadura de la espada clavada en el suelo.

No veo sus ojos, pero sé que me está mirando de verdad por primera vez.

Y entonces sucede algo imposible.

El campo entero se estremece.

No por un ataque.

Por miedo.

Incluso Baran se detiene en seco.

La cosa gigantesca deja de avanzar. El garrote queda suspendido, goteando podredumbre. Sus gusanos se agitan, inquietos.

El miedo se vuelve tangible.

Se puede oler.

Como óxido caliente y carne abierta.

Yo no entiendo qué acabo de provocar.

Pero Ar sí.

Llamas oscuras brotan de sus heridas, envolviendo su cuerpo sin consumirlo. Desde el casco, donde deberían estar sus ojos, surge un brillo rojo intenso, hirviente, que se transforma en fuego vivo. 

El calor me golpea.

Un escalofrío me recorre entera.

Baran se detiene en seco.

La sonrisa se quiebra. El garrote queda suspendido a medio movimiento, inmóvil por primera vez. Los cuatro ojos se abren más, reconociendo algo que no esperaba.

Ar se levanta.

Envuelto en llamas negras.

Y por un instante… el campo de batalla contiene la respiración.


 
 
 

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